jueves, 7 de enero de 2021

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: EL GENIO ARISCO (TOMADO DE INTERNÉ)

 AUTOR: G. CAPPA

"¡Este señor Neruda que no sabe ni escribir una carta!". Es una de las frases cortantes que se acumulan en el libro Juan Ramón Jiménez, por obra del instante. Entrevistas (Fundación José Manuel Lara), que muestra las filias y las muchas fobias del autor de Moguer. Sin embargo, el prólogo de Soledad González Ródenas es una brújula indispensable para que las palabras cortantes y el humor cambiante del autor de Moguer no distorsionen por completo su vida y su obra. Lo resume con una anécdota de 1915, cuando Ramón Gómez de la Serna tuvo ocasión de observar varias pinturas sobre el poeta. "Ninguno de sus retratos se atreve con él. Unos dan su blandura y otros su dureza cortante; pero nunca lo bastante vaporosa o extraña. Su claroscuro es casi imposible. Sólo dos retratos interpuestos darían eso que es en él tizón y lumbre (...) No será posible hacer su retrato aunque se empeñe él y los que le retraten".

Así, en las numerosas entrevistas que concedió entre 1901 y 1956, se suceden las opiniones descarnadas, tanto que incluso los mismos periodistas se vieron obligados en ocasiones a suavizar sus palabras. Las respuestas de Juan Ramón fueron sonoros latigazos para muchos y le granjearon enemistades íntimas. En una entrevista de 1921 realizada por Alberto Guillén, el también escritor le pregunta por los valores literarios de España. "No hay nada. Yo sólo leo a los extranjeros. A mí tampoco me leen en España. Aquí no hay las minorías inteligentes que en Francia, por ejemplo, o en Inglaterra. Con todo, Antonio Machado en su primer libro, Castilla, dio algo. Ahora está parado. Es un retórico. No ha vuelto a hacer nada más. Unamuno es un gran espíritu, es uno de los hombres que están siempre ardiendo, pero no tiene amor a la belleza y hace cosas horribles, pero es un hombre que arde", contesta el poeta de Moguer. Incluso cuando le confiesan que Miró habla grandes cosas de él, Juan Ramón no se reprime. "Es muy amable. Es mi amigo. Pero la amistad es muy distinta del arte. Yo estoy solo, por eso, y no tengo amigos (...) Miró está bien, cuida su estilo, pero es arcaico. Su obra no vive. Además es muy provinciano. No sale de su pueblo, no vuela", continúa demostrando que las 'malas pulgas' no las inventó Camilo José Cela.

Valle-Inclán es otro "arcaico" que no quiere comprender que cada época tiene su modo de expresarse. "Es un alarde de estilo, retórica, estéril", continúa para descabezar a continuación a Villaespesa, Ayala, Marquina, Canedo...

Y si la conversación deriva hacia la novela, Juan Ramón comienza diciendo que la tiene como "un arte inferior". "Para leer una novela no tengo más que abrir una ventana o pararme en una esquina", comenta para fustigar a continuación al mismísimo Benito Pérez Galdós. "Como Galdós hay cien mil folletinistas en Francia y en Inglaterra tres mil (...) escriben para comer. Son pancistas. Hacen novelas pornográficas, como podrían hacer calzoncillos o zapatos", confiesa despiadado como un contertulio de los programas del corazón.

Pero este tono desabrido hay que entenderlo como una parte más del genio (creador). Como hizo décadas después Fernando Fernán Gómez cuando mandó "a la mierda" a un admirador que reclamaba un autógrafo, demostrando que el mal humor puede ser una de las bellas artes. En su primera visita a Juan Ramón, en 1928, Ramón Gaya describe su forma de dialogar: "No habla lento, pero habla ordenado, no se precipita nunca y sabe darle a su voz las lejanías y los segundos términos que necesita: hace ir y venir su voz como una pieza musical de Haendel, como en una pieza musical de Bach". Y también sabe ser coqueto cuando recibe a Carmen Conde en 1929: "Qué joven es usted, yo no me la imaginaba tanto", le dice cuando suena un teléfono. "No estoy para quien llame. Sólo recibo a los que tienen derecho a hablarme de poesía". Por eso tiene especial trascendencia su visita a la casa de Federico García Lorca, que tuvo el raro privilegio de recibirle. De hecho, en 1925 citaba al poeta de Fuente Vaqueros como uno de sus pocos amigos, los jóvenes de la Generación del 27 que le colocaron en un altar. Lo cual no fue óbice para que en 1936 declarase a Pablo Suero que "Lorca y los suyos traen mayor abundancia, pero sin espíritu... El espíritu se agota con la generación nuestra, la del 98 (...) Aleixandre es uno de los mejores... Pero yo aborrezco la poesía que es química pura, artificio. ¡Ese Neruda! ¡Pero si no sabe escribir una carta!", concluye para dejar claro de nuevo que el autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada no se encontraba entre los libros apilados en su mesita de noche. Pocos meses después, en octubre, se resistía a creer la muerte del autor de Romancero gitano y trataba con exquisita delicadeza a Rafael Alberti.

Pero, aparte de su sinceridad descarnada, Juan Ramón se define en el libro como un "comunista individualista". "Mis simpatías están con las personas que representan la cultura, el espíritu español que son los que trajeron a España la República y lamento profundamente que no todos se hayan unido para hacer de España lo que se proponían Azaña, Fernando de los Ríos, Besteiro, entre otros.

Sin embargo, salía de su torre de marfil con fiereza cuando sentía que atacaban a su mujer, Zenobia Camprubí, "mujer de mujeres". Y con los años matizó su aparente intransigencia y, ya en 1958, le dijo a José Salgar que admiraba mucho a Neruda. "Pero es desigual en su poesía y sus ideas políticas han interferido en sus obras". La edad lo ablandó, pero sólo un poco...

martes, 10 de noviembre de 2020

AQUELLOS PATIOS DE ENTONCES

 

Hay quien ha tenido nostalgia de cuando vivía en un patio, después de habitar ya en un piso con retrete, cocina y lavadero propios.


¿De dónde viene esta nostalgia? Más de uno que me encontré, ya entrados los años ochenta y recordando fechas devoradas por los almanaques, contaba con ingenua alegría su evocación sacada de un escondrijo de la memoria, girando la mirada hacia los años de cuando niño, y me describía cómo, al llegar la navidad, una vecina compartía con los demás vecinos, como un gesto de buena convivencia, unas tortitas que ella había frito.

Mucho podían en él esos cuadros idílicos de los momentos saturados de olor a esas tortas de nochebuena bautizadas con la copa de anís y el cacareo del pavo, si lo había, pues las pesetillas de esos tiempos no daban para mucho festejo de cocinas y choque de copitas de fiesta con pandereta y matraca; celebración que en muchas casas pasaba por debajo de la puerta.

Claro es que en el individuo puede más la poesía que la fea realidad vivida en los años infantiles, y eso le da la razón al poeta Rainer María Rilke al decir que la verdadera patria del hombre está en la infancia.

Sin embargo, muchas vecinas soñaban con tener un cuartito de baño, una lavadora y una cocina de petróleo que desterrara el anafe y el carbón al olvido, y así celebrar una nochebuena en casa con los íntimos cada familia, aunque no tuvieran que salir fuera, al intemperie del patio, para entonar fragmentos de villancicos como el del “Beben y beben” en compañía de gente a la que veía a diario y con la que, a lo mejor, días antes habían tenido una trifulca por culpa de los puñeteros niños traviesos que se peleaban entre sí.