En el cantar del pueblo andaluz de todas las primaveras, según el breve
poema de Antonio Machado, el espíritu de la Isla anda buscando una escalera
para subir a la cruz. Todas las cuaresmas, los cofrades isleños, cada uno desde
la humedad del almacén —donde reposan sus túnicas el sueño en que entran
después de la Pascua de Resurrección—, hasta el olor del incienso de los cultos
cuaresmales, sacan a la luz de esas tardes ya más largas sus inquietudes
cofradieras y las plasman en una serie de actividades encaminadas a la
proclamación del Mensaje del Hombre-Dios; un Mensaje que nos recuerda que la
vida humana es Pasión, pero que los sufrimientos depurativos de nuestro
espíritu tienen, como de siempre ha enseñado la Iglesia, un hondo sentido
—hacernos más humanos y conscientes de que la vida es valle de lágrimas, según
reza la Salve—, pero que esa Pasión desde su Calvario, mira hacia arriba, a la
esperanza de una dimensión a la que se llega una vez que hemos, como Jesús,
Maestro y Salvador, agotado el cáliz de las vicisitudes de la tierra.
En un mundo frívolo y consumista
como el nuestro, la cuaresma tiene un innegable valor de testimonio de la
verdad de la vida y hoy, más que nunca, la sociedad necesita del mensaje
evangélico, so pena de abocar a la juventud a un necio paganismo, a un desorden
de vida moral y a un vacío de espíritu contra los que tuvo que luchar la
Iglesia en sus comienzos para remontar la decadencia de aquellos tiempos de la
Roma ya a punto de sucumbir.
Quien haya llegado a altas y sensatas cotas de experiencias, se dará
cuenta de que vivir es atesorar unos valores humanos y que éstos constituyen la
mayor y más segura riqueza que poseemos y que nos acompañarán en nuestro viaje
al otro mundo. Que hoy las masas están de espaldas a esa inequívoca certeza y
prefieren una manera superficial, alocada y hedonista de tomarse la vida, es
problema de cada uno.
Cuando la realidad nos clava sus colmillos en el alma, entonces nos
percatamos de las mentiras a que nos inducen la publicidad en alianza con nuestros
sentidos, siempre necesitados del engaño evasivo.
La reiteración del Mensaje es, por tanto, un recordatorio de que existe
una interpretación de la existencia humana; una interpretación que en cuaresma
se decanta por unas formas expresivas que, lejos de repetirse, recuerdan,
avivan y renuevan los sentimientos cristianos, aunque se manifiesten con ese
ropaje artístico que una civilización tan antigua y rica como es la andaluza,
le presta para su escenificación. La emoción cofradiera es leña preciosa que se
echa en el fuego de la fe, para que la tenga viva todo el año.
Es un drama en la calle que "edifica", como se decía antes,
sobre todo en la Isla del Puente de Zuazo hasta La Ardila, que tan en serio se
toma su semana santa. Un drama que empieza en el quinario, sigue en la via
crucis, ¨camino de la cruz¨ (vía era de género femenino en latín), la Madrugá, y no acaba nunca, ya que,
después de la Pascua florida, en expresión catequística, el cofrade lleva en su
alma una experiencia más que confirma y subraya la anterior. Es una suerte que,
además de ser creyente, se sea artista de la propia fe, enmarcándola en ese
cuadro noble del arte semanasantil. A quienes no lo entiendan les recuerdo
aquel verso de Lope de Vega refiriéndose al amor: "...quien lo probó, lo
sabe".
BÉCQUER Y LA SEMANA SANTA
Que la nostalgia de muchos sevillanos fuera de su Sevilla natal está
relacionada consciente o inconscientemente con la semana santa, es tan obvio
como indiscutible. El registro sentimental de la infancia se convierte en la
madurez en secretaria e insobornable memoria. Cuántos sevillanos, muy lejos de
su Plaza del Duque y la calle Sierpes, oyen en esos días morados retazos de
marchas en el fondo de la evocación y creen que huelen a incienso de catedral
en las alas fugaces del aire que los circundan...
Entre los que guardaron en un rinconcillo de su corazón esos sones
nostálgicos, están, entre otros menos conocidos para el gran público, Manuel
Machado, Rafael Montesinos (De la niebla y sus nombres), Manuel
Díez-Crespo (colaboraciones en "Diván meridional") y el mismo Cernuda (poema "Luna llena en semana
santa").
Sin embargo, hay otra corriente paralela que la evoca también, pero con
cierta disidencia por algunos detalles externos más que sustanciales. Entre
ellos podemos citar a José María Blanco (Blanco White), y a sus paisanos
Antonio Machado y a Bécquer. El poeta de las Rimas, de exquisita
sensibilidad tradicional (trabajaba en un ambicioso proyecto, tal como una
suntuosa historia de los templos de España), se fue joven de Sevilla a Madrid y
llevaba en su recuerdo la semana santa que se reinicia en Sevilla hacia 1850,
después de postraciones y reveses políticos, que en la España del siglo XIX
fueron tan continuos debido a un forcejeo entre conservadores, liberales y
progresistas, además de las guerras carlistas.
Con el apoyo de los Duques de Montpensier muchas corporaciones
cofradieras hispalenses se levantan de su letargo y adquieren vistosidad,
además de una cada vez mayor expectación, que impresionaron la retina
observadora del joven poeta. Cuando Bécquer, un año antes de su fallecimiento,
desalojado por la Revolución de 1868 —"La Gloriosa"— del gobierno que
le mantuvo profesionalmente como censor de novelas en el Ministerio, permanece
semidesterrado en Toledo con su hermano Valeriano, destacado pintor, escribe el
artículo titulado "La Semana Santa en Toledo". En este trabajo opone
la semana santa de la ciudad del Tajo como ejemplo de religiosidad frente al
bullicio y al colorido de la semana santa de las riberas del Guadalquivir.
La descripción que hace de un desfile procesional por la céntrica Plaza
Nueva es de una curiosidad excitante para un aficionado al tema, ya que puede
tomar nota de ciertos peculiaridades semanasantiles desaparecidas después.
Los hermanos Machado cultivaron el teatro, algunos de cuyos títulos son
hartos conocidos por el gran público, como La Lola se va a los Puertos o
La Duquesa de Benamejí, entre otros. Antonio y Manuel se querían
entrañablemente; juntos estudiaron, juntos estuvieron en París y juntos
compartieron alegrías y sinsabores familiares.
Sin embargo, los dos tenían unas diferencias ideológicas firmemente
mantenidas. Sabido es que durante la guerra civil Manuel se inclinó al
bando de las derechas (después de que el estallido de la guerra civil le
cogiese en Burgos) y Antonio al de las izquierdas. El uno escribió sonetos en
los que exaltaba la tradición y desconfiaba de las revoluciones; el otro se
siente atraído por el socialismo mitigado como una solución a los problemas de
aquella España de "charanga y pandereta", según su verso. Después de
la guerra, Antonio y su madre mueren en el exilio del sur de Francia. Su
hermano Manuel morirá en la España de Franco ocho años más tarde.
Manuel y Antonio siempre fueron cristianos. Y cristianos fervorosos cada
uno a su manera. Manuel, tradicional, sensorial y popular. Antonio,
meditabundo, intimista y pragmático a lo protestante; no en vano, un poema dedicado a Ortega y Gasset, acaba
así: "Y que Felipe austero (se refiere a Felipe II, defensor del
catolicismo a ultranza),/ al borde de la regia sepultura,/asome a ver la nueva
arquitectura/ y bendiga a la prole de Lutero".
Hay un breve pero profundo poema de Antonio en que expresa su fe en Jesús
en unos versos que comienza con "Yo creo en Jesús que dijo...". Ahora
bien, esa interioridad de una fe reflexiva con apoyaturas filosóficas a lo
Henri Bergson, le llevaba a un claro rechazo de lo semanasantero. Lo podemos
ver en el poema en el que retrata a don Guido, un cofrade sevillano: "Gran
pagano,/ se hizo hermano/ de una santa cofradía;/ el Jueves Santo salía/
llevando un cirio en la mano/—¡aquel trueno!—,/vestido de nazareno...". De
hecho, Antonio critica la semana santa de su época. También lo hizo Eugenio
Noel poniendo el dedo en la llaga de la superficialidad, la bullanga, la
borrachera y la emulación de los exornos.
En esos años, y en otros aspectos, también la criticó Cansinos Asséns, y
posteriormente Alfonso Grosso en su novela El capirote.
Pero, para ironía del destino, el poema de Antonio titulado "La
saeta", en el que opone al Jesús del madero, el Jesús que anduvo sobre el
mar —o sea, el Jesús profundo que iba más allá del culto externo y periódico—,
se convirtió en tema musical con J. M. Serrat y luego en marcha cofradiera, y
hoy está presente en los desfiles procesionales, casi codeándose con la marcha
"Amargura", santo y seña de la semana santa andaluza. Manuel sigue
unas pautas muy de devoción en la calle. Su amor al Gran Poder y a la Macarena
está recalcado en sus versos con aire luminoso y ecos de alma sevillana.
"¡Ay, mi Sevilla, que lo tiene todo,/ cuando Jesús del Gran Poder le
ofrece/ la Fe y la Caridad...Tú, la Esperanza!".
Creo que las referencias sobre el hecho cofradiero andaluz de Antonio y
Manuel son complementarias. Si Antonio corrige los excesos humanos de los
cofrades y opta por una religiosidad de puertas adentro del alma, Manuel exalta
los derechos de los sentidos de cara a alabar una fe pública que está en las
raíces del alma colectiva. Lo ideal sería que todos los cofrades tuvieran un
compromiso eclesial con la misma fuerza que su devoción artística y un interés
por la cultura cristiana como por los detalles de los enseres cofradieros.
VARIANTES DE LA
PASIÓN SEGÚN
Estamos acostumbrados a la narración de los evangelios canónicos y no se
nos ocurre que pudiesen existir ligeras variantes en el proceso de la Pasión y
Muerte de Jesús.
En Los evangelios apócrifos, de Aurelio de Santos Otero, de la
Biblioteca de Autores Cristianos, tenemos, entre otros, el ciclo de la Pasión y
Resurrección, compuesto, a su vez, de varios libros, de los que destacan, para
el fin que nos proponemos, los siguientes: Evangelio de Pedro, Ciclo
de Pilato, Venganza del Salvador, Sentencia de Pilato y Declaración
de José de Arimatea.
Materialmente sería muy difícil entrar en todos los detalles, dada la
limitación del artículo; así que mencionaremos aquellos rasgos que entrañen
variantes o matices diferenciales de relativa importancia.
Empecemos con el Evangelio de Pedro, redactado en las primeras
décadas del siglo II. En el versículo 7 se dice "después le revistieron de
púrpura y le hicieron sentar sobre el tribunal, diciendo: Juzga con equidad,
rey de Israel". Hay una evidente burla en este pasaje que, contrastado con
Mateo 27,28 se reduce éste a sólo la clámide púrpura, la coronación de espinas
y a rendirle honores de rey, sarcásticamente, pero sin el derecho a juicio
sobre los demás. En Marcos ocurre exactamente lo mismo. En Lucas se le venda
los ojos, se le hiere y se le pregunta burlescamente que quién le ha herido.
En Juan también se le viste con un manto de púrpura, le dan bofetadas y le
saludan como rey de los judíos.
El Evangelio de Pedro hace una peligrosa matización en el
versículo siguiente y se dice que Jesús callaba "como si no sintiera dolor
alguno", detalle éste que no consta en los demás evangelios. Los
cristianos gnósticos aprovecharon esta insólita impasibilidad del crucificado
para corroborar su docetismo; esto significa que el cuerpo físico de Jesús era
aparente. A tenor de esto, la teología musulmana ortodoxa enseña que Jesús
ascendió al Cielo sin morir en la cruz y que fue Simón de Cirene el que murió
en ella con la apariencia de Jesús. Esa
misma versión es la que da el gnóstico Basílides, según Ireneo de Lyon.
Los cristianos docetas, pues, pensaban que Jesús no había tomado cuerpo
real y que su divinidad se revestía de un aspecto aparencial, casi fantasmal,
o casi astral, como dirían hoy los teósofos y esoteristas. Ellos se apoyaban en
que Jesús escapaba fácilmente de entre las multitudes cuando querían apresarlo
y que caminaba sobre las aguas.
Pasemos a otro
rasgo diferenciador. Se dice en este mismo Evangelio de Pedro,
versículo 7, que la cruz "fue enderezada". Las modernas
interpretaciones nos hablan con frecuencia del "stipes", madero que
llevaba sobre su cuello el reo y el "patibulum", fijo en el lugar de
la crucifixión. Si la cruz, "staurós" en el original griego, fue
enderezada, que es poner hacia arriba, es de suponer que se refiere a la cruz
completa. En el Ciclo de Pilato le dice éste a Jesús: "Tu pueblo te ha
desmentido como rey. Por eso he decretado que en primer lugar seas flagelado,
de acuerdo con la antigua costumbre de los reyes piadosos, y que después seas
colgado de la cruz en el huerto donde fuiste apresado...".
Como ve, no se
trata del Gólgota, donde había emplazamientos o tinglados para crucifixiones.
En el huerto de Getsemaní solamente había olivos. Luego, ello hace suponer que
Jesús llevó efectivamente la cruz completa, y esta denominación no es sólo una
metonimia de la parte por el todo, sino que, además, llevó la cruz hasta allí
—como los dos ladrones, a quienes se mencionan también— y en un sitio adecuado,
montículo tal vez, fue enderezada esa cruz con Él ya clavado. Continuaremos en
el próximo artículo.
VARIANTES DE LA PASIÓN SEGÚN
Sigamos con el Evangelio de Pedro. Jesús, a
la hora de morir grita: "Fuerza mía, fuerza (mía), tú me has
abandonado". En el versículo se dice que sacaron los clavos de las manos
de Jesús y le tendieron en el suelo. Pero es, además, aquí, en el huerto, donde
es flagelado y coronado de espinas, y no en el pretorio. Realmente no se
habla de cruz y sí de ser colgado, pero esto no da a entender que fuese ahorcado,
ni creo que en las ramas de los olivos haya posibilidad material para una
crucifixión. Hemos de suponer, según esta versión, que Jesús llevaría su cruz
entera y no solamente el travesaño, —como aparece en recientes películas, que
nos dan a entender que el patíbulo estaba fijo en lugares de ejecución, siempre
al lado de un cementerio.
Cuando muere, el entorno se conmueve y sobreviene un
gran pánico. En el versículo 36 los cielos se abren y dos varones bajaron de
allí con gran resplandor (esto ha dado lugar a que los ovnílogos especulen
acerca de una intervención de potencias extraterrestres en la Pasión y
Resurrección). Situación semejante sólo la encontramos en Mateo 28:2, que viene
a decir que sobreviene un gran terremoto y un ángel baja del cielo y remueve
la piedra.
