Editorial DALYA
ALMAS DE
ENCRUCIJADAS DE JUAN RAFAEL MENA
Autor: Antonio
Bocanegra
Por
esclarecedora. quisiera dar comienzo a la presentación de este libro Almas de
encrucijadas de Juan Rafael Mena con la breve sinopsis que el poeta
mismo ha escrito de su propia obra. Dice así:
Tres partes
tiene este libro de sesenta sonetos cada una. El amor entre el petrarquismo y
una visión más moderna; la vida de cada día con sus anécdotas triviales y
heroicas y lo trascendente de cara al más allá entre el enfado con Dios y las
preguntas sobre su existencia, van configurando un río revuelto de ideas y
sentimientos, en un oleaje de contradicciones y dudas entre lo sentimental y lo
reflexivo, entre el escepticismo y la necesidad de la creencia; un cara y
cruz como la vida misma, y es ese carácter dispar a modo de encrucijada lo que
le da título a este poemario. Dentro de las tendencias de posguerra, se podría
considerar un encuentro entre la poesía social y la llamada nueva poesía de la
experiencia.
Hasta aquí la
cita.
Cuando Juan
Mena me pidió que le presentara este libro, me hizo entrega del manuscrito
e inicié su lectura me sorprendió el arranque del mismo, su comienzo. Debo
confesarlo. ¿Era una declaración de intenciones? ¿Una carta de presentación?
¿Una justificación de su libro y de su contenido? El retrato de sí mismo, el
autorretrato es una debilidad que los que escribimos hemos sentido en algún
momento y a la que acabamos rindiéndonos. Les gusta a los poetas retratarse a
sí mismos. Lo hicieron los Hnos. Machado, Neruda y muchos
otros. Famosa y conocida es la cita de Antonio:
Ni un seductor
Mañara, ni un Bradomín he sido…
Yo me quedo con
esta otra menos conocida que comienza así:
Esta es mi cara
y ésta es mi alma: leed.
Unos ojos de hastío y una boca de sed...
Lo demás, nada... Vida... Cosas... Lo que se sabe...
Calaveradas, amoríos... Nada grave,
Un poco de locura, un algo de poesía,
una gota del vino de la melancolía...
Juan, como he
dicho, da comienzo a su poemario con este precioso autorretrato:
Soy una
encrucijada de caminos:
La gente, sexo, Dios, amor, la muerte,
Cielo o Nada, la buena o mala suerte,
realidad o ilusión con desatinos.
Soy de buen
gusto y vicios clandestinos,
>memoria que lo amargo y dulce vierte,
voluntad sobornable, a veces fuerte,
alma noble con dentros asesinos.
Siempre estoy
en el puente de la duda
sin que a mi pensamiento nunca acuda
esa luz que pedimos los mortales.
Al fin, me iré
mas sin saber quién era
éste que busca ahora la manera
de conciliar vilezas e ideales.
Así se define,
así se ve el autor de este bellísimo libro de sonetos que presentamos hoy aquí
bajo el sugerente título de Almas de encrucijadas, del prolífico y veterano
poeta isleño. Pero, ¡ojo!, no es solo el autorretrato del autor. Nos
encontramos ante un arquetipo. Yo me veo en él. ¿No es el retrato de cada uno
de Uds., el retrato del hombre de nuestro tiempo en la encrucijada vital, en el
cruce de caminos de un tiempo singular en el que el hombre de hoy se busca y no
se encuentra? Más aún, este libro no refleja, creo, el mundo del autor sino el
de todos nosotros, la epopeya vital del hombre de nuestros días plasmada en
forma lírica, cristalizada en epopeya lírica. Y espero no suene a hipérbole.
