domingo, 17 de enero de 2021

LA SIERRA SUEÑA EL MAR

 (De la sierra de Cádiz al mar de la bahía)

Aunque los montes y los altos gritos
 

de las crestas levanten sus bíceps ambiciosos    

como rampas de bandas de vencejos;
aunque, denso el olor de los olivos, 
invoque los desgarros de la voz salitrosa; 
aunque el césped rutile, monosílabo el verde, 
y cante la pasión de la bocas que hozan
de vacas, toros, cabra, con sus patas obtusas, 
el mar, en su serrallo de olas, necesita
más señales aún para emigrar alada
con su séquito azul de brisas transparentes 
a riberas de piedras, matorrales hirsutos,
arroyos, laberínticos culebreos de agua,
borradores silvestres de la naturaleza
en el rudo encerado que distienden los campos, 
y enarbolar un sueño de idilio veraniego 
con la agreste atalaya de la sierra que sueña 
mesnadas de oleajes con ariete de algas 
contra las graves rocas, bastión de farallones, 
descarnada osamenta que son los litorales,
que es pétrea infantería de la tierra en la orilla.


El mar seguirá allí, con castillos efímeros
de espuma, con turistas que pisan, desbaratan 
los signos que un amor de aventura en la arena 
dibuja, con palacios fugaces de alto vidrio 
la pleamar, embarazo de las aguas, suspira 
con vahajes sutiles, que se quitan

                                          [sus peplos lapislázulis 
para darle al estío frescor con sus flabelos,
y el mar seguirá allí con su ronca cantata
y sin que pueda oír el colorista parto

                                              [de aves y vegetales 
la bucólica tarde que busca su hospital

                                                      [de violeta reposo,
la voz del hortelano confundida

                                                      [con oxes de gallinas 
y el candor de las mieses trasvestidas de esquilas.


Porque el mar de verano se apoltrona en sitiales 
de barcas que esmerilan cabelleras de lonas
y sopor de calimas, alcahuete de siestas, 
y lame en las terrazas la piel adolescente 
con su lengua brillante de bajamar que imprime 
su paz paradisíaca en la piel del recuerdo,
su recia propaganda de liquen y madrépora 
y la hospitalidad de pinares de guardia
que dan frescura al ámbito con plumajes de sombras 
para que los diálogos se trencen con palabras
                                                       [de usuales sonidos, 
que es desembocadura de las preocupaciones, 
aflojado ya el arco que tensan dictadores
los días oficiales del deber y el asfalto.


Hay que esperar, sabedlo -semilla es la paciencia-,
                                                [montes de altas cabezas,
de alta sien que corteja el buitre de mañana;
hay que aguardar que el cielo se desnude
                                                [de lentas gaviotas, 
se despoje de clámides turquesas, de rumores 
que los veraneantes con sus holganzas tejen;
que se llevan los cielos de septiembre las gasas
de la fosca a los pozos que hay en la lontananza.


Limpio de los perfiles de un verano en destierro, 
entonces, mar, tú mueves tu pecera oceánica 
para que el niño otoño, que al andén de tu playa
se acerca con sus perros de embates melancólicos, 
juegue en la arena limpia de signos que grabaron 
los fugaces parejas, ahora metal ya mate
que el cabrilleo muerde con colmillos de espuma 
                                                   [pero amorosamente,
como boca de perro al amo que acaricia.


Ahora sí que eres tú verdadero, mellizo
de ti, mar, cuando anhelas en agosto tu reino
                                             [de armónicos repuntes,
tus lomos de tranquilos elefantes
que va a su cementerio a deponer sus días.


Ahora sí que te elevas en tu torre

                                                  [de glaucos inasibles 
paralelos a verdes que en la sierra te evocan
con sus voces de savia que amordazan los troncos,
y en nubes que se enredan en tus pétreos muñones 
navegas escoltado por tu corte de céfiros,
                                                [cernícalos y nieblas,
y durante el invierno la sierra te dará 
un albergue en que olvides la disputa de olas 
y tu superpoblado estío de turistas,
y ella, que te ama de lejos ansiará retenerte,
como la amante esposa de un marino que torna
a sus amados lares a anudarse a los suyos, 
lo mismo que tú ahora abrazas la esbeltez
                                             [de la sierra, le aprietas 
su cintura de pastos y silencios.

De la revista  ”ARENA Y  C AL”,  Febrero de 2007

y La noche es el ensayo de una ausencia (2014)

 

domingo, 10 de enero de 2021

CONSOLACIÓN POR LA IMAGINACIÓN

 

Fue Manlio Severino Boecio (480-524), ministro del ostrogodo Teodorico, quien hallándose encarcelado bajo la acusación de alta traición, escribió, seguro de su futura ejecución, una obra por la que es conocido en la historia de la literatura romana de los últimos tiempos. El título de la obra es muy significativo, si atendemos a la angustia a la que se vería sometido. Se titula Consolación por la Filosofía, de inspiración senequista -como era de esperar- y de cruce ideológico emparentado con el cristianismo. 


