Crítica
literaria de la IA a Lámparas votivas, de Juan Rafael Mena
Edición Cuadernos de la Tertulia Río Arillo, edición no venal (2007)
Análisis crítico del poemario y sinopsis final de diez líneas, basados en
el texto
de la obra.
I. Crítica profunda
1. Una poesía que convierte la
memoria en homenaje.
Lámparas votivas, de Juan Mena, es un libro de poesía que se construye
sobre una doble voluntad: rendir homenaje a figuras fundamentales de la
literatura y la música españolas y preservar un mundo de recuerdos, paisajes,
tradiciones y experiencias humanas amenazado por el olvido.
El título constituye una clave interpretativa esencial. Una lámpara votiva
es una luz que permanece encendida como ofrenda, recuerdo o expresión de
devoción. En el poemario, esa imagen puede entenderse como una metáfora de la
propia escritura: el poeta enciende una luz sobre los muertos, los artistas,
las ciudades y las formas de vida que merecen sobrevivir en la conciencia
colectiva.
El libro no se limita, por tanto, a recordar. Pretende rescatar del
silencio aquello que considera valioso. La poesía aparece como una forma de
resistencia frente a la desaparición física, la pérdida de la memoria histórica
y la transformación de los espacios tradicionales.
Esta intención confiere unidad espiritual a una colección que reúne
composiciones de procedencia diversa. Sin embargo, también plantea una
dificultad: la voluntad de homenajear puede llegar a imponerse sobre la
necesidad de descubrir una perspectiva poética verdaderamente nueva.
2. La estructura: entre la evocación
histórica y la celebración de Cádiz
La obra presenta dos grandes bloques: una primera parte dedicada a poemas
inéditos y una segunda que reúne poemas premiados no publicados y otros
editados. Dentro de esta organización conviven la reconstrucción imaginativa de
vidas ilustres, la poesía de carácter histórico, la evocación cultural y la
representación de ambientes gaditanos.
En los poemas iniciales, Juan Mena adopta voces imaginarias de personajes
como fray Luis de León, Góngora, Antonio Machado, Manuel Machado, Manuel de
Falla, Federico García Lorca, Luis Cernuda y Miguel Hernández. No pretende
simplemente describir sus biografías, sino reconstruir momentos decisivos de
sus existencias, a menudo próximos a la muerte, al exilio o a la pérdida.
En la segunda parte cobran protagonismo Cádiz, el mar, los barrios
populares, la religiosidad, las tradiciones y las relaciones entre España y
América. El desplazamiento temático no supone una ruptura completa: tanto los
personajes históricos como los pescadores y habitantes de los barrios aparecen
vinculados por la necesidad de conservar una identidad y transmitir una
herencia.
No obstante, la heterogeneidad también tiene un coste. El libro se aproxima
a una antología personal en la que conviven diferentes propósitos y tonos. La
unidad depende más de la sensibilidad del autor —su apego a la memoria, la
cultura y el paisaje— que de una evolución dramática rigurosa. La lectura puede
percibir una sucesión de homenajes más que un itinerario poético plenamente
progresivo.
3. La reconstrucción de los grandes
escritores: mérito y riesgo
Uno de los aspectos más ambiciosos del poemario consiste en imaginar la
conciencia íntima de autores cuya obra ya forma parte de la memoria cultural
española.
En «Recién nombrado provincial de la Orden, enferma fray Luis de León y
reflexiona en sus últimos momentos», el protagonista contempla la literatura,
la naturaleza y la espiritualidad desde la proximidad de la muerte. En «En la
mañana de la muerte de Góngora: 2 de mayo de 1627», el poeta cordobés aparece
acosado por las dificultades materiales, la soledad y el recuerdo de su
universo literario.
El procedimiento permite humanizar a los grandes autores. En lugar de
presentarlos como monumentos intocables, los muestra vulnerables, dependientes
de los afectos, conscientes del tiempo y preocupados por el destino de sus
obras.
El mismo mecanismo adquiere una dimensión histórica más dolorosa en los
poemas sobre Antonio Machado, Federico García Lorca y Miguel Hernández. El
exilio, la represión y la muerte dejan de ser datos de una biografía para
convertirse en experiencias de desarraigo y sufrimiento.
Aquí reside una de las principales virtudes del libro: la historia
literaria se transforma en experiencia emocional.
Pero esta estrategia entraña también un riesgo. El lector conoce de
antemano la identidad de los personajes y buena parte de su destino. Por ello,
la emoción depende en ocasiones más del prestigio de las figuras evocadas y de
la tragedia que padecieron que de una revelación poética inesperada.
La pregunta crítica es inevitable: ¿qué descubre el poema que no supiéramos
ya de su protagonista? Cuando la respuesta se encuentra en una imagen nueva,
una contradicción humana o una interpretación original, el homenaje alcanza su
mayor eficacia. Cuando predomina la recapitulación de datos biográficos,
nombres y referencias reconocibles, la composición se aproxima a la recreación
cultural ilustrada.
4. La historia y la conciencia moral
Los poemas dedicados a Machado, Lorca y Hernández constituyen uno de los
núcleos éticos más significativos del libro.
En «Antonio Machado parte para el destierro», el exilio se representa como
una separación dolorosa de la patria y de los paisajes interiores que han
alimentado la obra del poeta. La evocación del alto Espino, asociado a la tumba
de Leonor, expresa la fuerza de una memoria personal que acompaña al desterrado
incluso cuando debe abandonar su tierra.
En «Federico García Lorca decide bajar a Granada», el conocimiento del
desenlace trágico convierte el regreso a Andalucía en una marcha cargada de
fatalidad. La luna, tan vinculada al imaginario lorquiano, adquiere una función
sombría: deja de ser únicamente una presencia lírica para convertirse en
testigo silencioso de la violencia.
El poema dedicado a Miguel Hernández es particularmente relevante porque
combina la vocación literaria con el compromiso político, la experiencia
carcelaria y la preocupación por la esposa y el hijo. La tragedia no se reduce
a la muerte de un poeta: alcanza también a una familia privada de su futuro.
El libro propone así una lectura moral de la historia. La guerra civil y la
represión aparecen como fuerzas que destruyen vidas, separan comunidades y
frustran proyectos culturales.
Sin embargo, el enfoque es predominantemente elegíaco. La intensidad
procede de la pérdida, la injusticia y la evocación de las víctimas. Hay menos
espacio para el análisis de las contradicciones colectivas o de los mecanismos
históricos que hicieron posibles aquellas tragedias. No es necesariamente un
defecto en una obra lírica, pero sí delimita su alcance: Juan Mena busca ante
todo preservar la memoria y suscitar compasión, no desarrollar una
interpretación histórica exhaustiva.
5. El mar y Cádiz: el centro
afectivo del poemario
La relación con Cádiz y su entorno constituye uno de los elementos más
personales de Lámparas votivas. En poemas como «Junto a una mar de dádivas y
ultrajes o arrabal de mar» y «Los mares que te guardan como en harén, oh Cádiz,
de oleajes», el espacio geográfico se transforma en depositario de una memoria
colectiva.
El mar no es un mero decorado. Es fuente de sustento, amenaza, belleza y
continuidad histórica. Ofrece recursos, pero también impone sacrificios;
acompaña la vida cotidiana, aunque puede destruir aquello que alimenta. Esa
ambivalencia queda condensada en la idea de un mar de «dádivas y ultrajes».
El poema sobre el arrabal de mar resulta especialmente interesante porque
se acerca a los pescadores, sus familias, sus patios, sus pequeñas economías y
sus prácticas religiosas. La Virgen del Carmen representa una protección
simbólica frente a la incertidumbre del trabajo marítimo. La devoción se
integra en los gestos cotidianos y en las esperanzas de personas cuya
existencia está condicionada por la precariedad.
En este ámbito, la poesía supera el homenaje monumental. Los personajes
anónimos adquieren dignidad y se convierten en depositarios de una historia que
difícilmente aparece en los grandes relatos oficiales.
Sin embargo, la idealización constituye un problema importante. El barrio aparece
como un vestigio entrañable de otro tiempo, y sus transformaciones se presentan
en ocasiones como pérdida de autenticidad. La televisión, el deterioro de las
relaciones comunitarias, la droga y la desaparición de ciertas costumbres se
integran en una visión crítica de la modernidad.
Esta mirada posee fuerza afectiva, pero puede simplificar el pasado. La
vida tradicional no estaba exenta de pobreza, desigualdad, dependencia y
sufrimiento; el propio poema reconoce esas dificultades. El desafío consiste en
conservar la memoria de una comunidad sin convertirla en una imagen inmóvil ni
confundir la autenticidad cultural con la ausencia de cambios.
6. El lenguaje: riqueza expresiva y
saturación retórica
Uno de los rasgos más visibles de Juan Mena es su extraordinaria
inclinación por la imagen elaborada, la metáfora acumulativa y el vocabulario
culto.
El paisaje se transforma constantemente: el amanecer se vuelve cabellera,
el agua adquiere propiedades de vidrio, el sol actúa como una presencia humana
y los espacios urbanos se convierten en organismos vivos. En los poemas
dedicados a Cádiz, esta tendencia produce una ciudad dinámica, rodeada de luz,
historia y movimiento.
También destaca la amplitud del repertorio cultural. Aparecen referencias a
autores clásicos, músicos, escritores contemporáneos, lugares históricos y
obras literarias. Las notas explicativas permiten reconocer parte de ese
entramado y muestran que el autor aspira a establecer un diálogo explícito con
la tradición.
La ventaja de este lenguaje es su capacidad para crear una atmósfera de
abundancia sensorial y cultural. El lector encuentra una poesía que no renuncia
a la complejidad ni al conocimiento de la tradición literaria.
Su principal debilidad es la saturación de imágenes. En ocasiones, una
metáfora eficaz queda rodeada por otras muchas que compiten por la atención. El
poema puede perder precisión cuando cada objeto, sentimiento o paisaje necesita
convertirse en una figura retórica.
A ello se suma el uso frecuente de adjetivos, enumeraciones, referencias
eruditas y asociaciones ornamentales. Cuando todos los elementos reclaman
intensidad, resulta más difícil establecer una jerarquía entre lo esencial y lo
accesorio.
La poesía necesita tanto expansión como selección. Algunas de las imágenes
más logradas del libro ganan fuerza porque expresan una experiencia concreta;
otras parecen buscar el asombro verbal sin dejar suficiente espacio al
silencio, a la sencillez o a la ambigüedad.
Una revisión rigurosa podría eliminar ciertas acumulaciones y permitir que
las imágenes centrales respiraran. El resultado no sería una poesía menos
culta, sino una poesía en la que el conocimiento y la emoción alcanzaran una
mayor concentración.
7. La religiosidad: consuelo,
identidad y continuidad
La dimensión religiosa constituye otro de los hilos conductores del libro.
Está presente en la espiritualidad de fray Luis de León, en la evocación de la
muerte, en la devoción marinera a la Virgen del Carmen y en la relación entre
las comunidades y sus tradiciones.
En estos poemas, la fe no se limita a una doctrina abstracta. Se manifiesta
en prácticas concretas: rezar ante una imagen, pedir protección antes de salir
a pescar, agradecer el regreso a casa o encontrar serenidad ante la muerte.
Esta religiosidad ofrece una respuesta a la vulnerabilidad humana. El mar,
la enfermedad, el exilio y la violencia introducen incertidumbre; la fe
proporciona un lenguaje con el que interpretar el sufrimiento y mantener la
esperanza.
La propuesta resulta coherente con el título del libro: recordar también es
una forma de venerar. No obstante, la perspectiva es fundamentalmente
afirmativa. La tradición religiosa aparece sobre todo como refugio y vínculo
comunitario, sin que se explore con igual intensidad la duda, el conflicto
espiritual o la posibilidad de que las creencias no basten para aliviar el
dolor. Esta elección da cohesión al universo moral de la obra, aunque reduce la
variedad de sus interrogantes.