JM.
me encarga esta presentación y, siendo viejos amigos y compañeros
desde que compartimos docencia allá por los años 80 en el Instituto isleño de
nuestro amores y pesares “W. Benítez”, no podía negarme a ser yo el analista de
esta obra. No podía hacerlo, si tenemos en cuenta que él mismo prologó un libro
mío similar, Corazón en vilo (Antología de sonetos líricos), que
publiqué hace un par de años. Por otra parte, no es la primera vez que
recibo este encargo de Juan —años atrás lo hice con Velo Rasgado en el
incomparable marco de la Biblioteca Lobo—. Lo hago hoy con placer aunque el
trabajo intelectual cada vez le resulta a uno más oneroso y difícil
porque los años se encargan de que esto sea así.
Oscar Wilde aseguraba que existen dos reglas para escribir:
tener algo que decir y decirlo. Así es. Pero yo añadiría algo más. Todo creador
— y el poeta lo es por excelencia— crea porque necesita hacerlo, pero
para ello no solo es imprescindible tener algo que expresar, algo que
comunicar, que decir o plasmar sino saber hacerlo con arte. JM, tan
conocido de todos como poeta, es un creador de la palabra, siempre ha tenido
algo que decir y siempre ha sabido decirlo, siempre ha tenido ideas que ha
sabido trasmitir y cristalizar bellamente en verso. Y lo ha hecho y hace con
honestidad, con ingenio, con técnica, con inspiración, con arte.
En Trabajos
de amor perdido, una de las grandes comedias de Shakespeare,
hallamos una cita reveladora de la misión del poeta amoroso —y este libro no
tiene otro tema que el amor en todas sus facetas: el placer, los celos, los
desengaños, la fidelidad al mismo, las traiciones, los deseos logrados, los
deseos insatisfechos, los recuerdos del amor vivido, el dolor del amor no logrado
o perdido…—. Hablaba de una cita de Shakespeare. La traigo aquí
porque de algún modo nos da razón de un poemario como este: Never durst a
poet touch a pen to write/Until his ink was tempered with love's sighs.
“Jamás empuña el poeta la pluma para escribir si antes no la ha atemperado con
los suspiros del amor”. JM ha mojado bien su pluma en ese tintero del
amor. Diría que este poemario chorrea tinta de amor por todas sus páginas
porque no hay más tema que ese. En fin de cuentas, ¿qué otro tema puede justificar
el hacer poético mejor que el amor? ¿Y qué otra estrofa podría el poeta escoger
mejor que este modelo compositivo, el más más lírico de todos como es el
soneto? Porque Almas de Encrucijadas está formado por 180 sonetos nada
menos, 60, justo 60, por cada una de las partes. TS Eliot, el poeta
angloamericano y Premio Nobel, afirmaba en sus Selected Essays algo muy
cierto, que el soneto es el yunque donde se moldea el poeta, el crisol en el
que se purifica —y añado: la forma lírica por excelencia en la que el poeta
condensa y expresa mejor su inspiración—. Contra muchos de los poetas actuales
diría que un poeta que se precie no puede renunciar, no renuncia jamás al
empleo de esta forma métrica. JM es, y no descubro nada, menos aún aquí en La
Isla, un poeta total. Es el poeta isleño por antonomasia, de tal modo que,
aunque haya otros nombres, entre los que me incluyo, parece que todos ellos
palidecen ante su estatura como poeta —y lo digo como lo siento. Nobleza
obliga—. De ingente se podría calificar su producción, especialmente su
producción lírica. No sé cuántos libros lleva publicados, ¿50?, ¿60? ¿Cuántos
tiene sin publicar? ¿Otros tantos? Él es el que puede decírnoslo, porque yo no
voy a entrar en ello, sería un ejercicio inútil. Sí quiero, debo, insistir en
su talla como poeta, como escritor, al margen de otras consideraciones. Pocos
poetas han escrito la cantidad de versos que ha escrito Juan y todos con una
calidad técnica, inspiración y variedad temática poco comunes. Pero hablemos de
Almas de Encrucijadas, su última entrega.
