sábado, 25 de mayo de 2024

LENGUAJE ORIGINAL Y LENGUAJE LASTRADO

 


 

A partir de las vanguardias los poetas más sensibles a las potencialidades de la expresión literaria, comenzaron a reflexionar inquietos sobre cuál era el verdadero registro que se había de emplear en la escritura creativa. La herencia del pasado, incluso los recursos heredados del modernismo, no bastaban para algunos que dejaron de mirar atrás y vieron en la metáfora y la sinestesia del ultraísmo un tesoro de imágenes brillantes para hermosear la nueva literatura. Las grandes palabras del pasado, algunas trascendentes y altisonantes, así como los tropos convencionales, empezaron a parecer fuera de curso legal como si se tratara de monedas ya devaluadas y para el coleccionismo de los anticuarios.

Realmente tampoco se podía ser original al cien por cien. Había que pactar con parte de la sintaxis sometida a la lógica. Esto ya lo había previsto y defendido el ruso Vixtor Shklovski frente a su compatriota Potebnia, que propugnaba un lenguaje totalmente original y sin deudas al pasado.

Creo que esa tesis del primero es la que se lleva, al menos por los poetas que tuvieron conciencia de la necesidad de la renovación. Los poetas de la llamada Generación del 27, en especial Federico García Lorca en su espléndido Romancero gitano (dejemos aparte su Poeta en Nueva York, donde el surrealismo se despacha a su gusto), a pesar de las burlas de Buñel y Dalí, también Gerardo Diego en su sorprendente etapa creacionista…

Dejando atrás Perito en lunas y El rayo que no cesa, más tarde Miguel Hernández,  bajo la influencia de Pablo Neruda (después de que éste se despidiera del modernismo con su libro Crepusculario), ahonda en su mina de unas metáforas y sinestesias que motivaron a María de Gracia Ifach (Josefina Escolano Sopena, 1905-1983), en su presentación de la Antología que le editó  la Editorial Losada, a decir que era sobrecogedor leer a Miguel Hernández en castellano, dada la originalidad de su lenguaje poético.  

Mientras Antonio Machado, a pesar de su “Ni mármol duro ni eterno/ ni música ni pintura/ sino palabra en el tiempo”, conserva un continuismo en su estilo, Juan Ramón Jiménez, después de su Diario de un poeta recién casado, emprende nuevos caminos tras la desnudez del modernismo mitad becqueriano, mitad rubendariano, hasta llegar a la fase que él llamó “suficiente”, después de pasar por la “intelectual”.

Sin embargo, para mí, el poeta que más avanzó en esta persecución del verso despojado de los atavíos del ayer desgastado, fue el genio oriolano. Véase su Viento del pueblo y su Cancionero y romancero de ausencias, obras en las que ese registro nuevo llega a su plenitud.

En otros artículos de este tema he citado su poema “Eterna sombra”, así como “Se querían” de Vicente Aleixandre. Dos poemas muy representativos de esa evolución del lenguaje poético a que me estoy refiriendo.

Repito con Shklovski que es imposible no pactar un poco con ciertas estructuras gramaticales ya redichas o previstas por el lector, lo cual disminuye su sorpresa en la lectura, pero hemos de comprender que la poesía, en los poetas que luchan a brazo partido contra las frases hechas y lastradas, hace grandes esfuerzos por renovar su capacidad expresiva. Parafraseando a Alejandro Duque, tenemos que convenir en que el lenguaje, sea en el poema, sea  en el aforismo, tiene que sorprender. De lo contrario, una escritura prevista no emociona.

 

sábado, 18 de mayo de 2024

CRESPÓN DE PRIMAVERA O LITERATURA DE LA PASIÓN



                      DIBUJO DE EMILIO DELGADO MÁRQUEZ

ARTÍCULOS APARECIDOS EN EL DIARIOSan Fernando Información,

                de la Isla de San Fernando (Cádiz)

     de 31-X-2003 a 27-II-2004

 

      

     También aparecido en CRESPÓN DE PRIMAVERA

(Colección TERTULIA RÍO ARILLO, 2023)


 

SINOPSIS

En estas páginas el Jesús de la fe y el de la Historia se expresan por medio de la literatura;es decir, poesía de la Pasión y comentario con base en los temas que siguen apoyándose en las distintas fuentes citadas.

Trabajos sin ninguna invención por parte del autor. No añade nada sino que se apoya en la tradición cristiana para llevar a La página el sentir popular.

Recoge, pues, unos artículos editados hace casi veinte años y los traslada a un libro para recreo de su interés por el tema, tomando datos de los evangelios canónicos, así como los apócrifos y los gnósticos, sin entrar en las muchas biografías sobre Jesús que se han ido publicando desde el siglo XVIII hasta la actualidad.


Aquí no hay defensa ni examen crítico de la fe, sino recuerdos de vivencias en cuanto a literatura se refiere según los perfiles de un personaje cuya influencia en la sociedad no puede negarse, y al mismo tiempo una curiosidad por temas relacionados con él, lejos de un afán de investigación, sino más bien recordar lo que la cultura de estos motivos ofrece a quien se acerque a ella.


 

 CUARESMA DEL COFRADE

                 

 

 

En el cantar del pueblo andaluz de todas las primaveras, según el breve poema de Antonio Machado, el espíritu de la Isla anda buscando una escalera para subir a la cruz. Todas las cuaresmas, los cofrades isleños, cada uno desde la humedad del almacén —donde reposan sus túnicas el sueño en que entran después de la Pascua de Resurrección—, hasta el olor del incienso de los cultos cuaresmales, sacan a la luz de esas tardes ya más largas sus inquietudes cofradieras y las plasman en una serie de actividades encaminadas a la proclamación del Mensaje del Hombre-Dios; un Mensaje que nos recuerda que la vida humana es Pasión, pero que los sufrimientos depurativos de nuestro espíritu tienen, como de siempre ha enseñado la Iglesia, un hondo sentido —hacernos más humanos y conscientes de que la vida es valle de lágrimas, según reza la Salve—, pero que esa Pasión desde su Calvario, mira hacia arriba, a la esperanza de una dimensión a la que se llega una vez que hemos, como Jesús, Maestro y Salvador, agotado el cáliz de las vicisitudes de la tierra.

 

  En un mundo frívolo y consumista como el nuestro, la cuaresma tiene un innegable valor de testimonio de la verdad de la vida y hoy, más que nunca, la sociedad necesita del mensaje evangélico, so pena de abocar a la juventud a un necio paganismo, a un desorden de vida moral y a un vacío de espíritu contra los que tuvo que luchar la Iglesia en sus comienzos para remontar la decadencia de aquellos tiempos de la Roma ya a punto de sucumbir.

Quien haya llegado a altas y sensatas cotas de experiencias, se dará cuenta de que vivir es atesorar unos valores humanos y que éstos constituyen la mayor y más segura riqueza que poseemos y que nos acompañarán en nuestro viaje al otro mundo. Que hoy las masas están de espaldas a esa inequívoca certeza y prefieren una manera superficial, alocada y hedonista de tomarse la vida, es problema de cada uno.

Cuando la realidad nos clava sus colmillos en el alma, entonces nos percatamos de las mentiras a que nos inducen la publicidad en alianza con nuestros sentidos, siempre necesitados del engaño evasivo.

 

 

 

La reiteración del Mensaje es, por tanto, un recordatorio de que existe una interpretación de la existencia humana; una interpretación que en cuaresma se decanta por unas formas expresivas que, lejos de repetirse, recuerdan, avivan y renuevan los sentimientos cristianos, aunque se manifiesten con ese ropaje artístico que una civilización tan antigua y rica como es la andaluza, le presta para su escenificación. La emoción cofradiera es leña preciosa que se echa en el fuego de la fe, para que la tenga viva todo el año.

Es un drama en la calle que "edifica", como se decía antes, sobre todo en la Isla del Puente de Zuazo hasta La Ardila, que tan en serio se toma su semana santa. Un drama que empieza en el quinario, sigue en la via crucis, ¨camino de la cruz¨ (vía era de género femenino en latín), la Madrugá, y no acaba nunca, ya que, después de la Pascua florida, en expresión catequística, el cofrade lleva en su alma una experiencia más que confirma y subraya la anterior. Es una suerte que, además de ser creyente, se sea artista de la propia fe, enmarcándola en ese cuadro noble del arte semanasantil. A quienes no lo entiendan les recuerdo aquel verso de Lope de Vega refiriéndose al amor: "...quien lo probó, lo sabe".


 

        BÉCQUER Y LA SEMANA SANTA

 

Que la nostalgia de muchos sevillanos fuera de su Sevilla natal está relacionada consciente o inconscientemente con la semana santa, es tan obvio como indiscutible. El registro sentimental de la infancia se convierte en la madurez en secretaria e insobornable memoria. Cuántos sevillanos, muy lejos de su Plaza del Duque y la calle Sierpes, oyen en esos días morados retazos de marchas en el fondo de la evocación y creen que huelen a incienso de catedral en las alas fugaces del aire que los circundan...

 

Entre los que guardaron en un rinconcillo de su corazón esos sones nostálgicos, están, entre otros menos conocidos para el gran público, Manuel Machado, Rafael Montesinos (De la niebla y sus nombres), Manuel Díez-Crespo (colaboraciones en "Diván meridional") y  el mismo Cernuda  (poema "Luna llena en semana santa").

 

Sin embargo, hay otra corriente paralela que la evoca también, pero con cierta disidencia por algunos detalles externos más que sustanciales. Entre ellos podemos citar a José María Blanco (Blanco White), y a sus paisanos Antonio Machado y a Bécquer. El poeta de las Rimas, de exquisita sensibilidad tradicional (trabajaba en un ambicioso proyecto, tal como una suntuosa historia de los templos de España), se fue joven de Sevilla a Madrid y llevaba en su recuerdo la semana santa que se reinicia en Sevilla hacia 1850, después de postraciones y reveses políticos, que en la España del siglo XIX fueron tan continuos debido a un forcejeo entre conservadores, liberales y progresistas, además de las guerras carlistas.

 

Con el apoyo de los Duques de Montpensier muchas corporaciones cofradieras hispalenses se levantan de su letargo y adquieren vistosidad, además de una cada vez mayor expectación, que impresionaron la retina observadora del joven poeta. Cuando Bécquer, un año antes de su fallecimiento, desalojado por la Revolución de 1868 —"La Gloriosa"— del gobierno que le mantuvo profesionalmente como censor de novelas en el Ministerio, permanece semidesterrado en Toledo con su hermano Valeriano, destacado pintor, escribe el artículo titulado "La Semana Santa en Toledo". En este trabajo opone la semana santa de la ciudad del Tajo como ejemplo de religiosidad frente al bullicio y al colorido de la semana santa de las riberas del Guadalquivir.

La descripción que hace de un desfile procesional por la céntrica Plaza Nueva es de una curiosidad excitante para un aficionado al tema, ya que puede tomar nota de ciertos peculiaridades semanasantiles desaparecidas después.

 


 

       LOS DOS HERMANOS MACHADO

       Y LA SEMANA SANTA

 

Los hermanos Machado cultivaron el teatro, algunos de cuyos títulos son hartos conocidos por el gran público, como La Lola se va a los Puertos o La Duquesa de Benamejí, entre otros. Antonio y Manuel se querían entrañablemente; juntos estudiaron, juntos estuvieron en París y juntos compartieron alegrías y sinsabores familiares.

Sin embargo, los dos tenían unas diferencias ideológicas firmemente mantenidas. Sabido es que durante la guerra civil Manuel se inclinó al bando de las derechas (después de que el estallido de la guerra civil le cogiese en Burgos) y Antonio al de las izquierdas. El uno escribió sonetos en los que exaltaba la tradición y desconfiaba de las revoluciones; el otro se siente atraído por el socialismo mitigado como una solución a los problemas de aquella España de "charanga y pandereta", según su verso. Después de la guerra, Antonio y su madre mueren en el exilio del sur de Francia. Su hermano Manuel morirá en la España de Franco ocho años más tarde.

 

 

Manuel y Antonio siempre fueron cristianos. Y cristianos fervorosos cada uno a su manera. Manuel, tradicional, sensorial y popular. Antonio, meditabundo, intimista y pragmático a lo protestante; no en vano,  un poema dedicado a Ortega y Gasset, acaba así: "Y que Felipe austero (se refiere a Felipe II, defensor del catolicismo a ultranza),/ al borde de la regia sepultura,/asome a ver la nueva arquitectura/ y bendiga a la prole de Lutero".