Volviendo al
Ciclo de Pilato, hagamos las siguientes observaciones. En el capítulo segundo
Claudia Procula avisa a Pilato acerca de la inocencia de Jesús. En otro
documento de este original llamado 'recesión B', se ofrecen más pormenores de
la subida al Calvario. Dada la extensión, hay que resumir el escrito diciendo
que, en lo que se refiere a la Virgen, que ésta, avisada por Juan, divisó a
Jesús en la calle de la Amargura, cayó desmayada y estuvo bastante tiempo en el
suelo.
Cuando se
reanimó, comenzó a prorrumpir una serie de estremecedoras exclamaciones y a
golpear su pecho. Los judíos, al ver este espectáculo, quisieron alejarla; pero
María permaneció firme junto a su Hijo: A Jesús se le había preparado una cruz
y se la habían echado sobre los hombros.
Con ella llegó
hasta las puertas de la ciudad; pero las llagas y la pesadez del madero le
hacían desfallecer. Entonces obligaron a un tal Simón de Cirene a que se
hiciera cargo del madero.
En otro
documento titulado la Venganza del Salvador, capítulo veinticuatro, una
tal Verónica tiene en su casa un lienzo con la faz del Señor impresa en él.
En la Sentencia
de Pilato, copia de 1580 de un original desconocido, Pilato da al centurión
Quinto Cornelio orden de que Jesús sea maniatado y azotado por toda la ciudad.
Sale por la puerta Antonia con dos ladrones, va vestido de púrpura, coronado de
algunas espinas y con la cruz sobre los hombros. Será crucificado en el monte
Calvario y su cuerpo será expuesto como espectáculo de todos los malvados.
Esta sentencia la da el gobernador romano un 25 de marzo.
En la Declaración de José de Arimatea, que data del siglo XII (no
se indica de qué original anterior), se acusa a Jesús de haber hurtado la Ley
y los Profetas. Sin embargo, en el Apócrifo de Juan, de carácter
gnóstico, Jesús es acusado de apartar a los apóstoles de la tradición de sus
padres. En los demás detalles hay múltiples coincidencias con los evangelios
canónicos. Falta por decir, fuera ya de los apócrifos, que la Legión Itálica,
compuesta por soldados tarraconenses, fue la que acompañó a Pilato durante su
destino en Palestina. Ella sería la encargada de la Crucifixión. Tomo este
detalle de la Enciclopedia Universal Ilustrada, tomo 46.
DOS "MISTERIOS" APÓCRIFOS
Hay en la Isla de San Fernando dos "misterios" apócrifos:
Afligidos y Misericordia. En ninguno de los evangelios canónicos se nos dice
que Jesús se encontrara con su Madre en la calle de la Amargura. En todos ellos
se nos refiere que sus familiares veían la ejecución "de lejos" o
posiblemente cerca, mas no "iuxta crucem" —junto a la cruz—, como
escribe el autor del Stabat Mater medieval Jacopone da Todi.
Esta secuencia está sacada de la recensión B de las Actas de Pilato.
Citemos el texto aludido: "Juan al principio iba siguiendo el triste
cortejo, pero luego se fue corriendo a toda prisa a dar cuenta a la Virgen de
lo que pasaba, pues se encontraba ignorante de ello. Al oír la Virgen el
relato, quedó transida de dolor y se fue en seguida, acompañada por Juan y por
Marta, María Magdalena y Salomé, a la Calle de la Amargura. Al ver la comitiva,
preguntó a Juan cuál era su hijo. Él se lo señaló, diciéndole que era el que
llevaba la corona de espinas y las manos atadas.
“La Virgen, que divisó a Jesús, cayó desmayada hacia atrás y estuvo
bastante tiempo en el suelo. Cuando se reanimó, comenzó a prorrumpir una serie
de estremecedoras exclamaciones y a golpear su pecho. Los judíos, al ver el
espectáculo, quisieron alejarla; pero ella permaneció firme junto a su
hijo".
En esta misma recensión, coincidiendo con san Juan 19,26, Jesús
confía su Madre a los cuidados del
discípulo amado. Después vienen los judíos y alejan al grupo de amigos de
Jesús. Aquí nos preguntamos si fueron los judíos o los romanos, que eran
realmente los organizadores de las ejecuciones. encabezados por el manípulo; o
bien podría ser una guardia judía auxiliar del Templo, en colaboración con los
romanos.
También en esta recensión se cita a Simón de Cirene, que se hace cargo
del madero cuando Jesús llega a la puerta de la ciudad, camino del Calvario, ya
desfallecido por las llagas y lo pesado de aquél. Estamos, pues, en el segundo
"misterio". En él otro personaje secundario pero pintoresco es el de
la Verónica. La Verónica, citada en algunos textos apócrifos como la hemorroísa
—que aparece en ocasiones con el nombre de Berenice— a la que Jesús cura tan
sólo con que ella toque su manto, posee, en efecto, un lienzo con el rostro de
Jesús, que éste le imprimió una vez a petición de ella, mucho antes de la
Pasión.
Ese lienzo será el que Volusiano, un oficial romano, lleve a Roma para
curar la lepra de Tiberio, según el tono legendario de los evangelios
apócrifos, muy en concreto, en las llamadas Actas de Pilato, llevadas al
cine, en versión italiana subtitulada, Secondo
Poncio Pilato, por Luigi Magni.
Sin embargo, para buscar a la Verónica que enjuga el rostro de Jesús
camino del Calvario, tendremos que seguir los piadosos pasos de la Tradición y
llegar a la Edad Media. Justo en el relato de Petit Saint-Graal (Pequeño
santo Grial) de Robert de Vorron, que se encuentra en la biblioteca de Mans
y data de entre 1225 y 1260, hallamos este motivo no canónico que luego tendría
un eco resonante en las iconografías religiosas adjuntas a la Pasión, tanto en
grabados como en relieves de las iglesias.
A pesar de su no canonicidad, no significa que fueran del todo irreales,
si bien en algunos casos la fantasía es bien patente; sin embargo, en otros
pasajes coinciden con versículos de los evangelios que configuraron con una
intención más catequética el mensaje de Cristo.
Con estas palabras dirigidas por unos griegos al apóstol Felipe:
"Quisiéramos ver a Jesús" (Juan 12:21). siguen los cristianos
expresando el deseo de conocer cómo fue el rostro de Jesús. ¿Quién de nosotros
no se ha preguntado alguna vez cómo era físicamente el hombre que más ha dado
que hablar a los escritores, poetas y teólogos de nuestro Occidente?
Los artistas cristianos de todas las épocas han intentado representar a
Cristo y lo han hecho de múltiples maneras, proyectando sobre él la encarnación
de sus supremos ideales religiosos y humanos.
Cada época, por medio de sus artistas, ha tenido su Cristo: los
bizantinos se lo representaron como el juez del "juicio final", con
gran majestad y aterrador. El Cristo de las catedrales del Medievo es el gran
Rey de reyes, hierático y solemne, señor de cuerpos y almas, suprema jerarquía
el orden social y del universo, en paralelismo con el gran señor feudal.
El Cristo barroco es un Cristo que sufre, patético, representado más
veces muerto o agonizante, que vivo o resucitado; más sangrante y vencido que
vencedor, como nos lo muestra la imaginería en los Pasos de Semana Santa del
que pondríamos como ejemplo el sevillano Jesús del Gran Poder.
Más tarde vendrán esas otras representaciones edulcoradas que todos
conocemos de un Jesús de largas y onduladas melenas y femeniles túnicas,
lánguido e impotente, como en la película Jesús Superstar.
Nuestro siglo será testigo de una explosión de intentos gráficos por
captar a Cristo bajo otras ópticas: desde el Cristo cósmico de Teilhard de
Chardin, eje y motor de la evolución, al Jesús estético, poético y ausente de
Dalí, pasando por todos los Cristos torturados, casi caricaturescos, del
expresionismo, neorrealismo, y de una larga serie, aún inconclusa, de muchos
otros "ismos”.
Los jóvenes de hoy, en la atmósfera reivindicativa de nuestro tiempo, se
han inventado un Cristo como ellos, joven, rebelde, a la vez mítico y desmitificador.
Para unos, se tratará de un Jesucristo "American look", guapo galán
anglosajón con carisma cinematográfico, "hippy", "Superman"
o "Superstar", o bien el "Jesus clown" jovencito,
divertido, e ingenuamente amable de "Godspell". Para otros, su Jesús
será un revolucionario social, del que el Che Guevara sería un reflejo.
¿Por qué este desacuerdo? ¿Por qué estas diferencias entre tantos
estereotipos? ¿Será Cristo un diamante de infinitas facetas, tantas que nunca
será abarcable por un hombre en una sola vida humana, ni por toda la humanidad
de todas las generaciones?
Los evangelistas, atentos más bien a las
circunstancias y al mensaje del
Maestro, no se han preocupado de satisfacer nuestra curiosidad sobre su físico.
Los Evangelios aluden a la infancia y formación de Jesús en el seno de una
familia de artesanos, hecha al duro trabajo de cada día. Solamente Lucas, el
médico, insiste en que el niño "crecía [y se fortalecía] en sabiduría y en
estatura, y en gracia" (Luc. 2:40 y 52), quizá para precisar que Jesús
alcanzó un equilibrado desarrollo físico.
Se ha querido encontrar un indicio en el relato del publicano Zaqueo,
quien, habiendo llegado Jesús a Jericó, trataba de ver a Jesús, por saber quién
era, y no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura; y
corriendo adelante se subió a un sicómoro para verlo, porque iba a pasar por
allí Luc. 19 :3-4). De estas palabras se ha querido inferir que Jesús era
pequeño de estatura. Esta interpretación, ya sugerida hace tres siglos, es pura
divagación sin fundamento alguno, si bien la tipología étnica del semita nos
arroja individuos de estatura mediana; aunque no se ha de olvidar que en la
Decápolis había una colonia de griegos y es de suponer que la mezcla racial
sería probable.
Otro ejemplo, pero ahora referido al carácter. En el lago, duerme en la
nave, mientras los discípulos luchan ansiosos con el temporal; esto puede ser
un interesante indicio de que Jesús tenía un sistema nervioso muy sano, que le
permitía un pleno relajamiento aun en situaciones adversas. Lo mismo podría
ocurrir con otros fundadores de religiones, a pesar de la sensibilidad
anhelante de Mahoma y el agotamiento físico de Buda, que no por ello pierden su
serenidad impasible ante los ajetreos de la vida.
La actitud de Jesús en los momentos de la Pasión es la de un hombre
extraordinariamente dueño de sí mismo. En medio de las reacciones desquiciadas
de sus jueces y acusadores, Jesús no tiene ni un gesto, ni un grito
incontrolado (recuérdese con la serenidad con que replica al sayón que le da la
bofetada cuando se haya ante Anás); ni siquiera, lo que sería tan humano en los
estertores de la muerte, Jesús da muestras de una comprensible desesperación.
Sus conocidas siete últimas palabras en la cruz, ofreciendo el perdón a los
enemigos entre ellas, son eco de la inigualable paz interior de su espíritu. El
músico Joseph Haydn compuso, como sabemos, una composición musical a tenor de
este pasaje, solicitada por la catedral de Cádiz.
Apoyándose en la profecía del Mesías sufriente de Isaías, 53:2,3, los
Padres de los siglos II y III se representan a Cristo y lo describen como
teniendo un aspecto miserable, sin ninguna belleza. Según Justino mártir, Jesús
era deforme. Según Clemente de Alejandría era feo de rostro. Según Tertuliano
carecía de hermosura y su cuerpo no tenía ningún atractivo ni perfección.
San Efrén de Siria le atribuye una estatura de tres codos. Orígenes
parece ratificar la afirmación de Celso de que Jesús era pequeño, feo y
desgarbado. También nos transmite la extraña afirmación compartida por muchos cristianos de su tiempo de que
Jesús parecía feo a los impíos y hermoso a los justos.
Hay quienes llegaron a decir que Jesús estuvo leproso, e incluso que fue
cojo (esa es la tradición que se refleja en algunas cruces rusas y la mantiene
Robert Graves en su obra Rey Jesús). En un sarcófago del Museo
Gregoriano se representa a Jesús barbilampiño con una varita en la mano.
En los siglos IV y V, y apoyándose esta vez en el Salmo 45:2,3,
proliferan, yéndose al otro extremo, las descripciones que hacen de Jesús el
más bello de los hombres: Juan Crisóstomo, Agustín de Hipona, Jerónimo, también
Ambrosio, Teodoreto, Gregorio de Niza.
Esta tendencia será la que va a predominar hasta nuestros días. Es en la
Edad Media cuando vamos a encontrar las primeras descripciones detalladas de
los rasgos físicos de Jesús, llegando a constituirse un verdadero retrato
literario, estereotipado, fuente de las representaciones pictóricas del
Nazareno, que se harán en su mayoría teniendo en cuenta las líneas de este
arquetipo.
Andrés, metropolitano de Creta, hacia 710, dice que Jesús era "de
cejas unidas de ojos bellos, con el rostro alargado, un poco encorvado, de
buena estatura". Nicéforo, y una carta reputada apócrifa de Juan
Damasceno, dicen que Jesús, "lleno de majestad en su porte, inclinaba un
poco al caminar, su elevada estatura. Sus ojos eran hermosísimos. Sus cabellos
rizados caían en grandes bucles sobre sus hombros, su rostro pálido,
aceitunado, rematado por una espesa barba negra. Sus dedos largos y delgados.
Su profunda mirada respiraba sabiduría, paciencia y bondad". Epifanio,
monje griego, hacia el año 800 en Constantinopla, decía que Jesús tenía seis
pies de alto, (aprox. 1,70 m), ojos verdes, nariz larga, tez trigueña, cejas
negras, no del todo arqueadas, cabello rojizo o rubio, levemente ondulado, y
presentaba una ligera inclinación el cuello, de modo que su figura no era del
todo derecha, y remata su descripción diciendo que era "el vivo retrato de
su madre".
EL RETRATO DE JESÚS (y
III)
El retrato más conocido generalizado es el contenido en la famosa carta
atribuida a un tal Publio Léntulo, presunto gobernador de Jerusalén. De su
descripción tardía y devota, en la que se nos lo describe con una abundante
cabellera partida en dos, cayéndole sobre los hombros, sacamos que Jesús es un
"nazir", o sea, un nazareno, un hombre consagrado a Dios, como Juan
el Bautista, su primo y anunciador.