Tres
partes tiene este libro y cada una de ellas consta de sesenta sonetos, ya
he dicho. El amor entre el petrarquismo y una visión más moderna; la vida de
cada día con sus anécdotas triviales y heroicas y lo trascendente de cara al
más allá entre el enfado con Dios y las preguntas sobre su existencia, van
configurando un río revuelto de ideas y sentimientos, en un oleaje de
contradicciones y dudas entre lo sentimental y lo reflexivo, entre el
escepticismo y la necesidad de la creencia; un cara y cruz como la vida
misma, y es ese carácter dispar a modo de encrucijada lo que le da título a
este poemario. Dentro de las tendencias de posguerra, se podría considerar un
encuentro entre la poesía social y la llamada nueva poesía de la experiencia,
son palabras del propio autor, que no podemos pasar por alto.
La Profª.
Carmen García Tejera se refiere en su magnífico Prólogo a la vigencia de
esta modalidad estrófica y afirma:
“Con
desigual fortuna, el cultivo del soneto en España ha cumplido ya casi cinco
siglos y, pese a que algunos lo consideren como una fórmula caduca, no podemos
dudar de su vitalidad actual, siempre que admitamos que no se trata de repetir
–copiar- lo que otros poetas han venido creando desde siglos atrás. A partir,
sobre todo, de la segunda mitad del pasado siglo, el soneto conoce un nuevo
auge en nuestras letras”. (Hasta aquí la cita).
Esta obra, Almas
de encrucijadas, tiene mucho de Antología pero no lo es del todo, lo es
parcialmente al estar muchas de estas composiciones extraídas de 15 poemarios
suyos publicados entre 1981 y 2019. Una encrucijada que no sólo supone un punto
de encuentro entre sonetos insertos en diversos libros de poemas sino también
la posibilidad de que el lector se sitúe ante diferentes formas de enfocar
distintas vivencias humanas, e incluso pueda tomar partido por alguna de las
opciones que plantea”.
La primera
parte la titula, “Fogata de sonetos amorosos”, parte en la que el autor rinde
culto —lo hemos ya señalado— al tema amoroso, sin duda el tema más cantado en
los sonetos de todos los tiempos, y ello desde que Garcilaso adoptó esa forma
estrófica originariamente petrarquista para convertirla en el subgénero
literario que hoy es tras el auge alcanzado en el Siglo de Oro de nuestras Letras,
lo que hace que el soneto sea el modelo estrófico más sólido y cultivado de
nuestra poesía. La maestría de esta obra que comentamos es fruto de una
grandísima inspiración y de una técnica exquisita en la que el verso
endecasílabo y, algo menos, el alejandrino, forman un todo a través de
una amplia gama de combinaciones métricas. El amor como tema
sobresaliente y adoptando múltiples caras o facetas, lo que confiera al libro
un carácter poliédrico que se hace patente en formas múltiples: desde el canto
al cuerpo femenino –visualizado en el movimiento, en los ojos, en la mirada;
en la evocación de amores frustrados, en el deseo cumplido y en el deseo
malogrado; en los celos, en el lamento por la ausencia de la amada; en la
exaltación de la mujer como amante, como esposa, como madre; en los amores
prohibidos o censurados; en la relación amante/amada con el mar como testigo y
hasta competidor en la aventura amorosa, i.e. la exaltación/excitación que
produce ver el cuerpo de mujer en su desnudez en el hábitat marino (algo muy
presente, recurrente diría, en gran parte del poemario). Y junto a esta
imaginería femenina las típicas de la poesía amorosa: el amante prisionero de
su pasión;
Prisionero me
siento, prisionero
de tu paso elegante, de tu paso,
y acaso me resisto un poco, acaso,
no quiero declararme a ti, no quiero.
Hermoso y
conseguido ejemplo de esa figura de repetición llamada epanadiplosis, que
resulta tan efectista porque la primera o segunda palabra de cada verso se
repite como un eco al final del mismo dejando en el oído una cierta sensación
de belleza y musicalidad.