 

Hay un breve pero profundo poema de Antonio en que expresa su fe en Jesús en unos versos que comienza con "Yo creo en Jesús que dijo...". Ahora bien, esa interioridad de una fe reflexiva con apoyaturas filosóficas a lo Henri Bergson, le llevaba a un claro rechazo de lo semanasantero. Lo podemos ver en el poema en el que retrata a don Guido, un cofrade sevillano: "Gran pagano,/ se hizo hermano/ de una santa cofradía;/ el Jueves Santo salía/ llevando un cirio en la mano/—¡aquel trueno!—,/vestido de nazareno...". De hecho, Antonio critica la semana santa de su época. También lo hizo Eugenio Noel poniendo el dedo en la llaga de la superficialidad, la bullanga, la borrachera y la emulación de los exornos.

En esos años, y en otros aspectos, también la criticó Cansinos Asséns, y posteriormente Alfonso Grosso en su novela El capirote.

Pero, para ironía del destino, el poema de Antonio titulado "La saeta", en el que opone al Jesús del madero, el Jesús que anduvo sobre el mar —o sea, el Jesús profundo que iba más allá del culto externo y periódico—, se convirtió en tema musical con J. M. Serrat y luego en marcha cofradiera, y hoy está presente en los desfiles procesionales, casi codeándose con la marcha "Amargura", santo y seña de la semana santa andaluza. Manuel sigue unas pautas muy de devoción en la calle. Su amor al Gran Poder y a la Macarena está recalcado en sus versos con aire luminoso y ecos de alma sevillana. "¡Ay, mi Sevilla, que lo tiene todo,/ cuando Jesús del Gran Poder le ofrece/ la Fe y la Caridad...Tú, la Esperanza!".

 

Creo que las referencias sobre el hecho cofradiero andaluz de Antonio y Manuel son complementarias. Si Antonio corrige los excesos humanos de los cofrades y opta por una religiosidad de puertas adentro del alma, Manuel exalta los derechos de los sentidos de cara a alabar una fe pública que está en las raíces del alma colectiva. Lo ideal sería que todos los cofrades tuvieran un compromiso eclesial con la misma fuerza que su devoción artística y un interés por la cultura cristiana como por los detalles de los enseres cofradieros.


VARIANTES DE LA PASIÓN SEGÚN

LOS APÓCRIFOS (I)

 

 

Estamos acostumbrados a la narración de los evangelios canóni­cos y no se nos ocurre que pudie­sen existir ligeras variantes en el proceso de la Pasión y Muerte de Jesús.

 

En Los evangelios apócrifos, de Aurelio de Santos Otero, de la Biblioteca de Autores Cristianos, tenemos, entre otros, el ciclo de la Pasión y Resurrección, compuesto, a su vez, de varios libros, de los que destacan, para el fin que nos pro­ponemos, los siguientes: Evangelio de Pedro, Ciclo de Pilato, Venganza del Salvador, Sentencia de Pilato y Declaración de José de Arimatea.

 

Materialmente sería muy difícil entrar en todos los detalles, dada la limitación del artículo; así que menciona­remos aquellos rasgos que entrañen variantes o matices diferenciales de relativa importancia.

 

Empecemos con el Evangelio de Pedro, redactado en las primeras décadas del siglo II. En el versículo 7 se dice "después le revistieron de púrpura y le hicieron sentar sobre el tribunal, diciendo: Juzga con equidad, rey de Israel". Hay una evidente burla en este pasaje que, contrastado con Mateo 27,28 se reduce éste a sólo la clámide púr­pura, la coronación de espinas y a rendirle honores de rey, sarcástica­mente, pero sin el derecho a juicio sobre los demás. En Marcos ocurre exactamente lo mismo. En Lucas se le venda los ojos, se le hie­re y se le pregunta burlescamente que quién le ha herido. En Juan también se le viste con un manto de púrpura, le dan bofetadas y le saludan como rey de los judíos.

El Evangelio de Pedro hace una peli­grosa matización en el versículo siguiente y se dice que Jesús callaba "como si no sintiera dolor alguno", detalle éste que no consta en los demás evangelios. Los cristianos gnósticos aprovecharon esta insólita impasi­bilidad del crucificado para corroborar su docetismo; esto significa que el cuerpo físico de Jesús era aparente. A tenor de esto, la teología musulmana ortodoxa enseña que Jesús ascendió al Cielo sin morir en la cruz y que fue Simón de Cirene el que murió en ella con la apariencia de Jesús. Esa  misma versión es la que da el gnóstico Basílides, según Ireneo de Lyon.

 

Los cristianos docetas, pues, pensaban que Jesús no había tomado cuerpo real y que su divinidad se revestía de un aspecto aparencial, casi fan­tasmal, o casi astral, como dirían hoy los teósofos y esoteristas. Ellos se apoyaban en que Jesús escapaba fácilmente de entre las multitudes cuando querían apresarlo y que caminaba sobre las aguas.

 

Pasemos a otro rasgo diferencia­dor. Se dice en este mismo Evange­lio de Pedro, versículo 7, que la cruz "fue enderezada". Las moder­nas interpretaciones nos hablan con frecuencia del "stipes", madero que llevaba sobre su cuello el reo y el "patibulum", fijo en el lugar de la crucifixión. Si la cruz, "staurós" en el original griego, fue enderezada, que es poner hacia arriba, es de suponer que se refiere a la cruz completa. En el Ciclo de Pilato le dice éste a Jesús: "Tu pueblo te ha desmenti­do como rey. Por eso he decreta­do que en primer lugar seas flage­lado, de acuerdo con la antigua costumbre de los reyes piadosos, y que después seas colgado de la cruz en el huerto donde fuiste apresado...".

 

Como ve, no se trata del Gól­gota, donde había emplazamien­tos o tinglados para crucifixiones. En el huerto de Getsemaní sola­mente había olivos. Luego, ello hace suponer que Jesús llevó efec­tivamente la cruz completa, y esta denominación no es sólo una metonimia de la parte por el todo, sino que, además, llevó la cruz hasta allí —como los dos ladrones, a quienes se mencionan también— y en un sitio adecuado, montículo tal vez, fue endereza­da esa cruz con Él ya clavado. Continuaremos en el próximo artículo.


    VARIANTES DE LA PASIÓN SEGÚN

    LOS APÓCRIFOS  (y II)

 

 

Sigamos con el Evangelio de Pedro. Jesús, a la hora de morir grita: "Fuerza mía, fuerza (mía), tú me has abandonado". En el versículo se dice que sacaron los clavos de las manos de Jesús y le tendieron en el suelo. Pero es, además, aquí, en el huerto, donde es flagelado y coro­nado de espinas, y no en el preto­rio. Realmente no se habla de cruz y sí de ser colgado, pero esto no da a entender que fuese ahor­cado, ni creo que en las ramas de los olivos haya posibilidad mate­rial para una crucifixión. Hemos de suponer, según esta versión, que Jesús llevaría su cruz entera y no solamente el travesaño, —como aparece en recientes películas, que nos dan a entender que el patíbulo estaba fijo en lugares de ejecución, siempre al lado de un cementerio.

 

 

Cuando muere, el entorno se conmueve y sobreviene un gran pánico. En el versículo 36 los cielos se abren y dos varo­nes bajaron de allí con gran res­plandor (esto ha dado lugar a que los ovnílogos especulen acerca de una intervención de potencias extraterrestres en la Pasión y Resurrección). Situación semejante sólo la encontramos en Mateo 28:2, que viene a decir que sobre­viene un gran terremoto y un ángel baja del cielo y remueve la piedra.

 

Volviendo al Ciclo de Pilato, hagamos las siguientes observaciones. En el capítulo segundo Claudia Procula avisa a Pilato acerca de la inocencia de Jesús. En otro documento de este origi­nal llamado 'recesión B', se ofrecen más pormenores de la subida al Calvario. Dada la extensión, hay que resumir el escrito diciendo que, en lo que se refiere a la Virgen, que ésta, avisada por Juan, divisó a Jesús en la calle de la Amargura, cayó desmayada y estuvo bastante tiempo en el suelo.

 

Cuando se reanimó, comenzó a prorrumpir una serie de estremecedoras exclamaciones y a golpear su pecho. Los judíos, al ver este espectáculo, quisieron alejarla; pero María permaneció firme jun­to a su Hijo: A Jesús se le había preparado una cruz y se la habían echado sobre los hombros.

Con ella llegó hasta las puertas de la ciudad; pero las llagas y la pesa­dez del madero le hacían desfallecer. Entonces obligaron a un tal Simón de Cirene a que se hiciera cargo del madero.

En otro documento titulado la Venganza del Salvador, capítulo veinticuatro, una tal Verónica tie­ne en su casa un lienzo con la faz del Señor impresa en él.

En la Sentencia de Pilato, copia de 1580 de un original des­conocido, Pilato da al cen­turión Quinto Cornelio orden de que Jesús sea maniatado y azotado por toda la ciudad. Sale por la puerta Antonia con dos ladrones, va vestido de púrpura, coronado de algunas espinas y con la cruz sobre los hombros. Será crucifica­do en el monte Calvario y su cuerpo será expuesto como espec­táculo de todos los malvados. Esta sentencia la da el goberna­dor romano un 25 de marzo.

 

En la Declaración de José de Arimatea, que data del siglo XII (no se indica de qué original ante­rior), se acusa a Jesús de haber hurtado la Ley y los Profetas. Sin embargo, en el Apócrifo de Juan, de carácter gnóstico, Jesús es acu­sado de apartar a los apóstoles de la tradición de sus padres. En los demás detalles hay múl­tiples coincidencias con los evan­gelios canónicos. Falta por decir, fuera ya de los apócrifos, que la Legión Itálica, compuesta por soldados tarraconenses, fue la que acompañó a Pilato durante su destino en Palestina. Ella sería la encargada de la Crucifixión. Tomo este detalle de la Enciclopedia Universal Ilustrada, tomo 46.


 DOS  "MISTERIOS"  APÓCRIFOS

 

 

Hay en la Isla de San Fernando dos "misterios" apócrifos: Afligidos y Misericordia. En ninguno de los evangelios canónicos se nos dice que Jesús se encontrara con su Madre en la calle de la Amargura. En todos ellos se nos refiere que sus familiares veían la ejecución "de lejos" o posiblemente cerca, mas no "iuxta crucem" —junto a la cruz—, como escribe el autor del Stabat Mater medieval Jacopone da Todi.

 

Esta secuencia está sacada de la recensión B de las Actas de Pilato. Citemos el texto aludido: "Juan al principio iba siguiendo el triste cortejo, pero luego se fue corriendo a toda prisa a dar cuenta a la Virgen de lo que pasaba, pues se encontraba ignorante de ello. Al oír la Virgen el relato, quedó transida de dolor y se fue en seguida, acompañada por Juan y por Marta, María Magdalena y Salomé, a la Calle de la Amargura. Al ver la comitiva, preguntó a Juan cuál era su hijo. Él se lo señaló, diciéndole que era el que llevaba la corona de espinas y las manos atadas.

 

“La Virgen, que divisó a Jesús, cayó desmayada hacia atrás y estuvo bastante tiempo en el suelo. Cuando se reanimó, comenzó a prorrumpir una serie de estremecedoras exclamaciones y a golpear su pecho. Los judíos, al ver el espectáculo, quisieron alejarla; pero ella permaneció firme junto a su hijo".

 

En esta misma recensión, coincidiendo con san Juan 19,26, Jesús confía  su Madre a los cuidados del discípulo amado. Después vienen los judíos y alejan al grupo de amigos de Jesús. Aquí nos preguntamos si fueron los judíos o los romanos, que eran realmente los organizadores de las ejecuciones. encabezados por el manípulo; o bien podría ser una guardia judía auxiliar del Templo, en colaboración con los romanos. 

 

También en esta recensión se cita a Simón de Cirene, que se hace cargo del madero cuando Jesús llega a la puerta de la ciudad, camino del Calvario, ya desfallecido por las llagas y lo pesado de aquél. Estamos, pues, en el segundo "misterio". En él otro personaje secundario pero pintoresco es el de la Verónica. La Verónica, citada en algunos textos apócrifos como la hemorroísa —que aparece en ocasiones con el nombre de Berenice— a la que Jesús cura tan sólo con que ella toque su manto, posee, en efecto, un lienzo con el rostro de Jesús, que éste le imprimió una vez a petición de ella, mucho antes de la Pasión.