La primera generación cristiana, procedente en su mayor parte del
judaísmo, no podía tener motivo ni deseo de transmitir una efigie de Jesús,
sobre todo por las prescripciones mosaicas, refractarias a representaciones
icónicas de cualquier tipo. Por eso las más antiguas figuraciones que nos han
llegado de Cristo son en Occidente las de las catacumbas de santa Priscila
(II-III siglos) y en Oriente las pinturas bizantinas (IV siglo), ninguna de las
cuales reproduce rasgos históricos, sino que dependen exclusivamente de motivos
ideales y son creaciones de la “fantasía". Sin embargo hay antiguas
leyendas acerca de ese deseado retrato: una de las más conocidas es la del rey
Agabo de Edesa. El obispo Ireneo de Lyon, dice que ya en su tiempo era
desconocido y no se sabía dónde estaba. Eusebio de Cesarea, también hace una
alusión a él. Agustín dijo algo muy interesante: "La imagen de Cristo
según la carne varía al infinito y puede suceder que la que nosotros nos
formamos diste mucho de la realidad (...). No la conocemos". También
surgió en la Edad Media la leyenda de los retratos de Jesús pintados por san
Lucas y que en el siglo XIII entroncará con la efigie del velo de la Verónica,
del que nos habla el evangelio apócrifo Tradición de Pilato.
También se tiene mención de otra estatua colocada en el oratorio de
Alejandro Severo, emperador romano (203-235), según el obispo Ireneo, junto a los
bustos de Abraham, de Orfeo y de Apolonio de Tiana, gran taumaturgo del siglo
I.
Las pinturas más antiguas que se conservan, las de las catacumbas de los
siglos II y III, representan a Jesús casi siempre bajo los símbolos del pez o
del cordero. Algunas veces Jesús es representado como el Buen Pastor.
Pero, de hecho, es la efigie de un adolescente según los cánones del
efebo griego, imberbe, con el cabello corto y rizado, llevando a hombros un
cordero. En el siglo XII tenemos el Pantocrátor del maestro de Tahull, tan
conocido en la Historia del Arte.
Se sabe que algunas sectas gnósticas, conservaban juntos retratos de
Cristo, Pitágoras y Aristóteles. Un extraño texto del obispo Ireneo dice que el
retrato de Jesús provenía de un original debido a Pilato. Parece que se han
encontrado dos de estas imágenes. La una, de tierra, representa a Cristo de
perfil, como un joven imberbe, con la inscripción Xristos y el pez simbólico.
La otra, sobre una especie de medallón, lleva en hebreo el nombre de Jesús y lo
representa con cabellos partidos sobre
la frente que le cubren las orejas y le llegan hasta los hombros. Mención
especial merece el extraño negativo del famoso "Santo Sudario de
Turín".
Las características faciales de la figura de la sábana parecen ser las
propias de la raza judía: nariz larga y fina, ojos grandes y hundidos, cabellos
largos y abundantes, peinados con raya en medio, bigote y barba partida
ligeramente en dos, labios finos. Este lienzo muestra huellas que han sido
interpretadas como las de un hombre crucificado, flagelado, muerto. Este hombre
es alto (1,75 m), de vida itinerante (los músculos de las pantorrillas son muy
fuertes), trabajador manual (los músculos de las manos, brazos y hombros, sobre
todo el derecho, bien desarrollados). Pero, ¿qué certeza podemos tener de que
se trate del "retrato de Jesús"?
Me parece que ninguna. Pero, para el creyente interesado en su
personalidad, no creo que haya mayor referencia que sus palabras de fe y
esperanza, aunque sean traducidas. Así
pues, el mensaje de Jesús sería su retrato más interesante. Recuérdese la norma
negativa de la tradición hebrea y la musulmana a representar imágenes.
Parafraseando a San Pablo, podríamos decir que "ahora vemos a Cristo
oscuramente, mas un día lo veremos cara a cara ( 1 Cor. 13: 12). Esta cita me
parece adecuada para acabar estos artículos.
SIGNIFICADOS DE LA CRUZ
(I)
Dice Antonio Carrera en su obra Simbología oculta de la Cruz:
"El símbolo de la Cruz aparece representado en infinidad de monumentos,
cerámica, monedas, adornos, pendientes, collares, lápidas, etc., en distintas
civilizaciones de la antigüedad. La encontramos en casi todas las culturas como
Japón, China, India, Cartago, Troya, Egipto, Babilonia, Asiria, Caldea,
Fenicia, Persia, Grecia, Roma...". A pesar de su universalismo el autor
reconoce que "el origen de este símbolo —la Cruz— se halla sumergido en
las profundidades de los misterios más insondables, de los muchos que rodean a
la humanidad".
Los estudiosos del tema encuentran dos grandes aspectos en cuanto a su
significado: el esotérico, que habla a la perspicacia de los iniciados, y el
que está en la mente de todos y que nos viene de la interpretación de la fe
cristiana.
Manuel Saurina Mateu, en su Enciclopedia iniciática mínima, nos
expone un cuadro con todas las cruces conocidas en las sucesivas culturas y
repetidas en cada una de ellas con ligeras variantes, desde la antigua cruz
fenicia hasta la cruz de los rosacruces, ya a finales de la Edad Media. En este
paréntesis podríamos enmarcar incluso la cruz papal, así como la patriarcal,
teniendo en cuenta la cruz ánsata de los egipcios, la antigua tau, la
esvástica, la indiana de América y, por supuesto, la cruz latina, que es la que
nos da paso al segundo estudio.
En el primer esbozo es necesario advertir que los simbolismos están en
función de quienes interpretan su descripción. Generalmente se considera la
parte inferior como el estrato inferior de la naturaleza humana que se hunde en
los instintos, en la tierra, mientras que la parte superior es la que se eleva
hacia arriba, como el pensamiento que busca un sentido a la existencia y
también soluciones para sus problemas.
El travesaño representa las contradicciones que nos asaltan en la vida
cotidiana, así como las dificultades y los dolores. Esta visión platónica se
podría extractar de la siguiente manera: El alma desciende a la tierra material
para ser cualificada y poderse convertir en espíritu. La cruz de Platón está
tendida, mas, como dice Saurina, ya con Cristo se levanta con la cabeza en
alto.
Y con esta alusión entramos en el significado más humanizado de la cruz y
que por ello lo vincula con la realidad de cada día, independientemente de las
especulaciones de la alta cultura. Para la contemplación de esta cruz cristiana
tendríamos que añadir el Inri de su cabezal, conocido de todos: "Jesús
Nazareno Rey de los Judíos", que Pilato hizo colocar para orientación de
los que entraban y salían por la puerta de la ciudad que conducía al Calvario.
Oigamos lo que dice el
carmelita Eusebio Gómez: "La cruz. Cualquier mal o sufrimiento, dolor,
fracaso, desventura lo podemos llamar cruz". En efecto, todo el
mundo hoy asocia la cruz con esta acepción: el padecimiento, la contrariedad
que nos obliga a reflexión acerca de la actitud de Dios ante las pruebas a las
que es sometida la humanidad por el hecho de estar en este mundo. Aquí está el
gran misterio del cristianismo, por el que se impuso, primero a las grandes
masas del Imperio y luego a los patricios romanos, así como a los
intelectuales, tan familiarizados éstos últimos con las doctrinas
neopitagóricas y neoplatónicas que por entonces pululaban en la cuenca del
Mediterráneo. La muerte de Jesús en ella ponía a prueba a los intelectos más
recalcitrantes de los dos siglos siguientes.
Pero el apóstol Pablo lo había visto con claridad meridiana: Aquella cruz
de la infamia significaba una nueva mentalidad, una nueva era en la que ya la
miseria humana y los sufrimientos tenían sentido más allá de las doctrinas
filosóficas para minorías. A los grandes Misterios de Isis, Mitra, Orfeo, Baco
o Eleusis, entre otros, iba a suceder uno solo, con el que sería suficiente
para entender por qué y para qué la humanidad sufría. Mas ¿cómo olvidar que el
cuerpo humano es también una cruz si nos acordamos de las enfermedades a las
que está sometido, así como las torturas que ha sufrido tanta gente en
determinadas circunstancias?
SIGNIFICADOS DE LA CRUZ (y II)
Fue el jesuita y paleontólogo francés Teilhard de Chardin el que en El
Medio Divino le dio una destacada dimensión al sufrimiento para que éste
dejara de ser un signo menos en la cuantía de la evolución. "El que no
carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo" (Lc14,27), dice
el mismo Jesús.
Sin embargo, en el Antiguo Testamento se decía que un condenado a muerte
en la cruz debía ser considerado como un “maldito de Dios” (Dt 21,23). Por eso,
la cruz era un “escándalo” y un gran impedimento para que el pueblo judío
creyese en Jesús como el Mesías (Mc 8, 32). El apóstol Pablo no oculta que la
cruz es escándalo para los judíos y necedad para los paganos. Bultmann, el gran
teólogo protestante de la línea liberal, nos advierte que: “En la cruz de
Cristo ha dicho Dios su juicio sobre el mundo, y a través de él ha abierto el
camino de salvación”.
Ahora bien, visto el argumento de la cruz desde la modernidad,
secularizada a más no poder, nos parece quijotesco y condenado al fracaso, ya
que la técnica, la ciencia y el humanismo ateo, agnóstico, existencialista o marxista, ha realizado el
reto prometeico de las revoluciones industriales y sociales.
Esto es innegable, pero también se ha de reconocer que ello ha traído un
evidente malestar en las inteligencias despiertas que no se resignan al gran
vacío. De este modo, el consumismo, la frivolidad, el alcoholismo, la droga, la
violencia y la inmoralidad casi institucionalizadas, así como el libertinaje de
los instintos jugando con ello a ser un sucedáneo de un sentido decente de la
vida. ¿no será todo consecuencia de lo que dijo Nietzsche en La gaya ciencia
:"Desde que Dios ha muerto la soledad se ha hecho insoportable"?
Muerto filosóficamente se entiende, que no en las conciencias de millones de
creyentes que saben muy bien que la cruz es el gran "descubrimiento"
del cristianismo, y que mientras que el judaísmo contemporáneo de Jesús
esperaba de Él la liberación mesiánica frente a Roma, el Maestro pone el dedo
en la llaga del corazón de la Historia.
Cinco siglos antes que Jesús, Buda había dicho que la vida es esencial e
irremediablemente dolor. La solución budista es el desapego y la frialdad hasta
anular el deseo de vivir hasta llegar al nirvana. Así pues, la solución que
ofrece el Cristo es la rehumanización de las relaciones de los individuos
sellándolas con el Amor.
La cruz no es deseada pero sí aceptada como un conocimiento de la
realidad cotidiana siempre amenazando desesperación, pero susceptible de
aliviar ayudados con la esperanza. La fe cristiana introduce el heroísmo
espiritual del hombre de la calle frente a la distancia reflexiva de los
filósofos. El sufrimiento es la sabiduría que da solidez moral a un hombre y a
una mujer y los hace persona, y los prepara para un nivel superior de
sentimientos como criterio ante la vida.
Pocas veces se ha dicho que el triunfo del cristianismo se debió, frente
a las religiones mágicas del entorno y al judaísmo mesiánico, en la nueva
sensibilidad que trajo a la sociedad. Una manera de sentir que arrancaba desde
las clases más desfavorecidas con una fuerte dosis de sentido trágico, que se
hizo permanente con las persecuciones y la lucha contra la esclavitud. Desde
entonces la pobreza y la desigualdad de clases sociales no eran un designio de
los dioses sino una deficiencia de la política que había que subsanar; claro
está que la evolución de la historia de Europa debido al feudalismo posterior y
a las monarquías absolutas no permitieron que los contenidos neotestamentarios
de mejoras de las condiciones de vida se cumplieran como debían.
Puede parecer que las dos alternativas que ofrece el espíritu cristiano,
o sea, el sentimiento trágico de la vida (recordemos el tsunami del sudeste
asiático) y la reivindicación de una realidad más habitable en un mundo mejor
distribuido y aprovechado, nos pueden chocar y llevarnos decepcionados a la
solución budista, pero ésa es la exigencia, el desafío que hay que aceptar.
Hay que morir en la cruz, pero también hay que resucitar desde ella,
desde la cruz de nuestra ignorancia, que tanto dolor nos cuesta en la vida,
incluso enfados y desencuentros con Dios y con el sentido global de la vida.
CUANDO EL POEMA SE HACE ORACIÓN
No
lo tendría fácil un estudioso que buscara en la Literatura Española todas las
citas en las que los versos adoptan actitud de plegaria, y como las oraciones
cristianas que todos conocemos, se pudiesen convertir en rezo ordinario de los
devotos, tales como el Credo de san Atanasio, el Padrenuestro de
los Evangelios, de donde también la primera parte del Avemaría, la Salve de Pedro Mesoro, la décima Bendita
sea tu pureza del franciscano Antonio Panes, por poner algunos ejemplos.
Pero haciendo una lectura somera de las obras más conocidas, saltará a
nuestra vista la acción de gracias que hace el Mio Cid "¡Grado a Ti, Señor
Padre, que estás en lo alto"! Más adelante nos encontramos con este
pasaje: "Llegó a Sancta María, luego descavalgaba;/ Fincó los hinojos, de
corazón rogava./ La oraçión fecha, luego cavalgava". También insta a doña
Jimena a que ruegue a Dios para que pueda volver y casar a sus dos hijas. El Libro
de Buen Amor comienza con una
oración a Dios. En las Coplas de Jorge Manrique, su padre don Rodrigo se
dirige a Cristo con evidente fervor.
No hace falta afirmar que toda la literatura medieval está entreverada de
expresiones que tienen un significado religioso y las alusiones serían
interminables. Como no es mi intención espigar detalladamente todas las
ocasiones que se ofrezcan como tales, dedico el articulo a aquellos poemas que
me parecen más representativos.
A pesar de que el Renacimiento fue mucho más variado en su temática, hubo
escritores que tuvieron presente la tradición cristiana de manera muy profunda
como Fray Luis de León, san Juan de la Cruz, santa Teresa, el mismo Fernando de
Herrera... Exceptuando a Garcilaso de la Vega, todos los poetas rindieron un
pequeño o gran vasallaje de sentimiento al motivo de la fe, que tanto calaba
entonces en la España Imperial.
Pero de todos los autores fue Lope de Vega el que rezó con más poemas
propios. Son conocidos algunos sonetos suyos como "¿Qué tengo yo que mi
amistad procuras,/qué interés se te sigue, Jesús mío...?".También otro que
comienza: "Pastor que con tus silbos amorosos/me despertaste del profundo
sueño...", O bien “Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro/ y la cándida
víctima levanto…”, entre otras más populares, como los vallancicos y letrillas.
