UN RELATO TESTIMONIAL
He aquí un relato testimonial de quien vivió esta historia de cerca como un testigo que guardó sin querer en el sótano de su memoria, en la sentina del barco de sus malos recuerdos, uno de los muchos detalles que abrían un abismo entre dos clases sociales: la que inflaba su presunción con recursos superficiales y llamativos, gente del quiero y no puedo, y la otra: la gente sencilla que no se revestía de atavíos educacionales ni olía a incienso santificante ni entremezclaba en sus conversaciones referencias de curas ni retiros espirituales. Un estrato de gente que no cuidaba su lenguaje, registro nada vigilado en el que para la otra clase social cualquier descuido en una interjección la llevaba al confesonario antes de comulgar. Conste que el que esto escribe no es ateo ni anticlerical ni detractor de la buena gente educada que se merecía un respeto, aunque no fuera de familia de relumbrón.
Es el relato, como todo lo que se dice en el libro, de uno que sufrió las heridas en su alma que le hicieron aquellas aristas inmisericordes de una sociedad hueca, a modo de sepulcro blanqueado, como dice el Evangelio, que componían, como en teatro de guiñol de una clase con los pies de barro, quienes se encartonaban paseando sus logros en la vida por el corazón duro de la Calle Real, y eran despectivos con los de abajo y serviles con los de arriba, fantoches incultos pero aparentemente leídos de aquella Isla de las araucarias que iba por el puente de su día a día desde lo levítico a lo castrense como un río por debajo del cual transcurría el agua del pueblo que trabajaba, reía y se expresaba con el gozo de su espontaneidad entre risas libres que sonaban a franqueza desencorsetada de apariencias.
BIEN VESTIDO, BIEN HABLADO Y DE BUENA FAMILIA
A María del Carmen Pérez-Lerche y Pelayo (Mame para los familiares y amigos) recamar con el bastidor sobre las rodillas, sentada en el cierro, movidos los visillos por un soplo leve de levante en calma y con la honda perspectiva de la calle Real, pasada la Compañía de María. Aquel rito la devolvía a los años de adolescente, cuando todavía no albergaba ni el más balbuciente pensamiento, ni la más insospechada ambición de tan buen casamiento —dentro, claro, de lo que entonces se llamaba clase modesta, pero nunca de medio pelo, ¡por Dios! En fin, dicho de otra manera: ni pobre de tener que servir con delantal, aljofifa y rodillas en el suelo ni tampoco de la clase que blasonaba del apelativo de "señorita".
Aquello fue un golpe de suerte, gracias a Dios y a la Virgen del Carmen, a la que tantas novenas le había ofrendado su madre año tras año, amén de las Salves Sabatinas. Desde luego, le parecía mentira que aquello cuajara, como se decía familiarmente en casa, con aquel pulcro escribiente de Capitanía, hijo de un capitán de fragata caído por Dios y por la Patria en el Baleares. Al fin y al cabo, ella era nieta de un pequeño comerciante de la calle Real y de un jefe de Personal de la Maestranza, ambos abuelos muy queridos en la Isla de las araucarias, y su padre, suboficial músico de Infantería de Marina. Bien visto, las diferencias quedaban compensadas; ahora, rebobinada y suspirada la película evocadora como una batalla ganada a los temores y a la impaciencia, estaban la crianza y la educación de Luisito Gonzaga y Mamecita.
Pero ¿cómo podía ella sentarse en aquel cierro callerrealero de la casa que le cedió su madre, ya viuda —pues la anciana necesitaba cuido y se contentaba con un cuartito interior—, y no recordar tantas peripecias vistas desde aquel mirador y, en fin, por qué ocultarlo, también momentos de desagradables estrecheces y sacrificios en la vida familiar, sobre todo cuando su hermano Carmelo necesitaba clases particulares de Matemáticas —así con mayúsculas, porque llevaban para sabio, decían en casa— a ver si acababa como era de esperar, la reválida de cuarto de bachillerato, con las miras de ingresar en la Marina Mercante y, por otra parte, Soledad, su hermana mayor, se recuperaba lentamente de un arañazo que la tuberculosis le había asestado en un pulmón en aquellos temibles años cuarenta, incluso todavía peligrosa en los cincuenta.