 

Ese lienzo será el que Volusiano, un oficial romano, lleve a Roma para curar la lepra de Tiberio, según el tono legendario de los evangelios apócrifos, muy en concreto, en las llamadas Actas de Pilato, llevadas al cine, en versión italiana subtitulada, Secondo Poncio Pilato, por Luigi Magni.

 

Sin embargo, para buscar a la Verónica que enjuga el rostro de Jesús camino del Calvario, tendremos que seguir los piadosos pasos de la Tradición y llegar a la Edad Media. Justo en el relato de Petit Saint-Graal (Pequeño santo Grial) de Robert de Vorron, que se encuentra en la biblioteca de Mans y data de entre 1225 y 1260, hallamos este motivo no canónico que luego tendría un eco resonante en las iconografías religiosas adjuntas a la Pasión, tanto en grabados como en relieves de las iglesias.

  

A pesar de su no canonicidad, no significa que fueran del todo irreales, si bien en algunos casos la fantasía es bien patente; sin embargo, en otros pasajes coinciden con versículos de los evangelios que configuraron con una intención más catequética el mensaje de Cristo.


EL RETRATO DE JESÚS  (I)

 

 

Con estas palabras dirigidas por unos griegos al apóstol Felipe: "Quisiéramos ver a Jesús" (Juan 12:21). siguen los cristianos expresando el deseo de conocer cómo fue el rostro de Jesús. ¿Quién de nosotros no se ha preguntado alguna vez cómo era físicamente el hombre que más ha dado que hablar a los escritores, poetas y teólogos de nuestro Occidente?

 

Los artistas cristianos de todas las épocas han intentado representar a Cristo y lo han hecho de múltiples maneras, proyectando sobre él la encarnación de sus supremos ideales religiosos y humanos.

 

Cada época, por medio de sus artistas, ha tenido su Cristo: los bizantinos se lo representaron como el juez del "juicio final", con gran majestad y aterrador. El Cristo de las catedrales del Medievo es el gran Rey de reyes, hierático y solemne, señor de cuerpos y almas, suprema jerarquía el orden social y del universo, en paralelismo con el gran señor feudal.

 

El Cristo barroco es un Cristo que sufre, patético, representado más veces muerto o agonizante, que vivo o resucitado; más sangrante y vencido que vencedor, como nos lo muestra la imaginería en los Pasos de Semana Santa del que pondríamos como ejemplo el sevillano Jesús del Gran Poder.

 

Más tarde vendrán esas otras representaciones edulcoradas que todos conocemos de un Jesús de largas y onduladas melenas y femeniles túnicas, lánguido e impotente, como en la película Jesús Superstar.

 

Nuestro siglo será testigo de una explosión de intentos gráficos por captar a Cristo bajo otras ópticas: desde el Cristo cósmico de Teilhard de Chardin, eje y motor de la evolución, al Jesús estético, poético y ausente de Dalí, pasando por todos los Cristos torturados, casi caricaturescos, del expresionismo, neorrealismo, y de una larga serie, aún inconclusa, de muchos otros "ismos”.

 

Los jóvenes de hoy, en la atmósfera reivindicativa de nuestro tiempo, se han inventado un Cristo como ellos, joven, rebelde, a la vez mítico y desmitificador. Para unos, se tratará de un Jesucristo "American look", guapo galán anglosajón con carisma cinematográfico, "hippy", "Superman" o "Superstar", o bien el "Jesus clown" jovencito, divertido, e ingenuamente amable de "Godspell". Para otros, su Jesús será un revolucionario social, del que el Che Guevara sería un reflejo.

¿Por qué este desacuerdo? ¿Por qué estas diferencias entre tantos estereotipos? ¿Será Cristo un diamante de infinitas facetas, tantas que nunca será abarcable por un hombre en una sola vida humana, ni por toda la humanidad de todas las generaciones?

 

Los evangelistas, atentos más bien a las  circunstancias  y al mensaje del Maestro, no se han preocupado de satisfacer nuestra curiosidad sobre su físico. Los Evangelios aluden a la infancia y formación de Jesús en el seno de una familia de artesanos, hecha al duro trabajo de cada día. Solamente Lucas, el médico, insiste en que el niño "crecía [y se fortalecía] en sabiduría y en estatura, y en gracia" (Luc. 2:40 y 52), quizá para precisar que Jesús alcanzó un equilibrado desarrollo físico.

 

 

Se ha querido encontrar un indicio en el relato del publicano Zaqueo, quien, habiendo llegado Jesús a Jericó, trataba de ver a Jesús, por saber quién era, y no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura; y corriendo adelante se subió a un sicómoro para verlo, porque iba a pasar por allí Luc. 19 :3-4). De estas palabras se ha querido inferir que Jesús era pequeño de estatura. Esta interpretación, ya sugerida hace tres siglos, es pura divagación sin fundamento alguno, si bien la tipología étnica del semita nos arroja individuos de estatura mediana; aunque no se ha de olvidar que en la Decápolis había una colonia de griegos y es de suponer que la mezcla racial sería probable.


 EL RETRATO DE JESÚS  (II)

 

 

Otro ejemplo, pero ahora referido al carácter. En el lago, duerme en la nave, mientras los discípulos luchan ansiosos con el temporal; esto puede ser un interesante indicio de que Jesús tenía un sistema nervioso muy sano, que le permitía un pleno relajamiento aun en situaciones adversas. Lo mismo podría ocurrir con otros fundadores de religiones, a pesar de la sensibilidad anhelante de Mahoma y el agotamiento físico de Buda, que no por ello pierden su serenidad impasible ante los ajetreos de la vida.

 

La actitud de Jesús en los momentos de la Pasión es la de un hombre extraordinariamente dueño de sí mismo. En medio de las reacciones desquiciadas de sus jueces y acusadores, Jesús no tiene ni un gesto, ni un grito incontrolado (recuérdese con la serenidad con que replica al sayón que le da la bofetada cuando se haya ante Anás); ni siquiera, lo que sería tan humano en los estertores de la muerte, Jesús da muestras de una comprensible desesperación. Sus conocidas siete últimas palabras en la cruz, ofreciendo el perdón a los enemigos entre ellas, son eco de la inigualable paz interior de su espíritu. El músico Joseph Haydn compuso, como sabemos, una composición musical a tenor de este pasaje, solicitada por la catedral de Cádiz.

Apoyándose en la profecía del Mesías sufriente de Isaías, 53:2,3, los Padres de los siglos II y III se representan a Cristo y lo describen como teniendo un aspecto miserable, sin ninguna belleza. Según Justino mártir, Jesús era deforme. Según Clemente de Alejandría era feo de rostro. Según Tertuliano carecía de hermosura y su cuerpo no tenía ningún atractivo ni perfección.

 

San Efrén de Siria le atribuye una estatura de tres codos. Orígenes parece ratificar la afirmación de Celso de que Jesús era pequeño, feo y desgarbado. También nos transmite la extraña afirmación compartida  por muchos cristianos de su tiempo de que Jesús parecía feo a los impíos y hermoso a los justos.

 

Hay quienes llegaron a decir que Jesús estuvo leproso, e incluso que fue cojo (esa es la tradición que se refleja en algunas cruces rusas y la mantiene Robert Graves en su obra Rey Jesús). En un sarcófago del Museo Gregoriano se representa a Jesús barbilampiño con una varita en la mano.

 

En los siglos IV y V, y apoyándose esta vez en el Salmo 45:2,3, proliferan, yéndose al otro extremo, las descripciones que hacen de Jesús el más bello de los hombres: Juan Crisóstomo, Agustín de Hipona, Jerónimo, también Ambrosio, Teodoreto, Gregorio de Niza.

Esta tendencia será la que va a predominar hasta nuestros días. Es en la Edad Media cuando vamos a encontrar las primeras descripciones detalladas de los rasgos físicos de Jesús, llegando a constituirse un verdadero retrato literario, estereotipado, fuente de las representaciones pictóricas del Nazareno, que se harán en su mayoría teniendo en cuenta las líneas de este arquetipo.

Andrés, metropolitano de Creta, hacia 710, dice que Jesús era "de cejas unidas de ojos bellos, con el rostro alargado, un poco encorvado, de buena estatura". Nicéforo, y una carta reputada apócrifa de Juan Damasceno, dicen que Jesús, "lleno de majestad en su porte, inclinaba un poco al caminar, su elevada estatura. Sus ojos eran hermosísimos. Sus cabellos rizados caían en grandes bucles sobre sus hombros, su rostro pálido, aceitunado, rematado por una espesa barba negra. Sus dedos largos y delgados. Su profunda mirada respiraba sabiduría, paciencia y bondad". Epifanio, monje griego, hacia el año 800 en Constantinopla, decía que Jesús tenía seis pies de alto, (aprox. 1,70 m), ojos verdes, nariz larga, tez trigueña, cejas negras, no del todo arqueadas, cabello rojizo o rubio, levemente ondulado, y presentaba una ligera inclinación el cuello, de modo que su figura no era del todo derecha, y remata su descripción diciendo que era "el vivo retrato de su madre".


 

 EL RETRATO DE JESÚS  (y  III)

 

 

El retrato más conocido generalizado es el contenido en la famosa carta atribuida a un tal Publio Léntulo, presunto gobernador de Jerusalén. De su descripción tardía y devota, en la que se nos lo describe con una abundante cabellera partida en dos, cayéndole sobre los hombros, sacamos que Jesús es un "nazir", o sea, un nazareno, un hombre consagrado a Dios, como Juan el Bautista, su primo y anunciador.

 

La primera generación cristiana, procedente en su mayor parte del judaísmo, no podía tener motivo ni deseo de transmitir una efigie de Jesús, sobre todo por las prescripciones mosaicas, refractarias a representaciones icónicas de cualquier tipo. Por eso las más antiguas figuraciones que nos han llegado de Cristo son en Occidente las de las catacumbas de santa Priscila (II-III siglos) y en Oriente las pinturas bizantinas (IV siglo), ninguna de las cuales reproduce rasgos históricos, sino que dependen exclusivamente de motivos ideales y son creaciones de la “fantasía". Sin embargo hay antiguas leyendas acerca de ese deseado retrato: una de las más conocidas es la del rey Agabo de Edesa. El obispo Ireneo de Lyon, dice que ya en su tiempo era desconocido y no se sabía dónde estaba. Eusebio de Cesarea, también hace una alusión a él. Agustín dijo algo muy interesante: "La imagen de Cristo según la carne varía al infinito y puede suceder que la que nosotros nos formamos diste mucho de la realidad (...). No la conocemos". También surgió en la Edad Media la leyenda de los retratos de Jesús pintados por san Lucas y que en el siglo XIII entroncará con la efigie del velo de la Verónica, del que nos habla el evangelio apócrifo Tradición de Pilato.

 

También se tiene mención de otra estatua colocada en el oratorio de Alejandro Severo, emperador romano (203-235), según el obispo Ireneo, junto a los bustos de Abraham, de Orfeo y de Apolonio de Tiana, gran taumaturgo del siglo I.

 

Las pinturas más antiguas que se conservan, las de las catacumbas de los siglos II y III, representan a Jesús casi siempre bajo los símbolos del pez o del cordero. Algunas veces Jesús es representado como el Buen Pastor. 

 

Pero, de hecho, es la efigie de un adolescente según los cánones del efebo griego, imberbe, con el cabello corto y rizado, llevando a hombros un cordero. En el siglo XII tenemos el Pantocrátor del maestro de Tahull, tan conocido en la Historia del Arte.

 

Se sabe que algunas sectas gnósticas, conservaban juntos retratos de Cristo, Pitágoras y Aristóteles. Un extraño texto del obispo Ireneo dice que el retrato de Jesús provenía de un original debido a Pilato. Parece que se han encontrado dos de estas imágenes. La una, de tierra, representa a Cristo de perfil, como un joven imberbe, con la inscripción Xristos y el pez simbólico. La otra, sobre una especie de medallón, lleva en hebreo el nombre de Jesús y lo representa  con cabellos partidos sobre la frente que le cubren las orejas y le llegan hasta los hombros. Mención especial merece el extraño negativo del famoso "Santo Sudario de Turín".