Sin embargo, de toda la poemática religiosa de los dos siglos áureos,
tenemos que citar como un ejemplo inigualable el célebre soneto "Oración a
Jesús Crucificado", de autor lamentablemente anónimo. Rafael Morales en su
magnífica Antología de Los 100 mejores poetas de la lírica castellana
vacila en su atribución a santa Teresa, a san Francisco Javier, a san Ignacio
de Loyola, a fray Pedro de los Reyes, a fray Miguel de Guevara…
El valor literario no está solamente en su comunicación religiosa, sino
en la estructura maravillosamente cerrada compuesta por paralelismos y justeza
expresiva que hacen de este soneto una joya
de la literatura religiosa universal, espécimen de fervor que
sintetiza todo el Barroco hispánico.
Pongamos atención a esta estrofa que puede servir de plegaria a quien la sienta como suya: "No me
mueve, mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido,/ni me mueve el
infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte./ Tú me mueves, mi Dios,
muéveme el verte/ clavado en una cruz y escarnecido;/múeveme ver tu cuerpo tan
herido;/muévenme tus afrentas y tu muerte./ Muéveme, en fin, tu amor de tal
manera,/ que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/y aunque no hubiera
infierno, te temiera./ No me tienes que dar porque te quiere;/ pues aunque lo
que espero no esperara,/lo mismo que te quiero te quisiera". Fíjese bien
el lector en la cuantía del ritmo y la hondura del contenido de sus versos y se
dará cuenta de que hay en ellos todo un compendio, no sólo de fe cristiana sino
también de estilística, que es lo que realmente perseguimos en el artículo con
anáforas y paralelismos, así como el juego de los verbos en modo subjuntivo.
Y con el ánimo conmovido por la expresión literaria de este privilegiado
soneto que a tantas generaciones de la cultura hispanoamericana ha llamado la
atención, estamos preparados para entrar en el próximo artículo en el realismo
de la imaginería barroca, en lo referente a su intención catequística por medio
de los sentidos y el sentimiento.
VIERNES -dies veneris-, "día de Venus" en el
calendario romano, como todos sabemos. Joan Corominas, en su diccionario
etimológico de la lengua castellana, la documenta en 1219. Otro vocablo
derivado de esta palabra es "Venera", en concreto del latín "Veneria",
especie de concha, así llamada por la concha en que se pinta a la diosa Venus
al salir de las aguas, en un cuadro de Botticelli.
Sin embargo, recuerdo haber leído otra etimología —no
puedo precisar ahora en qué texto— la cual le da a Dies Veneris el
siguiente significado: "Día de la veneración". El autor la citaba
indicando con ello la fuerza del espíritu religioso sobre cualquier otra
interpretación.
La tradición ha admitido el viernes como día de la
muerte de Jesús. Sin embargo, ha habido algún autor que ha sostenido la tesis
de la muerte del Nazareno acontecida en martes. Él afirmaba en su tesis que en
un viernes no se podía colgar a un reo en la cruz puesto que aparecería aún
vivo en el sabbat, día de descanso de
los judíos, y más aún un sabbat como aquel, víspera de fiesta de la
Pascua. Era una norma existente en el Talmud de Babilonia, pág. 32, que lo
prohibía.
Según él el viernes fue elegido para yuxtaponer a la
fiesta pagana y carnal de Venus la crucifixión de Jesús, indicativo de la
abolición de viejos tiempos por tiempos nuevos. ¡Pero quienes crucificaban eran
los romanos y ellos no entendían de estas sutilezas hebreas! Así que esta
interpretación está fuera de contexto y nos quedamos con la que dan los textos
canónicos y ha mantenido la tradición cristiana.
A partir de entonces la importancia del Viernes Santo
en el mundo cristiano ha sido decisiva. ¿Influiría esa importancia para que el
Islam lo tomara como día santo? (No se olvide el respeto que hay en el Corán
por Jesús y su Madre. Suras III y XIX). Mahoma tuvo en su juventud un maestro
cristiano nestoriano (Nestorio consideraba que en Jesús había dos naturalezas y
dos personas y que su Madre había sido solamente madre de la naturaleza humana>
frente a la Iglesia que reconocía en Jesús dos naturalezas en una sola persona,
y que María era madre de ambas, la humana y la divina).Todo esto revalida la
tesis de la muerte en día de viernes.
Por tanto, ese día se convirtió en el pilar de la
civilización cristiana. Marcó un antes y un después, si bien esta demarcación
histórica no tendría efectos sociales sino después del Concilio de Nicea (a.
325). Que la Didaché —documento catequético y litúrgico del cristianismo
primitivo— nos narre que los primeros cristianos celebraban el domingo como
fiesta en la que se reunían al amanecer para elevar sus preces a Dios, no es
nada extraño, ya que este día fue considerado nuncio de la resurrección.
MARÍA,
MADRE DE JESÚS, EN LA RESURRECCIÓN
Mientras que en los
evangelios canónicos se nos refiere que fue a María Magdalena a quien Jesús se
apareció una vez resucitado, en los apócrifos es su Madre la que aparece como
primera testigo de ese hecho, del mismo modo que en los sinópticos las mujeres
miran "de lejos" la crucifixión, mientras que en san Juan 19, 25
María está junto a la cruz, como escribió Jacopone da Todi en su famoso Stabat Mater.
Uno de los escollos de
creyentes en Jesús como enviado de Dios y portador de un mensaje de fe y
esperanza en la otra vida, está en su resurrección. Además de los textos
canónicos, que ya conocemos, sería de gran interés aportar datos extraídos de
evangelios no bien conocidos en Occidente cuando la Iglesia de Roma se
consolidaba. De modo muy sintético, exponemos ciertos rasgos que no van a
pasar desapercibidos.
Orígenes (185-254), famoso
teólogo cristiano de Egipto, que murió mártir, consideraba el Evangelio de
los Doce apóstoles como uno de los más antiguos evangelios conocidos,
incluso anterior incluso al de Lucas actual.
En él María exclama ante su
Hijo resucitado: "¡Maestro! ¡Mi Señor y mi Dios! ¡Hijo mío! Has resucitado,
has resucitado de verdad...". Y quería besarle. Pero él se lo impidió y
le rogó, diciendo: "Madre, no me toques. Espera un poco... No es posible
que nada carnal me toque hasta que yo vaya al cielo. Sin embargo, este cuerpo
es con el que pasé nueve meses en tu seno. Sabe estas cosas, Madre mía, sabe
que soy yo a quien tú alimentaste. No dudes de que yo soy tu hijo. Soy yo quien
te ha dejado en manos de Juan cuando yo estaba colgado de la cruz. Ahora,
Madre mía, apresúrate en advertir a mis hermanos y decírselo...”. (Fragmento
14). Esa expresión de Jesús prohibiendo a su madre que no lo toque, ha hecho
pensar a más de un teósofo como a más de un gnóstico que su resurrección se
manifestó en cuerpo astral, un cuerpo
astral que servía de envoltura provisional al cuerpo definitivamente espiritual
con el que ascendería a la dimensión que llamaríamos poéticamente celestial, o
dicho religiosamente, al Padre.
Si lo comparamos con el Evangelio
de San Juan, en el versículo capítulo XX, Jesús da la misma orden, pero en
este caso a María de Magdala. El sentido de ambos textos es el mismo y
solamente cambia la interlocutora del Maestro resucitado. También en los de
Marcos y de Mateo se trata de María de Magdala.
Tomemos ahora el Evangelio
de Bartolomé. Estamos ante el sepulcro la mañana de la resurrección. María
escucha la voz de una persona que le dice: "¡María! ¡Madre del Hijo de
Dios!". Y María, que conocía esa voz, dice: "¡Maestro! ¡Hijo de Dios
Todopoderoso!... ¡Mi Señor y mi hijo!". Pero Jesús no para aquí su
llamada y continúa: "¡Salud a ti, madre mía, mi arca santa. Ve a mis hermanos
para decirles que he resucitado de entre los muertos". (2° Fragmento).
En el llamado Evangelio de
Gamaliel María se dirige a un desconocido, al que supone el hortelano, como
en los textos canónicos, y le dice entre otras palabras: "Señor: esto es
lo que me entristece, porque en esa tumba no he encontrado el cuerpo de mi hijo
bienamado, para llorar sobre él, lo que habría consolado mi tristeza... Y
ahora, si sois el guardián de este huerto, os conjuro a que me
informéis...". Jesús le responde entonces: "María, ya has derramado
bastantes lágrimas hasta ahora... Mírame el rostro, madre mía, para
convencerte de que soy tu hijo...". Ella le dice: "Entonces has resucitado,
oh mi señor y mi hijo...". (Extractos).
Todos estos manuscritos
forman parte de lo que se ha dado en llamar los apócrifos etíopes; como todos
los demás de estas características, proceden de un viejo fondo primitivo que
custodiaban celosamente los cristianos coptos de Egipto y Abisinia, pero tal
hallazgo nos llama fuertemente la atención, de manera que con estos textos
sacados del olvido, la fibra emocional del creyente se conmueve, cuando
todavía suenan los ecos de la Semana Santa en la calle, que conmemora la
Pasión del personaje que más ha influido en la Historia y cuyas enseñanzas hicieron el mundo mejor liberando al esclavo de
sus cadenas, humanizando las condiciones de vida y limando la crueldad de
ciertos poderes políticos, al menos en teoría; otra cosa es que no lo llevaran
a cabo los que manipulaban ese poder. Los cátaros, hace mil años, no creyeron
en la resurrección carnal de Jesús, ya que para ellos la materia era obra del
Mal, de un demiurgo inferior. Eran por tanto, maniqueos. Con eso se oponían al
Dios bíblico, hacedor del universo; pero es ésa una cuestión más profunda y
este artículo escrito para un periódico no entra en tal debate. No se ha de
olvidar que los gnósticos ofitas también afirmaban que el demiurgo era una
potencia deficiente que rebajaba al nivel de la materia su obra creadora.
El reino de
Dios está dentro de vosotros.
Se sabe que el enterramiento de los muertos fue uno
de los primeros rasgos de los varios que caracterizaron los albores del
homínido, en esa curiosa transición a la humanidad tal y como la conocemos hoy.
¿Qué sentimiento motivó este acto entrañable, amén de los de continua y
sangrienta hostilidad entre tribus e individuos? Tratados innumerables de
sociología se han escrito para desentrañar tal incógnita, que es, junto al amor
y la paternidad, el anuncio de una madurez propiciadora de la civilización.
A todos se nos viene a la mente un clásico famoso
del tema. Se trata del Libro egipcio de los muertos. Es un conjunto de
papiros en los que se conservan los ritos funerarios de los antiguos egipcios.
El cuerpo del volumen es un vasto monólogo que el difunto se dirige a sí mismo
como a las entidades supraterrenales. Aquí no entraremos en detalles.
Seguiremos con la intención que nos lleva, como dice el título del artículo, a
preguntarnos si en ese acto piadoso hacia los muertos hay efectivamente un
culto de negación a perder el difunto o bien una convicción de que el difunto
exhala un alma que vive en otra dimensión. La obra anteriormente citada opta
por esta última creencia.
Pero esto no ocurre así en muchos dolientes a los
que vemos en ida y venida al cementerio como si velando los restos de un
difunto propio continuaran poseyéndolo. Sabido es que en otras civilizaciones
los familiares van al camposanto como a un romería llevando frutos como si el
fallecido participara de ese esfuerzo de los vivos para negar la muerte.
Tenemos el caso de ciertas costumbres mexicanas vistas en reportajes de
televisión, y que no son las únicas. Evidentemente hay un residuo pagano en
esta actitud que subsiste en las almas que no han meditado sobre la utilidad de
esa ceremonia, que nada tiene que ver con la misa católica, consciente ésta de
que se pide por el alma del difunto, con el fin de que encuentre en su viaje
por el trasmundo, mediante la misericordia divina, ánimas benditas que le
ayuden en su itinerario hacia la Luz definitiva, la Conciencia Universal, como
es el caso de lo que se dice en el Libro egipcio de los muertos.
Que el protestantismo niegue la inutilidad de las
oraciones por los difuntos no reduce en nada el deseo de un doliente
protestante en lo que se refiere a anhelar para su fallecido un descanso eterno
en el seno de Dios.
Incluso una iglesia de índole intelectual como es la
Iglesia Católica Liberal, nacida de la reforma de los viejos católicos,
y tan próxima a la Teosofía, considera positiva la oración por un ser querido
que se pierde en las brumas de lo trascendente. Si analizamos desde el punto de
vista humano esta íntima aspiración, comprendemos que ello es consustancial a
la condición humana. El rito de las preces (y en el caso católico, el
sacrificio de la Misa), es una etapa reflexiva y superior al primitivo culto a
los muertos, que, a pesar de su folclorismo en ciertos lugares, denota un
reiterado intento a no renunciar a la pérdida de los seres amados. De este amor
ha nacido la fe en que de una u otra manera "no todo se pierde", como
dice el tópico popular, y el realismo pragmático de la incredulidad o la
indiferencia es una ruptura que hoy mantiene todavía el agnosticismo con ese
hilo conductor que empieza en nuestro sentimiento de doliente y acaba en el
Misterio de la unidad eterna y final del Amor.
DÓNDE ESTÁN NUESTROS DIFUNTOS?
En la pluralidad de opiniones que caracteriza
actualmente a nuestra sociedad, esta pregunta puede tener más de una respuesta.
Más de dos o más respuestas habría que decir. En conjunto, la sociedad española
se inclina por la creencia de que nuestros difuntos están en uno de los tres
estados —que no sitios— que la religión católica ha definido
dogmáticamente y que el presbítero Enrique Pardo Fuster expone en un libro,
relativamente reciente, titulado La vida en el más allá.
Los tres estados—infierno, purgatorio y
gloria—, que el protestantismo reduce a dos eliminando el purgatorio (sin tener
en cuenta aquellas palabras dichas por Jesús en Mateo, 5, 26: "De allí no
saldrás hasta que no hayas pagado el último céntimo", metáfora
elocuentísima que da esperanza para concebir el segundo estado), son
perfectamente correlativos y están en consonancia con la lógica de la vida en
la escala de maldades y bondades. Otro ejemplo (Mateo, 18,30), que también
puede servir para conjeturar la existencia del purgatorio (contra la negación
protestante): "Y le hizo encerrar en la prisión hasta que pagara la
deuda". (Mateo 18: 21-35)
En el mundo clásico, que es como decir en
las religiones de las culturas mediterráneas, existía el Amenti egipcio,
el Hades griego y el sheol hebreo. Era un estado en que las almas
vagaban por valles tristes o siniestros, dependiendo de la experiencia
acumulada por ella en la tierra. Incluso se admitía un estado de alma
deambulando sin norte por las tinieblas de la inconsciencia. Para las más
elevadas estaban los Campos Elíseos, en los que una mayor lucidez y una pureza
de costumbres adquiridas y mantenidas en la existencia terrena, le propiciaban
una cierta proximidad a la vida de los dioses. Y me pregunto: ¿Podríamos en el
cristianismo traducir por escalas angélicas?. En algunos casos, para tocar
estas alturas gloriosas se necesitaba la llamada iniciación, llevada a cabo a
través de diversos rituales que facilitaban a los aspirantes el paso a un nivel
mayor de espiritualidad.