Esta sucinta introducción tiene por objeto exponer cómo cada cual se identifica con un pensamiento que le sirve de "reposo del guerrero", o bien de almohada en el silencio de la noche, o también de hombro donde apoyar la cabeza, cansada y fugitiva de una realidad atornilladora. 

Actualmente, en esta desbandada de ideas y creencias en que trascurre el mundo occidental, la experiencia de una sociedad decidida por el consumo y el relajo ante una televisión que lo sabe y le ofrece programas evasivos, nos parece inquietante.

En otras épocas la gente tomaba derroteros más o menos institucionalizados para darle a la vida un sentido. La religión, la ciencia, la técnica y el arte eran semáforos indicativos de una oferta generosa para llenarse la cabeza de un mensaje bien definido con satisfacciones más o menos inmediatas.

Pero, como vivimos en una hora en que el cansancio y el ansia de disfrute son las metas más atractivas y generalizadas, los ciudadanos anhelan una "isla" a la que retirarse para respirar de los inconvenientes de la gran ciudad y del ametrallamiento de malas noticias de los medios de comunicación. Irse al campo sin televisor ni teléfono, ni móvil siquiera, es el ideal de casi todo el mundo. Y no para leer ni escuchar música selecta, sino para descargar la mente de más o menos signos oficiales que las exigencias de vivir nos obligan a almacenar para sus variadas y necesarias combinaciones. Regar el césped y escuchar los píos de los pajaritos. La sencillez venciendo a la complicación. En suma, un ensayo de "buen salvaje".

Llegados a este punto, la imaginación nos hace un guiño y nos suscita fórmulas cuyo éxito depende de nosotros mismos. Y nos se trata de falsear nuestra vidas, sino como dice A. Hepls: "Debemos recordar que la ficción no significa falsedad". Posiblemente la ficción siempre está al acecho de nosotros como para sacarnos del apuro en que nos sumerge una situación conflictiva. El niño y el artista saben bien que su fantasía les protege del rapto con que las circunstancias infames arrebatan la alegría inocente y espontánea de una criatura que cree que se ha levantado con buen pie. 

Samuel Johnson, cuando dice: "Todo predominio de la fantasía sobre la razón constituye un grado de locura", no revela ninguna sabiduría de la existencia. Es simplemente una frase seudofilosófica. Por lo visto, el autor nunca tuvo necesidad de liberarse de una razón tirana o rutinaria. Si aceptásemos la razón con toda su terrible y aplastante lógica, pereceríamos. No nos debe extrañar que haya personas que se conforman con realidades horribles porque piensan que la divinidad se las ha enviado como prueba. Si se trata de un(a) creyente honesto(a) y cumplidor(a), se volvería loco(a) al pensar que esa divinidad es incoherente, olvidadiza o cruel. Aquí también vence la fantasía, aunque a modo de suposición resignada. 

En el acto de imaginar, de fantasear, si los tomamos como sinónimos, hay una razón muy poderosa que obedece a un instinto de conservación. Si la vida peligra, nuestra capacidad de huida es, o debe ser, automática. Ella nos sustrae de un acoso que puede dañar nuestro sistema inmunitario.

Puede que "la loca de la casa", como definía a la imaginación el pensador francés Malebranche, tenga unas razones que la misma razón no conoce, parafraseando al también francés Pascal. 

Como Boecio el condenado a muerte, cada cual se consuela con su propia filosofía, que se reduce nada más que a un buen olfato para no perecer totalmente. 




 

EL AMOR

 


Bien es cierto que pronunciamos palabras importantes y decisivas en nuestro vivir de cada día, sin que nos demos cuenta de que han perdido el alma, la fuerza originaria que las puso en circulación y las hicieron dignas de ser incluidas en un diccionario para buen uso y norte de de los que hacemos usufructo de ellas.


Amor, como otras palabras básicas de nuestro vocabulario más empleado en nuestro entorno, implica una vasta serie de significados: "Tendencia o afecto hacia..." que la hacen muchas veces equívoca, incluso contradictoria, en razón de las intenciones de quienes las emplean.


Repito que Amor, junto con otros vocablos que hacen alusión a nuestras vivencias más profundas y cotidianas, es, sin duda, uno de los términos más usados en Literatura, en concreto, en la Poesía. En ésta es, por supuesto, si se me permite la comparación chusca, algo así como la vedette del coro de las elegidas para expresar la experiencia humana. Este juicio sería muy lógico en un escritor romántico; no así en uno de la época neoclásica, en la que tenían más protagonismo otros lexemas -como se dice en rigurosa Lingüística-, tal como "razón", "luces" (culturales) o "educación".



