lunes, 8 de junio de 2020

EL SENTIDO TRÁGICO DE LA VIDA EN LA POESÍA

Es cierto que el título es ambicioso y requeriría un estudio, además de profundo como el epígrafe denota, un recorrido por obras que pudieran justificar tal empresa.

Sin embargo, en contra de una enumeración exhaustiva de autores y obras, investigación que no llevaré a cabo, lo que sí quiero destacar como núcleo del artículo es cómo ha habido escritores que han volcado, digámoslo coloquialmente, su experiencia dolorosa de la vida, independientemente de que otros o ellos mismos en otras obras propias hayan optado por una línea esteticista o simplemente social.

Entrado en los umbrales de la poesía, ya en una edad que invocaba la madurez de ideas y expresiones, tuve en cuenta aquella frase de Nietzsche: “De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu”.

Podríamos rastrear muchos versos de esa naturaleza en los autores que escriben en lengua castellana. Se ha optado por resaltar para ese menester unos versos que son testimoniales de ese carácter que puede definir un auténtico temperamento lírico; lirismo que es exponente de una poesía con valor universal. Elegiremos unos cuantos ejemplos para ilustrar este concepto. Para ello partiremos, en principio, desde el romanticismo, movimiento literario que se prestaba al arranque de esa cualidad que hemos considerado como espécimen de una sensibilidad que sobrepasa los niveles convencionales del subgénero poético. 



A pesar de que haya sido denostado por poetas contemporáneos, José de Espronceda, que, fallecido a los 34 años no tuvo tiempo de limar algunos poemas, expresó en el Canto a Teresa sentimientos (tal vez de culpa en ocasiones, ya que después del rapto que hizo de ella en París cambió la vida de la joven) de dolor (“¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías…”), que no es fingido para seguir la moda literaria exaltada de su tiempo. Todo el Canto está vertebrado en lo que a mí me parece un arrepentimiento del poeta extremeño aunque en ese mismo Canto se cite el extravío de la amada como dando pie al tono elegíaco que él le dedica. Hay, pues, en ese poema un sentir trágico que pudo trastornar durante un tiempo la conciencia del poeta, incluso a punto de casarse con Bernarda del Beruete, ya muerta Teresa hacía para tres años

Otra cala la hacemos en Bécquer. El poeta sevillano vivió momentos de angustia en el Madrid al que él se lanzó a conquistar, si se puede decir esto, en 1954 junto a su hermano Valeriano. Rimas que comienzan como siguen: (“Llegó la noche y no encontré un asilo…”). ("¿Adónde voy? El más sombrío y triste…”). (“Cuando me lo contaron sentí el frío…”.). (“Olas gigantes que os rompéis bramando…). 


Creo que esta rima es la más lírica de todas puesto que su final no puede ser más doloroso. ( “¡Por piedad tengo miedo de quedarme/ con mi dolor a solas!”).



Otra parada la podemos hacer en el poema de Rubén Darío “Lo fatal”, con un remate estremecedor: “¡Y no saber adónde vamos/ni de dónde venimos!”).

Vayamos ahora a Federico García Lorca con aquel verso de Poeta en Nueva York, en concreto del poema “Oda a Walt Whitman”: (”Y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”). ¡Menuda tragedia llevaba por dentro el poeta granadino como para escribir este verso tan conmovedor!



Miguel Hernández es autor de estos versos que tienen sonido a catástrofe interior, y no fueron los únicos que escribió el poeta oriolano: (“No sé por qué, no sé por qué ni cómo/ me perdono la vida cada día”).



Se podrían citar más ejemplos que rozan el sentir profundo e irremediable, que es lo que se persigue aquí, como por ejemplo el final del soneto que Lope de Vega dedica a Marta de Nevares, ya fallecida, su último amor, loca y ciega: (“…que ya no tienen lágrimas mis ojos/(ni conceptos de amor mi pensamiento”.) O bien aquello de Quevedo: (“…y no hallé cosa en que poner los ojos/que no fuese memoria de las muerte”.) 