Por supuesto que la reencarnación era una
creencia común en todos esos pueblos en el Mundo Antiguo. En Mateo, 16, 13-14 y
en Marcos, 8, 27-28 pregunta Jesús: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del
Hombre?” Ellos contestaron: "Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros
que Elías, otros que Jeremías o algunos de los profetas".
Esto, claro, independientemente de que
Jesús estuviera o no de acuerdo con esa especulación de sus interpelados,
reproduce a las claras cómo este tema estaba candente en la sociedad de
entonces.
La Teosofía ha tratado este tema con máxima
escrupulosidad y en las obras de Arthur Powell el mencionado asunto está
expuesto con lujo de detalles; ahora bien, la estratificación del peregrinaje
del alma hacia otras regiones coincide con la mostrada por la Iglesia, con la
diferencia de la terminología.
Sea como fuere, todas las iglesias y
doctrinas pitagóricas dan una esperanza frente al atomismo. El atomismo de
Leucipo, Demócrito, Epicuro y Lucrecio argumentaba que estamos compuestos de
átomos y que éstos perecen todos después de la muerte. Modernamente el biólogo
francés Jacques Monod renovaba esta teoría apoyándose en el evolucionismo.
Pero, ¿hemos de perder la esperanza en la inmortalidad de nuestros difuntos? En
el próximo artículo continuaremos dilucidando este tema que nos concierne a
todos.
¿DÓNDE ESTÁN
NUESTROS DIFUNTOS? (y II)
Escribía el poeta mexicano Amado Nervo: "No
todos los muertos contemplan a Dios./ ¿Tú piensas que basta morir para ver/ ese
gran misterio del que vas en pos?". Incluso una lógica de para andar por
casa nos asegura que quien en vida no tiene interés por los niveles superiores
e intuitivos del espíritu, después de muerto tendrá conciencia solamente de lo
que se ha llevado de su existencia temporal. Quien haya vivido de frivolidades,
ambiciones, gulas, avaricia, lujuria, envidia, crímenes y otras pasiones
vinculantes a la tierra, en el despertar de su conciencia postmortem
sentirá como en un umbral de intenciones esa apetencia que las religiones han
insertado en infierno (etimológicamente `lugares bajos`) y purgatorio para
quienes han experimentado en vida periódicas o definitivas ansias de cambio de
conducta. La Doctrina Secreta habla de siete planos. Hay un libro
escalofriante (por lo que tiene de
detalles minuciosos en su descripción) de Arthur Powell titulado El plano
astral, en que se da una narración detallada de estas postrimerías.
La mentalidad popular tiende a apelar a la
misericordia divina para quienes ni siquiera creían en una vida trascendente o
para quienes cifraban todos sus intereses en este mundo. Pues bien, ni incluso
las personas de buena conducta que sienten desvelos por los suyos, como los
casos dramáticos de madres y padres que se angustian por el porvenir de los
hijos que dejan en el mundo, encuentran "la paz del Señor", según
frase bíblica, a menos que las
vibraciones espirituales se vayan aflojando hasta quedar desvinculadas de la
memoria de lo terreno.
Si echamos mano a un libro titulado Los muertos
nos hablan del sacerdote francés François Brune (podríamos consultar muchos
libros más, por ejemplo los que cita Brune al final de su obra), nos
percataremos de cómo los muertos, en una primera etapa después de su defunción,
no abandonan nuestro entorno y, merced a unos poderes espirituales que se
manifiestan en la otra dimensión, tienen capacidad de revelar síntomas de
supervivencia desde su nuevo estado, y que el cura y teólogo galo testimonia
honestamente, según él, con grabación de voces de difuntos en cinta magnética,
filmación de vídeo del más allá, así como otros fenómenos que la parapsicología
usual ya ha tipificado como si fueran "temas clásicos" del asunto.
Este libro, como otros que tratan de esta delicada y
fascinante materia, tiene una visión positiva de nuestro viaje a la otra
orilla. Brune no cree en la reencarnación y cifra toda su esperanza en la
presencia de un Ser luminoso tras el adentramiento de una “zona” en la que lo
que había en nuestra vida temporal de profundo, limpio y noble se desarrolla
debido a un clima propicio que pone a prueba, por otra parte, lo que de
espiritual hemos sido capaces de acumular aquí. En suma, nos llevamos al más
allá lo que hemos acumulado en nuestro haber de experiencias decisivas.
¿Dónde están nuestros difuntos, a tenor de esta
teoría nada descabellada, sino por lo contrario, sensata y alentadora, si
aceptamos que en nuestra insondable intimidad hay potencialidades de las que no
somos conscientes y de las que la llamada "ciencia extrasensorial" nos
pone hoy en sobreaviso?
Si,
como decía el poeta modernista, no todos los muertos han llegado a contemplar a
Dios (o sea, participar de la amplitud del conocimiento en pos de la Verdad,
del amor universal y la sed de Vida eterna), ¿qué podemos hacer por ellos para
que se acerquen a esa órbita privilegiada? La Iglesia católica aconseja el rezo
por sus almas, como si la concentración de nuestra mente y la invocación a Dios
y a sus potencias intermediarias
pudieran ayudar a quienes lo esperan en el reino invisible. Después de todo,
¿no es una esperanza?
Parece que nuestra negativa a perder a nuestros
difuntos nos impeliese imperiosamente a rezar por ellos; incluso, como en el
caso de los distintos esoterismos, a creer que están en planos de la mente muy
superiores a los de la tierra, interferida nuestra mente en tal caso por las
necesidades inexorables del cuerpo.
Estamos acostumbrados a una visión simplista del más
allá y nos imaginamos a las almas de los desencarnados como ascendiendo entre
nimbos soleados de cuadros del arte Barroco. Sin embargo, la percepción de los
videntes nos proporcionan con más sensatez un proceso complejo que reseñaremos
brevemente, por lo que tiene de curioso y, para algunos, tal vez de pintoresco.
Dice la Enciclopedia iniciática mínima de M. Saurina Mateu que la muerte
aparece como un progresivo abandono de los principios que lo animan: cuerpos
etérico y astral. Los sentidos se van perdiendo lentamente desde el de la
vista, que es el primero hasta el oído, que es el último. La energía vital se
retira de los nervios psíquicos hasta desaparecer por la coronilla, la
respiración cesa y la vida se extingue.
Aunque el organismo físico esté clínicamente muerto
(y aun enterrado), la conciencia y el cuerpo vital siguen unidos a él mediante
el llamado "cordón plateado". Por su parte, Javier Parra Alvarez, en
su obra La reencarnación, dice que, según la tradición iniciática,
durante tres días el espíritu del fallecido puede visitar todos los puntos de
la tierra que desee visitar. Puede acompañar incluso a su propio cortejo
fúnebre, como acontece con frecuencia. Puede aparecerse asimismo, sea en
sueños, sea en estado de vigilia, a algunos de sus familiares.
Es entonces cuando, tras la pérdida progresiva de
las sensaciones corporales, nuestro cuerpo mental funciona exclusivamente con
los deseos, que vinculan al difunto con los referentes del mundo que ha dejado.
Tiene que acostumbrarse —en algunos casos con grandes dificultades y
sufrimientos, debido al arraigo que haya tenido con los objetos de sus pasiones
terrenales— al plano llamado astral, constituido por una materia mucha más
fluida que la física, en la que se ha de desenvolver la voluntad en una ardua
transición.
No podemos pormenorizar aquí esos detalles que los
videntes y místicos han revelado acerca del más allá. Por supuesto que yo no
reaccionaría como un escéptico. ¡Hay tantas cosas que ignoramos!... De
cualquier modo, es una visión moderadamente racional, legitimada por un común
denominador: no podemos en "la otra dimensión" aspirar a un estado de
paz y deleite en intuiciones elevadas si no las hemos deseado y esbozado en
nuestras intenciones terrenales. Dios se convertiría entonces en un ser justo
que nos da a cada uno lo que merecemos por una ley ínsita de causa y
efecto. Los siete subplanos de los
deseos que nos atan al mundo —el plano astral,
infierno en su parte ínfima y purgatorio en la más alta— deben de estar
"superpoblados" ya que toda la Humanidad iría destinada a esos
"lugares inmateriales", o sea, estados de conciencia. Tan sólo la
gente de pureza de corazón y nobles ideales desinteresados optarían al plano
mental o celestial de los siete subplanos en los que la jerarquía angélica deja
traslucir —de más a menos en la escala— la magnificencia de un Dios inaccesible
en su núcleo divino a cuyo entorno sí estamos llamados en cuanto seamos almas
aspirantes a ello. He dicho entorno si nos atenemos a la teodicea del filósofo
alemán G.W.Leibniz en cuya obra el autor distingue lo que es ínsitamente
divino, que lo goza solamente la divinidad —ad
intra—. de lo que está en su alrededor, digámoslo así, y que se llama ad extra.
Se preguntará el lector: ¿Para siempre ese
estado de ida y venida como un ciclo de
reencarnación-muerte-reencarnación en un peregrinaje por tantísimas vidas hasta
no tener necesidad de renacer en la tierra por haber alcanzado la iluminación
como el Buda? La tradición iniciática
está de acuerdo con ella. No se olvide que hasta el Concilio de Constantinopla
del año 553 la Iglesia no la anatematizó. Hettie-Henriette Vedrine en su obra La
Reencarnación y la vida eterna trae a colación citas de las sagradas
escrituras y, de una manera especial, expone que Orígenes, padre de la Iglesia
naciente, deja entrever su adhesión. Sin embargo, no olvidemos que los
cristianos gnósticos —que eran creyentes ilustrados de educación griega—
hicieron la siguiente consideración ya en los siglos II-III: "Pues bien,
desde la venida del Salvador Jesús, la reencarnación ha cesado y se predica la
fe en la remisión de los pecados...". Hipólito de Roma, Refutación de las herejías, VIII, 10.
La Iglesia, como se ve, no acepta que esos estados
de conciencia sean transitorios, sino definitivos, a no ser su carácter de estado
purgativo en quienes lo necesiten para la posterior visión beatífica, que no
sería igual en todos los afortunados, sino que este privilegio tendría
gradaciones en razón del nivel de santidad alcanzado en vida. Las palabras del
cristiano gnóstico citadas por el obispo Hipólito darían apoyo a la Iglesia en
su lucha contra los reencarnacionistas posteriormente, a pesar de que el
episcopo las registró como denuncia a los que se habían desviado.
Se advierte que esta exposición a grandes líneas se
autolimita y prescinde de rasgos minuciosos, que son importantísimos. Nuestra
estancia en el mundo astral —el purgatorio del catolicismo, el Amenti
egipcio, el Hades griego, el Sheol hebreo— depende de las
vibraciones con las que hayamos sobrecargado a nuestra mente en la vida
temporal. Por eso la Iglesia, que sabía mucho de esto por las visiones de sus
místicos, aconsejaba la vida ascética. Con ello el creyente se libraba de este
plano astral y pasaba, después de su óbito, a un plano que la tradición
iniciática llama el plano mental, compuesto de siete subplanos, en razón de la
vocación en la tierra del alma, ya purificada.
Las grandes ideas desinteresadas que mueven la
evolución—el amor a la familia, la religión, el afán de ayudar a la humanidad y
la cultura en todas sus manifestaciones— constituyen cuatro de los siete
subplanos, los inferiores. En parte, es lo que las religiones llaman la vida
celestial. Los otros tres, superiores, son para los místicos profundos, que han
superado sus deudas psicológicas con los planos físicos, astrales y mentales
inferiores. Son los subplanos que el Budismo llama Nirvana y la Iglesia describe
como la Gloria, la máxima aproximación a lo divino.
¿Y QUÉ HAY DESPUÉS? (y II)
Lo cierto es que —para mi parecer— lo que no cabe,
si aceptamos la inmortalidad del alma o como se llame, es pensar que Dios tenga
predeterminado quién se salvará o condenará, como decía el calvinismo. La
doctrina reencarnacionista nos lo pone duro, pues en esta vida estamos
laborando nuestro después y nuestra futura reencarnación con todas sus
consecuencias negativas o positivas, según nuestra conducta. La Iglesia
confiará, en última instancia, en la misericordia divina. Que el lector medite.
¿No merece la pena?
LA MUERTE Y LA
MODERNIDAD
La frivolidad del mundo contemporáneo animada por
los medios de comunicación de la imagen televisiva y el cine han condicionado
ciertas actitudes ante la vida. En otra época solamente teníamos la radio. Los
entierros eran de carruajes de fúnebre pomposidad y la habitación donde
permanecía el difunto era desnudada de cuadros y cortinajes, con pequeño altar
funerario a un lado o enfrente del cadáver, velatorio y luego largos lutos...
Eran años de carestía, de fiado en las
tiendas, de remiendos y diteros. La visión de la vida estaba a tenor de como se
vivía. Parece que el sufrimiento y la lucha ante los obstáculos propicia una
concepción dramática de nuestro vivir, incluso marca con un sello de
experiencia trágica ante la que no vale para nada una fe ingenua en la
providencia del buen Dios sino que más bien se da el fenómeno contrario, como
en el soneto de Blas de Otero, el gran poeta lírico de la España de posguerra
("Basta. Termina, oh Dios de malmatarnos./O sí o no, déjanos
precipitarnos/sobre Ti...").
En resumen, lo que vengo a decir es que las épocas
moldean a las grandes masas como les es conveniente a los timoneles de la
publicidad del momento. Ese demiurgo de las conveniencias empieza siendo el
Tiempo mismo con sus crisis espirituales; luego vienen los dirigentes avispados
—políticos, cineastas, escritores, filósofos a ras de moda, artistas,
modistos...— y entre todos, como en una rentable complicidad, determinan qué
debe creer la gente, cómo debe comportarse, cómo se debe vestir, cómo hay que
divertirse, qué se debe ver en las pantallas, la pequeña y la grande...