Cuando uno toma en sus manos una antología de la poesía amorosa, se encuentra esta locución como la favorita de los autores. Si embargo, tendríamos que establecer una diferencia importante entre el amor que pronuncia un autor místico del siglo de oro o del barroco y el amor de cualquiera de nuestros grandes clásicos -Góngora, Lope, Quevedo- cuando utilizan esa misma voz. Si nos acercamos a la literatura contemporánea, nos encontramos con Bécquer, espejo amoroso que fue para más de una generación. Las posteriores se inclinaron por Neruda (recuérdense Veinte poemas de amor y una canción desesperada y también sus Cien sonetos de amor). José Ángel Buesa, poeta cubano que nació en l912, pero del que después he perdido la pista, fue una especie de oráculo radiofónico en temas amorosos en la capital de su país antes de la revolución castrista, a los que respondían con bellos poemas de un amor puesto al día, pero con cierta carga romántica aún, deleite para sus lectoras. No sé cómo fue considerado después de la llegada de Castro al poder. Podemos afirmar con toda seguridad que es el poeta chileno el gran representante de la lírica del amor en la poesía española, digno heredero del poeta sevillano.

Cuando escribo el epígrafe de “Alma de la letra”, mi intención es la de comprobar la vitalidad de una determinada palabra a través de la Literatura, que ha sido, no su origen, que es el pueblo, pero sí su ubre materna y su cuna. El poeta, el escritor, ha mantenido vivas las voces por medio de la creación. En ésta, tanto los verbos como los sustantivos, se han sentido en su elemento, como el pez en el agua. La escritura cumple un papel de notario indispensable para que la comunidad emplee una lengua. En la escritura es, precisamente, donde iremos gozando de la vivacidad de palabras que no perderán nunca su alma. 

Hoy, que tantas palabras se sienten "desalmadas", es menester conservar las esenciales. Que cada uno se diga así mismo cuáles son las suyas.   




jueves, 7 de enero de 2021

UN PARALELISMO DE CARACTERES: VARGAS VILA Y JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

   Puede que a algunos lectores les parezca un     disparate unir dos nombres de desigual fama y calidad en el mundo literario, pero la intención que me lleva es la de expresar mi asombro cuando he leído sus vidas.

 

Detrás de cada escritor es cierto que hay una persona y eso es innegable. La persona que sirve de soporte  psicológico al escritor tiene, a su vez, un sustrato vital con todos los ingredientes de carácter, sentimientos y circunstancias influyentes.

No se trata de pasar por el diván del psicoanálisis a la gente que escribe para descubrir vicios o manías subyacentes en su registro emocional.

Si los vemos de cerca, tanto Vargas Vila como Juan Ramón fueron hombres solitarios a pesar de que el primero conviviese con su secretario, Ramón Palacio, y el segundo con su esposa, Zenobia. La soledad impele a los hombres a profundizar en sus afectos y antipatías. En la soledad somos los que realmente somos sin ningún tapujo que venga a enmascarar nuestros sentimientos íntimos.

En la biografía de uno y otro no falta la cita de sus opiniones acerca de sus amigos o adversarios, como también referencias positivas de otros, los menos sin duda.

No vamos a citar aquí la artillería verbal concreta de insultos contra determinados autores, pues si se busca en interné el lector interesado hallará muestras suficientes para considerar que estos escritores, tan conocidos en sus espacios literarios respectivos, se atrincheraban tras sus muro para torpedear a quienes creían merecedores de su andanada verbal.

Es más, cuenta el mismo Juan Ramón que cuando él y Vargas Vila, independientemente uno de otro, esperaban en una estación la llegada de Rubén Darío, el onubense sintió repulsión del colombiano (Véase Mis Rubén Darío, del autor de Platero y yo.) y da malas impresiones de él. No sabemos si Vargas Vila expresaría de Juan Ramón lo mismo.

 

Hay por ello un triste paralelismo entre estos hombres que llenaron una época de la literatura en lengua castellana. El colombiano fue admirado —y temido— por sus panfletos políticos y novelas, amén del éxito editorial codo a codo con otros autores como Felipe Trigo, Ricardo León o Blasco Ibáñez, y el andaluz fue también admirado y respetado por su magisterio poético.

Sin embargo, lo mismo que otros autores que en su vida fueron perseguidos o denostados por su homosexualidad como Paul Verlaine, Arthur Rimbaud y también pensemos en Oscar Wilde, y ya de forma casi póstuma, Federico García Lorca, sin embargo, repito, eso no quita ni una coma al valor literario de sus obras, que es, al fin y al cabo, lo que queda de un individuo que pasó por la vida y cuyas circunstancias vitales han de ser de juicio de quienes convivieron con él, quedándonos nosotros nada más que con su legado.