8. La dimensión social: los seres
anónimos frente a la idealización
El poemario adquiere una especial densidad humana cuando se aleja de las
grandes figuras culturales y observa a las personas corrientes.
En el poema sobre el arrabal marinero, el trabajo, la pobreza, la familia y
la religiosidad forman una red de experiencias compartidas. Las redes que se
remiendan, las conversaciones en los patios, los comercios que permiten fiar y
la incertidumbre de las faenas marítimas hacen visible una comunidad que
sobrevive gracias al esfuerzo y la solidaridad.
La poesía cumple aquí una función testimonial: conserva detalles que
podrían desaparecer junto con las generaciones que los protagonizaron.
También aparecen las sombras de ese mundo. El alcohol, la droga, las
carencias económicas y las frustraciones domésticas impiden que la
representación sea completamente idílica. El autor reconoce que bajo la
apariencia de una vida familiar o vecinal persisten sufrimientos ocultos.
Aun así, el tratamiento social tiende a ser descriptivo y moral. Se
perciben con claridad los efectos de la precariedad, pero no siempre se
profundiza en las estructuras económicas y sociales que la producen. Las
personas aparecen dignificadas por el trabajo, el amor y la resistencia, aunque
a veces quedan definidas por valores previamente establecidos.
El mayor acierto de este enfoque consiste en conceder relevancia poética a
quienes rara vez ocupan el centro de la historia cultural. Su límite es que la
compasión no siempre se convierte en una exploración más compleja de las causas
de su sufrimiento.
9. «Piel en subasta»: una ampliación
del horizonte humano
El poema «Piel en subasta» merece una atención particular porque desplaza
la mirada hacia una experiencia íntima marcada por la explotación, las heridas
afectivas y la reconstrucción personal.
La acumulación de imágenes de deterioro, máscaras, mercancía y desengaño
construye la representación de alguien cuya intimidad parece haber quedado
sometida a las exigencias y los abusos de los demás. Sin embargo, el poema no
se detiene en esa degradación: avanza hacia la recuperación de la autonomía, la
capacidad de orientar la propia vida y la posibilidad de establecer una
relación basada en la reciprocidad.
Este tránsito amplía el horizonte moral de la obra. La dignidad ya no
depende únicamente de conservar una tradición o rendir homenaje a una figura
ilustre; también implica recuperar la voz propia y romper con una historia de
sufrimiento.
Formalmente, el poema confirma tanto las virtudes como los riesgos del
autor. Su riqueza metafórica permite expresar una experiencia psicológica
compleja, pero la acumulación de comparaciones puede dificultar que el núcleo
emocional se manifieste con toda su fuerza. La imagen necesita ser intensa,
pero también reconocible; de lo contrario, el lector puede admirar el ingenio
verbal sin alcanzar plenamente la experiencia humana que lo origina.
10. La intertextualidad: diálogo con
la tradición o dependencia de ella
La presencia de otros autores no es un elemento secundario, sino un
procedimiento estructural de Lámparas votivas.
Las referencias a Virgilio, Horacio, Góngora, Machado, Lorca, Cernuda,
Hernández y Juan Ramón Jiménez permiten construir una conversación entre épocas
y sensibilidades. Las citas y alusiones muestran que la creación poética no
surge en el vacío, sino dentro de una lengua heredada y una tradición que cada
escritor transforma.
El epígrafe de Dámaso Alonso refuerza esta concepción de la lengua como
patrimonio cultural y afectivo. El libro parece defender que la memoria
literaria es una forma de pertenencia: conocer las voces del pasado ayuda a
comprender la identidad del presente.
Pero existe una tensión. Cuanto más reconocible es la voz evocada, más
difícil resulta que la voz del homenajeador conserve su independencia. Las
referencias pueden enriquecer el significado, pero también condicionar la
lectura y desplazar la atención desde la creación de Juan Mena hacia los
autores que convoca.
En algunos momentos, el diálogo con la tradición parece convertirse en una
exhibición de familiaridad cultural. El lector recibe abundante información, aunque
no siempre encuentra una transformación radical de los materiales heredados.
La cuestión no consiste en exigir originalidad absoluta, algo imposible en
cualquier tradición literaria, sino en valorar hasta qué punto las referencias
se convierten en experiencia propia. La intertextualidad alcanza su mejor
resultado cuando no se limita a identificar un nombre o reproducir un eco, sino
que permite descubrir algo nuevo sobre el personaje, la memoria o el presente.
11. El ritmo y la composición: una
voz expansiva que necesita poda
La forma de los poemas responde, en general, a una concepción expansiva del
discurso. El autor desarrolla escenas extensas, enlaza imágenes, introduce
nombres propios y amplía las evocaciones mediante enumeraciones y asociaciones.
Esta amplitud favorece los poemas de carácter narrativo, especialmente
aquellos que reconstruyen una vida o describen un paisaje. El verso permite
incorporar información histórica y cultural sin someterse a la concisión de una
composición breve.
Sin embargo, la extensión no siempre coincide con una progresión emocional.
Algunos poemas reiteran una misma impresión mediante imágenes sucesivas que
intensifican el ambiente, pero no necesariamente modifican su sentido.
El problema no es la longitud en sí misma, sino la relación entre
desarrollo y necesidad. Una composición extensa puede alcanzar una gran
intensidad si cada sección transforma la anterior; cuando las imágenes se
acumulan sin una evolución equivalente, la atención se dispersa.
La revisión formal debería atender a tres aspectos:
- La
selección de metáforas, conservando las más originales y expresivas.
- La
organización de las enumeraciones, para que cada una cumpla una función
precisa.
- La
progresión emocional, de modo que el poema avance hacia una revelación,
una contradicción o una imagen final significativa.
Estas operaciones permitirían conservar la amplitud cultural de Juan Mena y
reforzar, al mismo tiempo, la tensión interna de sus composiciones.
12. Balance final: una obra valiosa,
pero desigual
El valor de Lámparas votivas reside en su voluntad de preservar una memoria
múltiple. Juan Mena reúne literatura, música, historia, paisaje, religiosidad y
experiencia social dentro de un mismo proyecto de homenaje. Su poesía entiende
que la cultura no pertenece únicamente a los grandes nombres: también vive en
los barrios, los oficios, las costumbres y los recuerdos familiares.
Sus mejores momentos aparecen cuando la evocación cultural se convierte en
una experiencia concreta de pérdida, cuando el paisaje revela una forma de vida
o cuando una imagen consigue expresar la dignidad de alguien que permanece
fuera de los relatos oficiales.
Sus principales debilidades son la tendencia a la acumulación retórica, la
presencia excesiva de referencias culturales en algunos pasajes, cierta
idealización del pasado y una desigualdad en la capacidad de los poemas para
transformar sus materiales en descubrimientos poéticos.
El libro no alcanza siempre la misma intensidad, pero su propósito resulta
reconocible y consistente: rescatar aquello que el tiempo amenaza con borrar.
El juicio crítico definitivo es que Lámparas votivas posee mayor fuerza
como proyecto de memoria cultural y humana que como conjunto formalmente
homogéneo. Su ambición erudita, su compromiso con los olvidados y su amor por
Cádiz le proporcionan identidad; una mayor depuración verbal y una selección
más estricta habrían dado todavía más relieve a sus mejores intuiciones.
II. Sinopsis de diez líneas
1. Lámparas
votivas, de Juan Mena, es un poemario dedicado a la memoria, la cultura, la
historia y la experiencia humana.
2. Su título
simboliza la luz que la poesía mantiene encendida en homenaje a personas,
lugares y tradiciones.
3. Una primera
parte recrea los últimos momentos y recuerdos de escritores como Góngora,
Antonio Machado, Lorca y Miguel Hernández.
4. El exilio,
la guerra, la represión y la muerte constituyen algunos de los episodios más
dolorosos de estas evocaciones.
5. La segunda
parte presta especial atención a Cádiz, su mar, sus barrios y su patrimonio
cultural.
6. Los
pescadores y sus familias representan una comunidad marcada por el esfuerzo, la
pobreza, la solidaridad y la fe.
7. La
religiosidad y la tradición aparecen como fuentes de consuelo y como vínculos
entre generaciones.
8. El lenguaje
destaca por su riqueza metafórica, sus referencias literarias y su abundancia
de imágenes sensoriales.
9. Aunque
algunos poemas presentan acumulaciones retóricas e idealizan ciertos aspectos
del pasado, la obra posee una clara vocación humanista.
10. En conjunto, el libro defiende la poesía como refugio
de la memoria y como homenaje a la dignidad de las personas y los pueblos.
LÁMPARAS
VOTIVAS
EDICIONES DE LA
TERTULIA
RÍO
ARILLO
Copyright
de Juan Rafael Mena. Edición no venal
y para miembros de la Tertulia
Copistería
LA REPRO SAN FERNANDO
c/
Faustino Ruiz, 26
DEPÓSITO
LEGAL: CA 583/07
JUAN RAFAEL MENA
LÁMPARAS VOTIVAS
(Poemas
inéditos y poemas premiados no editados)
EDICIONES DE LA TERTULIA
RÍO
ARILLO
Hermanos
en mi lengua, qué tesoro
nuestra
heredad —oh, amor; oh, poesía—,
esta
lengua que hablamos —oh, belleza—.
Dámaso Alonso
POEMAS INÉDITOS
RECIÉN
NOMBRADO PROVINCIAL DE LA ORDEN, ENFERMA FRAY
LUIS DE LEÓN Y REFLEXIONA EN SUS ÚLTIMOS MOMENTOS
Ni el perfume
de cedro que me llega
si
recuerdo el Cantar de los Cantares
y ni
epinicios con clamor de estadio
por
Píndaro, o Eurípides que baja
los
héroes a la piel de cada día;
ni el
amable balar de los ovejas
de
Virgilio, al ocaso, en su campiña,
ni
Bembo con el lujo esplendoroso,
ni la
melancolía de Petrarca
en su
estudio evocando a Laura muerta,
en este
suceder de los instantes
finales
de mi vida como un río
que se
acerca a la desembocadura,
me
consuela, oh hermanos que entonáis
rezos
para el viático que espero
aquí en
mi celda, lúcida anfitriona
de mi
memoria que calor le pide
a aquel
Beatus ille mi horaciano
paraíso
final hacia el que voy
a
recibir la calma suspirada
durante
todo mi existir, torneo
de la
disputa, a veces eludida;
y la
ladera de mi huerto ahora
se me
ofrece plantada como quise
en
surcos de mis versos, a la sombra
tendido
y sin más yedra coronado
que el
laurel invisible de la Gracia,
ni más
músico plectro que la lira
de los
Nombres de Cristo en mi reposo.
Premiado en Casa de Castilla y León en Sevilla (2007)
NOTA:
Los nombres de autores a los que tradujo fray Luis de León
EN LA MAÑANA DE LA
MUERTE DE GÓNGORA
Córdoba, 2 DE MAYO DE 1627
A
Córdoba volviste enfermo y endeudado
y con
el alma turbia
de feas
cicatrices por las tantas batallas
libradas
en Madrid.
Ya los
amigos nobles se fueron a las sombras
silentes
de lo eterno:
ni
Siete Iglesias ni Villamediana viven
para
una leve ayuda,
y te
queda a esta hora postrimera tan sólo
el
interior consuelo
de la
imaginación poblada de latines,
vocablos
seductores
y las
feraces églogas de tu amado Virgilio;
el gran
vate de Mantua,
del que
bellos hexámetros en voz alta relees,
meditas,
atesoras,
y
después callas, sueñas, como si tus discípulos,
fieles admiradores,
viniesen
en espíritu y te homenajearan
con
todos tus vocablos
a
decirte: “Maestro, recibe ya en tus
manos
de
marchitas raíces,
tu
color favorito: el rosicler que llega,
herencia
de la aurora,
a tu
ventana y pone un beso en el pretil
que desprende
el rocío.