La muerte se ha convertido en el trámite de
desaparición legal de un cuerpo sin vida. Ya no tiene, por lo menos, digamos
que en amplios sectores de las muchedumbres, aquel trance patético que
transformaba las vidas interiores de muchos dolientes. A juzgar por estas
impresiones me pregunto: ¿Es que somos tan creyentes en el más allá hasta el
punto de no darle importancia a esa estremecedora postrimería? Por supuesto que
esta interrogación no es la apropiada para nuestra época, para nuestro
consumidor y acomodado Occidente que opta por un epicureísmo simplista, un
irrenunciable disfrute que inspira en el subconsciente colectivo la idea de que
goce y éxito son las dos consignas de la actualidad y se ríe de que "se
están perdiendo los valores espirituales y morales".¿Se oye en la televisión
comentarios en torno a esos valores que
han regido durante siglos la vida, o más bien se nos ametralla la atención con
los dimes y diretes de gente que no aporta testimonios constructivos y aparece
envuelta en anécdotas a menudo de dudosa moralidad o nula utllidad? En una
sociedad como ésta la muerte es un tema tabú al que ni siquiera se debe aludir.
No es de extrañar que la muerte de un ser
querido, como lo son todos los muertos
para sus dolientes, tenga en nuestros tiempos de tanto ajetreo, de mucha
agitación frívola, de confort y ligereza de ideas una resonancia fácilmente
neutralizable.
Cuando una sociedad carece de vida interior, se ha
embotado y ya vive al día llegando a la desustancialización, a lo impersonal y
a la pérdida de la propia estima.
El poeta Constantino Cavafis esperaba a que vinieran
los bárbaros otra vez... ¡Pero los bárbaros ya están aquí llenando los cines,
los televisores, la vida pública y los supermercados, señor Cavafis!
De todos es sabido, por los evangelios canónicos,
que Jesús vivió en Nazaret antes del último periodo de su vida itinerante y de
sus estancias en Jerusalén, ciudad santa en la que muere. Pero en Mateo, 2, 23
aparece lo siguiente. "Será llamado nazareno". Y esta denominación ya
no es exactamente geográfica —que sería nazaretano—, sino a una opción
espiritual que viene desde muchos años antes de que Nazaret apareciese en la
geografía palestinense.
En la Biblia —en Números, 6— consta la Ley del
nazareato. Ya sabemos, a grandes líneas, qué condiciones exigía tal ley para el
voto de consagración a Yavé. Sansón y Samuel, por ejemplo, fueron nazarenos.
Normas vinculables al comportamiento de Jesús serían: no tomar vino, no
acercarse a cadáver alguno y no cortarse el cabello. Conocemos la queja de
Jesús, criticado por los fariseos porque "comía y bebía", como caso
diferente de Juan el bautista, que cumplía con rigor las normas nazarenas y
también hallaba oposición entre los mismos adversarios. Jesús también se acerca
a más de un cadáver para resucitarlo. El rasgo de la cabellera lo hemos dejado
para el artículo El retrato de Jesús. Se puede pensar, ante la presunta
infracción del Nazareno, que en algún momento de su vida, o bien cumplió el
tiempo dedicado a este voto. o bien lo rescindió mediante los sacrificios
ordenados por la ley.
Otras fuentes, tal como en la Doctrina Secreta,
el nazareato se remonta a una época anterior al mismo Moisés. Se originó en
Galilea. Era allí donde se adoraba al verdadero Dios monoteísta frente a la
dispersión idolátrica de los pueblos circundantes y, en concreto, en una ciudad
llamada Nazara, de donde Nazaret, pero la significación del vocablo nació del
mismo sentido anterior: Consagración a Dios, a un Dios único. En esa ciudad
estaba el foco religioso más depurado de cuantos pululaban por la Judea de
entonces. De ahí el orgullo que tenían los galileos. Fue allí donde hubo mayor
resistencia a Roma, hasta el punto de que, una vez conquistada por Pompeyo, el
Senado romano la sojuzgó humillándola y haciendo de sus habitantes esclavos del
César. Hay una estrecha relación entre nazarenos y esenios. Pero una cuestión interesante
y peliaguda es la de que Jesús se desgajó del grupo de los nazares de su primo
Juan y constituyó el suyo, el de los nazarenos, de una fe más abierta y
universalista, y menos vinculada a las cerradas tradiciones de los judíos
radicales como fariseos y zelotes nacionalistas; incluso se apartó también de
los mismos esenios.
No era menos de esperar de quien trajo un mensaje de
Amor que superaba la Ley de Moisés — véase Gálatas
4 y 5—, y que halló la más lúcida interpretación en el apóstol Pablo.
Por lo tanto, nazaretano y nazareno son dos
denominaciones dadas a Jesús. Mientras que la primera es un gentilicio, la
segunda, la de Jesús Nazareno, es la que define la orientación religiosa del
Maestro y es, después de Jesús
crucificado, la más conocida de las advocaciones que jalonan tanto la devoción
de culto interno como la pública de las cofradías.
Quien haya seguido, aunque sea fugazmente, la
trayectoria del pueblo hebreo por la Historia, sonreirá por este calificativo
que siempre lo ha acompañado, ya que le puede parecer irónico, si tenemos en
cuenta las persecuciones y los escarnios a que ha sido sometido. El
antisemitismo no arranca desde la oposición del cristianismo como movimiento
religioso opuesto o bien alternativo al judaísmo, sino que ya lo vemos como una
realidad en el cautiverio de Babilonia, sin contar con las guerras anteriores
llevadas a cabos por los reyes de Israel, desde Saúl y David, contra los
pueblos del entorno. Dos características han configurado la singularidad del
pueblo judío: sentirse elegido por Yavé como pueblo distinto de los
conglomerados étnicos árabes desde Abraham y la aspiración a ser un pueblo fiel
a su Dios, el Dios único según los hebreos. Al contrario de las demás culturas,
la hebrea no ha sido proselitista nunca,
sino lo contrario, endógena; pero su autovaloración ha estado justificada desde
el punto de vista de la moral y las costumbres, que han entretejido una sólida
tradición y única en el Medio Oriente durante siglos y en nuestro Occidente
después.
Hay un libro de factura divulgativa titulado Israel,
pueblo contacto, del ex jesuita Salvador Freixedo, digno de una atenta
lectura. En él Freixedo, sin poder ocultar su admiración por las cualidades
intelectuales de los israelitas, expone las vicisitudes por las que ha pasado
un pueblo en permanente desgarro desde Egipto hasta el famoso Holocausto nazi,
pasando por sucesivos acosos y horribles masacres. Es tópico decir que se le ha
perseguido por ser el pueblo deicida. Según Freixedo, se le ha importunado —y
se ha intentado exterminar— temiéndole a su inteligencia privilegiada, al menos
en un gran número de sus individuos. Freixedo, como muchos autores a los que él cita y de los que
da cumplida bibliografía, destaca un hecho extraño: Los israelitas han tenido
contacto psíquico con entidades que se han dado en llamar de manera, digamos
que provisional y divulgativamente, "extraterrestres", no porque
vengan de otras galaxias, como en frase hecha se dice, sino porque surgen de
dimensiones desconocidas aún por los científicos.
Estas vinculaciones mentales potencian la capacidad
de los individuos desde la profecía hasta la taumaturgia y demás poderes
parapsicológicos. Ahora bien, generalmente la inteligencia judía no conlleva
siempre esas peculiaridades, pero sí ha dado muestras de excepcionales dotes
intelectuales.
Hay un libro de Giovanni Papini titulado Gog
en el que un hebreo, Benrubi, demuestra a Gog que toda "la
modernidad" (y con ello la crítica a la cultura greco-romano-cristiana) ha
sido obra de hebreos: Marx, Freud, Lombroso, Weininger, Trotsky, Einstein,
Nordau, por citar a los más conocidos por el gran público.
Pero fue Nietzsche, precisamente, quien subrayó en
su obra Más allá del bien y del mal, parágrafo 250 y siguientes (Alianza
editorial), que nuestro Occidente le debe a los judíos lo que hoy hace agua por
todas partes:la Moral. Tanto el monoteísmo religioso como la ética de los
hebreos han sido la base de nuestra cultura occidental. Y yo creo que no será
fácil desentendernos ni de esa moral ni de esa fe, ya que son, junto con la
cultura y la ciencia, dos grandes descubrimientos humanos en el orden del espíritu.
Nos parece contradictorio que en un pueblo
excepcionalmente dotado de inteligencia como el hebreo para ejercer poderes
extrasensoriales, Moisés prohibiera rigurosamente la magia. Él, que venía de
Egipto, tierra donde la magia tenía un gran cultivo, prohibía esa llamada
ciencia oculta, sobre todo, "consultar a los muertos". Y esto es lo
que hace el médium: mediar entre los muertos y los vivos.
Por otra parte, se tiene de la magia —viene del
sánscrito Mag, grande— un sentido
peyorativo, cuando realmente significa Alma o Espíritu, según todos los libros
autorizados en que podemos corroborarlo. Por ejemplo, Mahatma acompaña a Gandhi para significar que tiene un alma
grande. No se trata de hechicerías ni trucos. Pues bien, todos los fenómenos
que se dan en ese espectro que va desde la profecía hasta evocar el alma de un
difunto, pasando por la resurrección de un cadáver, se llevan a cabo gracias a
que el que lo hace tiene "poderes"; tiene, en concreto, un espíritu
desarrollado hasta el extremo de dominar la materia, o sea el conjunto de
vibraciones de que están compuestas gradualmente las dimensiones densas de
nuestra realidad visible y tangible —tres en concreto—, como expresa El
Kybalion (Editorial Edaf). Véase también Misticismo y física moderna (Editorial
Kairós).
Ahora bien, la capacidad del médium no es un don
sobrenatural, sino una peculiaridad psicofísica, por supuesto, nada
recomendable de ejercer, ya que las almas evocadas vienen del plano astral, es
decir, el inmediato al físico-etéreo-astral-mental, que es el de los vivos.
Esas
almas que obedecen a la evocación no son precisamente las almas que reposan en
la paz de Dios, sino espíritus de gentes que durante su vida no se han elevado
a planos superiores ya sea por valores propios o por la fe en la búsqueda de lo
trascendente, pues las almas que se elevan, más evolucionadas, quedan
progresivamente fuera del influjo de semejantes evocaciones mediúmnicas.
De este plano astral, en contacto con las
predisposiciones de médiums y de personas con un desarrollo notable de su
capacidad ultrasensible, se derivan imprudentemente múltiples fenómenos
parapsicológicos; manifestaciones tales como clarividencias espiritistas,
materializaciones de objetos, casos de levitación, poltergeist, revelaciones, apariciones de cuerpos astrales y otros
eventos paranormales. Fuera del contexto espiritista, cito de nuevo el libro
del sacerdote François Brune: Los muertos nos hablan.
Sin embargo, si leemos vidas de santos auténticos,
veremos cómo estos poderes son empleados sabiamente, aparte algunos casos de
espontaneidad irreprimible, como San
José de Cupertino que volaba o, mejor dicho, levitaba; incluso en sus raptos
místicos era insensible a pinchazos en la piel o al acercamiento de velas
encendidas a sus dedos. De ahí que la Iglesia, después de minuciosos estudios,
haya considerado positivos o de magia
blanca unos y negativos o de magia negra otros acontecidos en el ámbito de una dudosa consideración. Como casos positivos recordemos a San Martín
de Porres, el Santo cura de Ars, Ana Catalina Emmerich, San Alfonso María de
Ligorio, el padre Pío de Pietralcina, por poner ejemplos de después del siglo
XVII.
Ahora bien, la intención de este artículo está en
referir que si los médiums son capaces de evocar las almas de los difuntos, es
que éstos existen, y no todo se queda en los despojos cadavéricos. Gran
consuelo para los creyentes (incluso aquellos que creen fuera de las maravillas
de los místicos cristianos o de otra
confesión religiosa). Y hay que decirlo con toda la justicia del mundo: al
calor de la fe cristiana muchos hombres
y mujeres encontraron tanto en el claustro como fuera de él, perdidos en el
anonimato y en una entrega social sin límites, unos consoladores testimonios de
la proximidad de Dios. A veces —y es lo más extraordinario— sin que ellos
mismos lo sepan.
ACTUALIDAD
DE JESÚS DE NAZARET
Dice Salvador Freixedo que cuatro judíos han
cambiado la historia de la Tierra: Jesús de Nazareth, Cristóbal Colón, Carlos
Marx y Albert Einstein. Nosotros vamos a ocuparnos del primero.
Jesús ha sido siempre tema de polémica. Es
innegable. La crítica racionalista del siglo XVIII —el de las Luces— negó su existencia, aunque esta negación fuese
parcial. Hasta 1835 no fue reemprendida la investigación
crítica por obra de David Strauss. La teoría de la no historicidad de Jesús
está casi totalmente abandonada, en contra de lo que dicen Freke y Gandy en Los
misterios de Jesús. Pero el problema principal para la reconstrucción de
la vida del Salvador sigue en pie, al no haber documentos propiamente
históricos, pues los más antiguos escritos relacionados con Él tienen carácter
exclusivamente catequético como el llamado evangelio llamado por los eruditos Quellen
—fuente—, fuente en concreto del evangelista
Marcos. Algunos autores, refiriéndose a las primeras manifestaciones
escritas, aluden a un evangelio que llaman de Tomás, amén de otros perdidos y
cuyos títulos se han conservado por referencias que dan de ellos los primeros
Padres de la Iglesia, como Orígenes y los Clemente, el de Roma y el de
Alejandría. Por lo visto, los primitivos redactores evangélicos se preocuparon
más por su mensaje que por la biografía del personaje y su descripción física.
A pesar de todas las dificultades, incluso los más desconfiados críticos están
de acuerdo en que el hecho del
suplicio de Jesús en Jerusalén, en tiempos de Poncio Pilato es verídico.
A partir de esta línea divisoria entre la certeza y
la conjetura caben todas las hipótesis amontonadas en los últimos ciento
cincuenta años.
Tenemos, por tanto, una nutrida colección de vidas
de Jesús para todos los gustos, ya que
todas ellas se construyen en el vacío de una historicidad indiscutible, Su
número sería incontable desde David
Strauss, Renán hasta Hugh Schonfield, pasando por Geza Vermes, además de un
sinfín de estudios sobre aspectos de su legado neotestamentario, sobre todo en
el ámbito protestante. No han faltado versiones que se salen de la ortodoxia de
la Iglesia. Si nos ponemos a reflexionar tales versiones, están llenas de dudas
y, en algunos casos, son contradictorias, incluso intencionadamente
tendenciosas como la de Evsing, polémicas como las de Sánchez Dragó en Carta
de Jesús al Papa, puesto que la figura puesta a debate admite, por su grandeza
en la lejanía histórica, todas las especulaciones posibles, incluso,
últimamente, la respetuosa pero inquisitiva de Antonio Piñero, por no hablar de
la desconcertante de Llogari Pujol. Es el tributo que han de pagar todos,
los hombres sobresalientes en este planeta mediocre.
