miércoles, 31 de marzo de 2021

TRINCHERAS LITERARIAS

 

Pongamos con todo el respeto del mundo a un lado la obra de Manuel Machado Las guerras literarias. Este, artículo persigue otra finalidad.

Al llegar a ciertos límites temporales de nuestra vida, nos damos cuenta de que hay algo más valioso que conseguir logros de éxitos resonantes que nos alegran, es cierto, pero también es cierto que no podemos evitar que nuestra memoria, como una puntual secretaria, nos recuerde fallos, dolorosos en algunos casos, que nos acechan desde las almenas de las evocaciones involuntarias.

Y es que venir a la vida no es solamente diseñarnos unas metas para anunciar como una fanfarria las satisfacciones que enaltecen nuestra inteligencia por lo bien que lo hicimos. Creo que no hay nada más beneficioso para nuestra buena conciencia que ser una buena persona en la esfera de la relaciones comunes con nuestros semejantes, más aún si  somos inquilinos de la república de las Letras. Sabidas son las batallas que mantuvieron en una  palestra verbal aquellos genios de nuestra literatura áurea.

Cuando se es joven tal vez entendamos ese pugilato de dimes y diretes, pero, entrados en una madurez responsable, se nos hace extraña esa guerra clandestina con la metralla de la escritura y la sangre de lágrimas invisibles. Tampoco creo que la diferencia de estilos sea un motivo para enemistarse, ya que esa distinción enriquece el muestrario de las invenciones líricas en lo que a la creatividad se refiere.

El paso de “príncipe de la luz” a “príncipe de las tinieblas” de Góngora frente al estilo llano de Lope de Vega, además de la estilización conceptista de Quevedo contra la riqueza culterana, no es, repito, al menos para mí, origen de ataques dialécticos entre hombres tenidos por inteligentes en grado sumo. Apuesto por la condición humana en estos casos teñidos de desencuentros literarios. Depende de la calidad de los sentimientos de cada uno. Leandro Fernández de Moratín también lo pasó mal cuando opuso su teatro de las tres unidades neoclásicas frente a los excesos del teatro barroco, ya de manera retardatario en su época.

Unamuno ve afeminada la poesía modernista. Manuel del Palacio le encaja una sátira al modernismo. Clarín no es nada partidario de él. Gaspar Núñez de Arce considera "suspirillos germánicos" las Rimas de Bécquer. Buñuel y Dalí hicieron burla del Romancero gitano de Lorca. Tampoco sentó bien a estos improvisados francotiradores de la crítica Platero y yo.

Como vemos, no hay armisticio ni buena avenecia en los campos de Marte de la literatura. 

Recuérdense las exigencias poéticas de Juan Ramón  Jiménez, primero “padre” de la generación del 27 y luego opuesto a varios poetas de ese grupo, amén de su menosprecio de la novela, en especial la novela folletinesca. Si entramos en el capítulo de las valoraciones de sus contemporáneos, nos puede llamar la atención unos juicios  que podrían llegar a una enemistad; no sabemos si ésta llegó a colocar  estratégicamente a unos francotiradores de belicismo epistolar o de columnas de diarios; habría que indagar como un Ricardo Gullón en tales pormenores.

Mi conclusión es que me parece un disparate que en esa república de las Letras las enemistades afilen sus cuchillos para sajar la fama de unos contra otros y viceversa. No hay nada más gratificante a los sentidos que dar ejemplo de humanos a los que leen a quienes cultivan parcelas de belleza o de nobles sentimientos en el labrantío de la poesía, de la narrativa y del teatro. 

 

 


martes, 30 de marzo de 2021

MÁS AMBICIÓN QUE TALENTO

 


Cuando se empieza a escribir, también se comienza a incubar en el embarazo feliz del entusiasmo anhelos de notoriedad, pero nadie se para a tener en cuenta si nuestro talento sobrepasa las ambiciones que se van acumulando en el sueño del escribidor.

La fantasía es dueña absoluta de nuestras posibilidades. Nuestra voluntad se vuelve esclava de ella. Se inicia una suerte de recónditos recelos con respecto al reconocimiento y encomio de los otros que escriben. “Lo mío es lo más importante, lo que debería llamar la atención de todo el mundo”. “¿Cómo es que la gente no se percata de que soy, si no el mejor,  sí uno de los mejores?”.  Así razona para sus velados adentros el jovencísimo aspirante a escritor, semilla de futura consagración, promesa de premios que juegan a la cucaña de la celebridad en los venerables medios de comunicación, en cuya voz y pantalla el espaldarazo tiene un nombre que resplandece, que destella de brillo cegador. Ese semillero de ilusiones que empieza a acumular el joven escritor, preparado para su lanzamiento de sputnik en el firmamento privilegiado de las letras bellas, es tal vez un silo de desencuentros amargos con la realidad cuyas severas manos desnudan las vocaciones de su ropaje ilusorio.

El tiempo se encarga, no los críticos al uso, de poner, a la larga, las cosas en el sitio que les corresponden. Son los lectores de a pie que recorren las ferias del libro los que un día descubren obras que en su día no tuvieron un alza con énfasis en la bolsa de la fama de las revistas especializadas al lado de otras que se han estancado en una valoración excesiva por obra y gracia de reseñistas  amigos o estudiosos miméticos de otras críticas.

Lo primero que hay que decirle a un joven deseoso de ser escritor es que sepa poner la pica en el Flandes que le es adecuado según sus facultades, sin más ambición que ser auténtico, conforme a su pequeño o mediano genio, y sin más premio que su propia satisfacción, espejo donde se mire para felicitarse por su prudencia y por sus logros a la medida de sus aptitudes. Lo demás, es echarse a perder el viaje de novios con la recién desposada literatura.  

 


jueves, 4 de marzo de 2021

¿VIVIR SIN ESCRIBIR?

 


Hay  quienes  están en al mundo para sencillamente vivir. Ver, pensar y distraerse son actos mentales y sociales que son suficientes para muchísimos individuos. Con observar y tomar nota de lo que se ve, juzga y guarda en el archivo de la memoria les será para muchos una justificación de su existencia como seres racionales. 

Sin embargo, también van y vienen por la vida otros ciudadanos que necesitan anotar en un folio unas impresiones como una manera de sujetar la realidad observada y fijarla en unas palabras que sean testigos de cuanto ha visto. ¿Y a qué se debe esa actividad? ¿Surge así la vocación del escritor?

Si repasamos la historia de la literatura española tenemos a Benito Pérez Galdós, singular observador de la vida española de su tiempo; pero no olvidemos a Charles Dickens con Historia de dos ciudades y a Honorato de Balzac con La comedia humana, para no ir más lejos. Retratar literariamente a una sociedad en la que se vive es una actitud que requiere capacidad de observación en la que se incluye una predisposición a ver los aspectos positivos y/o negativos de la convivencia con los ciudadanos más próximos. Puede que para determinados observadores ser testigos de las vidas de los demás no sea agradables si se ha de retener en las páginas escritas historias que no producen momentos de complacencia en la memoria de esos individuos que levantan actas de existencias más o menos felices o no.

Creo, a modo de conclusión, que esa tendencia a escribir lo que pasa ante los ojos escrutadores es una necesidad que surge en nuestra aparente curiosidad como un imperativo de autoconciencia, de conocimiento de la especie, no un gozo de traer al papel unos episodios de la vida humana con todas su grandeza y miseria.

Quizá una manera de autoaprendizaje de cómo es la condición de la familia del homo sapiens para rectificar sus anomalías y celebrar sus aciertos.