Tema importante
es el de la mujer, como protagonista o centro de nuestras vidas —como madre,
hermana, esposa e hija:
Mujer:
tú, madre en que la sangre amasa
el amor, los trabajos, los desvelos
para que el hijo, altar de tus anhelos,
sea el puntal más seguro de la casa.
Mujer:
hermana, piedra y argamasa
del muro de unos ímpetus gemelos
a los míos, esfuerzos paralelos
para erigir sobre la misma basa.
Mujer: esposa
que me das aliento
y eres íntima y cálida aliada,
como en la retaguardia de mi guerra.
Mujer: hija,
raíz de mi contento,
como tus ascendientes, entregada
a seguir la cadena de la tierra.
La amada es
considerada como una fortaleza inexpugnable que solo puede ser conseguida
utilizando mil argucias por parte del amado. Tema especialmente recurrente en
esta primera parte es la pérdida de la belleza y la juventud: sonetos 36,
49,52, 54— cuyo primer verso me recuerda aquel soneto de Shakespeare
cuyo primer verso dice así: Look in thy glass, and tell the face Thou
viewest. También el famoso soneto de Yeats, el escritor
irlandés —When you are old and grey and full of sleep/and nodding by the
fire…Aquí se introduce otro matiz: el de la tristeza ante la visión—Se mira
en el espejo y se entristece—. Y vuelve al tema en el 58. El aludido 52 dice
así:
Te vi de joven,
cuerpo estatuario,
alas de delgadez en tu figura,
un garbo en el andar, leve cintura,
gala juncal de aquel abril plenario.
Pasó el tiempo.
Una más del vecindario.
Esposa y madre y gestos de madura,
seno caído con feliz holgura,
ostentoso y bailón el tafanario.
No eres tú
aquella sílfide armoniosa
ni yo aquel con romántica mirada
de nuestra primavera bulliciosa.
Pero para el
amor no importa nada:
Madura o joven, siempre será amada
quien mucho enamoró cuando era hermosa.
Y el beso, los
besos —los logrados y los frustrados— Aquel beso que un día quise darte/se
me quedó enredado en el deseo—. La felicidad; el apetito carnal; los
recuerdos del pasado, de lo vivido; la aventura esporádica —La noche se
acercaba a paso lento/de mano de la brisa hasta la playa. La pasión
controlada o desbordada. Pero es en la exaltación, en el elogio al cuerpo
femenino donde el poeta brilla de manera especial. Veamos solo un ejemplo, cómo
se describe la mano de la amada mediante el empleo de oportunas anáforas
situadas de una manera originalísima—Tu mano al principio de cada verso
del primer cuarteto; Déjala, en los del segundo cuarteto, para ir
alternando una u otra en los tercetos. Técnica e inspiración de altos vuelos:
Tu mano está,
alhelí, sobre la mía.
Tu mano, animalito de ternura.
Tu mano, que calienta, que perdura.
Tu mano, lazo de tu cercanía.
Déjala, que es suave compañía.
Déjala, que es la puerta más segura.
Déjala, que es final de mi aventura.
Déjala, que es compás de mi armonía.
Tu mano es mi más clara trayectoria.
Déjala y no me quites su sosiego.
Tu mano, cuenco ardiente de mi historia.
Déjala, que mantenga siempre el fuego.
Tu mano, donde entierro mi memoria.
Déjala, te lo pido como un ciego.
Todos los temas
se sitúan en un contexto de plena actualidad. No hablamos del amor cortés, del
amor ideal o idílico en un escenario pastoril o bucólico sino del amor en un
entorno presente, son historias de hoy, historias vividas unas, presenciadas
otras por el poeta en lugares cercanos al poeta, con personajes cercanos al
poeta es decir, La Isla como escenario, y el hombre isleño como
protagonista—sea el poeta mismo o el hombre de la calle—. Estas historias o
personajes se revisten y encuadran frecuentemente dentro del conocido mito del Don
Juan, en el que el poeta se encarna, introduciendo el prototipo
conquistador y masculino por antonomasia, lo que resulta fácilmente entendible
por el lector.