Por otra parte, no hemos de olvidar que cada época
lo ha visto con la filosofía predominante. Hoy día se tiene tendencia ver al Jesús
cercano a los pobres y se observa una mentalidad refractaria a las estructuras
cerradas de una sociedad privilegiada en que se mantenía a ultranza el poder.
Es, por lo contrario, el Jesús de la teología de la liberación. Con la puesta
al día de la Iglesia, la imagen de Jesús se ha humanizado enormemente. Ha
bajado a los estratos más populares como si con ello se recuperara esa
idiosincrasia sencilla y anticlasista que se halla en todos los evangelios.
Entre
todas las interpretaciones a que ha dado lugar hemos de ser cautos y no fiarnos
de la alegría con que algunos investigadores han querido plasmar su teoría, ya
que una desmiente a la otra y, a la larga, la multitud de
"biografías" acerca de Jesús se convierte en una inmensa biblioteca
llena de controversias, cada una defendiendo su tesis a costa de contraponer a
las demás su conclusión.
A
pesar de las diversas consideraciones acerca de Jesús, el personaje mantiene
todavía todo el honor y el prestigio que le han dado hasta ahora los siglos. Y
lo mantiene de tal manera que Él
mismo, hoy por hoy, por medio de las palabras que transcribe el evangelista, puede decir: "Los
cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras permanecerán".
A Elena Martínez Rguez. de
Lema
Cuando se habla de la multitud de evangelios
antes de los canónicos, tendríamos que aludir también, además de los apócrifos,
a los evangelios gnósticos que pulularon por el ámbito de la koiné griega.
Gnosis, como sabemos, significa ´conocimiento secreto´.
Es cierto que que ese Jesús en nada se parece al
otro, al hebreo, que está enraizado en el subsuelo de su tradición bíblica con
los profetas como humus de esa tierra ancestral sobre la que se asienta toda
una concepción religiosa.
Del Jesús de la gnosis, muy en concreto de los
evangelios más conocidos y estudiados como el Evangelio de los
egipcios, el Evangelio de Tomás, y el Evangelio de
Felipe, por poner una síntesis elocuente de todos ellos hallados en Nag
Hammadi, alto Egipto, en la segunda mitad del siglo XX, hemos de obviar la
oración y la confianza en un Dios que nos protege. Ni siquiera en los escritos
de los gnósticos más próximos a la fe, como son los valentinianos, seguidores
del obispo Valentín, por oposición a los gnósticos ofitas, los más alejados tal
vez de la noción de un buen Demiurgo, se puede rastrear una opción de
credibilidad en el Dios de lo que fue la futura ortodoxia. No entramos en el
docetismo para no complicar el articulo.
Frases como éstas son bien definitorias de las
posiciones de estos creyentes atípicos: “Si ayunáis, atraeréis el pecado sobre
vosotros. Si rezáis, seréis condenados, si dais limosnas, haréis daño a
vuestros espíritus “(Evangelio de Tomás,
14). Otro ejemplo lo tenemos en “Quien haya llegado a conocer el mundo, ha
descubierto un cadáver” (Evangelio de Tomás 56). También tenemos
otra frase inquietante que entraña la reencarnación, como ésta: “Vigilad y
rogad para que no nazcáis en la carne, sino para que podáis dejar las amargas
ataduras de esta vida”(Evangelio de Tomás 9,5). Como se ve, estas
sugerencias, si las tomamos como reflexiones previas a la búsqueda de lo
absoluto, no se parecen en nada a las posiciones de una fe que monta guiardia
defendiendo los dogmas que se elaboraron después en el Concilio de Nicea, en
325, una fecha en la que los buscadores dentro de ellos mismos habían
desaparecido, sin duda alguna huyendo de las persecuciones de los creyentes a
ras de las recientes formulaciones dogmáticas. Recuérdese que san Agustín, el
mayor padre de la Iglesia occidental,
escribió que habia que buscar dentro de uno mismo la verdad
trascendente: “No salgas fuera; en el interior del hombre habita la verdad”.
Ya es un tópico decir que los gnósticos fueron
perseguidos y esos escritos enterrados en la ocultación, pero descubiertos
siglos después, tal vez de manera fortuita pero cuyo descubrimiento zarandea y
turba a quienes los lee. Hoy, que los valores religiosos y también los
humanísticos están despedazados en el suelo de la Historia, la gente que necesita replantearse
la significación del mensaje de Jesús no puede eludir las complejidad del tema.
Así pues, tanto futuros ortodoxos como indagadores ocultos podrían esgrimir en
esta batalla sin fin la frase del Evangelio de San Juan I, 5:
”La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron”. ¿Cuál es la
verdadera luz y, por ello, la definitiva?, se preguntan quienes desean
adentrarse en el asunto. Épocas aquellas de gran altura espiritual
en cuyo campo de batalla por el dominio de la cultura guerreaban las mentes
privilegiadas de diferentes banderías pero unas y otras de alto signo
espiritual. ¿Qué dirían esos grandes hombres acerca del materialismo de baja
frecuencia hedonista en que se apoltrona el mundo occidental de hoy?
Hemos
oído alguna vez una blasfemia contra Dios, aunque en escasas ocasiones contra
el mismo Jesucristo. Las blasfemias, lo sabemos, son una manera espontánea y
descontrolada de nuestos sentimientos para protestar contra la Divinidad o
también contra la mala suerte. Hay quien tiene resignación ante un evento que
viene de punta y acepta lo que el destino le deja caer en su vida como una
bomba atómica de desgracia en la indefensa ciudadela del corazón, conmocionando
sus cimientos, su frágil resistencia humana.
Se
sigue viviendo y se mira la vida de otra manera con los ojos ciegos de lágrimas
y con la mordaza de la dignidad silenciando la boca rebelde por la que debieran
resbalar unos murmullos o susurros de consuelo, pero quienes no son de esta
índole estoica levantan la mirada al cielo y lanzan a él como si fuera una
flecha envenenada un dicterio para herir los oídos de quien haya arriba como
destinatario de semejante envío imprecatorio.
Hay
en los evangelios canónicos versículos en los que nos quedamos sorprendidos de
cómo Jesús expresa la precariedad de su vida andariega. Pongamos este ejemplo
de Mateo 8:20. Jesús confiesa su indefensión: “Las zorras tienen guaridas y las
aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su
cabeza”. En otro momento, próximo a su crucifixión, exclama en Mateo 26:38: “Mi alma está muy
triste hasta la muerte;
quedaos aquí, y velad conmigo”. Jesús no pide al Padre que lo libre de lo que
le viene encima sino que acepta su destino, pero en la cruz gritará en Mateo
27: 46 y Marcos 15:34: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”.
Pasajes
difíciles de entender para muchos creyentes y más difíciles aún de explicar a
cargo de los exégetas. La soledad de
Jesús y la certeza de la muerte que le espera en la cruz cabeza arriba como los
malhechores, no deja un resquicio de duda en lo que se refiere a su experiencia
íntima, que debió de ser amarga y tormentosa, incluso siendo quién era y
consciente de para qué serviría ese sacrificio cruento.
Los
místicos y los santos que han escrito sobre esos episodios trágicos los han
asumido como una respuesta de Dios de que la fe incluye estos requisitos como
un pase a la gloria, tal un trámite de la negación de sí mismos (Mateo16.
25-29). O sea, para revestir la naturaleza humana de una naturaleza previa a la
celestial.
El
budismo advierte que hasta que no se agote el karma que lleva dentro, el
individuo seguirá reencarnando provisionalmente en este mundo. Tan sólo cuando
no tenga deudas kármicas con él, dejará de volver a un cuerpo humano y así
podrá entrar en el nirvana. Por lo visto, en nuestro Occidente, a tenor de todo
esto, hay dos clases de fe: las de los iniciados y la de los creyentes comunes;
la fe que se desnuda de deseos con respecto a este mundo y la fe vestida de
esos deseos y confíada en que la providencia se los conservará simpre en buen
estado. Perdón por la ironía.
Se
ha especulado acerca de esa experiencia del que sufre mucho en el deambular de
su vida. Es cierto que también se ha considerado como un estado de sosiego de
espíritu que facilita la cercanía de Dios, si se recuerdan aquellas palabra de
Jesús en Lucas 6, 20-26, que constituye el famoso Sermón de la Montaña. Un discurso de puro conformismo puede
parecer, sin embargo, hay que poner los pies en aquella Palestina y considerar
la pobreza, que es miseria en muchos casos, como una circunstancia imposible de
redimir en un medio social en que la impotencia ata las manos de quienes desean
cambiar las cosas que están bajo control de los imperativos políticos
dominantes.
Lo
cierto de todo esto es que Jesús está cerca de quien sufre y se siente
vinculado a esa masa de campesinos y clase obrera de distintas profesiones que
esperan de él un cambio radical en las estructuras sobre las que se asienta el
pueblo trabajador.
Dejemos
a un lado los milagros y otros hechos maravillosos como eventos excepcionales.
Su realismo con respecto a seguir la voluntad de Dios está patente en Mateo
19:21 cuando le dice a un joven rico que si quiere ser perfecto venda cuando
tiene y se lo dé a los pobres. Se supone que eso le libra de preocupaciones
materiales. En ningún momento Jesús está de parte de los poderosos. Ni
siquiera, cuando oye hablar de que Herodes Antipas lo tiene entre ceja y ceja
como al Bautista, él suaviza su arenga haciéndola conformista y conciliadora.
Más bien lo tilda de raposa expresándonos con ello que su predicación está
llena de riesgos y en ningún momento es un paseo por un camino de rosas. (Lucas
13, 1-5). Con ello muestra una valentía insólita. En el evangelio gnóstico de
Tomás, que se considera lleno de símbolos difíciles a veces de interpretar, en
el párrafo 27, Jesús invita a desprenderse del mundo si se quiere estar libre
para elevarse sobre las cosas que inducen a la servidumbre, con el fin de ser
dueños de sus propias contingencias.
Parece
que esto es un lenguaje para iniciados más que para los que anhelan una
transformación de las condiciones en su vida del día a día, una meditación que
parece ser más mística que pragmática, pero puede sugerir con ello una
liberación de las miserias que en aquellos tiempos sin seguridad social ni
recursos médicos, además de la férrea vigilancia del invasor romano, se imponía
como una fatalidad sobre los oprimidos judíos.
Finalmente,
tendríamos que citar aquellos versículos de Mateo 25, 35-36. “Porque tuve
hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y
me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, estuve enfermo y me
visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme…”. Una prédica que hubieran hecho
suya muchos que han ido de libertadores de las clases de nuestra sociedad
uncidas al yugo del infortunio y de la injusticia.
En El anticristo Federico Nietzsche oponía
la esplendidez de la Biblia en muchos de sus textos por oposición a la pobreza de los evangelios
canónicos; tanto es así que, según él, había que ponerse unos guantes para
manejarlos, dado la repugnancia que le daba. Lo que el filósofo alemán no decía
es que el contexto histórico de esos evangelios no era el mismo que el de los
escritos bíblicos a los que se refería. La turbulencia de los tiempos
contemporáneos de Jesús nada tienen que ver con las épocas de esplendor de
algunos reinados de Israel. ¿En qué se parecen los gobiernos de David y Salomón
con el de los hijos de Herodes y la presencia de Roma en el corazón de la misma
capital de Judea? En nada. La predicación de Jesús estuvo enmarañada entre las
guerrillas zelotes de los nacionalistas judíos y las represalias inmisericordes
de las legiones romanas en una tierra áspera cuyo dominio no se explica, como
no sea que aquel trozo geográfico era un punto de mira estratégico contra los
partos.
Hemos
de imaginarnos la situación social de entonces en aquellas tierras: hambrunas,
epidemias por la falta de higiene, las huellas sangrientas de los
enfrentamientos de los nacionalistas contra los invasores con su escalofriante
despliegue de crucifixiones y las discordias entre los mismos hebreos por la
sumisión al poder imperial de la clase alta y el odio de las clases humildes a
semejante cobardía diplomática. ¿Qué se podía sembrar en aquella tierra
revuelta y pisoteada por el destino de aquel pueblo que llevaba siglos luchando
po su libertad, primero contra los egipcios, luego contra los persas y ahora
contra los poderes del Lacio, muerto ya Marco Antonio, que puso en el trono a
Herodes el Grande?
Repitamos
lo del contexto geográfico e histórico del escenario en que nos situamos: Jesús
baja de la zelotista Galilea a la aparentemente cordial Jerusalén a sabiendas
de que el ambiente social es poco poroso a sus enseñanzas.Tiene también entre
los bastidores de los sitios por donde camina a la policía romana, alerta
siempre a cualquier frase que se salga del consabido discurso religioso y pueda
sonar a rebelión contra Roma.
Sin
embargo, es probable que esos vigilantes no oigan las palabras más profundas y
dolorosas de quien sabe que todo está perdido y que la tirada de dados del
destino cae negativamente sobre el mantel púrpura que presta el color peculiar
al triunfo de las águilas de las siete colinas.
Jesús
no puede evitar sentimientos, por lo menos de contrariedad, frente al precioso
objetivo de su misión, que es el Templo, como nos dice Mateo en 23, 37-39: “¡Jerusalén, Jerusalén, que
matas a los profetas y apedreas a los mensajeros que Dios te envía! ¡Cuántas
veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos bajo las
alas, pero no quisiste!”.
Lamentaciones
como ésas podemos seguir citando, pero hay una que es determinante en
Mateo 26: 38: “Mi alma está triste hasta la muerte”.
En
Marcos 14:27 Jesús predice que todos lo abandonarían en sus peores momentos:
”Todos me van
a abandonar, porque así lo dicen las Escrituras: Heriré al pastor y se
dispersarán las ovejas”.
En cuanto al
futuro de Israel, Jesús no se calla su profecía con ciertos tintes
apocalípticos. Véase este ejemplo de Lucas 23:30: “Porque he aquí,
que vienen días en que dirán: Dichosas las estériles y los vientres que nunca
concibieron y los senos que nunca criaron. Entonces dirán a los montes: Caed
sobre nosotros, y a los collados: Ocultadnos”. Tenemos otro ejemplo, esta vez
extraído del Evangelio de los egipcios: «Y María-Salomé preguntó al Señor: "Maestro,
¿cuándo acabará el reino de la Muerte? Y Jesús respondió: Cuando vosotras,
mujeres, no concibáis más hijos...”. Para comprender esta frase hay que poner
los pies en el contexto de aquellos tiempos de verdadera y vertiginosa
desesperación, si no véase La guerra de
los judíos de Flavio Josefo.