 ¿Cómo olvidarnos de Góngora y de aquella joven que le llora a su madre por la ida a la guerra del hombre con quien ha poco se había desposado:



Dulce madre mía,
¿Quién no llorará,
Aunque tenga el pecho
Como un pedernal,
Y no dará voces
Viendo marchitar
Los más verdes años
De mi mocedad?

Dejadme llorar
Orillas del mar.



Hemos querido concluir con este fragmento de hondura del alma el modesto trabajo de buscar unos versos que den ejemplo a esa idea de la poesía lírica más allá de sus registros anecdóticos.



PLéYADE, revista del Grupo Río Arillo de Letras y Artes, número 10





viernes, 5 de junio de 2020

DOS VIDAS NO PARALELAS: RAMÓN DE MESONERO ROMANOS Y JOSÉ DE ESPRONCEDA




Acordándome del título de Plutarco, me llega a mi capacidad de asociación una especie de antiparalelismo: dos vidas que en nada se parecen, ni siquiera en el aspecto literario. El vídeo del filósofo Julián Marías dedicado al escritor madrileño, donde nos habla de una existencia lineal, sosegada, longeva, socialmente bien aprovechada del autor de Escenas matritenses, contrasta con la vida agitada, breve y apasionada del poeta extremeño.



Hemos mencionado a Espronceda, pero de manera parecida podríamos aludir a Mariano José de Larra, tan distinto en el carácter a Mesonero: "Por dos distintas sendas caminamos siempre, y ni él siguió mis huellas ni yo pretendí nunca más que admirar y respetar las suyas», escribe refiriéndose al famoso articulista con el que junto a Estébanez Calderón formaban una tríada de escritores atentos al fluir del costumbrismo.



Mesonero, además de curioso paseante por las calles del antiguo Madrid, también es asiduo de la tertulia “El Parnasillo”, frecuentada por poetas como el mismo Espronceda, Ventura de la Vega, Miguel de lso Santos Álvarez, Patricio de la Escosura, Romero Larrañaga e, incluso, el mismo Mariano José; si bien dice Ramón Gómez de la Serna que era el hombre que no se comprometía jamás, sin embargo, estaba atento a todo lo que ocurría a su alrededor.



Y así, discreto y educado en su trato, Mesonero es ateneísta, miembro de la Real Academia de la Lengua y colaborador de varias revistas de buen tono. Espronceda es un hombre que se ha autodesterrado con los liberales: Portugal, Inglaterra y Francia han sido testigo de su andanzas hasta que vuelve a España y se mete en política activa, enredado al mismo tiempo en las redes de sus amores con Teresa Mancha, casada a la que rapta en una escena de vivo romanticismo y con quien remata unas vivencias trágicas para el hija del coronel Mancha.



Para colmo del antiparalelismo que hemos subrayado tenemos a su vez que muere con treinta y cuatro años y el costumbrista madrileño con cerca de setenta y nueve. Mientras que la imagen del poeta es contradictoria según los que le conocieron y trataron (unos lo consideraban un poco altanero y desenfadado y otros, un hombre concienzudo y liberal en sus actitudes), la de Mesonero fluye para todos inalterada por los departamentos del ayuntamiento de la capital, tales como despachos y biblioteca, así como lugares públicos donde se le respeta como un ciudadano de bien, casi como un prohombre de la ciudad, en cuya estructura urbana ha influido con el pláceme de las autoridades.



Espronceda, ya ejercitando la política, admirado por sus discursos comprometidos en el congreso, sufre las inquietudes de su azarosa unión con Teresa, que lo abandona con la hija de ambos, recelosa ella de que él debe sus demoras al hogar, no por reuniones políticas, sino porque se encuentra en líos de faldas. Acabará su vida lleno de zozobra y no poco dolor escribiendo las octavas reales del “Canto a Teresa”, después de fallecida ella.



Mesonero es padre de familia y deja a los suyos el recuerdo de un marido fiel y padre feliz en el entorno hogareño.

Mi admiración por José de Espronceda y mis simpatías por Ramón de Mesonero Romanos, dos nombres que honran nuestra historia literaria del siglo XIX, dejo en este artículo que es un breve y fugaz bosquejo nada más, pero escrito con no poco fervor literario.