 

Las características faciales de la figura de la sábana parecen ser las propias de la raza judía: nariz larga y fina, ojos grandes y hundidos, cabellos largos y abundantes, peinados con raya en medio, bigote y barba partida ligeramente en dos, labios finos. Este lienzo muestra huellas que han sido interpretadas como las de un hombre crucificado, flagelado, muerto. Este hombre es alto (1,75 m), de vida itinerante (los músculos de las pantorrillas son muy fuertes), trabajador manual (los músculos de las manos, brazos y hombros, sobre todo el derecho, bien desarrollados). Pero, ¿qué certeza podemos tener de que se trate del "retrato de Jesús"?

 

Me parece que ninguna. Pero, para el creyente interesado en su personalidad, no creo que haya mayor referencia que sus palabras de fe y esperanza, aunque sean traducidas.  Así pues, el mensaje de Jesús sería su retrato más interesante. Recuérdese la norma negativa de la tradición hebrea y la musulmana a representar imágenes. 

 

Parafraseando a San Pablo, podríamos decir que "ahora vemos a Cristo oscuramente, mas un día lo veremos cara a cara ( 1 Cor. 13: 12). Esta cita me parece adecuada para acabar estos artículos.


   SIGNIFICADOS DE  LA CRUZ  (I)

 

 

Dice Antonio Carrera en su obra Simbología oculta de la Cruz: "El símbolo de la Cruz aparece representado en infinidad de monumentos, cerámica, monedas, adornos, pendientes, collares, lápidas, etc., en distintas civilizaciones de la antigüedad. La encontramos en casi todas las culturas como Japón, China, India, Cartago, Troya, Egipto, Babilonia, Asiria, Caldea, Fenicia, Persia, Grecia, Roma...". A pesar de su universalismo el autor reconoce que "el origen de este símbolo —la Cruz— se halla sumergido en las profundidades de los misterios más insondables, de los muchos que rodean a la humanidad".

 

Los estudiosos del tema encuentran dos grandes aspectos en cuanto a su significado: el esotérico, que habla a la perspicacia de los iniciados, y el que está en la mente de todos y que nos viene de la interpretación de la fe cristiana.  

 

Manuel Saurina Mateu, en su Enciclopedia iniciática mínima, nos expone un cuadro con todas las cruces conocidas en las sucesivas culturas y repetidas en cada una de ellas con ligeras variantes, desde la antigua cruz fenicia hasta la cruz de los rosacruces, ya a finales de la Edad Media. En este paréntesis podríamos enmarcar incluso la cruz papal, así como la patriarcal, teniendo en cuenta la cruz ánsata de los egipcios, la antigua tau, la esvástica, la indiana de América y, por supuesto, la cruz latina, que es la que nos da paso al segundo estudio.

 

En el primer esbozo es necesario advertir que los simbolismos están en función de quienes interpretan su descripción. Generalmente se considera la parte inferior como el estrato inferior de la naturaleza humana que se hunde en los instintos, en la tierra, mientras que la parte superior es la que se eleva hacia arriba, como el pensamiento que busca un sentido a la existencia y también soluciones para sus problemas.

 

El travesaño representa las contradicciones que nos asaltan en la vida cotidiana, así como las dificultades y los dolores. Esta visión platónica se podría extractar de la siguiente manera: El alma desciende a la tierra material para ser cualificada y poderse convertir en espíritu. La cruz de Platón está tendida, mas, como dice Saurina, ya con Cristo se levanta con la cabeza en alto.

 

Y con esta alusión entramos en el significado más humanizado de la cruz y que por ello lo vincula con la realidad de cada día, independientemente de las especulaciones de la alta cultura. Para la contemplación de esta cruz cristiana tendríamos que añadir el Inri de su cabezal, conocido de todos: "Jesús Nazareno Rey de los Judíos", que Pilato hizo colocar para orientación de los que entraban y salían por la puerta de la ciudad que conducía al Calvario.

 

    Oigamos lo que dice el carmelita Eusebio Gómez: "La cruz. Cualquier mal o sufrimiento, dolor, fracaso, desventura lo podemos llamar cruz". En efecto, todo el mundo hoy asocia la cruz con esta acepción: el padecimiento, la contrariedad que nos obliga a reflexión acerca de la actitud de Dios ante las pruebas a las que es sometida la humanidad por el hecho de estar en este mundo. Aquí está el gran misterio del cristianismo, por el que se impuso, primero a las grandes masas del Imperio y luego a los patricios romanos, así como a los intelectuales, tan familiarizados éstos últimos con las doctrinas neopitagóricas y neoplatónicas que por entonces pululaban en la cuenca del Mediterráneo. La muerte de Jesús en ella ponía a prueba a los intelectos más recalcitrantes de los dos siglos siguientes.

 

Pero el apóstol Pablo lo había visto con claridad meridiana: Aquella cruz de la infamia significaba una nueva mentalidad, una nueva era en la que ya la miseria humana y los sufrimientos tenían sentido más allá de las doctrinas filosóficas para minorías. A los grandes Misterios de Isis, Mitra, Orfeo, Baco o Eleusis, entre otros, iba a suceder uno solo, con el que sería suficiente para entender por qué y para qué la humanidad sufría. Mas ¿cómo olvidar que el cuerpo humano es también una cruz si nos acordamos de las enfermedades a las que está sometido, así como las torturas que ha sufrido tanta gente en determinadas circunstancias? 


 

   SIGNIFICADOS DE LA CRUZ   (y II)

 

 

Fue el jesuita y paleontólogo francés Teilhard de Chardin el que en El Medio Divino le dio una destacada dimensión al sufrimiento para que éste dejara de ser un signo menos en la cuantía de la evolución. "El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo" (Lc14,27), dice el mismo Jesús.

 

Sin embargo, en el Antiguo Testamento se decía que un condenado a muerte en la cruz debía ser considerado como un “maldito de Dios” (Dt 21,23). Por eso, la cruz era un “escándalo” y un gran impedimento para que el pueblo judío creyese en Jesús como el Mesías (Mc 8, 32). El apóstol Pablo no oculta que la cruz es escándalo para los judíos y necedad para los paganos. Bultmann, el gran teólogo protestante de la línea liberal, nos advierte que: “En la cruz de Cristo ha dicho Dios su juicio sobre el mundo, y a través de él ha abierto el camino de salvación”.

 

Ahora bien, visto el argumento de la cruz desde la modernidad, secularizada a más no poder, nos parece quijotesco y condenado al fracaso, ya que la técnica, la ciencia y el humanismo ateo, agnóstico,  existencialista o marxista, ha realizado el reto prometeico de las revoluciones industriales y sociales.

 

Esto es innegable, pero también se ha de reconocer que ello ha traído un evidente malestar en las inteligencias despiertas que no se resignan al gran vacío. De este modo, el consumismo, la frivolidad, el alcoholismo, la droga, la violencia y la inmoralidad casi institucionalizadas, así como el libertinaje de los instintos jugando con ello a ser un sucedáneo de un sentido decente de la vida. ¿no será todo consecuencia de lo que dijo Nietzsche en La gaya ciencia :"Desde que Dios ha muerto la soledad se ha hecho insoportable"? Muerto filosóficamente se entiende, que no en las conciencias de millones de creyentes que saben muy bien que la cruz es el gran "descubrimiento" del cristianismo, y que mientras que el judaísmo contemporáneo de Jesús esperaba de Él la liberación mesiánica frente a Roma, el Maestro pone el dedo en la llaga del corazón de la Historia.

 

Cinco siglos antes que Jesús, Buda había dicho que la vida es esencial e irremediablemente dolor. La solución budista es el desapego y la frialdad hasta anular el deseo de vivir hasta llegar al nirvana. Así pues, la solución que ofrece el Cristo es la rehumanización de las relaciones de los individuos sellándolas con el Amor.

 

La cruz no es deseada pero sí aceptada como un conocimiento de la realidad cotidiana siempre amenazando desesperación, pero susceptible de aliviar ayudados con la esperanza. La fe cristiana introduce el heroísmo espiritual del hombre de la calle frente a la distancia reflexiva de los filósofos. El sufrimiento es la sabiduría que da solidez moral a un hombre y a una mujer y los hace persona, y los prepara para un nivel superior de sentimientos como criterio ante la vida.

 

Pocas veces se ha dicho que el triunfo del cristianismo se debió, frente a las religiones mágicas del entorno y al judaísmo mesiánico, en la nueva sensibilidad que trajo a la sociedad. Una manera de sentir que arrancaba desde las clases más desfavorecidas con una fuerte dosis de sentido trágico, que se hizo permanente con las persecuciones y la lucha contra la esclavitud. Desde entonces la pobreza y la desigualdad de clases sociales no eran un designio de los dioses sino una deficiencia de la política que había que subsanar; claro está que la evolución de la historia de Europa debido al feudalismo posterior y a las monarquías absolutas no permitieron que los contenidos neotestamentarios de mejoras de las condiciones de vida se cumplieran como debían.  

 

 

Puede parecer que las dos alternativas que ofrece el espíritu cristiano, o sea, el sentimiento trágico de la vida (recordemos el tsunami del sudeste asiático) y la reivindicación de una realidad más habitable en un mundo mejor distribuido y aprovechado, nos pueden chocar y llevarnos decepcionados a la solución budista, pero ésa es la exigencia, el desafío que hay que aceptar.

 

Hay que morir en la cruz, pero también hay que resucitar desde ella, desde la cruz de nuestra ignorancia, que tanto dolor nos cuesta en la vida, incluso enfados y desencuentros con Dios y con el sentido global de la vida.

 


 

   CUANDO EL POEMA SE HACE ORACIÓN

     

 

       No lo tendría fácil un estudioso que buscara en la Literatura Española todas las citas en las que los versos adoptan actitud de plegaria, y como las oraciones cristianas que todos conocemos, se pudiesen convertir en rezo ordinario de los devotos, tales como el Credo de san Atanasio, el Padrenuestro de los Evangelios, de donde también la primera parte del Avemaría,  la Salve de Pedro Mesoro, la décima Bendita sea tu pureza del franciscano Antonio Panes, por poner algunos ejemplos.

 

Pero haciendo una lectura somera de las obras más conocidas, saltará a nuestra vista la acción de gracias que hace el Mio Cid "¡Grado a Ti, Señor Padre, que estás en lo alto"! Más adelante nos encontramos con este pasaje: "Llegó a Sancta María, luego descavalgaba;/ Fincó los hinojos, de corazón rogava./ La oraçión fecha, luego cavalgava". También insta a doña Jimena a que ruegue a Dios para que pueda volver y casar a sus dos hijas. El Libro de Buen Amor  comienza con una oración a Dios. En las Coplas de Jorge Manrique, su padre don Rodrigo se dirige a Cristo con evidente fervor.

 

No hace falta afirmar que toda la literatura medieval está entreverada de expresiones que tienen un significado religioso y las alusiones serían interminables. Como no es mi intención espigar detalladamente todas las ocasiones que se ofrezcan como tales, dedico el articulo a aquellos poemas que me parecen más representativos.

 

A pesar de que el Renacimiento fue mucho más variado en su temática, hubo escritores que tuvieron presente la tradición cristiana de manera muy profunda como Fray Luis de León, san Juan de la Cruz, santa Teresa, el mismo Fernando de Herrera... Exceptuando a Garcilaso de la Vega, todos los poetas rindieron un pequeño o gran vasallaje de sentimiento al motivo de la fe, que tanto calaba entonces en la España Imperial.

 

Pero de todos los autores fue Lope de Vega el que rezó con más poemas propios. Son conocidos algunos sonetos suyos como "¿Qué tengo yo que mi amistad procuras,/qué interés se te sigue, Jesús mío...?".También otro que comienza: "Pastor que con tus silbos amorosos/me despertaste del profundo sueño...", O bien “Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro/ y la cándida víctima levanto…”, entre otras más populares, como los vallancicos y letrillas.