Pero ya había pasado todo, claro que sí, para qué acordarse, caramba. Ahora estaba por medio Luisito Gonzaga, esa prenda de chaval que estudiaba su tercero de bachillerato, tan parecido a su tío Carmelo, pero sin dificultades para las Matemáticas, ay, gracias a Dios. Lo único que les inquietaba a sus padres es que fuese a jugar un rato, después del almuerzo y antes de volver al instituto de la calle del cementerio, al terraplén que se extiende delante de la barriada Sacramento.
En esta explanada juegan niños y adolescentes de todo el barrio: hijos de empleados de Bazán, de pescadores y albañiles del entorno y de las Callejuelas, algunos de ellos huérfanos de padre. Y quién sabe si por esa razón, sin colegios y bañistas del Puente de la Vaera, Cañoherrera, el Molino, de la alberca de Luisa en la huerta de su madre, María Jaén y también visitadores molestos de las otras huertas que les cogen de paso y en las que requisan, marineando por los árboles rápida y habilidosamente, los frutos que les tientan desde fuera de los pitacos y las chumberas...
En esta como plazoleta terriza juegan a la pelota. A veces, esos niños se pelean y se bombardean con insultos y picardías atroces a los oídos de Luisito Gonzaga, niño tímido y más bien callado que teme decirles estas cosas a sus padres por si, a lo mejor, no le dejan venir más al terraplén. Luisito Gonzaga piensa que esos niños son unos cafres. Hay más de uno que va descalzo, y muchos de ellos, con remiendos en el culo y las rodillas. Luisito Gonzaga se da cuenta de que son pobretones y algunos están muertos de hambre. Más de una vez uno se le ha acercado y le ha pedido un trozo de su merienda, tesoro vespertino que es el pan con chocolate, parecido al que dan a los niños pobres las señoritas de la doctrina del convento del Carmen, o con la socorrida manteca colorada, como enrojecida de vergüenza, de la carnicería de Joselete, o con chorizo de Chaves, que tiene la charcutería en el callejón del mismo nombre, camino de la vía del tren.
A Luisito Gonzaga le embarga en ocasiones una mezcla de repugnancia y lástima cuando los analiza como si fuesen un problema de matemáticas. Y es que él no es espontáneo, sino retraído y observador. Siempre aparece doblando el callejón de las Monjas y se acerca lento como oteando lo que hace la patulea jocosa, mal vestida y mal hablada. Se va acercando con precaución. No es nada raro que se estén tirando piedras en medio de un vendaval de palabrotas, se imagina él, o se regocijen con la estridencia de un chiste de lo más obsceno. Pero él no se va porque ya se ha acostumbrado a estar un rato junto a ellos, entremetiéndose en el grupo de los que juegan al fútbol. Luisito Gonzaga tiene amigos ocasionales que le dicen Luis a secas, y no como en su casa, y hay algunos que lo animan a que le dé patadas a la pelota o que bote el único y adorado balón... "¿Quién lo habrá traído? Qué cosa más extraña. ¿Será robado?", se pregunta Luisito con suspicacia.
Pasada media hora, casi estrictamente y como por un mecanismo asociativo de la costumbre, Luisito Gonzaba mira el reloj Cauny que le trajo su tito Carmelo de por ahí fuera, del extranjero se dice en casa, pero lo hace con cautela para evitar la curiosidad de sus acompañantes. Sin decir una palabra, se escurre del grupo informal y se marcha, se aleja del terraplén con cierta apariencia de prisa, dobla el callejón de las Monjas y desaparece como un enigma. Ya en la calle Real, mira hacia el cierro de su casa a medida que se acerca a ella y ve a su madre que lo aguarda, mientras descorre levemente un visillo y le sonríe como recreándose en él. Luisito Gonzaga, por un extraño pudor, agacha la mirada como inhibido, pero de pronto, como si oyese una voz por dentro, yergue la cabeza, enhiesto como el tronco de una araucaria, pues su madre le ha dicho más de una vez que hay que caminar erguido como un cabo gastador de esos que van delante de la tropa en el desfile del l8 de julio. En el cierro están también su abuela y su hermana Mamecita, que lo adoran y se miran en él, como lo hace su madre. Su abuela y la niña lo saludan, ésta con la manita golpeando suavemente el cristal, porque su hermano es el hombrecito de la casa, después de su padre, claro, que es un padre de familia silencioso y se sienta, tras el almuerzo reposado y ritual con la familia, en un sillón del tresillo a leer El Alcázar que compra en el kiosko de Emilio cuando regresa de su trabajo en Capitanía, cerca ya de las tres de la tarde.