La mano
compasiva de este huésped solar
que el
balcón posesiona
y
penetra en la estancia, te ajusta una palmada
en el
hombro rendido
como
almena en ruina, sus dedos ambarinos
acarician
los muebles,
tejen
ígneas arañas con el polvo que flota
vagamente
en el aire,
festonean
la rara taracea que luce
el
íntimo bargueño,
dibujan
un laúd de efímera presencia
con el
arduo labrado,
encienden
con sus besos de rápidos destellos
los
velones antiguos,
guardianes
de la noche desterrada a una cárdena
lejanía
de olvido
con su
tropa diezmada de penumbras vencidas
—metafóricas huestes—
después
que la mañana la asediara, invadiera
con
teas de amapolas.
Igual
que un crisantemo gigantesco y ardiente
la
mañana ha crecido
y locas
baraúndas de píos de jilgueros,
golondrinas
y mirlos
estremecen
la calle,
alborotan
la plaza con pregones lecheros,
verduleros,
ediles;
sacristanes,
beatas, vagabundos, barberos
curiosean
ociosos,
mas tú
enciendes ahora versos en tu memoria,
invadida,
de súbito,
por
faunos, pastoriles idilios delicados
con
damitas afables,
cortesanas
amenas y robustas criadas;
alejado
de cíclopes
y de
toros feroces tu corazón retorna
de
nuevo a las callejas
entre
flautas y cítaras, pero, solo, errabundo,
ya
tirando en el río
tu
inservible y manido capital de recuerdos
de la
vieja Castilla;
regresas
a tu casa y toda te parece
como un
gran mausoleo,
y ya
estás en tu lecho
lo
mismo que un nenúfar tronchado en los verdines
del
fondo de una fuente,
mas,
óyeme, maestro, hoy por ti los celajes
se
arrebolan, se queman
en el
Guadalquivir, y parejas de amantes
vadeando
el gran río
harán
hoy memorable como nunca el paseo
por el
puente romano,
la
ciudad, rodeada por anillos febeos,
como un
amplio corimbo
crecerá
al mediodía, florecerán las sombras
de
frescor veraniego
en
rincones de patios que decoran verdores
trepando
por columnas,
que
salvaguardan rejas, donde canarios, lúganos,
petirrojos,
verdones,
ruines,
chamarices pueblan las soledades
de las
horas cansinas
de la
siesta, la enhebran con sus picos locuaces,
y todo cuanto
alienta
debajo
de las hojas, de las piedras, del día
último
que te acoge
recogerá
tu nombre como un eco, latido,
suspiro
en redondillas,
palpitar
de los cauces que señalan tus versos
esas
claras acequias
donde
cantan tus aguas reflejando los muros,
las
torres coronadas,
permanente
habitante cuando mayo salpica
de
magnolios los claustros,
alamedas
y huertos. Pero pocos serán
los que
sepan en dónde
nace el
salto, el arroyo de tu amor impensable
a la
naturaleza
(racionero en declive, sólo tienes tus libros,
tu barbero y tu patio;
malhumorado y hosco ciudadano te ven;
como clérigo indigno
te apostilla Quevedo); la ribera de sílabas
para entrar en sus aguas
y quitarse la tizne que nos pinta la cólera,
o el cansancio o la pena,
de pedir a los nobles, mendigar abdicando
de tu orgullo y tu genio,
aunque príncipe seas de tinieblas poéticas,
plutócrata en metáforas
y pobre de vituallas, y logres con la flauta
pastoral de tu Acis
pasear nuestro olvido por las frondas de nardos,
de azucenas, de orquídeas
que navegan sin rumbo, las hojas de la acacia
que van a la deriva,
contemplar como niños los álbumes de nubes
que las tardes pasean
por la lenta corriente del Betis perezoso,
gran rey de Andalucía,
que cantó tu soneto cuando sentiste, lejos
de Córdoba, nostalgia
de todo lo que en esta mañana te acompaña
como una despedida
a ti, tan solo siempre, tahúr en ocasiones,
y en guerra con Lopillo* y
tu gran enemigo
el de ”los pies de arrope”*, Francisco
de Quevedo.
Transcordado,
preguntas por la hora a menudo,
contemplas
la ciudad
desde
el viejo balcón, ves la torre Malmuerta,
y, a la
sutil llamada
de la
muerte, la Parca, te vuelves al camastro,
te
santiguas, te echas
como
para morir en paz en el regazo
doncellil de tu dulce Galatea…
NOTAS:
Lope de Vega.
Expresión burlesca de G. contra Q.
ANTONIO
MACHADO PARTE PARA EL DESTIERRO
Son refugiados
a la desbandada
civiles, militares en desorden
como feria de trastos, pertenencias
escasas, arrastradas por las manos
de la zozobra que los zarandea,
empujados que van por la amenaza
con su boca brutal de cañonazos
y ruidos de rejas y sentencias—.
Él mira todo cuanto le circunda
y una lágrima oculta lo retiene.
Guarda el dolor, lo calma, lo adormece,
lo arropa y mima como a un niño enfermo
en el rincón de su conciencia antigua,
y esta hora que linda con la tarde,
no es llanto, no es sonido de elegía,
sino un eco de todo cuanto deja,
una mano ancestral que lo retiene,
que golpea su espalda y lo sacude
como se zangarrea una guitarra,
una de las guitarras andaluzas
que escuchó en las posadas y en las ventas
en su ida y venida por Iberia,
Guadalquivir y Duero en el oído,
de Úbeda y Segovia, provincianas,
a Madrid, el café de los artistas
(Café de Pombo —El cuadro de Solana
con tonos de la España que se envuelve
en aires de tragedia inevitable—.
Con Marañón, Pérez de Ayala, Ortega
en pro de una república, el ejemplo
de Giner de los Ríos, el anhelo
de una España distinta
“con un hacha en la mano vengadora,
la España de la rabia y de la idea”).
Porque es amor y no resentimiento
lo que enturbia sus ojos en exilio,
lo que es hiel en la voz de la memoria,
lo que le desbarata las ideas
con mano aciaga de un destino duro
y hace crujir de penas las palabras,
un amor que le ahoga como sierpe
que silba España; que le muerde España,
y sobre el hombro, como un lento abrazo,
emocionada lleva la penumbra,
le acompaña un adiós interminable,
una afectuosa lluvia de recuerdos
que le cala la piel de su nostalgia
y le pone encendidas cicatrices
cuando otro amor
que pareció dormido,
ahora en el alzamiento de la sangre,
le hace mirar desde los Pirineos
hacia atrás, más azul la tarde cruenta:
¿Estará en paz aún el alto Espino,
el alto Espino donde está su tierra?*
El frío pirenaico de este enero
los ve llegar cansados a Colliure.
El coche que lo lleva (va su madre
y su hermano José junto a su esposa),
ha sido un traqueteo polvoriento
desde Figueras, cruz de desterrados.
En el grupo, con él en el exilio,
va gente y el coloquio lo sustrae
de aquellas circunstancias que resuenan
en la memoria. Habla de los campos
de Cataluña —Maragall: “Oh España…”—
de Valle-Inclán, tan poco conocido
y al que augura una larga y viva fama.
Se ha dado cuenta que ha dejado —¿dónde?—
una maleta en la que guarda escritos
recientes.
Ángel tutelar, los guía
Corpus Braga en el paso de frontera.
Adiós a cuanto fue calor y verbo
de la España que ansiaba nuevos rumbos
en su zarandeado mar de historia.
Colliure. Madame Quintana los acoge
en el hotel. Última carta escrita
a José Bergamín.
Muere una tarde
de un febrero con cielo turbio y frío.
José, su hermano, encontrará, arrugado,
un papel que dejara Antonio, y dice:
“Estos días azules y este sol de la infancia...”
NOTA:
El alto Espino, donde está enterrada Leonor, su
esposa.
DESPUÉS DE FALLECIDOS SU HERMANO ANTONIO
Y SU
MADRE, MANUEL MACHADO LLEGA
A COLLIURE Y
MEDITA ANTE LA TUMBA DE ANTONIO
Bajo este cielo gris, y como
huidiza
esta mirada hurtándose a los datos
terribles de tu losa funeraria,
Antonio, no sé cómo me sostengo
en pie cuando me cercan como tropa
amenazante los recuerdos. Pido
a los cielos me sea leve el trance
del asalto a la almena de mis sienes
de tantos años, tantos versos juntos
que mellizos de gozos nos hicieran
a los dos entre viejos bastidores
de teatro —“La Lola, La
duquesa, Julianillo,
Mañara, Las
Adelfas, La Fernanda
o bien El
hombre que murió en la guerra…”-—,
las noches del Madrid que todavía
cantaba chulapón y zarzuelero,
en plática contigo y los amigos
en el Café Español, el de Varela,
la tertulia de Arranz y los ensayos
en los viejos teatros —el Princesa,
el de Reina Victoria, el Español
o La Comedia, con Ricardo Calvo,
la Xirgu, la Membrives, la Guerrero.
Después vinieron días de zozobra
y también de esperanza que cegaron,
igual que a un manantío, los violentos.
Como si recordara los embates
del oleaje en una gran tormenta,
así vino, incivil y descarnada,
la guerra que enfrentara a los hermanos.
Envuelto en una niebla disidente
te veo, Antonio, amante insobornable
de una España más justa “que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea”.*
Pero, mayor deudor de mi pasado,
vi en el retorno de las tradiciones
la quietud de aquel mar tempestuoso
(“ ¡Ay del pueblo que olvida su pasado
y se entrega insensatos desvaríos…!“*)
Sin embargo, aquel pánico que a todos
los españoles nos zarandeaba,
me motivó a escribir versos que luego,
aclarada la niebla del espanto,
sepulté en el hondón de la memoria
como el elogio al sable del Caudillo,
que ahora en los recuerdos se me clava.
Aquel viaje a Burgos con Eulalia*
nos separó en el cuerpo para siempre…
Domado este dolor igual que un toro
rebelde que detesta la divisa,
así mi corazón acepta y muerde
el destino y su oscuro desconcierto,
que te dejo en la losa como un ramo
de mis mejores flores: mi tristeza,
que me acompaña como antaño fuimos
de verso a verso y de café a café,
enredados los dos en los asuntos
de la Talía
airosa y andaluza
y en los viejos recuerdos de Sevilla
el Palacio de Dueñas, nuestro padre,
maestro que nos dio a beber la copla.
Puedo decirte lo que tú una tarde
dijiste al borde de la sepultura
en duelo silencioso a un buen amigo*
(“Y tú, sin
sombra ya, duerme y reposa;
larga paz a tus huesos.
Definitivamente
duerme un sueño
tranquilo y verdadero.”*
NOTAS:
*Campos de Castilla, poema CXXXV.
*Sonetos
tradicionalistas.
*Su esposa.
*Antonio Machado y
Álvarez, “Demófilo”.
*Campos de Castilla, poema CXXVI.