 

Sin embargo, de toda la poemática religiosa de los dos siglos áureos, tenemos que citar como un ejemplo inigualable el célebre soneto "Oración a Jesús Crucificado", de autor lamentablemente anónimo. Rafael Morales en su magnífica Antología de Los 100 mejores poetas de la lírica castellana vacila en su atribución a santa Teresa, a san Francisco Javier, a san Ignacio de Loyola, a fray Pedro de los Reyes, a fray Miguel de Guevara…

 

El valor literario no está solamente en su comunicación religiosa, sino en la estructura maravillosamente cerrada compuesta por paralelismos y justeza expresiva que hacen de este soneto una joya  de la literatura religiosa universal, espécimen de fervor que sintetiza  todo el Barroco hispánico. Pongamos atención a esta estrofa que puede servir de plegaria  a quien la sienta como suya: "No me mueve, mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido,/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte./ Tú me mueves, mi Dios, muéveme el verte/ clavado en una cruz y escarnecido;/múeveme ver tu cuerpo tan herido;/muévenme tus afrentas y tu muerte./ Muéveme, en fin, tu amor de tal manera,/ que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/y aunque no hubiera infierno, te temiera./ No me tienes que dar porque te quiere;/ pues aunque lo que espero no esperara,/lo mismo que te quiero te quisiera". Fíjese bien el lector en la cuantía del ritmo y la hondura del contenido de sus versos y se dará cuenta de que hay en ellos todo un compendio, no sólo de fe cristiana sino también de estilística, que es lo que realmente perseguimos en el artículo con anáforas y paralelismos, así como el juego de los verbos en modo subjuntivo.

 

Y con el ánimo conmovido por la expresión literaria de este privilegiado soneto que a tantas generaciones de la cultura hispanoamericana ha llamado la atención, estamos preparados para entrar en el próximo artículo en el realismo de la imaginería barroca, en lo referente a su intención catequística por medio de los sentidos y el sentimiento.


 

  VIERNES SANTO

 

 

VIERNES -dies veneris-, "día de Venus" en el calendario romano, como todos sabe­mos. Joan Corominas, en su diccionario etimológico de la lengua castellana, la docu­menta en 1219. Otro vocablo derivado de esta palabra es "Venera", en concreto del latín "Ve­neria", especie de concha, así llamada por la concha en que se pinta a la diosa Venus al salir de las aguas, en un cuadro de Botticelli.

 

Sin embargo, recuerdo haber leído otra etimología —no puedo precisar ahora en qué texto— la cual le da a Dies Veneris el siguiente significado: "Día de la veneración". El autor la citaba indicando con ello la fuerza del espíritu religioso sobre cualquier otra interpretación.

 

La tradición ha admitido el viernes como día de la muerte de Jesús. Sin embargo, ha habido algún autor que ha sostenido la tesis de la muerte del Nazareno acontecida en martes. Él afirmaba en su tesis que en un viernes no se po­día colgar a un reo en la cruz puesto que apare­cería aún vivo en el sabbat, día de descanso de los judíos, y más aún un sabbat como aquel, vís­pera de fiesta de la Pascua. Era una norma existente en el Talmud de Babilonia, pág. 32, que lo prohibía.

Según él el viernes fue elegido para yuxtapo­ner a la fiesta pagana y carnal de Venus la crucifixión de Jesús, indicativo de la abolición de viejos tiempos por tiempos nuevos. ¡Pero quienes crucificaban eran los romanos y ellos no enten­dían de estas sutilezas hebreas! Así que esta interpretación está fuera de contexto y nos quedamos con la que dan los textos canónicos y ha mantenido la tradición cristiana.

 

A partir de entonces la importancia del Vier­nes Santo en el mundo cristiano ha sido decisi­va. ¿Influiría esa importancia para que el Islam lo tomara como día santo? (No se olvide el respeto que hay en el Corán por Jesús y su Madre. Suras III y XIX). Mahoma tuvo en su juventud un maestro cristiano nestoriano (Nestorio consideraba que en Jesús había dos naturalezas y dos personas y que su Madre había sido solamente madre de la naturaleza humana> frente a la Iglesia que reco­nocía en Jesús dos naturalezas en una sola per­sona, y que María era madre de ambas, la hu­mana y la divina).Todo esto revalida la tesis de la muerte en día de viernes.

 

Por tanto, ese día se convirtió en el pilar de la civilización cristiana. Marcó un antes y un des­pués, si bien esta demarcación histórica no ten­dría efectos sociales sino después del Concilio de Nicea (a. 325). Que la Didaché —documento ca­tequético y litúrgico del cristianismo primitivo— ­nos narre que los primeros cristianos celebra­ban el domingo como fiesta en la que se reunían al amanecer para elevar sus preces a Dios, no es nada extraño, ya que este día fue considerado nuncio de la resurrección.

 


 

MARÍA, MADRE DE JESÚS, EN LA RESURRECCIÓN

 

 

Mientras que en los evangelios canónicos se nos refiere que fue a Ma­ría Magdalena a quien Jesús se apa­reció una vez resucitado, en los apócrifos es su Madre la que aparece como primera tes­tigo de ese hecho, del mismo modo que en los sinópticos las mujeres miran "de lejos" la crucifixión, mientras que en san Juan 19, 25 María está junto a la cruz, como es­cribió Jacopone da Todi en su famoso Sta­bat Mater.

 

Uno de los escollos de creyentes en Jesús como enviado de Dios y portador de un mensaje de fe y esperanza en la otra vida, está en su resurrección. Ade­más de los textos canónicos, que ya conoce­mos, sería de gran interés aportar datos extraídos de evangelios no bien conocidos en Occidente cuando la Iglesia de Roma se consolidaba. De modo muy sintético, expo­nemos ciertos rasgos que no van a pasar de­sapercibidos.

 

Orígenes (185-254), famoso teólogo cris­tiano de Egipto, que murió mártir, conside­raba el Evangelio de los Doce apóstoles co­mo uno de los más antiguos evangelios co­nocidos, incluso anterior incluso al de Lucas actual.

En él María exclama ante su Hijo resuci­tado: "¡Maestro! ¡Mi Señor y mi Dios! ¡Hijo mío! Has resucitado, has resucitado de verdad...". Y quería besarle. Pero él se lo im­pidió y le rogó, diciendo: "Madre, no me to­ques. Espera un poco... No es posible que nada carnal me toque hasta que yo vaya al cielo. Sin embargo, este cuerpo es con el que pasé nueve meses en tu seno. Sabe es­tas cosas, Madre mía, sabe que soy yo a quien tú alimentaste. No dudes de que yo soy tu hijo. Soy yo quien te ha dejado en ma­nos de Juan cuando yo estaba colgado de la cruz. Ahora, Madre mía, apresúrate en ad­vertir a mis hermanos y decírselo...”. (Fragmento 14). Esa expresión de Jesús prohibiendo a su madre que no lo toque, ha hecho pensar a más de un teósofo como a más de un gnóstico que su resurrección se manifestó en cuerpo astral, un cuerpo astral que servía de envoltura provisional al cuerpo definitivamente espiritual con el que ascendería a la dimensión que llamaríamos poéticamente celestial, o dicho religiosamente, al Padre.

 

Si lo comparamos con el Evangelio de San Juan, en el versículo capítulo XX, Jesús da la misma orden, pero en este caso a Ma­ría de Magdala. El sentido de ambos textos es el mismo y solamente cambia la interlo­cutora del Maestro resucitado. También en los de Marcos y de Mateo se trata de María de Magdala.

Tomemos ahora el Evangelio de Bartolo­mé. Estamos ante el sepulcro la mañana de la resurrección. María escucha la voz de una persona que le dice: "¡María! ¡Madre del Hijo de Dios!". Y María, que conocía esa voz, dice: "¡Maestro! ¡Hijo de Dios Todopo­deroso!... ¡Mi Señor y mi hijo!". Pero Jesús no para aquí su llamada y continúa: "¡Salud a ti, madre mía, mi arca santa. Ve a mis her­manos para decirles que he resucitado de entre los muertos". (2° Fragmento).

 

En el llamado Evangelio de Gamaliel Ma­ría se dirige a un desconocido, al que supo­ne el hortelano, como en los textos canóni­cos, y le dice entre otras palabras: "Señor: esto es lo que me entristece, porque en esa tumba no he encontrado el cuerpo de mi hi­jo bienamado, para llorar sobre él, lo que habría consolado mi tristeza... Y ahora, si sois el guardián de este huerto, os conjuro a que me informéis...". Jesús le responde en­tonces: "María, ya has derramado bastan­tes lágrimas hasta ahora... Mírame el ros­tro, madre mía, para convencerte de que soy tu hijo...". Ella le dice: "Entonces has re­sucitado, oh mi señor y mi hijo...". (Extrac­tos).

 

Todos estos manuscritos forman parte de lo que se ha dado en llamar los apócrifos etíopes; como todos los demás de estas ca­racterísticas, proceden de un viejo fondo primitivo que custodiaban celosamente los cristianos coptos de Egipto y Abisinia, pero tal hallazgo nos llama fuertemente la aten­ción, de manera que con estos textos saca­dos del olvido, la fibra emocional del cre­yente se conmueve, cuando todavía suenan los ecos de la Semana Santa en la calle, que con­memora la Pasión del personaje que más ha influido en la Historia y cuyas enseñanzas hicieron el mundo mejor liberando al esclavo de sus cadenas, humanizando las condiciones de vida y limando la crueldad de ciertos poderes políticos, al menos en teoría; otra cosa es que no lo llevaran a cabo los que manipulaban ese poder. Los cátaros, hace mil años, no creyeron en la resurrección carnal de Jesús, ya que para ellos la materia era obra del Mal, de un demiurgo inferior. Eran por tanto, maniqueos. Con eso se oponían al Dios bíblico, hacedor del universo; pero es ésa una cuestión más profunda y este artículo escrito para un periódico no entra en tal debate. No se ha de olvidar que los gnósticos ofitas también afirmaban que el demiurgo era una potencia deficiente que rebajaba al nivel de la materia su obra creadora.


 

 


 

           EL REINO INVISIBLE

                     

 

 El reino de Dios está dentro de vosotros.

                                           Lucas, 17, 20-25


      

 


                  ¿CULTO A LOS MUERTOS?

 

Se sabe que el enterramiento de los muertos fue uno de los primeros rasgos de los varios que caracterizaron los albores del homínido, en esa curiosa transición a la humanidad tal y como la conocemos hoy. ¿Qué sentimiento motivó este acto entrañable, amén de los de continua y sangrienta hostilidad entre tribus e individuos? Tratados innumerables de sociología se han escrito para desentrañar tal incógnita, que es, junto al amor y la paternidad, el anuncio de una madurez propiciadora de la civilización.

 

A todos se nos viene a la mente un clásico famoso del tema. Se trata del Libro egipcio de los muertos. Es un conjunto de papiros en los que se conservan los ritos funerarios de los antiguos egipcios. El cuerpo del volumen es un vasto monólogo que el difunto se dirige a sí mismo como a las entidades supraterrenales. Aquí no entraremos en detalles. Seguiremos con la intención que nos lleva, como dice el título del artículo, a preguntarnos si en ese acto piadoso hacia los muertos hay efectivamente un culto de negación a perder el difunto o bien una convicción de que el difunto exhala un alma que vive en otra dimensión. La obra anteriormente citada opta por esta última creencia.

Pero esto no ocurre así en muchos dolientes a los que vemos en ida y venida al cementerio como si velando los restos de un difunto propio continuaran poseyéndolo. Sabido es que en otras civilizaciones los familiares van al camposanto como a un romería llevando frutos como si el fallecido participara de ese esfuerzo de los vivos para negar la muerte. Tenemos el caso de ciertas costumbres mexicanas vistas en reportajes de televisión, y que no son las únicas. Evidentemente hay un residuo pagano en esta actitud que subsiste en las almas que no han meditado sobre la utilidad de esa ceremonia, que nada tiene que ver con la misa católica, consciente ésta de que se pide por el alma del difunto, con el fin de que encuentre en su viaje por el trasmundo, mediante la misericordia divina, ánimas benditas que le ayuden en su itinerario hacia la Luz definitiva, la Conciencia Universal, como es el caso de lo que se dice en el Libro egipcio de los muertos.

Que el protestantismo niegue la inutilidad de las oraciones por los difuntos no reduce en nada el deseo de un doliente protestante en lo que se refiere a anhelar para su fallecido un descanso eterno en el seno de Dios.

Incluso una iglesia de índole intelectual como es la Iglesia Católica Liberal, nacida de la reforma de los viejos católicos, y tan próxima a la Teosofía, considera positiva la oración por un ser querido que se pierde en las brumas de lo trascendente. Si analizamos desde el punto de vista humano esta íntima aspiración, comprendemos que ello es consustancial a la condición humana. El rito de las preces (y en el caso católico, el sacrificio de la Misa), es una etapa reflexiva y superior al primitivo culto a los muertos, que, a pesar de su folclorismo en ciertos lugares, denota un reiterado intento a no renunciar a la pérdida de los seres amados. De este amor ha nacido la fe en que de una u otra manera "no todo se pierde", como dice el tópico popular, y el realismo pragmático de la incredulidad o la indiferencia es una ruptura que hoy mantiene todavía el agnosticismo con ese hilo conductor que empieza en nuestro sentimiento de doliente y acaba en el Misterio de la unidad eterna y final del Amor.