El gran
problema para el crítico, para el analista de este poemario es la enorme
variedad temática que tiene. Hemos tratado de describir esta primera parte con
unos breves trazos pero podemos decir sin temor a equivocarnos que estamos ante
una inmensa pinacoteca en la que sus múltiples cuadros reflejan un mundo rico
en escenas, situaciones y personajes muy distintos unos de otros y de una
enorme riqueza.
De la segunda
parte, titulada “Sonetos de ida y vuelta por la vida” la prologuista, la Dra.
García Tejera, dice textualmente que forma:
“… una serie de
meditaciones, de reflexiones (con cierto carácter moralizante, un tanto
quevedesco) que a menudo ofrecen una visión amarga y desencantada de la
existencia humana. El poeta, que se muestra aquí como un cronista de lo que
ocurre a su alrededor, aborda una amplia variedad de temas, sobre todo
centrados en el vivir cotidiano y en las relaciones humanas. Pero como poeta no
puede conformarse con testimoniar lo que ocurre en su entorno, sino que, a
partir de su incisiva mirada, nos descubre lo que la apariencia oculta. Así, en
la mayor parte de estos sonetos se muestra la doble cara –haz y envés- de la
realidad. Porque la mera apariencia suele ser engañosa: encubre a menudo
situaciones muy diferentes que se escapan a la mirada superficial; de ahí el
empleo frecuente del término “máscara” y el uso constante de la paradoja como
recurso expresivo en unos poemas que, en muchos casos, resultan ser una especie
de manual o recetario práctico de supervivencia”.
El juicio de la
Dra. Gª. Tejera es acertado pero yo no me atrevería a afirmar que las tres
partes constituyen compartimentos estancos, diferenciados unos de otros por su
temática, menos aún por su técnica expresiva. No creo que ese haya sido el
propósito del autor, se trata, bajo mi punto de vista, de agrupar, en la medida
de lo posible, temas parecidos. En efecto, a lo largo de la obra aparecen
sonetos que podrían ser incluidos en una u otra parte. No se tome, pues, esta
clasificación de un modo estricto sino orientativo, El libro tiene un carácter
unitario innegable, si bien esta segunda parte toque aspectos más socializantes
y moralistas que no aparecen tan nítidamente en la primera parte: la lucha por
la existencia; el amor oculto por un vecino—Gritar quisiera que ama a su
vecino—; la estampa de la mujer infiel; del marido infiel; la bisexualidad—Te
miras al espejo y por no ver/lo que advirtiendo estás, cierras los ojos—;
los problemas domésticos; la mujer insatisfecha; la infidelidad de él o de ella
o de los dos; el drama de la soltería:
Atardecida rosa
es tu hermosura,
Gala de barrio ya en mujer madura,
no salgas a la calle y, si lo haces,
tápate los oídos por si acaso
tu exuberancia célibe, a tu paso,
arranca chispas de las más voraces.
El drama de la
mujer no agraciada, es decir, de la fea —Feo es el rostro pero el cuerpo
hermoso./ Ríe y se mueve con desenvoltura./ Solterona y de avispa la cintura./
Simpática y de espíritu animoso. El drama de la que por necesidad se dedica
al oficio más viejo del mundo: A falta de dineros, hay arrojos./ La miseria
se ha vuelto una tenaza./Aprieta cada día su amenaza./El hambre quita velo a
los sonrojos. Me he referido al carácter unitario del libro, buena prueba
de ello es el soneto 39 de esta parte, en el que se vuelve a tratar la pérdida
de la belleza en la mujer, su fragilidad:
Yo, espectador
que fui de tu hermosura,
el que admiró tu ritmo de caderas,
el que cantara ayer tus primaveras
y tu verano de beldad madura;
tú, que pusiste a prueba mi cordura
lanzándome tus flechas más certeras
desde el arco sutil de tus ojeras
para clavarme un tiento de aventura,
hoy miro tu vejez arrinconada,
tu cabeza es un ave desnortada,
y yo, con mi congoja vacilante.