EN SU CRIPTA DE LA CATEDRAL, EL ALMA
DEL MÚSICO
GADITANO MANUEL DE FALLA EVOCA FRAGMENTOS DE SU VIDA
El mar del Campo Sur me llama como entonces,
como cuando, yo niño, al pretil me asomaba
del Atlántico: oyendo su resuello sonoro,
me rogaban las aguas que tradujese un día
a música y a coro su grandeza oceánica,
y es que escucho, cercano, marítimo vecino,
el vaivén verdiazul del oleaje; ensaya
en los bloques de piedra que resguardan los muros
pentagramas que rompen los vientos de levante;
mas, cuando en el reposo de los atardeceres
el poniente se hunde como edificio en llamas,
se acicala mi espíritu y con mano de ángel
repasa el viejo álbum de mi otoñal memoria,
y me veo por calles de aquel Cádiz que ahora
nuevas generaciones en postales admiran;
ahora que ya, altivo, el progreso ha borrado
las señas sustanciales que fueron la conciencia
popular, cotidiana del bullir de la calle.
Pequeño todavía, camino con mi madre
desde la plaza Mina—en que salí a este mundo—
hacia la bullanguera calle Ancha, la tienda
de Quirell, instrumentos musicales me atraen
como si de juguetes se tratara, lo mismo
que el pequeño teatro mío de marionetas.
Una vez me llevaron a Sevilla, y fue tanta
la impresión producida, que vivir quise en ella.
Vi de niño dos óperas: el Fausto de Gounod
y del gran Donizetti Lucía. Entusiasmado,
a Haydn descubrí por sus Siete Palabras*.
Me inicia en el teclado mi madre y de mis dedos
surgirá mi primicia: aquella Melodía
en la que el violoncello y el piano se aúnan,
en disputa con otras aficiones: las Letras
y también la pintura en revistas, las voces
de mi búsqueda inquieta: “El burlón”, “Cascabel”…*
Tal como el de Viniegra en plaza Candelaria,
acudo a los salones, devotos de Bellini,
y también de zarzuelas; oh, Eloísa Galluzo,
mi dulce profesora de solfeo y piano,
y Odero y Broca a quienes la armonía les debo
y el fino contrapunto en el que Bach me diera
la juvenil semilla de mi primera obra:
la Gavotte y Musset …Galanteé a María,
sobrina de mi madre, mas ella no me quiso
el dardo devolver lanzado por mis ojos…
¡Sorpresas de la vida: muchos años más tarde
unimos en América gavillas de amistad!
Otearon Madrid mis frescos veinte años
y fui al Conservatorio, de Tragó buen alumno.
Paseé por allí una gaditanía
de azules pentagramas que a Pedrell* sedujeron,
La ilusión fue una yedra que subió por mis sienes
con aquel primer premio de piano… Aventura
inútil fue embarcarme, grumete, en la zarzuela.
Pero el soplo divino* consoló mi fracasó:
Serenata
andaluza, Vals-Capricho, Nocturno
me armaron caballero de luchas musicales,
y, sobre todo, el fausto que fue para mi gloria
La vida breve, buque con que a la mar me hice
en difíciles aguas por París con maestros
como Dukas, Ravel, Delate, Schmitt, Roland,
y también con el gran Debussy, el de La mer…
Comparándome a veces con mi amigo Picasso,
Stravinsky me tuvo por hombre retraído,
tal era la llamada de mi recogimiento,
y un día en una iglesia, oyendo a Frescobaldi,
me sumo en la oración y Poulenc en el hombro
me toca como si despertarme quisiera
de un letargo en que gozo de un no sé qué inefable ,
y él se va del recinto…Anécdota sabrosa
que a menudo entre amigos refería extrañado.
La gran guerra, bramido y tormenta de balas,
Me devolvió a Madrid otra vez. Es ahora
cuando es La vida breve innumerable aplauso,
lo mismo que la noche en que ardieron mis teclas
de emoción al cantar los jardines de España,
y Cubiles y Viñes y hasta el gran Rubinstein
encendieron sus dedos con la llama andaluza,
y fue esa Andalucía la que en voz de mi gente
–Salud, la Molinera, Candelas, Melisenda,
Isabel y Pirene…*— me llamó a que viniese
al Sur, a una casita echada en el regazo
de una colina, en brazos de Granada, la madre
que me adoptó y en cofre de gitanos acentos
me mostró los diamantes sin pulir todavía
del cante virginal de una tierra que sueña
a los pies de la Alhambra, monumental testigo
de mi labor, que hacía huecos hospitalarios
a visitas de amigos y curiosos viajeros
que en sus almas traían como señas compases
de mi música viva en salones de Europa.
Hasta que un día vino Federico… Oh, qué día
afortunado fue el que me dio el regalo
de conocer de cerca a tan grata criatura,
con la que hice, de pronto, feliz hermanamiento
en comunes propósitos para sacar al cante
de cuevas de temores y enarbolar guirnaldas
como si un nacimiento celebrase profético,
y juntos decidimos vendimiar esas cepas
de “los sonidos negros”*, tal como él los llamara;
cosecha de concursos, tirón de aficionados
para desenterrar de sus gargantas puras
ese metal precioso de los diversos palos.
Quince años que fueron de un paz florecida
en los distintos verdes de los cármenes, limpios
aún de la triste sangre que después resbalase
cuando el dragón de acero de la guerra tronara
y vidas se llevara y los sencillos gozos
del vivir cotidiano… ¡Incluso a Federico,
por el que por salvarlo baldío fue mi esfuerzo,
dueña la muerte ya de Granada y de España,
palideció la Alhambra, calló el Generalife,
y yo no quise más ver mi carmen de luto
y poblado por dentro de fantasmas queridos;
y los lentos apuntes de La Atlántida* fueron
sollozos asfixiados por los tiempos crueles.
Un frío dos de octubre embarqué en Barcelona.
Con María, mi hermana, navegué a la Argentina
y en la Alta Gracia fui huésped bien acogido,
acordándome siempre de Madrid, de Granada,
de París, mis amigos: los vivos y los muertos,
y también de mi Cádiz (Padecía yo entonces
cierta tuberculosis igual que un balbuceo
por la sangre cansada, la carne alicaída;
y creía, además, que las enfermedades
podrían ser castigos venidos de lo alto.)
Consuelo hallé, no obstante, en los cálidos brazos
de la gente de América. Allí mis Homenajes
estrené en el Teatro Colón. Pero la muerte
me acechaba, y un día, solitario, en mi cama
tendido yo, acercóse con sus pies de gacela
y con gélida mano me apretó el corazón*.
Vi cómo se ocuparon de mi cuerpo difunto,
que embalsaron como si retuviesen algo
de mí como consuelo para acallar mi ausencia,
pero yo, deseando que acabara aquel rito,
larga paciencia tuve sosegando mi anhelo
de subir a lo alto para entrar en los coros
que le cantan a Dios el Libro de las Horas
para volver aquí y escuchar como antaño
los mismos oleajes que acunaron mi infancia.
Así, de
vez en cuando, bajo de ese alborozo
hasta la muda cripta, libre ya de avatares,
y de tiempo y espacio, inteligencia pura,
recuerdo, como ahora, fragmentos de mi vida,
mientras el mar me busca llamándome ante muros
pétreos y me suplica que yo pase mis dedos
por sobre su teclado de pleamar serena,
lo mismo que lo hiciese de niño con mi madre
en el piano aquel de la niñez lejana…
NOTAS
*Dos revistas juveniles y efímeras por él fundadas.
*Las Siete
Palabras de Cristo en la Cruz de Haydn,
que se representaba en la catedral de Cádiz desde 1785.
*José Tragó (1857-1934). Pianista y compositor.
*Felipe Pedrell (1841-1922). Compositor y musicólogo
catalán
*Falla era hombre muy religioso y de prácticas piadosas,
como también lo fue Joseph Haydn (1732-1809).De ahí la
expresión “soplo divino”.
*Personajes de sus obras.
*Sinestesia lorquiana de su conferencia de 1933 “Juego y
teoría
del duende”, parafraseando al cantaor Manuel Torre.
*La Atlántida, obra inconclusa de Falla. Fue acabada tras su muerte por
su discípulo Ernesto Halffter.
*Para Falla la música religiosa era la máxima expresión de
ese mismo arte.
16 de julio de 1936:
FEDERICO GARCÍA LORCA DECIDE BAJAR A GRANADA
Si decides bajar al claro Sur,
¿por qué no vas a América
otra vez a mirar aquellos rascacielos
de Nueva York, cruzar puentes de Brooklyn,
ver vomitar los Metros cuerpos humanos
[como sabandijas,
ver de Manhattan, como en lontananza
de un mar de humo, mástiles dudosos de edificios,
oír negros de Harlem y el jazz por las callejas
donde la sangre gime maltratada,
donde los niños blancos acarician
la barba florecida de Walt Whitman
y quedan todavía por las calles
[restos de los suicidas
de después de aquel crash del 29?
Huertos y calles de Fuentevaqueros
lo llaman con sus joyas forestales
y con voces que llegan de la infancia;
[le dicen al oído
con un confidencial y conocido deje,
mientras que va bajando en tren a Andalucía,
que el sol del Sur le embriagará con vino
morado del crepúsculo, a esa indecisa hora
juanramoniana y ya tan conocida
en que suena en un Carmen granadino el arroyo
lento y claro de Falla, y ancestrales se trenzan
los quejidos de un cante de gitanos
[cerca del Albaicín…
¿Para qué bajas, Federico?
¿A buscar a la luna limpia del
Sur, melliza de la nieve
de la Sierra Nevada, acaso,
la luna traicionera que en la noche agosteña
habrá de iluminar el sendero tortuoso
del camión que te lleva al último paseo de tu vida
en compañía del maestro cojo
y de los dos banderilleros?
Ay,
¿ quién os diría un mes, diez días antes
que los cuatro destinos se sentaban
en la mesa a jugar el tute eterno,
yuxtapuestos los cuerpos bajo tierra
y unidos por las cuerdas sangrientas de la muerte?
Esa luna que enseña, Federico,
su polisón de nardos en el cielo de julio,
más despejado cuanto más abajo,
será, de todos los amados elementos
que en tus cálidos versos diste asilo,
la única tal vez que te acompañe
cual una plañidera lejana y silenciosa
pero fiel
en Víznar,
que tú vieras tantas veces
como pieza del puzzle de tus alrededores
[recogidos
con amor en tu Libro de poemas;
Víznar, a diez minutos de Granada -¡tu querida Granada!-,
ay, Federico se prepara ya
[a hacer
de su barranco
tu por siempre ignorada sepultura.
FINAL DE LA
DESOLACIÓN DE LA QUIMERA
O LA MUERTE DE LUIS CERNUDA
Él trae sinsabores de Los Ángeles
y viene enfermo. Escribe a Gil de Biedma
que ama las claridades mexicanas
(y su repudio a reconocimientos
innúmeros de médicos si quiere
continuar en la Universidad
de Southern). Vuelve con sutil recelo
a la finca de Concha*, aunque un disgusto
nublan sus relaciones, en Tres Cruces.
Otra edición de Ocnos le preocupa
y revuelto en papeles pasa el día.
¿Se acordará de España, de los cielos
andaluces, Sevilla, La Giralda,
calle Conde Tójar donde viera
la luz, El Salvador, que es la parroquia
donde lo bautizaran y...”Recuerdo
aquel rincón del patio de la casa
natal, yo a solas...” La memoria le abre
su arcón de estampas viejas: “La escalera
y yo sentado en el primer peldaño...”
¿ De allí le viene el cauce clandestino
de una tristeza que destila muda
la batalla interior y cotidiana?
La remembranza alienta nuevamente:
“Allí en aquel silencio subrayado
por el rumor del agua, con los ojos
abiertos...la penumbra que realzaba
la vida misteriosa de las cosas...”*
Hay dos felicidades que le asisten
en estos días ya preliminares
de su partida. Una alegría invade
el corazón amenazado y siente
llegado como a cota de conquista
cuando un estudio serio de su obra
le envía una alemana. El otro gozo
le llega desde España
“...el nacimiento
ya de mi ahijado y próximo tocayo,
que agradezco y celebro.”*
Y
omo el que prepara
un testamento, todo está en la calle:
verso y prosa alimentan las pupilas
lectoras por libreros y a anaqueles,
pero con el sabor del desterrado
que siente voces, calles y paisajes
lo mismo que una música de fondo
e inevitable en el hondón del alma,
hasta que en la mañana de noviembre
la muerte con su zarpa sigilosa
prensa su corazón como a una presa
desprevenida un buitre. En Coyoacán,
en su cuarto, el poeta está sentado,
ya la pipa caída y, él, viajero
de lo eterno.