DÓNDE ESTÁN NUESTROS DIFUNTOS? 

 

En la pluralidad de opiniones que caracteriza actualmente a nuestra sociedad, esta pregunta puede tener más de una respuesta. Más de dos o más respuestas habría que decir. En conjunto, la sociedad española se inclina por la creencia de que nuestros difuntos están en uno de los tres estados —que no sitios— que la religión católica ha definido dogmáticamente y que el presbítero Enrique Pardo Fuster expone en un libro, relativamente reciente, titulado La vida en el más allá.

             

     Los tres estados—infierno, purgatorio y gloria—, que el protestantismo reduce a dos eliminando el purgatorio (sin tener en cuenta aquellas palabras dichas por Jesús en Mateo, 5, 26: "De allí no saldrás hasta que no hayas pagado el último céntimo", metáfora elocuentísima que da esperanza para concebir el segundo estado), son perfectamente correlativos y están en consonancia con la lógica de la vida en la escala de maldades y bondades. Otro ejemplo (Mateo, 18,30), que también puede servir para conjeturar la existencia del purgatorio (contra la negación protestante): "Y le hizo encerrar en la prisión hasta que pagara la deuda". (Mateo 18: 21-35)

    En el mundo clásico, que es como decir en las religiones de las culturas mediterráneas, existía el Amenti egipcio, el Hades griego y el sheol hebreo. Era un estado en que las almas vagaban por valles tristes o siniestros, dependiendo de la experiencia acumulada por ella en la tierra. Incluso se admitía un estado de alma deambulando sin norte por las tinieblas de la inconsciencia. Para las más elevadas estaban los Campos Elíseos, en los que una mayor lucidez y una pureza de costumbres adquiridas y mantenidas en la existencia terrena, le propiciaban una cierta proximidad a la vida de los dioses. Y me pregunto: ¿Podríamos en el cristianismo traducir por escalas angélicas?. En algunos casos, para tocar estas alturas gloriosas se necesitaba la llamada iniciación, llevada a cabo a través de diversos rituales que facilitaban a los aspirantes el paso a un nivel mayor de espiritualidad.

    Por supuesto que la reencarnación era una creencia común en todos esos pueblos en el Mundo Antiguo. En Mateo, 16, 13-14 y en Marcos, 8, 27-28 pregunta Jesús: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” Ellos contestaron: "Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o algunos de los profetas".

    Esto, claro, independientemente de que Jesús estuviera o no de acuerdo con esa especulación de sus interpelados, reproduce a las claras cómo este tema estaba candente en la sociedad de entonces.

    La Teosofía ha tratado este tema con máxima escrupulosidad y en las obras de Arthur Powell el mencionado asunto está expuesto con lujo de detalles; ahora bien, la estratificación del peregrinaje del alma hacia otras regiones coincide con la mostrada por la Iglesia, con la diferencia de la terminología.

 

    Sea como fuere, todas las iglesias y doctrinas pitagóricas dan una esperanza frente al atomismo. El atomismo de Leucipo, Demócrito, Epicuro y Lucrecio argumentaba que estamos compuestos de átomos y que éstos perecen todos después de la muerte. Modernamente el biólogo francés Jacques Monod renovaba esta teoría apoyándose en el evolucionismo. Pero, ¿hemos de perder la esperanza en la inmortalidad de nuestros difuntos? En el próximo artículo continuaremos dilucidando este tema que nos concierne a todos.

              


  ¿DÓNDE ESTÁN NUESTROS DIFUNTOS?  (y II)

 

Escribía el poeta mexicano Amado Nervo: "No todos los muertos contemplan a Dios./ ¿Tú piensas que basta morir para ver/ ese gran misterio del que vas en pos?". Incluso una lógica de para andar por casa nos asegura que quien en vida no tiene interés por los niveles superiores e intuitivos del espíritu, después de muerto tendrá conciencia solamente de lo que se ha llevado de su existencia temporal. Quien haya vivido de frivolidades, ambiciones, gulas, avaricia, lujuria, envidia, crímenes y otras pasiones vinculantes a la tierra, en el despertar de su conciencia postmortem sentirá como en un umbral de intenciones esa apetencia que las religiones han insertado en infierno (etimológicamente `lugares bajos`) y purgatorio para quienes han experimentado en vida periódicas o definitivas ansias de cambio de conducta. La Doctrina Secreta  habla de siete planos. Hay un libro escalofriante  (por lo que tiene de detalles minuciosos en su descripción) de Arthur Powell titulado El plano astral, en que se da una narración detallada de estas postrimerías.

La mentalidad popular tiende a apelar a la misericordia divina para quienes ni siquiera creían en una vida trascendente o para quienes cifraban todos sus intereses en este mundo. Pues bien, ni incluso las personas de buena conducta que sienten desvelos por los suyos, como los casos dramáticos de madres y padres que se angustian por el porvenir de los hijos que dejan en el mundo, encuentran "la paz del Señor", según frase bíblica, a menos que las vibraciones espirituales se vayan aflojando hasta quedar desvinculadas de la memoria de lo terreno.

Si echamos mano a un libro titulado Los muertos nos hablan del sacerdote francés François Brune (podríamos consultar muchos libros más, por ejemplo los que cita Brune al final de su obra), nos percataremos de cómo los muertos, en una primera etapa después de su defunción, no abandonan nuestro entorno y, merced a unos poderes espirituales que se manifiestan en la otra dimensión, tienen capacidad de revelar síntomas de supervivencia desde su nuevo estado, y que el cura y teólogo galo testimonia honestamente, según él, con grabación de voces de difuntos en cinta magnética, filmación de vídeo del más allá, así como otros fenómenos que la parapsicología usual ya ha tipificado como si fueran "temas clásicos" del asunto.

Este libro, como otros que tratan de esta delicada y fascinante materia, tiene una visión positiva de nuestro viaje a la otra orilla. Brune no cree en la reencarnación y cifra toda su esperanza en la presencia de un Ser luminoso tras el adentramiento de una “zona” en la que lo que había en nuestra vida temporal de profundo, limpio y noble se desarrolla debido a un clima propicio que pone a prueba, por otra parte, lo que de espiritual hemos sido capaces de acumular aquí. En suma, nos llevamos al más allá lo que hemos acumulado en nuestro haber de experiencias decisivas.

¿Dónde están nuestros difuntos, a tenor de esta teoría nada descabellada, sino por lo contrario, sensata y alentadora, si aceptamos que en nuestra insondable intimidad hay potencialidades de las que no somos conscientes y de las que la llamada "ciencia extrasensorial" nos pone hoy en sobreaviso?

 

Si, como decía el poeta modernista, no todos los muertos han llegado a contemplar a Dios (o sea, participar de la amplitud del conocimiento en pos de la Verdad, del amor universal y la sed de Vida eterna), ¿qué podemos hacer por ellos para que se acerquen a esa órbita privilegiada? La Iglesia católica aconseja el rezo por sus almas, como si la concentración de nuestra mente y la invocación a Dios y a sus  potencias intermediarias pudieran ayudar a quienes lo esperan en el reino invisible. Después de todo, ¿no es una esperanza?

 

¿Y QUÉ HAY DESPUÉS?  (I)

 

Parece que nuestra negativa a perder a nuestros difuntos nos impeliese imperiosamente a rezar por ellos; incluso, como en el caso de los distintos esoterismos, a creer que están en planos de la mente muy superiores a los de la tierra, interferida nuestra mente en tal caso por las necesidades inexorables del cuerpo. 

Estamos acostumbrados a una visión simplista del más allá y nos imaginamos a las almas de los desencarnados como ascendiendo entre nimbos soleados de cuadros del arte Barroco. Sin embargo, la percepción de los videntes nos proporcionan con más sensatez un proceso complejo que reseñaremos brevemente, por lo que tiene de curioso y, para algunos, tal vez de pintoresco. Dice la Enciclopedia iniciática mínima de M. Saurina Mateu que la muerte aparece como un progresivo abandono de los principios que lo animan: cuerpos etérico y astral. Los sentidos se van perdiendo lentamente desde el de la vista, que es el primero hasta el oído, que es el último. La energía vital se retira de los nervios psíquicos hasta desaparecer por la coronilla, la respiración cesa y la vida se extingue.

Aunque el organismo físico esté clínicamente muerto (y aun enterrado), la conciencia y el cuerpo vital siguen unidos a él mediante el llamado "cordón plateado". Por su parte, Javier Parra Alvarez, en su obra La reencarnación, dice que, según la tradición iniciática, durante tres días el espíritu del fallecido puede visitar todos los puntos de la tierra que desee visitar. Puede acompañar incluso a su propio cortejo fúnebre, como acontece con frecuencia. Puede aparecerse asimismo, sea en sueños, sea en estado de vigilia, a algunos de sus familiares.

 

Es entonces cuando, tras la pérdida progresiva de las sensaciones corporales, nuestro cuerpo mental funciona exclusivamente con los deseos, que vinculan al difunto con los referentes del mundo que ha dejado. Tiene que acostumbrarse —en algunos casos con grandes dificultades y sufrimientos, debido al arraigo que haya tenido con los objetos de sus pasiones terrenales— al plano llamado astral, constituido por una materia mucha más fluida que la física, en la que se ha de desenvolver la voluntad en una ardua transición.

 

No podemos pormenorizar aquí esos detalles que los videntes y místicos han revelado acerca del más allá. Por supuesto que yo no reaccionaría como un escéptico. ¡Hay tantas cosas que ignoramos!... De cualquier modo, es una visión moderadamente racional, legitimada por un común denominador: no podemos en "la otra dimensión" aspirar a un estado de paz y deleite en intuiciones elevadas si no las hemos deseado y esbozado en nuestras intenciones terrenales. Dios se convertiría entonces en un ser justo que nos da a cada uno lo que merecemos por una ley ínsita de causa y efecto.  Los siete subplanos de los deseos que nos atan al mundo —el plano astral,  infierno en su parte ínfima y purgatorio en la más alta— deben de estar "superpoblados" ya que toda la Humanidad iría destinada a esos "lugares inmateriales", o sea, estados de conciencia. Tan sólo la gente de pureza de corazón y nobles ideales desinteresados optarían al plano mental o celestial de los siete subplanos en los que la jerarquía angélica deja traslucir —de más a menos en la escala— la magnificencia de un Dios inaccesible en su núcleo divino a cuyo entorno sí estamos llamados en cuanto seamos almas aspirantes a ello. He dicho entorno si nos atenemos a la teodicea del filósofo alemán G.W.Leibniz en cuya obra el autor distingue lo que es ínsitamente divino, que lo goza solamente la divinidad —ad intra—. de lo que está en su alrededor, digámoslo así, y que se llama ad extra.

 

Se preguntará el lector: ¿Para siempre ese estado  de ida y venida como un ciclo de reencarnación-muerte-reencarnación en un peregrinaje por tantísimas vidas hasta no tener necesidad de renacer en la tierra por haber alcanzado la iluminación como el Buda?  La tradición iniciática está de acuerdo con ella. No se olvide que hasta el Concilio de Constantinopla del año 553 la Iglesia no la anatematizó. Hettie-Henriette Vedrine en su obra La Reencarnación y la vida eterna trae a colación citas de las sagradas escrituras y, de una manera especial, expone que Orígenes, padre de la Iglesia naciente, deja entrever su adhesión. Sin embargo, no olvidemos que los cristianos gnósticos —que eran creyentes ilustrados de educación griega— hicieron la siguiente consideración ya en los siglos II-III: "Pues bien, desde la venida del Salvador Jesús, la reencarnación ha cesado y se predica la fe en la remisión de los pecados...". Hipólito de Roma,  Refutación de las herejías, VIII, 10.