Cuando el niño vuelve del instituto, en su jornada de tarde, su padre, que termina sobre esa hora las operaciones de contabilidad de dos comercios del barrio —con la que arrebaña, según la expresión afectiva de su mujer, unas pesetillas providencialmente complementarias—, le pregunta que cómo han ido las clases del día y se ofrece para la ayuda que necesite en Matemáticas, pero Luisito Gonzaga, serio y con empaque de instintiva responsabilidad, le dice que no, que gracias. A su padre le obsesionan para su formación las Matemáticas y en segundo lugar el Inglés. A prudente distancia, la Física. Tanto las Matemáticas como la Física son asignaturas viriles, le recuerda a su hijo. En otras disciplinas no importa que las calificaciones sean menos brillantes, pero en las tres mencionadas le recomienda seriamente y con lenguaje familiar que no hay que partir peras. Así que duro y a por las matrículas de honor para que seas la envidia del instituto, como le añade su madre, “y la alegría y el orgullo de la familia, que para eso llevas los apellidos que tienes por las dos vías familiares”.
La abuela, que le repite lo del encanto de nieto bendito, le pone una mariposilla con aceite de fe a la Virgen del Carmen que tiene en la repisa de su cuarto cuando el niño tiene exámenes y, por si fuera poco, en el cierro reza el rosario, acariciando, manoseando morosamente, fervorosamente cada cuenta que pasa como si con ese gesto firme en la confianza, como le recomienda el carmelita padre Juan Bautista, asegurara a la familia el éxito de su nieto, que trae los sobresalientes con la misma indiferencia que tira la ropa sucia en la canasta del cuarto de baño.
Durante la cena su padre se vanagloria de su Luisito Gonzaga con machacona frecuencia, en la sempiterna e imperturbable ceremonia de las tres personas mayores de la casa. A la hora del Diario hablado de la diez de la noche en la radio, el padre elogia su capacidad intelectual y sonríe jactancioso, indicando que es heredada de él, ante la mirada de su esposa, que asiente con una actitud equívoca entre la burlona resignación o el desconcierto, que no va más lejos de una actitud de extrañeza y obligada sumisión.
No miraba con buenos ojos su padre las salidas de después del almuerzo al terraplén de la barriada Sacramento, entre los bloques de viviendas a la derecha y el desconchado paredón del huerto de Togores a la izquierda, con un encantador bosquecillo enfrente —que es lo que queda de la antigua huerta de Sacramento—, si se mira hacia la huerta de Marín, oyendo de vez en cuando el alarido del tren, a cuya vía se llega bajando la pendiente que hay al lado izquierdo de la huerta de Chaves. Pero, por supuesto, el niño regresaba a la hora que su madre le indicaba y jamás traía manchas en la ropa o en los zapatos, pues Luisito Gonzaga se cuidaba bien de limpiárselos antes de doblar la esquina del callejón de las Monjas. Además, el nunca olvidaba las consignas de su madre, remachadas por su abuela, y en ocasiones accidentales, por otros miembros de la familia que venían de visita, como cuando una tarde vinieron sus tías maternas, solteronas acicaladas y circunspectas, de la venerable Orden Tercera del convento del Carmen. En presencia de los padres, la abuela y la hermanita le dijeron con ademán cursi “que un pajarito les había dicho” que él se juntaba en ese manchón de detrás de la calle Real con unos niños muy mal educados, sin colegio, y algunos de ellos procedentes de familia con miembros de conducta poco edificante. Mame, horrorizada, se puso las manos en la cabeza como si se hubiese estrellado contra el suelo la vajilla de porcelana de regalo de bodas. Su padre confirmó la sospecha de que aquellas idas no eran nada provechosas; meneó la cabeza, aunque con cierta teatralidad, para solidarizarse, calculador, con ella, pero suavizó su actitud limitándose a carraspear y seguir meneando la testa con gesto admonitorio; sin embargo, su madre, rígida, atemorizadora y mucho más autoritaria, lo puso erguido y atento, y le dijo que eso no podía seguir así, que ya no iría más a aquel manchón, como lo denominaba una de sus tías, porque si se deseaba ardientemente triunfar en este pueblo, “había que portarse como Dios manda y no andar perdiendo el tiempo con gente que no da nada y no tiene donde caerse muerta. Porque si se quiere ser alguien en este pueblo ten cuidado, mucho cuidado, Luisito Gonzaga, hay que ir siempre bien vestido, ser bien hablado y, por supuesto, y sobre todo, estar orgulloso de pertenecer a una buena familia”.
De LA MEMORIA DESANDADA, Dalya, 2018