Paloma Altolaguirre,
que lo descubre se estremece y llora.
Sus últimas palabras: una carta...
“Ningunas ganas tengo de escribir...
Uno se aburre de tenerlo todo
en contra...” Allí olvidaba —oh qué descanso—
la cruda realidad contra el deseo
y La desolación
de la quimera*,
y expira Como quien
espera el alba*.
NOTAS
*Concha Méndez, viuda
de Manuel Altolaguirre.
*Ocnos de L.C.
*Epistolario inédito de
L.C.
*Obras de L.C.
PRÓXIMO
A SU MUERTE, EL POETA MIGUEL HERNÁNDEZ
RECUERDA FRAGMENTOS DE SU VID
¿Por qué huir de Sevilla a Portugal*
y no ir a Tudenca con Cossío*?
Oh recuerdo, no vengas, no retornes
con tus dedos de espinos a estrecharme
las sienes que gotean pensamientos
en los que llora el niño que se fuera
antes que yo para desgracia mía,
aunque Manuel Miguel me da consuelo
en brazos de su madre, que lo mece
con sabor a cebollas esa nana;
pero este niño crecerá tocando
el muro de mi ausencia y mi vacío.
Yo amaba la república, creía
en ella como labra el hortelano
la huerta a la que mima como un sueño…
(“Después de haber cavado este barbecho,
me tomaré un descanso por la grama…”)*
Pero la huerta queda lejos, como
olvido es la república diezmada
como lo son también Pablo y Vicente,
que me querían, que me contagiaron
de la fe en el poder de la palabra…
(“Alrededor de ti y el vino, Pablo,
todo es chicharra loca de frotarse,
de darse a la canción y a los solsticios…”)*
que traje, juvenil, desde los huertos
y la panadería: oh qué tertulia
con los Fenoll y aquel Ramón Sijé,
a quien quise hasta el tuétano del verso,
con Poveda, Molina, Carmen Conde…
¿Y el canónigo Almarcha? Debo tanto
a aquel cura, que ahora me emociono
recordando en la isla en que me puso,
Robinson entre libros y estupores
de clásicos con voces redivivas…
(“ Un claro caballero de rocío,
un pastor, un guerrero de relente,
eterno es bajo el Tajo…”*)
Se
me enredan
en los ojos sedientos de lecturas
de Miró sus cerezas, sus paisajes,
que eran los que mis ojos contemplaban
antes de que mi Madrid me sedujese.
Luego la guerra como un rudo río
desgarrando riberas, mi entusiasmo
a lomos del poema por los frentes…
(“Moriré como, el pájaro: cantando,
penetrado de pluma y entereza…”)*
Pero aquel manantial de mis impulsos
de pronto amordazó su valentía
y terremoto se volvió en mi dentro
al caer Federico como un árbol
cercenado por rayos malhechores…
(“Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas…”)*
El Quinto Regimiento de Milicias
Populares. Mi amor a la cultura
y a una España, por fin, regenerada
fue mi guerra, mi frente, mi fusil…
(“Va conmigo tu pueblo que es el mío,
cercado por la fiebre fraticida
de la guerra que ejercen los tiranos,
abrasadora España, amor, bravura…”)*
La guerra enmudeció, mas no la herida
abierta y goteante de rencores.
Confié en Orihuela, y a la sombra
de sus palmeras, lenguas clandestinas,
mojadas en saliva vengadora,
me denunciaron y ellas me pusieron
en los pies torpes alas de la huida.
Fui dejando en las cárceles —Sevilla,
Madrid, Palencia, Ocaña— los jirones
jóvenes de mi vida maniatada,
en condena al cruel peregrinaje
de la humedad, del frío y el ruido
sentenciador y sordo de las rejas
y este reformatorio en el que muero…
(“No podrá con la pena mi persona,
rodeada de penas y de cardos,
¡cuánto penar para morirse uno!”)*
Me quedas tú, tan sólo, Josefina,
en esta hora última en que me aprieta
la fiebre su tenaza de delirio,
mas antes de que siga, te recuerdo
aquellas cartas que nos anudaban
en gozosos y cálidos renglones…
(“ Aunque bajo la tierra,
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.”)*
NOTAS:
*En Rosal de la Frontera Miguel es
capturado por la policía de Salazar, que
lo entrega a la policía franquista.
*José María de Cossío, escritor que
tomó como secretario a Miguel.
*Soneto de El rayo que no cesa.
*Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda.
*Égloga dedicada a Garcilaso.
*Poema “Moriré como el pájaro:
cantando…” de Viento del pueblo.
*Elegía primera, de Viento del
pueblo.
*Poema “España en ausencia”, no
recogido en libro.
*Soneto de El rayo que no cesa.
*Poema “A mi adorada Josefina”, en
Poemas no incluidos en libro.
POEMAS PREMIADOS NO EDITADOS Y
OTROS EDITADOS
JUNTO A UNA MAR DE DÁDIVAS Y
ULTRAJES
O
ARRABAL DE MAR
Es vieja devoción de pescadores,
esperanza y calor para sus labios
con el nombre que altar tiene en
el alma,
capilla que la sangre viva
enciende
como la que en la calle, en la
pared
incrustada este barrio la
custodia
como algo suyo, y las vecinas
pasan.
se paran a rezar o se persignan;
y también, con los guiños de la
aurora,
los que van a pescar, redes al
hombro,
a la Clica o al Puente de Zuazo;
camino de la Albina, a
Gallineras,
muelle que con idioma de levantes
habla con el antiguo Sancti
Petri,
castillo, arquitectónica aduana
que exige reverencia si se quiere
entrar en el Atlántico sonoro
—como antaño lo hiciera Julio
César—,
álbum de espumas en que tantos
siglos
escribieron proezas y leyendas
de navegantes y conquistadores
que vinieron de Oriente: los
fenicios
—genios del salazón en
almadrabas—,
como después los griegos, los
romanos,
los árabes, los nórdicos
vikingos…
Mas todo ahora es mucho más
humilde
en un sobrevivir sin más
conquistas
que el pan, el pez que sobra de
la venta
la legumbre y la fruta socorrida
en un aire de viejas tradiciones
que sirven de consuelo y
esperanza.
En las casas la Virgen, en un
cuadro,
les acompaña, tanto en comedores
como en los dormitorios; se les
dice
a los niños que el cuadro es de
la abuela,
que lo heredó hace mucho de su
madre,
y que en días y noches en que el
viento
de la tormenta arriba apaleaba
en la azotea tendederos, Ella
les echaba su manto, protegía
el barco de los hombres de la
casa
que estaba en ese instante
navegando
y era juguete de las rudas olas,
merced a zozobrantes inquietudes.
Si es preciso, se jura por la
Virgen.
En el patio, sentados en el
suelo,
esos mariscadores y sus hijos
recosen redes y camaroneras,
mientras la hierbabuena y la
albahaca,
la aspidistra, el geranio y el
jilguero
son leves y amorosas criaturas,
testigos inconscientes de
trajines,
dramas, bodas, bautizos,
velatorios,
conversaciones, gritos de los niños,
la historia memorial de gente
anciana...
A veces, la alegría es buen rocío
con toques de guitarra y algún
cante
de los aficionados que solazan
los ratos de descanso en la
faena.
Qué sencilla es la vida de esta
gente
de barrio, aunque han cambiado muchas
cosas;
hay menos patios y la dictadura
de la televisión también les deja
mudos sin las anécdotas
triviales,
los chascarrillos y las
comidillas
que tanto ha tiempo les
menudearon
como llovizna amable y distraída
sobre el tedio de horas a la
sombra
de una gran red como una inmensa
araña
a manera de toldo protector
del inclemente sol de mediodía.
Años atrás las tiendas del fiado
fueron consuelo los pescadores
y sus largas familias, al relente
en ocasiones de los malos tiempos
sin acceso a la mar, en esos días
el güichi, bar donde entre naipe
y vino,
transcurre el devenir desheredado
de estos hijos del fango y el
salitre,
del trasmallo, el estero, la
compuerta
y del frío reúma postrimero
en la sola vejez de sus
costillas.
Conocen bien la voz del mar, la
llevan,
ancla ya dentro de sus corazones,
como la de su madre o de su
esposa,
como también la de sus hijos.
Cante
en su repunte majestuoso o llore
en socavones de las bajamares,
ellos no olvidan el fragor de
vidrio
del oleaje en su rodar undoso
por las playas, los muelles y los
caños
porque viven, si el tiempo les
ayuda,
junto a un mar que los tiene
acostumbrados
a dádivas y ultrajes cuando
quiere,
ajenos a crepúsculos y auroras
reflejados en láminas de agua.
En la tienda, sus hijas y mujeres
el hilo enhebran de las retahílas
que sobre el mostrador van
pespuntando,
y sus carencias y limitaciones
endulzan en tertulias
transitorias
con raudas glosas de telenovelas,
como ayer con dramáticos
seriales.
(Hay que olvidar las páginas de
luto
de la droga en esquinas
camufladas
con reunión, inocente en
apariencia,
en la trastienda de algún bar, en
fondos
nocturnos de calladas
casapuertas...)
Hay que olvidar: los padres,
beben, juegan
a las cartas después de tanta
lucha
contra el mar de bajura, contra
el fango
de la biñoca, el perdigón, la
almeja
y la sal en las fraguas del estío
cuando la luz delira de blancura
en los múltiples ojos de los
granos.
Las madres, las hermanas
amordazan
las penas enredándose en
percances
que a los divos del día acontecen
de una televisión de
adormidera...
Sin embargo, este barrio es
todavía
reliquia de otros tiempos,
entrañable
y fiel vestigio de generaciones
de otras gentes que ahora vemos
sólo
en óleos y acuarelas de museos,
que nos traen rumor de pleamares
en el recuerdo bajo lunas de
agua.
Pero alegrías breves,
transitorias
y acostumbradas no desaparecen
en el alma de algunos pescadores
que cuando vuelven de la pesca
miran
—en bicicletas o en modestas
motos,
o bien a pie si la pobreza manda—
desde el muelle fluvial de
Gallineras
como un norte de paz se ve, a lo
lejos,
el convento del Carmen, donde
vive
la Patrona que él, Pepe, uno de
tantos,
manoseada ya, lleva en estampa
de su cartera y, a su modo, reza
plegarias fragmentadas
mascullando,
mientras se acuerda de su casa y
llora
emocionado porque sus retoños
trabajan, libres del terror del
barrio
que a otros azotan y también los
llevan
al cementerio, pasto de la
muerte;
emocionado porque está la esposa
en la cocina ilusionada un poco
con lo que él traiga, y es botín
quitado
al agua que le reta siempre, al
agua
sobre la que la Virgen echa,
Madre,
igual que sobre el viejo patio,
el manto.
Por eso, cuando otea la espadaña
del convento y sus tejas tan
añosas,
al regreso del caño o la
compuerta,
le sube desde dentro, manantial
el agradecimiento. Lo que nunca
hizo, hará ahora: él irá a la
iglesia
con su mujer sin que el pudor lo
inhiba,
y a la Virgen del Carmen dará
gracias;
gracias por esta nueva travesía,
esta fatiga, cotidiana briega
vencida con el remo del esfuerzo
y el palangre irrompible del
amor.