La Iglesia, como se ve, no acepta que esos estados de conciencia sean transitorios, sino definitivos, a no ser su carácter de estado purgativo en quienes lo necesiten para la posterior visión beatífica, que no sería igual en todos los afortunados, sino que este privilegio tendría gradaciones en razón del nivel de santidad alcanzado en vida. Las palabras del cristiano gnóstico citadas por el obispo Hipólito darían apoyo a la Iglesia en su lucha contra los reencarnacionistas posteriormente, a pesar de que el episcopo las registró como denuncia a los que se habían desviado.

Se advierte que esta exposición a grandes líneas se autolimita y prescinde de rasgos minuciosos, que son importantísimos. Nuestra estancia en el mundo astral —el purgatorio del catolicismo, el Amenti egipcio, el Hades griego, el Sheol hebreo— depende de las vibraciones con las que hayamos sobrecargado a nuestra mente en la vida temporal. Por eso la Iglesia, que sabía mucho de esto por las visiones de sus místicos, aconsejaba la vida ascética. Con ello el creyente se libraba de este plano astral y pasaba, después de su óbito, a un plano que la tradición iniciática llama el plano mental, compuesto de siete subplanos, en razón de la vocación en la tierra del alma, ya purificada.

Las grandes ideas desinteresadas que mueven la evolución—el amor a la familia, la religión, el afán de ayudar a la humanidad y la cultura en todas sus manifestaciones— constituyen cuatro de los siete subplanos, los inferiores. En parte, es lo que las religiones llaman la vida celestial. Los otros tres, superiores, son para los místicos profundos, que han superado sus deudas psicológicas con los planos físicos, astrales y mentales inferiores. Son los subplanos que el Budismo llama Nirvana y la Iglesia describe como la Gloria, la máxima aproximación a lo divino.

          

   ¿Y QUÉ HAY DESPUÉS? (y II)

 

Lo cierto es que —para mi parecer— lo que no cabe, si aceptamos la inmortalidad del alma o como se llame, es pensar que Dios tenga predeterminado quién se salvará o condenará, como decía el calvinismo. La doctrina reencarnacionista nos lo pone duro, pues en esta vida estamos laborando nuestro después y nuestra futura reencarnación con todas sus consecuencias negativas o positivas, según nuestra conducta. La Iglesia confiará, en última instancia, en la misericordia divina. Que el lector medite. ¿No merece la pena?

                    


    LA MUERTE Y LA MODERNIDAD

 

La frivolidad del mundo contemporáneo animada por los medios de comunicación de la imagen televisiva y el cine han condicionado ciertas actitudes ante la vida. En otra época solamente teníamos la radio. Los entierros eran de carruajes de fúnebre pomposidad y la habitación donde permanecía el difunto era desnudada de cuadros y cortinajes, con pequeño altar funerario a un lado o enfrente del cadáver, velatorio y luego largos lutos...

 

    Eran años de carestía, de fiado en las tiendas, de remiendos y diteros. La visión de la vida estaba a tenor de como se vivía. Parece que el sufrimiento y la lucha ante los obstáculos propicia una concepción dramática de nuestro vivir, incluso marca con un sello de experiencia trágica ante la que no vale para nada una fe ingenua en la providencia del buen Dios sino que más bien se da el fenómeno contrario, como en el soneto de Blas de Otero, el gran poeta lírico de la España de posguerra ("Basta. Termina, oh Dios de malmatarnos./O sí o no, déjanos precipitarnos/sobre Ti...").

 

En resumen, lo que vengo a decir es que las épocas moldean a las grandes masas como les es conveniente a los timoneles de la publicidad del momento. Ese demiurgo de las conveniencias empieza siendo el Tiempo mismo con sus crisis espirituales; luego vienen los dirigentes avispados —políticos, cineastas, escritores, filósofos a ras de moda, artistas, modistos...— y entre todos, como en una rentable complicidad, determinan qué debe creer la gente, cómo debe comportarse, cómo se debe vestir, cómo hay que divertirse, qué se debe ver en las pantallas, la pequeña y la grande...

 

La muerte se ha convertido en el trámite de desaparición legal de un cuerpo sin vida. Ya no tiene, por lo menos, digamos que en amplios sectores de las muchedumbres, aquel trance patético que transformaba las vidas interiores de muchos dolientes. A juzgar por estas impresiones me pregunto: ¿Es que somos tan creyentes en el más allá hasta el punto de no darle importancia a esa estremecedora postrimería? Por supuesto que esta interrogación no es la apropiada para nuestra época, para nuestro consumidor y acomodado Occidente que opta por un epicureísmo simplista, un irrenunciable disfrute que inspira en el subconsciente colectivo la idea de que goce y éxito son las dos consignas de la actualidad y se ríe de que "se están perdiendo los valores espirituales y morales".¿Se oye en la televisión comentarios  en torno a esos valores que han regido durante siglos la vida, o más bien se nos ametralla la atención con los dimes y diretes de gente que no aporta testimonios constructivos y aparece envuelta en anécdotas a menudo de dudosa moralidad o nula utllidad? En una sociedad como ésta la muerte es un tema tabú al que ni siquiera se debe aludir.

No es de extrañar que la muerte de un ser querido,  como lo son todos los muertos para sus dolientes, tenga en nuestros tiempos de tanto ajetreo, de mucha agitación frívola, de confort y ligereza de ideas una resonancia fácilmente neutralizable.

Cuando una sociedad carece de vida interior, se ha embotado y ya vive al día llegando a la desustancialización, a lo impersonal y a la pérdida de la propia estima.

El poeta Constantino Cavafis esperaba a que vinieran los bárbaros otra vez... ¡Pero los bárbaros ya están aquí llenando los cines, los televisores, la vida pública y los supermercados, señor Cavafis!


 DE NAZARET/NAZARENO

        

De todos es sabido, por los evangelios canónicos, que Jesús vivió en Nazaret antes del último periodo de su vida itinerante y de sus estancias en Jerusalén, ciudad santa en la que muere. Pero en Mateo, 2, 23 aparece lo siguiente. "Será llamado nazareno". Y esta denominación ya no es exactamente geográfica —que sería nazaretano—, sino a una opción espiritual que viene desde muchos años antes de que Nazaret apareciese en la geografía palestinense.

 

En la Biblia —en Números, 6— consta la Ley del nazareato. Ya sabemos, a grandes líneas, qué condiciones exigía tal ley para el voto de consagración a Yavé. Sansón y Samuel, por ejemplo, fueron nazarenos. Normas vinculables al comportamiento de Jesús serían: no tomar vino, no acercarse a cadáver alguno y no cortarse el cabello. Conocemos la queja de Jesús, criticado por los fariseos porque "comía y bebía", como caso diferente de Juan el bautista, que cumplía con rigor las normas nazarenas y también hallaba oposición entre los mismos adversarios. Jesús también se acerca a más de un cadáver para resucitarlo. El rasgo de la cabellera lo hemos dejado para el artículo El retrato de Jesús. Se puede pensar, ante la presunta infracción del Nazareno, que en algún momento de su vida, o bien cumplió el tiempo dedicado a este voto. o bien lo rescindió mediante los sacrificios ordenados por la ley.

 

Otras fuentes, tal como en la Doctrina Secreta, el nazareato se remonta a una época anterior al mismo Moisés. Se originó en Galilea. Era allí donde se adoraba al verdadero Dios monoteísta frente a la dispersión idolátrica de los pueblos circundantes y, en concreto, en una ciudad llamada Nazara, de donde Nazaret, pero la significación del vocablo nació del mismo sentido anterior: Consagración a Dios, a un Dios único. En esa ciudad estaba el foco religioso más depurado de cuantos pululaban por la Judea de entonces. De ahí el orgullo que tenían los galileos. Fue allí donde hubo mayor resistencia a Roma, hasta el punto de que, una vez conquistada por Pompeyo, el Senado romano la sojuzgó humillándola y haciendo de sus habitantes esclavos del César. Hay una estrecha relación entre nazarenos y esenios. Pero una cuestión interesante y peliaguda es la de que Jesús se desgajó del grupo de los nazares de su primo Juan y constituyó el suyo, el de los nazarenos, de una fe más abierta y universalista, y menos vinculada a las cerradas tradiciones de los judíos radicales como fariseos y zelotes nacionalistas; incluso se apartó también de los mismos esenios.

No era menos de esperar de quien trajo un mensaje de Amor que superaba la Ley de Moisés — véase Gálatas 4 y 5—, y que halló la más lúcida interpretación en el apóstol Pablo.

Por lo tanto, nazaretano y nazareno son dos denominaciones dadas a Jesús. Mientras que la primera es un gentilicio, la segunda, la de Jesús Nazareno, es la que define la orientación religiosa del Maestro  y es, después de Jesús crucificado, la más conocida de las advocaciones que jalonan tanto la devoción de culto interno como la pública de las cofradías.


ISRAEL, PUEBLO ELEGIDO

 

Quien haya seguido, aunque sea fugazmente, la trayectoria del pueblo hebreo por la Historia, sonreirá por este calificativo que siempre lo ha acompañado, ya que le puede parecer irónico, si tenemos en cuenta las persecuciones y los escarnios a que ha sido sometido. El antisemitismo no arranca desde la oposición del cristianismo como movimiento religioso opuesto o bien alternativo al judaísmo, sino que ya lo vemos como una realidad en el cautiverio de Babilonia, sin contar con las guerras anteriores llevadas a cabos por los reyes de Israel, desde Saúl y David, contra los pueblos del entorno. Dos características han configurado la singularidad del pueblo judío: sentirse elegido por Yavé como pueblo distinto de los conglomerados étnicos árabes desde Abraham y la aspiración a ser un pueblo fiel a su Dios, el Dios único según los hebreos. Al contrario de las demás culturas, la hebrea no ha sido proselitista  nunca, sino lo contrario, endógena; pero su autovaloración ha estado justificada desde el punto de vista de la moral y las costumbres, que han entretejido una sólida tradición y única en el Medio Oriente durante siglos y en nuestro Occidente después.

Hay un libro de factura divulgativa titulado Israel, pueblo contacto, del ex jesuita Salvador Freixedo, digno de una atenta lectura. En él Freixedo, sin poder ocultar su admiración por las cualidades intelectuales de los israelitas, expone las vicisitudes por las que ha pasado un pueblo en permanente desgarro desde Egipto hasta el famoso Holocausto nazi, pasando por sucesivos acosos y horribles masacres. Es tópico decir que se le ha perseguido por ser el pueblo deicida. Según Freixedo, se le ha importunado —y se ha intentado exterminar— temiéndole a su inteligencia privilegiada, al menos en un gran número de sus individuos. Freixedo, como  muchos autores a los que él cita y de los que da cumplida bibliografía, destaca un hecho extraño: Los israelitas han tenido contacto psíquico con entidades que se han dado en llamar de manera, digamos que provisional y divulgativamente, "extraterrestres", no porque vengan de otras galaxias, como en frase hecha se dice, sino porque surgen de dimensiones desconocidas aún por los científicos.

Estas vinculaciones mentales potencian la capacidad de los individuos desde la profecía hasta la taumaturgia y demás poderes parapsicológicos. Ahora bien, generalmente la inteligencia judía no conlleva siempre esas peculiaridades, pero sí ha dado muestras de excepcionales dotes intelectuales.

 

Hay un libro de Giovanni Papini titulado Gog en el que un hebreo, Benrubi, demuestra a Gog que toda "la modernidad" (y con ello la crítica a la cultura greco-romano-cristiana) ha sido obra de hebreos: Marx, Freud, Lombroso, Weininger, Trotsky, Einstein, Nordau, por citar a los más conocidos por el gran público.

 

Pero fue Nietzsche, precisamente, quien subrayó en su obra Más allá del bien y del mal, parágrafo 250 y siguientes (Alianza editorial), que nuestro Occidente le debe a los judíos lo que hoy hace agua por todas partes:la Moral. Tanto el monoteísmo religioso como la ética de los hebreos han sido la base de nuestra cultura occidental. Y yo creo que no será fácil desentendernos ni de esa moral ni de esa fe, ya que son, junto con la cultura y la ciencia, dos grandes descubrimientos humanos  en el orden del espíritu.

 

       


   MÉDIUMS Y PARAPSICOLOGÍA

 

Nos parece contradictorio que en un pueblo excepcionalmente dotado de inteligencia como el hebreo para ejercer poderes extrasensoriales, Moisés prohibiera rigurosamente la magia. Él, que venía de Egipto, tierra donde la magia tenía un gran cultivo, prohibía esa llamada ciencia oculta, sobre todo, "consultar a los muertos". Y esto es lo que hace el médium: mediar entre los muertos y los vivos.