Pude hacerte feliz y me arrepiento
de no haber sucumbido a aquel tu tiento
y ser, rendido, tu mejor amante.
Y, ¿cómo yo? La
desgana de la esposa (“Amada indispuesta”) frente al ardor del marido. La
crítica al político —siempre oportuna en estos tiempos que corren— y, para que
esta crítica parezca más cáustica y realista lo hace en primera persona, i.e.
el poeta se encarna en el político:
Hago promesas
yo desde el atril
en la campaña a punto de elecciones.
Soy gárgola de buenas intenciones
y a todos doy honrado mi perfil.
Detrás de mi proyecto concejil
yo me amaso, secretas, mis razones
para nunca tener preocupaciones
si después de las urnas salgo edil.
Que me cuenten después entre los pillos,
esos que van llenando sus bolsillos
con sudor del erario ciudadano.
Que otros sean políticos honestos,
que yo con mis discursos y mis gestos,
doy paz a mi futuro, de antemano.
Esta
disposición o combinación de les tercetos —aab/ccb— es, con diferencia la más
utilizada
Y está el
retrato de la casquivana; el elogio de la soltería, el chulo guaperas; el
asombro ante la belleza de ciertas mujeres, belleza que nos deja sin palabras: Este
verso persigue lo imposible/mas la palabra se declara muda./Incluso desespera y
se desnuda/y llora su pobreza irredimible. Estos y otros muchos temas
componen esta segunda parte. Será el lector el que podrá disfrutarlos. Uno, en
fin de cuentas, no puede sino hacer un pequeño esbozo de los mismos.
Y, finalmente,
la tercera parte. “Sonetos que rondaron la frontera”. Frontera aquí es ese
punto, ese límite impreciso y desconocido, a la vez, que separa la vida de la
muerte. Constituye toda serie de sonetos trascendentales o existenciales con
los que el autor expresa sus temores, sus dudas sobre sí mismo, sobre Dios,
sobre el más allá, plantea interrogantes, en otras palabras, analiza su yo
mediante diálogos consigo mismo y en ellos analiza o intenta analizar su
naturaleza existencial, sus actitudes frente a la vida, su proceder o
comportamiento en el día a día. Particularmente hermosos aquellos en los que el
poeta plantea su relación con Dios en una línea que podríamos calificar de
plenamente mística. “Un Dios a menudo oculto e incluso huidizo cuya ausencia
llena de incertidumbre, cuando no de congoja, a quien lo invoca” —en palabras
de la prologuista Profª. Gª.T. Es lo que se ha venido en llamar “el
silencio de Dios” y la orfandad que ese silencio crea en el alma del creyente.
El Dios deseado y deseante del ”Animal de fondo” juanramoniano:
Es una historia
que me desconcierta.
¿Cómo llevando a Dios aquí conmigo
y, siendo incluso mi mejor amigo,
mi vida a oscuras va sin que Él lo advierta?
Ante el Mal tiemblo y paso como alerta
y siempre como en frío desabrigo.
¿Cómo Dios, que está en mí, de esto testigo,
mi alma deja al peligro descubierta?
Si Él me acompaña en esta larga prueba,
sé bien que de la mano no me lleva
y siento en mí la soledad del hombre.
Triste es llevar a Dios tan junto y dentro,
y que no salga nunca a nuestro encuentro
por mucho que lo llame por su nombre
Y naturalmente
el trance final, o el trance inicial: la muerte, presente en diversos poemas de
esta parte: Somos ruda vendimia de la muerte/ y es esta vida humana su
lagar./Cada uno, una uva por pisar,/ y el tiempo con pisadas se divierte.