Premio de Poesía Mujeres del Mar 1997
LOS MARES QUE TE GUARDAN COMO EN HARÉN
OH CÁDIZ, DE OLEAJES
I
Despereza sus brazos
amarillos la aurora,
desde Puerto Real se
levanta a los cielos,
se mira en el undoso
vidrio de la bahía,
extiende poco a poco
sus cabellos de trigo,
extensa y luminosa
cabellera que arde
tibiamente al costado
de Cádiz soñolienta.
El día como obrero ya
en faena camina
por el puente con
alta claridad como un nimbo
animando a la vida a
que alce de nuevo
la voluntad, el
hambre del vivir cotidiano,
servidumbre gozosa
que también es aliento,
forja para el amor,
fragua del sacrificio.
La aurora nos sonríe
con luz adolescente;
nos da ejemplo, pues
ella ha olvidado las sombras.
I I
Hizo un nido de agua
la mar en el costado
de Cádiz con su
música de oleajes y buques,
y eso es el muelle.
Vedlo en todo su ajetreo:
sirenas y trasiegos
de gente y mercancías
alegran este espacio
en el que el orbe entero
viene a homenajearla
con beso de visita,
novio fugaz el buque
que penetra en las aguas
y embaraza a este
puerto de trajines y afanes
y de mercaderías,
sangre circulatoria
que da vida a tu
cuerpo, oh Cádiz oceánico,
musa de travesías,
hija afable de Hércules,
que te dio la sonrisa
y los brazos abiertos
a América y a África,
que te sueñan hermana
de vastas
singladuras, intercambios de espumas,
oleajes que un día
columpiaron las naves
del segundo viaje de
Colón a otro mundo.
I I I
Pero, dejando el
puerto, senda de la Alameda,
el agua ya está sola,
no acaricia las quillas,
no besa ni estribores
ni babores, ni canta
con el ritmo que pone
el trabajo en sus versos
sudorientos, manidos,
cotidianos, anónimos.
El agua, en ajetreos
menudos como cuarzos,
se mece frente al
faro, bajo las pétreas plantas
de austeros baluartes
y dormidos castillos,
que son los viejos
restos de las recias murallas.
Fueron el cinturón
que ha tiempo bordearon
como amor y defensa
la cintura de Cádiz,
doncella disputada
por mitos e invasiones,
luminosa anfitriona
de rendidos viajeros,
joyel donde se guarda
la Virgen del Rosario
como amada presea de
la fe gaditana.
I V
Torres y miradores se
empinan al acecho
del Parque Genovés,
balcón donde se asoma
Cádiz con señorío a
su antigua bahía,
recortada en el
tiempo por ancestros burgueses
que están en santa
Bárbara paseando recuerdos
de mercantiles épocas
con sombreros de hongo,
polisón y sombrilla,
habaneras de Cuba,
ecos de La viudita naviera, trasatlánticos,
los tanguillos de un
coro por el barrio La Viña;
pero aquí, por san
Carlos, el venerado drago
y una nana de Falla
que duerme a los levantes
cuando desde la mar
salpican con sus iras
a los mármoles del
monumento a Las Cortes,
mástil de libertad
con bandera de siglos.
V
Entre san Sebastián y
santa Catalina,
pequeña y dulce cala
de otro tiempo a los pies
del bosque palafítico
que fue aquel balneario,
La Caleta, con largos
bullicios de La Viña.
Botes en sus orillas
flirtean con sus olas,
a veces con manteos
de soplos en las aguas
se sienten acunados y
es la playa nodriza
que los duerme en un
malva regazo de crepúsculo,
y, ojo de buey la
luna, es mirador romántico
para que paseantes se
asomen silenciosos
a vastas lejanías,
sintiendo a sus espaldas
las sombra protectora
del ficus centenario.
V I
A pesar de tan duros
embates, bravas olas,
no asaltaréis jamás a
Cádiz. Con los bores
rompéis la
impedimenta de guerra en el ataque
que estalla como
fúlgidos metales, como cuernos
de espuma que salpica
los ojos asombrados.
¿No veis que aún
queda el alma del que fue baluarte
de los Mártires, algo
de aquella batería
de Capuchinos y esa
muralla que soporta
el vendaval que sois
cuando la mar se agita
como un gran corazón
que ama desesperado?
V I I
Donde agonizan restos
de murallas empieza
una mano de mar con
suave escarceo
a acariciar, oh
Cádiz, tu cintura: es la playa
que da en santa María
con ecos juveniles
del instituto, desde
donde múltiples ojos
te asaetan con fervor
de vacaciones.
Sentados en el borde
del Paseo Marítimo
los jóvenes se beben
los vívidos reflejos
que el sol como
garlopa arranca a tu marea;
pequeñas y fugaces
historias de miradas
y latidos ocultos
traducen tus rumores,
ya caídos después de
la blanca resaca,
tiza espolvoreada por
los bajos cantiles.
Playa íntima a la que
llega algún oleaje
para desde las rocas
saludar fugazmente
a las Puertas de
Tierra, tus viejos cancerberos.
V I
I I
¿No oís voces
dispersas de acentos variados
cual si fuese un
mosaico de forasteras hablas
entrecruzadas con las
brisas litorales
y el rezongar del agua
con su beso a la arena?
¿Se ha olvidado la
Playa de la Victoria, acaso,
de Cádiz con murallas
y balcón con geranios,
y aquí, como al
resguardo de edificios anónimos,
es ya cosmopolita,
tropical todo el año?
¿Entre tantos
bañistas que en el agua se hunden
buscando la frescura
de azul cristalería,
no habrá nadie que
mire hacia dentro de Cádiz
y vea en la calima
torres y miradores,
y ciudad bizantina le
parezca tal vez.ç
I X
¿Guarda la Cortadura
ajetreos y voces
de cuando la amenaza
de las tropas francesas?
Me parece que mira
como en aquellos años,
a la Isla, al molino
del viejo río Arillo
-frontera salinera-,
al bajo Camposoto,
a los disciplinados
esteros verdinegros?
Lo mismo que el
castillo de san Lorenzo acaso
se sienta como
huérfana, de Extramuros lejana,
y sueña desde aquí
con su Cádiz de dentro,
el faro, baluartes,
castillos, baterías...
-consuelo rumoroso,
verdiazul, blanquecino
con la eterna
escancana de las aguas que vienen
a dejarle en su
orilla los ecos del océano
con fragmentos de
historias y leyendas lejanas.
X
¿Proa o popa de
Europa? África te desea
y América te sueña
desde allí como hermana
melliza en el acento
y en las arquitecturas.
La mar se hace varón
cuando aprende del viento
y rodea de agua
emocionada y limpia
tu cintura de piedra;
te agasaja, te alaba
con brisas de
poniente y furias de levante,
y la luna no quiere
otro plácido espejo
que tu bahía, cuna y
nana de la noche;
y no desea el sol
otro albergue y retiro
que tu limpio
horizonte, almohadón de amapolas,
en que el ocaso viene
a sepultar el día.
X I
Son como centinelas
de olas y ventolinas
que ponen en tus
manos anillos y pulseras
de espumas y
salitres; como novios te halagan,
te obsequian
plenilunios con engarces de estrellas
los mares que te
guardan celosos y te dicen
como
en harén de sol: "Vive otros tres milenios".
MARES GALANTES PARA AMARTE, OH GADES
I
Playa de la Cortadura
Mar de la playa de la Cortadura
de cuando aquellos años aguerridos
contra los batallones de oleajes,
corazas con sus soles refulgentes
deshechas por las móviles espadas
de las brisas, viragos en las olas
como a lomos de líquidos corceles,
estruendo de los bores que se agolpan
en la alta mar, el campo de batallas
con espumas versátiles por sangre,
con la quieta pleamar como victoria
y resplandores áureos por banderas
ya cuando el buque del ocaso, en llamas,
húndese en el fragor del horizonte.
Aquel muchacho que pisoteaba
tu arena, a veces con sus sierpes de agua,
empezó a amar el mar en ti, un verano
que ya es dulce postal en su memoria,
mar de la playa de la Cortadura.
I I
Playa de la Victoria
Playa de la Victoria, cuando paso
en autobús, desde la carretera,
me acuerdo de los años de estudiante.
Escapadas a tus hospitalarias
orillas donde, lentas, como perros
sosegados y dóciles, las olas
nos besaban los pies, reyes fugaces
nosotros, sin casetas como aquéllas
que como artillería de colores
listados y optimistas banderitas
estaban frente al mar sin que pudiesen
defendernos de tantos abordajes
de pleamares, y a la atardecida,
nos invadían amistosamente
con lanchas de oro viejo que volcaban
a nuestros pies lamidos por el agua
rosas crepusculares ya tronchadas.
I I I
Santa María
Hermana más humilde, protegida
por piedras que parecen cinceladas
por un Hércules fosco y gaditano,
Santa María, playa de estudiantes,
adonde bajan cuando necesitan
un asueto de brisas que libere
sus mentes de la férrea agrimensura
que es el estudio.
El
mar aquí es suave
como en el Balneario, pero mira
hacia allí deseoso de gentío.
Solitario se siente entre los bloques,
donde rezonga sucio de sollozos
por todos los naufragios, las tormentas,
las guerras y los desaparecidos.
El mar viene a llorarte, Cádiz, quiere
que en esa historia oscura lo consueles,
lo aduermas, dulce, al pie de tus murallas,
y se apacigua cuando las parejas
trenzan miradas, besos y palabras
al calor de un idilio que enriquece
de latidos de amor el litoral
más juvenil, el de Santa María.
I V
La Caleta
La Caleta se llena
de rumores que vienen
desde el barrio La Viña;
rumores con historias
del corazón de Cadiz;
bullicios con gracejos
y color de disfraces,
bandurrias y guitarras,
cajas, pitos y bombos,
como una pleamar
con brisas de algazaras
y de policromía
dentro de la ciudad.
¿Por qué, por qué dejáis,
gaditas de tanguillos
tan sola en esos días
a la vieja Caleta,
ella que ha sido abuela
de soles y repuntes,
con barcas acunadas
y familias alegres
bajo los quitasoles?
¿Por qué ahora olvidáis
a la blanca Caleta
que gime con cabrillas
de agua por los bajos
del palomar de sol,
que es también vigilante
de mareas azules
y guardián del Club Náutico,
y mirador que es ese
Balneario La Palma?
V
Castillo de San Sebastián
Olor a antigüedad tienen tus piedras.
Las más antiguas son, y en ellas Gades
se mira como ejemplo cotidiano
de una fidelidad que el mar le sella
con timbre de una herrumbre salitrosa.
Por esa antigüedad la marejada
se sosiega en maretas, abanicos
de espumosos y blancos escarceos,
ya trémolos suaves de murmullos,
y es porque sabe que los gaditanos,
aunque sea en las alas de los ojos,
lo mismo que felices gaviotas,
aquí vienen buscando calma azul,
bebiéndose la brisa de su origen.
V I
Punta de san Felipe
Punta de san Felipe
donde te conocí
una noche en que olía
la bajamar a isla
y la luna fue copa
de una rara tristeza.
Las palabras guardaron
sus viejas ataduras
y nuestros corazones
se miraron lo mismo
que el preso y la visita.
Era mejor así.
Después nos alegramos
y desde aquel entonces
grito es de libertad
silencioso en nosotros
acordarnos de la
Punta de san Felipe.
V I I
Parque Genovés
El mar es dinosaurio de agua que levanta
a veces su cabeza y se admira de tanto
verdor en geometría de jardines franceses
y una naturaleza tan distinta a la suya.
