¿POR QUÉ ME HE CREADO AL PERSONAJE FEMENINO EROTHYA?
Sabemos que esa mujer procede de un ambiente triste y menesteroso y, por supuesto que tan mal mirado, si se la considera dentro del oficio más viejo del mundo, como dice el tópico.
¿Qué visión del mundo puede albergar en sus entrañas una mujer cuya supervivencia ha dependido del hecho oscuro y lastimoso de vender efímeramente su cuerpo?
Se comprende por ello su nihilismo, su desconfianza e incluso su odio disfrazado de sonrisa a la gente, sentimientos confusos, quizás involuntarios, nacidos de su tragedia sobrellevada a diario con paciencia, y eso cuando las circunstancias fugaces le sonríen.
Una tarde un hombre que recae en esa casa, aunque tolerada, sobrevive con el estigma de la deshonra en su fachada, la trata y se enamora de ella, de esa mujer que tiene el nombre de Erothya por alias de batalla en la guerra de amor, que a lo mejor no era como dijo Góngora, «a batallas de amor, campos de plumas», sino una tempestad súbita de las pasiones como catapultas.
El destino une a Erothya con Erotósofo. (El nombre se explica en la novela). ¿Qué vio en ella ese hombre, tímido por naturaleza y precavido, observador y meticuloso por su educación cultural? Es de suponer que esa mujer era, a sus ojos, una piedra preciosa por pulir, un filón de valores por extraer de su ambiente, y esa autoexigencia asumió el extraño visitante en aquel sitio en donde lo que menos se podía esperar era ese suceso tan afortunado para ambos a la larga. Dos nombres de una misma raíz con manifestaciones humanas que llegan a formar un ramillete de deseos compatibles que se vuelven recíprocos. ¿Quién lo iba a decir?, se dicen las compañeras de oficio venusino de Erothya, pero la vida abre a veces su cajita mágica de sorpresas…