Los numerados 11, 28 y 40 se ocupan de este tema y es Caronte, el
barquero infernal, el vigilante de la Laguna Estigia, el imprescindible maestro
de ceremonias poniendo un toque, una atmósfera mítica a ese inquietante
final que a todos nos espera.
Por aquí y por
allá aparecen pinceladas de poesía metafísica en la línea de John Donne:
—Cuando toco mi piel, palpo mi calavera…—. Incluso sonetos completos. El
45, concretamente, es abordado bajo el prisma de la más estricta ortodoxia
cristiana:
Mientras se
pudra el cuerpo que yo era
o las cenizas que quedaran, vuelen;
mientras los míos mi recuerdo velen,
reciente la partida que emprendiera,
¿qué haré yo mientras tanto por la esfera
de la que nadie ha vuelto, aunque la celen
la esperanza y la fe, y ellas revelen
otra vida en la intriga de la espera?
¿Despertaré buscando a Dios, gozoso
lo que suba de mí, menesteroso
de ese puerto, final de la aventura?
¿Qué será Dios: Amor, Conocimiento,
o mano que nos da el merecimiento
de lo que aquí nuestro vivir procura?
El tema del
Carpe diem horaciano aparece especialmente en el soneto 38: Sé feliz
mientras puedas, como dice Epicuro./ No dejes que las sombras enturbien tu
sonrisa./ Ponle freno al caballo urbano de la prisa./Siéntete en el islote de
una dicha seguro. El sexo —al que llama “alcahuete del placer”— no podía
estar ausente: Tú, Sexo, un alcahuete del placer,/ te quieres zambullir en la
ignorancia./ Carnal piscina es esa circunstancia,/agua en la que te vas a
estremecer. El poder del dinero (Soneto 18):
El dinero se
ríe de la gente.
Él es el dueño de sus corazones.
Él es una palanca de pasiones.
Él hace al más rebelde un obediente.
Nadie le vuelve el ojo indiferente.
Nadie lo excluye de sus emociones.
Nadie ignora el poder de sus blasones.
Nadie lo acusa de que es indecente.
El dinero, aliado que nos une,
es también enemigo que desune.
Él es el genio de la paradoja.
Tanto a su humillación nos encadena,
que, aun siendo vil metal, le damos pena
y de nuestras rodillas se sonroja.
Bien, creo que
debo terminar. Aunque el poeta se sitúa entre la tradición y la modernidad es
la variedad temática, la inspiración y la técnica poética que goza esta última
entrega de Juan Mena lo que quisiera resaltar. Unidad que es evidente
porque la elección del soneto como única fórmula poética contribuye a ello de
un modo eficaz: presentación del tema en los cuartetos y conclusión y cierre en
los tercetos, especialmente en el segundo o bien en el verso final, que siempre
es más atractivo. Y todo ello utilizando los recursos poéticos propios de este
tipo de composición: la metáfora, la anáfora, la metonimia y otras muchas
figuras del lenguaje. Desde esta tribuna invito al amante de la poesía al
excelso deleite de su lectura. Y no enaltezco el producto con esa fórmula tan
manida de los anunciantes quienes después de exaltar las excelencias de tal o
cual artículo añaden “palabra de…” y citan su nombre. Algo chusco, si me
permiten la expresión. Ensalzo este libro porque quien lo ha escrito se
llama Juan Mena, todo un poeta, y, como poeta y como hombre, perdido en la
marabunta de la vida, en lucha con Dios, con la mujer o el sexo, con el entorno
social, con el propio yo. Es la epopeya que escribimos todos y cada uno y que
el gran Lope de Vega describió con estos bellísimos versos resumió y llevó al
fracaso:
En fin, señora,
me veo
sin mí, sin vos y sin Dios.
Sin Dios por lo
que os deseo,
sin mí porque estoy sin vos,
sin vos porque no os poseo.
Antonio Bocanegra (Es catedrático y doctor en Filología inglesa y profesor de universidad, poeta y escritor)