Aspira los olores recios y propagados
de una vegetación que su gemir ha oído
muchas veces, tal vez como un joven amante
detrás de la muralla intentando treparla
con efímeras manos de agua, con cordeles
de espuma que se rompen apenas los voltea
y salpica tus hombros, tu cabeza, y tú sigues
nada más que esperando a un príncipe de savia,
de lozanía y brillo que viene de la mano
de tu amiga anual la primavera...
V I I I
Baluarte de la Candelaria
¿A qué disparan, dime, tus cañones
imaginarios, dónde los soldados
que un día defendieron con bravura
el, con énfasis dicho, suelo patrio?
¿Oyes que te rodean sus fantasmas
como si revivieras los asaltos
y de los hechos quedan como huellas
la sangre que en los muros y en los patios
ponen como una historia no acabada
las manos de la aurora y del ocaso?
Pero el mar te consuela y te sugiere
con sus rumores en tus pétreos bajos
que él está ahí para limpiar, si quieres,
tu memoria de ayeres y borrarlos.
I X
Alameda Apodaca
Tú eres el mar tranquilo y solitario
y no oyes voces de bañistas. Sigues
con tu ida y venida de oleajes
descansándolos bajo la muralla
tal como si trajeses cargamento
del ultramar aquel de aquellos tiempos.
Se asoman las parejas a tus aguas
verdes cuando se hacinan en las piedras
y las lamen igual que si besaran
los pies de Cádiz, tal la bailarina
de los viejos romanos.Ya olvidaste
que eres mar descendiente de aquel mar
que fue padre crüel de la desgracia
en forma de gigante maremoto.
Tú eres mar de postal y te acicalas
de luna baja y de sutil neblina,
de cielos con añiles soñolientos,
y el barrio de San Carlos te agradece
ser paseo por donde se desgranan
horas salvadas de los ajetreos,
idilios nuevos y prometedores...
X
El muelle
El mar del muelle te ama de otro modo,
oh Cádiz, no es un mar de románticas señas
ni como los demás te toman la cintura
con sus manos de ocio y cabrilleos,
con tibias ventolinas estivales.
La aurora en ti amanece con manos de trajines,
con boca de palabras comerciales,
se amarra a los norays como un buque cualquiera
de los que al puerto vienen a atracar su descanso
lo mismo que un paréntesis de sueño
posado en agua oscura y grasa espesa.
Pero este mar también es necesario
como lo es el reverso en la moneda
y te puebla sus aguas de consignas,
de sonidos metálicos, de sirenas y humo
para que así tus hijos sobrevivan
en la otra fiera mar: la de la vida.
Pero todos tus mares te rodean galantes
y cortejan tu cuerpo como odalisca echada
sobre el brazo gentil de este viejo Occidente,
y sobre tanta historia que guardan tus milenios.
Premio de Poesía Mujeres del Mar
2003
COLÓN PARTE DE PALOS
De Palos,
desde donde Onuba la atezada,
Onuba milenaria,
en reposo se inclina
para sentir de
alivio caricias del poniente
oyendo de la
Rábida las campanas de horas,
aún sonando en
su oído las Capitulaciones.
Colón, puestos
los ojos en mapas, astrolabio,
ordenanzas,
legajos y consejos de frailes,
al aire amable
y tardo del claustro franciscano,
se prepara y
persigna en la santa capilla
para que el
sacro leño de la fe arda siempre
y él caliente
la hazaña que prometió a Isabel.
Desplegada, lo
mismo que las velas al viento,
la lengua del
Imperio se propaga en las auras,
y el tesoro
verbal de Celestina brilla
como ducados
áureos en manos marineras,
fuente de los
refranes, popular enseñanza,
a codo con la
joven Gramática que ofrece,
como pan
bienoliente, el andaluz Nebrija;
y el pendón y
las armas y la cabuyería
huelen a
Romancero con ecos de batallas
ganadas a los
moros por Alfonsos y Sanchos
y con las
carabelas orzan en una empresa
conjunta en
sus afanes de espada y cruz unidas,
divisa de los
tiempos y sendas de fortuna;
y aunque
tierras y campos de labranza se queden
huérfanos de
las manos laboriosas, España,
con redobles
del alma castellana, lo mismo
que una viva
reliquia de pugnas anteriores,
lanza a sus
bravos hombres a quebrar viejos mitos
de monstruos
oceánicos, sembrarán esas tierras,
todavía sin nombre,
con Cipango de apodo,
de vírgenes
palabras que sonarán a églogas
con arcadias
boscosas y pastoras y ninfas,
hazañas en
octavas y amores en sonetos;
la gramática
niña, balbuciendo el milagro
desde la
California hasta el Cabo de Hornos,
crecerá esplendorosa
cuando Bello y Rubén
la cortejen y
halaguen con brillantes preseas,
y empiece a
dar primicias de aromas tropicales,
y como
colibríes y como guacamayos
el verso y el
coloquio la definan criolla,
y retorne
cargada de frutos expresivos
a la España
que un día amasará en su sangre
razas, como
metales en crisol se amalgaman.
He aquí este
noble anillo con dos perlas hermanas
—oh gemela
sortija, América y España—
que la
Historia después llamó la Hispanidad.
Premio de Poesía Ateneo Literario, Científico y Artístico
de Cádiz 2005
PRÓXIMO
A SU MUERTE, EL POETA JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
RECUERDA EL DESPERTAR DE SU VOCACIÓN
POÉTICA
Descansa,
buey echado el mar del sur
y es
tensa, azul su vibración redonda.
Como
yelmos de cinc es la marisma,
soldados
muertos boca arriba lucen
brillantes
pechos de aluminio ardiente.
Polvorientos,
se duermen los olivos
en esta
hora cenital del día,
reinado
en plenitud de un sol severo.
En
almohadón de una sutil calima
Moguer
duerme. Los patios, en silencio.
Acaso
algún canario en sombra canta,
cansino
y fatigado su gorjeo.
En su
fiebre de muerte, aquella niña llama:
–“¡Platero, Platerillo, Platerucho…!
¿Dónde está el niño tonto con su madre
en su
puerta en la calle san José,
dónde
la niña tísica que espera
a la
muerte y riendo, blancos dientes,
dónde
Darbón disimulando el llanto
si
recuerda a su niña cuando mira
al
cementerio, dónde el gitanillo
que
grita: “Si ese burro fuera mío…”,
y la
loca Aguedilla que me trae
hasta
mi puerta moras y claveles…!
Desperdiga
una brisa sus cabellos
y
golpea las láminas del aire.
Los
élitros son dueños de la siesta.
Todo
está dentro de una red dorada,
pero
mayo es doncella de hermosura
y me
lleva del brazo a mi escritorio
y en él
contemplo mis primeros libros,
y luego
hacia el exilio me encamina
con
Zenobia y los versos posteriores.
Breves ninfeas flotan
en mis venas.
Mi soledad sonora se agiganta.
Soy,
entre piedra y cielo, un
mirlo amado.
Soy un dios deseado y deseante
Es ya
celebración todo el recuerdo.
para
esta hora última y cimera:
Tiene el alma un
descanso de caminos
que han llegado a su
único final.*
*
Versos finales del poema “Su sitio fiel”,
del
libro La estación total de J.R.J.
Finalista y editado en el IV CERTAMEN DE POESÍA ANTONIA PÉREZ ALEGRE, 2007
PIEL EN SUBASTA
Antes de poner cerca yo a tus solos ejidos,
curioso merodeo de tus inmediaciones,
feria de los perfumes coreando a tu rimmel,
vapor como sahumerio del aseo de urgencia,
propiedad sin vallado, demarcación baldía,
periferia en que gozan sensoriales viajeros,
fuiste campo a través de todas las pasiones,
anchuroso derrubio donde el viento revuelve
los cascotes y el polvo que lloran otros días
mejores en que fueron fachada deslumbrante,
siempre el amor rondando tus oscuros suburbios,
cuneta de descanso para los peregrinos,
emoción tan manida como prefabricada,
guiño cuyo destello esconde una tormenta,
jarrón roto al que huye habitarlo una flor,
güisqui donde un lamento desganado agoniza
bajo la enana luz de un locuaz cigarrillo,
bengala de alegría que se pierde en la noche
apagada con rúbrica de instantáneo espejismo,
y quedan cicatrices de una oculta tristeza
que maquilla el carmín de forzadas sonrisas,
cortesana sin atrio de venal palacete,
Friné venida a menos por la erosión del uso,
revés de ingenuo verso para quienes desprecian
en su boca el candor de unas tiernas palabras,
cuando, en verdad, debajo de su rictus servil
se desgarra un poema de fangosa ternura.
Para ti no hay metáforas que tu encanto recubran,
palabras para esposas al filo de almohadas,
susurros al oído colgando unos pendientes
de amor que brillan más que si fuesen de oro,
ornamento, ataujía de manos primorosas,
sino la garra muda de un buitre pasajero
que extiende tu colonia cual velo de perfume
como la yerbabuena con su aroma redime
la cocina que muerden agresivos olores ,
pujante animadora de una juerga estallante
para que no se oiga bramar tu mar de llanto
mordido por tus dientes que desgarran dobleces
y trituran con rabia hipócritas decencias,
humo de escepticismo que ahoga a los sinceros,
fonda húmeda para transeúntes con prisa,
apeadero brevísimo para turbios jinetes,
reverso de inocencia donde hinca sus dientes
la realidad del día desprovista de máscaras
evocando, a lo lejos, su virginal diamante
perdido en socavones de un brumoso naufragio,
pomo sucio de puerta de las curiosidades,
fogata en el camino para los nocherniegos,
hucha para limosna de una artera caricia,
prenda de tenderete tan sobada por manos,
que nadie se la lleva y la arrumba el desorden;
pecera en que se teme la mentira nos muerda,
incluso cuando llora la verdad malherida,
incluso cuando canta la emoción maquillada;
guitarra solamente para estruendo de fiesta
donde la borrachera vomita sus historias,
copa donde bebían anónimos los labios,
desencanto que oculta el humo de un canuto,
lodazal donde gime el honor desvaído,
zarza de mala suerte que sangra maldiciones,
tierra de
amor sedienta condenada a sequía,
manzano donde todos arrancaban su poma
y al olvido tiraban la
entristecida piel,
tentempié que golpean unas manazas ebrias
si el placer que promete es cauce entorpecido,
opacidad que nubla comprometidas arras,
libro negro que cela los prohibidos renglones,
cara oculta
y doliente de una luna que ríe,
disimulado asco del condón maloliente,
columna de nupcial promesa derribada,
barca que nunca acaba de cumplir su deriva,
mercancía en que llora en su envés las monedas,
nombre con resonancia y praxis de utensilio,
yermo interior cercado de oscuras soledades,
corazón que la gente vacío se imagina
pero está a reventar de secretos oscuros,
de historias de una infancia de cruel zarandeo,
púas en el recuerdo de momentos hirientes,
de
un hogar en que puso el desamor sus manos
deformadas, tiznadas del hambre y sus miserias
y una guerra de bocas, tempestades de insultos.
Mas hoy
eres almena de guardia de tu casa,
desplegado velamen para que el viento empuje
en la mar de la calle proclamando tu rumbo,
proclamando en las tiendas, en las plazas, los cines
que tú eres el revés de aquella que te hicieron
dedos modeladores de oscuros infortunios,
brújula que sonríe porque sabe su norte,
marinero en la cofa que ya tierra ha avistado
para hincar en la playa tu pendón de pareja,
palo mayor del barco que nos lleve a ese puerto
de los cordajes mutuos, de las velas recíprocas
donde echaremos ancla de la felicidad.
Finalista en el Premio de
Poesía Antonia Pérez Alegre 2006
recogido en el volumen de ese año
UNA FUGA VERBAL POR LOS SENTIDOS
FUGA I
Me alejo de los tráfagos urbanos, la agenda de la prisa que avasalla,
la notaría de los hechos puros, las cifras que aprisionan libertades.