Continuamos con el muy canónico Marcos en el versículo 13: 1-23: "Saliendo Jesús del templo, le dijo uno de sus discípulos: Maestro,
mira qué piedras, y qué edificios. Jesús, respondiendo, le dijo: ¿Ves estos
grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada”.
Recnozcamos
que las predicciones de Jesús con respecto a su amado pueblo son trágicas, pero lo
peor es que son también verdaderas. En el año 70, como treinta y cinco años
después de su muerte, las legiones de Tito, el hijo del ya emperador
Vespasiano, destruyen el Templo y parte de Jerusalén, además de matar a miles
de judíos que combaten por su independencia. En 132-136, con Adriano en el poder
y, a pesar del talante pacífico de este emperador que renunció en parte a las
conquistas de Trajano, estalla la rebelión de Simón Bar Kojba, y Adriano se ve
obligado a arrasar la Ciudad Santa y fundar sobre ella otra ciudad llamada
Aelia Capitolina.
Las
profecías de Jesús se cumplieron y Judea desapareció como nación para ser
condenada a la diáspora y expatriarse por la Europa de entonces, hasta volver
de nuevo a ella en 1948, tras la fundación del nuevo estado de Israel.
La tristeza
de Jesús está ampliamente justificada y su pesimismo sobre su predicación y el
futuro de su pueblo es razonablemente admitido. Pero en esos años, un poco
alejado de su visión catastrofista del mundo que le rodeaba, crecía un joven
llamado Saúl, al que conoceremos después como Pablo y que fue quien recogió la
semilla de su mensaje para llevarlo y sembrarlo en el alma popular de la misma
Roma que había borrado del mapa del mundo conocido a ese pueblo minúsculo y
batallador por la libertad de su gente.
Tengo ante mí dos libros que me hablan de los
mesías. Este tema ha apasionado en todas las épocas de crisis, dado que en
ellas surge la expectativa de un mesías, de un nuevo salvador que venga a
restaurar el orden socio-espiritual resquebrajado o por restaurar.
Christophe Bourseiller en Los falsos mesías, que van desde Simón
Mago, contemporáneo de san Pedro, hasta el norteamericano David Koresh, cuenta
un sinfín de salvadores que ilusionaron a sus adeptos. No vamos a entrar en
ellos, pues sería interminable; sin embargo, esbozaremos unos trazos acerca de sus
pretensiones. El mesianismo se caracteriza por ser una creencia en el
advenimiento de un redentor que pondrá fin al orden actual de cosas, sea a
escala universal, sea para un grupo aislado, y que restaurará un nuevo orden
hecho de justicia y felicidad. Ésta es la definición que da el autor citado. En
todas las épocas las gentes están necesitadas de un signo maravilloso que las
sacuda de su inercia diaria y les dé una esperanza en algo, pero el mismo
evangelio de Mateo, en 24, 24-25, nos avisa acerca de los falsos mesías que se
aprovechan de las épocas caídas en el desánimo o en el fanatismo, los dos polos
de la humanidad, siempre como un péndulo de un extremo a otro.
Dice Robert Wall Newhouse en El retorno del
Mesías que la espera subsiste dependiendo de la religión. Los budistas
aguardan al Maitreya, los musulmanes su Madhi y los cristianos el segundo
advenimiento de Jesús. Incluso los llamados contactados esperan a su
mesías extraterrestre.
Yo creo para mí que ese segundo advenimiento de
Cristo se ha de dar en la dimensión del espíritu y que esa llegada se inició en
la medida en que los cristianos han ido interiorizando su mensaje. No se trata
de un mesianismo exteriorizable y vinculado a estructuras políticas, opción que
que Jesús, como sabemos, rechazó (Juan 6:15). Ese mesianismo cristiano no se
parece en nada a los que buscan la expectación de masas acompañada de signos
maravillosos. Si leemos el libro de Bourseiller nos quedaremos asombrados
viendo cómo todos los mesías estafaban a sus seguidores con promesas en lo que
se refiere a transformaciones y eventos extraordinarios en el orden de lo
material y lo emocional. Incluso, tengo para mí, que esas transformaciones
añadidas en los evangelios son meramente propagandísticas.
En el momento en que Jesús dice que su reino no es
de este mundo—un mundo caótico, solitario y desgraciado en un universo
enigmático—, sino que el reino de Dios está dentro de nosotros, así como le
dice a la samaritana, cuando ésta pondera la magnificencia del Templo de
Jerusalén, que Dios es espíritu y verdad, se desmarca de cualquier de
mesianismo en el orden de la liberación histórica (para eso están las
revoluciones sociales, digo yo). Jesús, como otrora Buda, induce a sus
seguidores a la búsqueda de un reino interior, pero en su caso, frente a la
gélida filosofía del reformador hindú, pone en esa busca amor y asociación de
voluntades, además de convertir el dolor en una experiencia capaz de despertar
al espíritu, aletargado por los valores materiales imperantes. Un insigne teólogo
protestante liberal como Rudolf Bultmann estudió con hondura todo lo que de
connotación cultural mesiánica hay en los evangelios (a raíz de la época de
revueltas políticas en que están redactados), y llegó a la conclusión de que el
discurso de Jesús, estudiado transliteraria y minuciosamente, estaba libre de
cualquier sospecha vinculante con una realidad "comprometida". Ya en
las Cartas de Pablo, escritas antes que los evangelios canónicos—se
supone—, está ese mensaje que sólo persigue un tipo de mesianismo, el más
honesto y menos espectacular de todos: el "buscad y hallaréis" a Dios
dentro del espíritu. Lo dicho: el reino invisible, del que Jesús llegó a ser el
único rey, aunque ello le costara la vida, frente a un judaísmo exacerbado que
esperaba de Él un caudillaje independentista de cara a la Roma dominante, como
dice E. O. James en su Historia de las religiones, capítulo dedicado al
Cristianismo (Alianza Editorial).
Hay un pasaje evangélico harto significativo:
"Y Jesús, conociendo que iban a venir para arrebatarle y hacerle rey, se
retiró otra vez al monte Él solo." Nos dice Juan 6-15. Es indudable que
Jesús pertenecía a la clase real, a la familia davídica, para que se le
quisiera hacer rey. En Mateo 2,1-12, uno
de los reyes magos dice. "¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de
nacer...?". También en Lucas, 18:35:“¡Jesús, hijo de David, ten
compasión de mí!”. Creo que con estos
ejemplos es suficiente. Vayamos ahora a un hipotético "hilo directo"
entre los más representativos seguidores de Jesús (no olvidemos que la noche de
su prendimiento todos, menos Juan, le abandonan) y los consejeros oficiales
próximos al emperador.
La
relación de Tiberio con Jesús tiene un fundamento puramente apócrifo situado en
las Actas de Pilatos, de las que en el texto complementario Venganza
del Salvador se dice que la túnica de Jesús, que tiene en su poder la
Verónica después de la crucifixión, cura la lepra facial del emperador. ¿Qué
hemos de suponer detrás de la leyenda? ¿Una simpatía por parte del dueño del
mundo de entonces hacia un personaje del todo interesante, espécimen de un
pueblo indomable por el que Tiberio sentía una declarada admiración ante el
Senado, al cual menospreciaba en frases como éstas. "¡Oh, hombres! ¡Siempre
dispuestos a la esclavitud!?”. Las vacilaciones de Pilatos en el juicio de
Jesús tienen tal vez este mismo origen. El hecho de que se le atribuyan unas Actas
a favor de Jesús significa mucho; ello hace sospechar que en los medios
políticos desde Roma hasta la Torre o Fortaleza Antonia el nombre de Jesús,
debido a su fama como hacedor de milagros y rabino enfrentado a los fariseos y
saduceos, sonaba como una opción remediadora para apaciguar las rebeliones
judías.
Sin duda, el procurador estaba trasmitiendo con su
actitud comprensiva hacia Jesús una simpatía que emanaba del hijastro de
Augusto. Pero la intención de Tiberio hacia él tenía una motivación política
también. Para someter de una vez a los partos, necesitaba una base logística en
Palestina. Para ello ésta tendría que estar en paz y gobernada por un solo
hombre, en concreto un rey de la casa real de David. Jesús era el individuo más
indicado por su casta y su fama de "gran hombre". Un eco de su
prestigio lo tenemos en una obra como Yo, Claudio, de Robert Graves. En
ella, Claudio, ya emperador, recordando las conjeturas semiproféticas de su tío
Tiberio, expresa comentarios acerca de Jesús como futuro dueño de la
civilización occidental, aunque ya fuese en el orden del espíritu. No se olvide
que Claudio estaba al tanto del judaísmo por medio de su amistad con Herodes
Agripa, nieto de Herodes el Grande y residente en Roma, a quien después hizo
rey de toda la Judea.
Pero
el reinado de Jesús iba mucho más allá de unos poderes temporales. Cualquier
título de los que se le atribuyen, tales como maestro de la Ley, profeta,
predicador y sanador itinerante, sería para él incomparables con una corona
que, a lo sumo, le conferiría una realeza al estilo de los reyes macabeos de
rey-sacerdote. Tal vez este rechazo no le fue perdonado por quienes lo
propusieron para tal mandato y solemnidad. El despecho se cobró bien su
indignación y el pueblo que gritaba "¡Hosanna!"
("¡Sálvanos!"), buscó a otro mesías de los que entonces había de
turno en Palestina.
Hay
quien ha querido arteramente traducir en esa invocación un ´Libéranos´
nacionalista. En el film Jesús de Nazaret hay un motivo apócrifo de
interés: Barrabás le pide a Jesús que sea el que reconozca y bendiga su
insurrección contra Roma, y Jesús se niega. Dos de esos mesías que encabezaron
revoluciones sangrientas —la del año 66 y la del 135—, fueron generadores, a la
larga, de la masacre del pueblo hebreo y su diáspora por el mundo. En cambio,
la "revolución" espiritual de Jesús, es evidente que dura todavía a
tenor de sus millones de creyentes.
El tema del "Varón de dolores" está
tomado, como todos sabemos, del Poema del Siervo de Yavé del profeta
Isaías, en concreto del Salmo 53. En él se nos describen los rasgos tan humanos
y heroicos al mismo tiempo del elegido por Dios para dar ejemplo de justo
atribulado por la maldad de los hombres, hasta el punto de ser contado entre
los malhechores, así como ser herido de muerte por el crimen de su pueblo. Ésa
es la interpretación inmediata y más o menos imperante que asociamos a la
lectura.
Sin embargo, si consultamos el Libro de los
Salmos de David, muy anterior al texto de Isaías, hemos de tener en cuenta
lo que dice el salmista, con motivo de la boda de un rey de Judá, al que
idealiza como el más hermoso de los hijos de los hombres y que ha de llevar la
espada bien ceñida para implantar la justicia en los pueblos. El comentarista
de estos versículos considera que hay aquí una intuición mesiánica, que,
añadida por nosotros, ha de tener una
enorme y decisiva repercusión en el futuro de los hebreos como nación aspirante
a ser modelo y, por ello, regidora de naciones.
Una vez planteadas brevemente aquí las dos tesis
acerca de cómo habría de ser el Mesías liberador del pueblo judío, nos
explicamos la expectación de los paisanos y coetáneos de Jesús acerca de su
actitud ante Roma como descendiente de David y aspirante legítimo al trono, que
pudo ser sin lugar a dudas y que Él rechazó (Juan 6,15). Como es lógico, la
presentación que se nos hace de Jesús en los evangelios es radicalmente de
signo espiritual. Jesús no ceñirá espada para defender la justicia como el rey
Mesías del salmo, sino que desplegará su Sermón de la Montaña, que,
unido al Magníficat de su madre y a la Epístola de Santiago el
Menor, fundará más adelante, sin pretensiones filosóficas, la semilla de la
abolición de la esclavitud, la misma que influirá, sin duda, en los creadores
del socialismo utópico, queramos que no, y que aprovecharon los intelectuales
ilustrados para la proximidad a una ética más demócrata en la que todos los
hombres son iguales ante la ley, la ley que es también la de Dios.
Pero
este mensaje de universalidad no estaba en una evidente consonancia con la
ideología independentista de la mayoría de los judíos. Si Jesús opta porque
"su reino no es de este mundo", tendrá la partida perdida de cara a
su popularidad. A partir de entonces, el rechazo hacia su persona irá en
aumento, hasta ser calumniado en el Talmud como un hijo tenido por su madre
fuera del matrimonio con un mercenario romano. Jesús es acusado de mago por sus
enemigos fariseos (Mateo 9,4), (Marcos
3,30). Jesús no es bien comprendido por los suyos (Mateo 12, 46-50). Jesús es
amenazado en Nazaret por vecinos suyos y logra escapar de la ira de éstos.
Jesús será traicionado por Judas, negado por Pedro y abandonado por todos los
discípulos, excepto Juan. Si en la Primera Epístola de san Juan se nos
dice: "Sabemos que somos de Dios, y que todo el mundo entero está bajo el
imperio del Maligno", así como en el evangelio del mismo apóstol (16,11):
"El príncipe de este mundo ya está juzgado" y en 2 Corintios, 5, 1: "Gemimos en esta
nuestra tienda anhelando sobrevestirnos de aquella habitación celestial",
por poner unos ejemplos nada más, era inevitable que Jesús se convirtiese en el
“Varón de dolores” para que millones de perseguidos por el sufrimiento, a la
hora de su muerte, reclinen imaginariamente su cabeza sobre el mismo hombro que
llevó la cruz como si ese símbolo presidiese la condición humana en este mundo,
donde los espejismos de una precaria felicidad le dan la razón a 2 Corintios II, 14 cuando dice:
"Satanás mismo sigue transformándose en ángel de luz", como ya
sabemos —entendiendo por Satanás nuestros propios autoengaños—, y que hace
referencia a los espejismos de dicha y
fortuna que nos guiñan y seducen en ocasiones. Finalmente, será juzgado con
precipitación y condenado a morir en la cruz cabeza arriba, como los
malhechores de delito común, si bien, su cadáver será entregado a la familia,
quizás por su condición real de hijo de David, detalle no habitual en otros
ejecutados, que eran arrojados a la fosa de la infamia —fossa infamiae— para que fuese descarnado por las alimañas
del entorno. Después de esto, se les entregaba a los familiares el esqueleto.
En lo alto de la cruz Jesús llevará una titulación sarcástica: “Rey de los
judíos”.
Aquellos perplejos contemporáneos de Jesús no
comprendieron que el Rey Mesías esperado ya empezaba, para sus creyentes, su
reino, no en un mundo violento y cambiante, sino en otro donde jamás se acaba:
en los corazones.