Agosto, la escancana de tu playa quiere
cubrir de tiza su cabeza
de mes vacacional y hospitalario,
pero este mar es joven todavía para
verse canoso entre sus cabrilleos
y oleajes briosos como trenes de
bores,
brazos de agua, verdes anfitriones que
agasajan a los veraneantes
y por las que embarazan su dinero
durante un año de ilusión hambrienta,
y cantan ocio sonriente y
áureo
cuando el mar, un lebrel, los
pies les besa, y el día, este muchacho
que retoza,
rueda con la sonrisa femenil de la
espuma,
que es blanquecida víbora
perdiéndose entre dunas y rocas que deliran de sol.
catarata jovial de haces de trigo en el andén de olas de la orilla
y toda piel acariciar se deja
por sus dedos de anillos rutilantes
incluso solitarios, desterrados
que muerden desengaño de sus
prójimos, hoy ebrios por el vino
de soleadas desocupaciones.
A lo lejos, el mar como un adolescente
corre con su caballo de brisas
juveniles por la llanura glauca de un poema de las Navegaciones… de Neruda.
FUGA I
I
Cabelleras de lona de barcas
anacrónicas se extienden en las manos de vahajes
azules que toman la cintura de la
costa
y los desencarnados muñones litorales,
mordiscos y arañazos
que dan los oleajes combativos.
( Vienes aquí, oh mar, para olvidarte de
que la fosa has sido de tantos marineros
que se tragaron tus abismos
negros, y esta paz te acaudala de esplendores,
te ciega con sus brillos la memoria.)
El mar todos los días se
embaraza con la marea y su reinado de horas
se desploma ruidoso con las
cúpulas del último crepúsculo.
Ahora, tranquilo, igual que una
taza de té
en la terraza, flor de los
sosiegos, el mar recuerda que es, a veces, ella
palestra de oleajes
—antes llanura undosa—, de tempestades
roncas de violencia,
de guerras que los hombres
despliegan en sus campos de céspedes acuáticos.
Qué alegría le sirven con sus cuerpos los
que ufanos se adentran
en malezas de aguas. Oh vidriado
y efímero palacio que sueña unos segundos
con ser bóveda acuosa de pasamanerías,
cuando el repunte, orgullo de la
pleamar, es bíceps de marolas
y la
tarde es un reino de espejos delirantes con duendes de reflejos
que danzan en la siesta dormida
de amadores que descansan
las armas de sus luchas amatorias,
satisfechas, cansinas por la briega,
olvidados de nuestras orfandades
bajo los ojos fríos de galaxias distantes,
tan solas como ellos en el gran universo
que tirita de espanto en su vacío...
FUGA I
I I
Cuando este mar se alarma o se enfurece, salen ciervos de dentro de su
abdomen
de rumor y maretas
que cornean las rocas y se astillan sus
cuernos, candelabros
de elásticas espumas. La bonanza
se ha roto como un ajuar de frágiles cristales
y ese mar, que era todo un doncel con su
flauta
de gráciles, sedosas ventolinas,
amables con turistas,
de pronto habla un lenguaje de cólera y
sargazos
que trae de sus roncas travesías
por todos los océanos, señor por su feudo,
que atraía a los sueños recamados de
piratas, corsarios, calaveras
enredados en jarcias y cordajes.
Pero el ocaso calma con la
mano de cárdenas caricias
sus espumosos lomos. Es mejor,
mar, sentirse siempre amado
por quienes te visitan y te dan compañía
y recuerdos de historias
de amantes epidérmicos, que tú,
en invierno, a solas repasas
con el viejo poeta que tapiza con locuaz
compañía la soledad
de estaño de tu techo grisáceo
que lentas gaviotas acribillan,
y te siembra tu lento cabrilleo en tus
marismas frías como pasión
pasada las palabras que a todos
les parecen antiguas y quizá sentimentales,
teñidas por la pátina de una
emoción discreta como escribir al viento
o pedirle a la lluvia sus anillos de
cuarzo.
Mar, confidente del senil invierno, mar
anciano de plomo
o de ceniza, hemos de prepararnos
a morirnos
de olvido, como los cementerios cuando el
cierzo luctuoso de noviembre
en los atardeceres les pone los
pesados cerrojos de las sombras.
FUGA I
V
Empujado por voces estridentes de
la ciudad, vengo a ti, mar amigo,
cuando mis lazos más
circunstanciales de guiños de neones
y las sirenas frías de los escaparates se
han roto, y libero este águila
de los ojos para los aires libres
aprendiendo a volar por los cielos
ecuánimes de otros ideales más allá de
las múltiples imágenes
que emiten los encantos fungibles
del consumo,
las canciones de moda sobándonos los
atrios del oído,
las voces inauténticas como un
falso tapiz de pactos complacientes
y las palabras secas como herramientas
útiles
para sobrevivir en las aceras.
Aquí estoy, mar, contigo aprendiendo a
mudar la piel
de mis costumbres como tú de las aguas que
te ensucian adustos petroleros,
paquidermos marinos y quedarme
desnudo
de ayeres que no cierran las cicatrices de
la agraz memoria,
como tú te desnudas rompiendo tus
espejos bruñidos por los soles
todos los días en la playa y vuelcas sobre
el regazo de la barra espesa,
por las tardes, tesoros
inservibles del ocaso que herido ya naufraga
y manchan con su sangre los peplos más
azules que te ponen los cielos.
Aquí, mar, te acompaño como un
amigo que te cuenta siempre,
como tú en tu lenguaje de conchas
y maretas, la misma historia,
mar, entretejida de líquenes, madréporas y pecios
tus fábulas de acentos oceánicos con tu
lengua de trágico salitre
que ha succionado gritos de
náufragos hundidos en cráteres de aguas asesinas.
FUGA V
Allí está la bahía, cobijo de
otro mar, que no eres tú. Más allá, la ensenada,
hospital donde curan a las
embarcaciones
las heridas que el tiempo le tatúa con sus
garras de días sucesivos.
El puerto, sucio albergue de los
buques, donde descansan de sus travesías,
mamuts de acero en estertor de olas. Pero
aquí, tú, mar, eres
salvaje amante que a los vientos
lanzas tu vítrea cabellera de salsero,
tus voces coreadas por garcetas, tus
reclamos de púdicos pinares
como sombras afables, sonrientes,
para que los idilios fugaces deshojen
corolas amorosas mientras los cantos
de la bajamar arrullan —o sollozan—
bajo de los cantiles.
Te quieres olvidar de tus roncos desastres
y te ofreces, bargueño
de vidrio salitroso, para guardar
estrellas,
siderales diálogos, para que el sol se
quede cautivo en tus azogues.
Tú, mar, eres el hijo del océano y un
amante celoso de quienes te desean
entregando sus cuerpos a tus
brazos de olas y ríes con la espuma
poniéndoles ajorcas de cabrilleos en los
pies a las jóvenes todas
que pisan lo mismo que gacelas
tus brillantes gredales cuando están en la
orilla
como si tú quisieras retenerlas
para ti, posesión vitalicia de sus besos,
ánforas que se tiran en las dunas, que son
arrugas de esa tierra tuya.
Tú, mar, bien sabes que me sé tus señas
aquí, donde, versátil,
deshilachas tus peplos opalinos,
como la vida que entreteje el tiempo
en su telar de fechas disecadas, como el
amor que canta, como el amor
que odia. como el amor que
olvida, y te agradece que tus olas borren
las señales que escriben efímeros amantes
en tu arena, metal
alucinado de brillos indomables.
Ciudad, recuerdos, rastros, palideces,
como heredad del devenir oscuro dejo a
tus plantas de aguas
igual que los vestidos,
y limpio quedo como adolescente recién
nacido de su propio asombro,
que se asoma a tus cálidas
vidrieras y descubre la vida…
¿Pero otra vez la vida que ha
olvidado? Extraña mar que llamas con voces
de nostalgia a tus amantes y después abres
zanjas de adioses que acuchillan
con belleza tus lascas de agua
fiera;
eres tan cara y cruz como la vida,
temblor de la sorpresa impredecible
y aniquilando huellas en la
arena, me ayudas, mar, a emborronar recuerdos,
y la inquietud de tu pelaje acuoso me
dice que la felicidad es inestable.
Oh, mar, oh, mar cuánta crueldad se
cierne sobre la desvalida
historia humana como lluvia
que vuelca en la cabeza los lacrimales de
los viejos llantos,
patrimonio de las generaciones
que han visto en tus radiantes resalseros
cómo el agua, que es génesis de vida, se
rompe como líquidas vidrieras
y tus múltiples ojos
son guiños veraniegos, pecera que delira
iridiscente en esta orilla
de abalorios polícromos, mas
también te descubro la zozobra
que en el piélago pierde a tantos
navegantes, y cuando duerme
en paz la confianza, también tú
te apareces, oh mar apetecida ^
[—como dijo el poeta—,
vestida de furtivo maremoto, dragón
inmenso cuya boca
se abre para engullir ciudades,
para tragarse humanos que en el envés
de tu traición gozaban con tu acuático y
onírico paraíso ondulante,
con la inocencia azul de tus
vaivenes, de tu cristalería
[de espejismos inquietos.
Oh mar,.casa de agua, mansión
de las holganzas verdiazules,
estruendo para olvidos
ciudadanos, copa salobre para quien te ama
y revés de la cinta que la tierra me
graba su hiel de anecdotario,
¿puedo considerarte mi país
veraniego, lúdica geografía,
[y una fuga verbal por los sentidos?
Finalista Premio de Poesía Sant Jordi 2007,
editado en Internet, Revista Plomes
Poétiques
HOMENAJE SUCESIVO AL
PADRE
Me
aprenderé este mapa de tu piel
en la que se han escrito mil
combates
de cuando el alba te ponía cota
de mallas y el caballo de la
briega
para ganar batallas de jornales,
héroe, tú, padre, sin laurel ni
épica
que cantara el cristal de tus
sudores
pinchándote en tu cuerpo
fatigado.
Déjame que me pierda entre tus
canas
donde los años cantan en silencio
tantos días en pos del almanaque,
tantas horas de faro y de vigilia
en el mar de la casa procurando
que tempestad de hambre nunca
hubiera,
y ni zozobra de necesidades.
Mis labios se me
ponen hoy de fiesta
pronunciando tu nombre celebrado
cual arco de triunfo en la
memoria
familiar, vivo ejemplo que se
hereda
como el más celebrado testamento.
Me asomo a este balcón de tu
experiencia
y un cielo de bondad es mi
remanso,
caminante que llego hasta la
fuente
donde me bebo el agua de tu
aliento
para volver de nuevo a la
costumbre
de vivir y remar en la galera
de la continuidad de cada día,
siempre a favor del viento del
consejo
que me das para cuando esté
picada
la mar crüel de las dificultades.
Yo colecciono, padre, en mi
memoria
trofeos que has ganado a la
intemperie
de la suerte, a la sombra de
carencias
que fueron una espada de Damocles
sobre el cuello liviano de la
casa.
La fusta del deber no me acobarda
y la conozco aún antes de que
estalle
en el viento que clama la
escasez,
en la llanura de ese reto a solas
que es la supervivencia en
nuestro empeño.
El pan se dulcifica si te nombro,
respira el sufrimiento si te
llamo,
le doy la vuelta a toda la
nostalgia
y siembro en el barbecho de otra
nueva
para que así la estirpe de mi
sangre,
que es el hijo plantado en mi
ternura,
diga lo mismo que te digo ahora,
mirando el palimpsesto de mi piel
y la orla
afectiva de mis canas.
Premio de Poesía Severiano Campos Renedo de Cervera de los Montes de
Toledo 2007,
editado en Internet