Por otra parte, se tiene de la magia —viene del sánscrito Mag, grande— un sentido peyorativo, cuando realmente significa Alma o Espíritu, según todos los libros autorizados en que podemos corroborarlo. Por ejemplo, Mahatma acompaña a Gandhi para significar que tiene un alma grande. No se trata de hechicerías ni trucos. Pues bien, todos los fenómenos que se dan en ese espectro que va desde la profecía hasta evocar el alma de un difunto, pasando por la resurrección de un cadáver, se llevan a cabo gracias a que el que lo hace tiene "poderes"; tiene, en concreto, un espíritu desarrollado hasta el extremo de dominar la materia, o sea el conjunto de vibraciones de que están compuestas gradualmente las dimensiones densas de nuestra realidad visible y tangible —tres en concreto—, como expresa El Kybalion (Editorial Edaf). Véase también Misticismo y física moderna (Editorial Kairós).

Ahora bien, la capacidad del médium no es un don sobrenatural, sino una peculiaridad psicofísica, por supuesto, nada recomendable de ejercer, ya que las almas evocadas vienen del plano astral, es decir, el inmediato al físico-etéreo-astral-mental, que es el de los vivos.

Esas almas que obedecen a la evocación no son precisamente las almas que reposan en la paz de Dios, sino espíritus de gentes que durante su vida no se han elevado a planos superiores ya sea por valores propios o por la fe en la búsqueda de lo trascendente, pues las almas que se elevan, más evolucionadas, quedan progresivamente fuera del influjo de semejantes evocaciones mediúmnicas.

De este plano astral, en contacto con las predisposiciones de médiums y de personas con un desarrollo notable de su capacidad ultrasensible, se derivan imprudentemente múltiples fenómenos parapsicológicos; manifestaciones tales como clarividencias espiritistas, materializaciones de objetos, casos de levitación, poltergeist, revelaciones, apariciones de cuerpos astrales y otros eventos paranormales. Fuera del contexto espiritista, cito de nuevo el libro del sacerdote François Brune: Los muertos nos hablan.

Sin embargo, si leemos vidas de santos auténticos, veremos cómo estos poderes son empleados sabiamente, aparte algunos casos de espontaneidad  irreprimible, como San José de Cupertino que volaba o, mejor dicho, levitaba; incluso en sus raptos místicos era insensible a pinchazos en la piel o al acercamiento de velas encendidas a sus dedos. De ahí que la Iglesia, después de minuciosos estudios, haya  considerado positivos o de magia blanca unos y negativos o de magia negra otros acontecidos  en el ámbito de una dudosa consideración.  Como casos positivos recordemos a San Martín de Porres, el Santo cura de Ars, Ana Catalina Emmerich, San Alfonso María de Ligorio, el padre Pío de Pietralcina, por poner ejemplos de después del siglo XVII.

 

Ahora bien, la intención de este artículo está en referir que si los médiums son capaces de evocar las almas de los difuntos, es que éstos existen, y no todo se queda en los despojos cadavéricos. Gran consuelo para los creyentes (incluso aquellos que creen fuera de las maravillas de  los místicos cristianos o de otra confesión religiosa). Y hay que decirlo con toda la justicia del mundo: al calor de la  fe cristiana muchos hombres y mujeres encontraron tanto en el claustro como fuera de él, perdidos en el anonimato y en una entrega social sin límites, unos consoladores testimonios de la proximidad de Dios. A veces —y es lo más extraordinario— sin que ellos mismos lo sepan. 

        


 

   ACTUALIDAD DE JESÚS DE NAZARET

 

Dice Salvador Freixedo que cua­tro judíos han cambiado la histo­ria de la Tierra: Jesús de Naza­reth, Cristóbal Colón, Carlos Marx y Albert Einstein. Nosotros vamos a ocuparnos del primero.

Jesús ha sido siempre tema de polémica. Es innegable. La críti­ca racionalista del siglo XVIII —el de las Luces— negó su existencia, aunque esta negación fuese par­cial. Hasta 1835 no fue reemprendida la investigación crítica por obra de David Strauss. La teoría de la no historicidad de Jesús está casi totalmente abandonada, en contra de lo que dicen Freke y Gandy en Los misterios de Jesús. Pero el problema principal para la recons­trucción de la vida del Salvador sigue en pie, al no haber documentos propiamente históricos, pues los más antiguos escritos relacionados con Él tienen carácter exclusivamente catequético como el llamado evangelio llamado por los eruditos Quellen —fuente—, fuente en concreto del evangelista  Marcos. Algunos autores, refiriéndose a las primeras manifestaciones escritas, aluden a un evangelio que llaman de Tomás, amén de otros perdidos y cuyos títulos se han conservado por referencias que dan de ellos los primeros Padres de la Iglesia, como Orígenes y los Clemente, el de Roma y el de Alejandría. Por lo visto, los primitivos redactores evangélicos se preocu­paron más por su mensaje que por la biografía del personaje y su descripción física. A pesar de todas las dificultades, in­cluso los más desconfiados críticos están de acuerdo en que el hecho del suplicio de Jesús en Jerusalén, en tiempos de Poncio Pilato es verídico.

A partir de esta línea divisoria entre la certeza y la conjetura ca­ben todas las hipótesis amontona­das en los últimos ciento cincuen­ta años.

Tenemos, por tanto, una nutrida colección de vidas de Je­sús para todos los gustos, ya que todas ellas se construyen en el va­cío de una historicidad indiscutible, Su número sería incontable desde  David Strauss, Renán hasta Hugh Schonfield, pasando por Geza Vermes, además de un sinfín de estudios sobre aspectos de su legado neotestamentario, sobre todo en el ámbito protestante. No han faltado versiones que se salen de la ortodoxia de la Iglesia. Si nos ponemos a reflexionar tales versiones, están llenas de dudas y, en algunos casos, son contradictorias, incluso intencionadamente tendenciosas como la de Evsing, polémicas como las de Sánchez Dragó en Carta de Jesús al Papa, puesto que la figura pues­ta a debate admite, por su gran­deza en la lejanía histórica, todas las especulaciones posibles, incluso, últimamente, la respetuosa pero inquisitiva de Antonio Piñero, por no hablar de la desconcertante de Llogari Pujol. Es el tributo que han de pagar todos, los hombres sobre­salientes en este planeta medio­cre.   

Por otra parte, no hemos de ol­vidar que cada época lo ha visto con la filosofía predominante. Hoy día se tiene tendencia ver al Je­sús cercano a los pobres y se observa una mentalidad refrac­taria a las estructuras cerradas de una sociedad privilegiada en que se mantenía a ultranza el poder. Es, por lo contrario, el Jesús de la teología de la liberación. Con la puesta al día de la Iglesia, la imagen de Je­sús se ha humanizado enorme­mente. Ha bajado a los estratos más populares como si con ello se recuperara esa idiosincrasia senci­lla y anticlasista que se halla en todos los evangelios.

 

Entre todas las interpretaciones a que ha dado lugar hemos de ser cautos y no fiarnos de la alegría con que algunos investigadores han querido plasmar su teoría, ya que una des­miente a la otra y, a la larga, la multitud de "biografías" acerca de Jesús se convierte en una inmensa biblioteca llena de controversias, cada una defendiendo su tesis a costa de contraponer a las demás su conclusión.

 

A pesar de las diversas consideraciones acerca de Jesús, el personaje mantiene toda­vía todo el honor y el prestigio que le han dado hasta ahora los siglos. Y lo mantiene de tal ma­nera que Él mismo, hoy por hoy, por medio de las palabras que transcribe el evan­gelista, puede decir: "Los cielos y la tierra pasarán, pero mis pala­bras permanecerán".


   EL JESÚS DE LA GNOSIS

 

                     A Elena Martínez Rguez. de Lema

Cuando se habla de la multitud de evangelios antes de los canónicos, tendríamos que aludir también, además de los apócrifos, a los evangelios gnósticos que pulularon por el ámbito de la koiné griega. Gnosis, como sabemos, significa ´conocimiento secreto´.

Es cierto que que ese Jesús en nada se parece al otro, al hebreo, que está enraizado en el subsuelo de su tradición bíblica con los profetas como humus de esa tierra ancestral sobre la que se asienta toda una concepción religiosa.

Del Jesús de la gnosis, muy en concreto de los evangelios más conocidos y estudiados como el Evangelio de los egipcios, el Evangelio de Tomás, y el Evangelio de Felipe, por poner una síntesis elocuente de todos ellos hallados en Nag Hammadi, alto Egipto, en la segunda mitad del siglo XX, hemos de obviar la oración y la confianza en un Dios que nos protege. Ni siquiera en los escritos de los gnósticos más próximos a la fe, como son los valentinianos, seguidores del obispo Valentín, por oposición a los gnósticos ofitas, los más alejados tal vez de la noción de un buen Demiurgo, se puede rastrear una opción de credibilidad en el Dios de lo que fue la futura ortodoxia. No entramos en el docetismo para no complicar el articulo.

Frases como éstas son bien definitorias de las posiciones de estos creyentes atípicos: “Si ayunáis, atraeréis el pecado sobre vosotros. Si rezáis, seréis condenados, si dais limosnas, haréis daño a vuestros espíritus “(Evangelio de Tomás, 14). Otro ejemplo lo tenemos en “Quien haya llegado a conocer el mundo, ha descubierto un cadáver” (Evangelio de Tomás 56). También tenemos otra frase inquietante que entraña la reencarnación, como ésta: “Vigilad y rogad para que no nazcáis en la carne, sino para que podáis dejar las amargas ataduras de esta vida”(Evangelio de Tomás 9,5). Como se ve, estas sugerencias, si las tomamos como reflexiones previas a la búsqueda de lo absoluto, no se parecen en nada a las posiciones de una fe que monta guiardia defendiendo los dogmas que se elaboraron después en el Concilio de Nicea, en 325, una fecha en la que los buscadores dentro de ellos mismos habían desaparecido, sin duda alguna huyendo de las persecuciones de los creyentes a ras de las recientes formulaciones dogmáticas. Recuérdese que san Agustín, el mayor padre de la Iglesia occidental,  escribió que habia que buscar dentro de uno mismo la verdad trascendente: “No salgas fuera; en el interior del hombre habita la verdad”.

Ya es un tópico decir que los gnósticos fueron perseguidos y esos escritos enterrados en la ocultación, pero descubiertos siglos después, tal vez de manera fortuita pero cuyo descubrimiento zarandea y turba a quienes los lee. Hoy, que los valores religiosos y también los humanísticos están despedazados en el suelo de la Historia, la gente que necesita replantearse la significación del mensaje de Jesús no puede eludir las complejidad del tema. Así pues, tanto futuros ortodoxos como indagadores ocultos podrían esgrimir en esta batalla sin fin la frase del Evangelio de San Juan I, 5: ”La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron”. ¿Cuál es la verdadera luz y, por ello, la definitiva?, se preguntan quienes desean adentrarse en el asunto. Épocas aquellas de gran altura  espiritual en cuyo campo de batalla por el dominio de la cultura guerreaban las mentes privilegiadas de diferentes banderías pero unas y otras de alto signo espiritual. ¿Qué dirían esos grandes hombres acerca del materialismo de baja frecuencia hedonista en que se apoltrona el mundo occidental de hoy?


 

   UN JESÚS PARA BLASFEMOS

 

Hemos oído alguna vez una blasfemia contra Dios, aunque en escasas ocasiones contra el mismo Jesucristo. Las blasfemias, lo sabemos, son una manera espontánea y descontrolada de nuestos sentimientos para protestar contra la Divinidad o también contra la mala suerte. Hay quien tiene resignación ante un evento que viene de punta y acepta lo que el destino le deja caer en su vida como una bomba atómica de desgracia en la indefensa ciudadela del corazón, conmocionando sus cimientos, su frágil resistencia humana.

Se sigue viviendo y se mira la vida de otra manera con los ojos ciegos de lágrimas y con la mordaza de la dignidad silenciando la boca rebelde por la que debieran resbalar unos murmullos o susurros de consuelo, pero quienes no son de esta índole estoica levantan la mirada al cielo y lanzan a él como si fuera una flecha envenenada un dicterio para herir los oídos de quien haya arriba como destinatario de semejante envío imprecatorio.

Hay en los evangelios canónicos versículos en los que nos quedamos sorprendidos de cómo Jesús expresa la precariedad de su vida andariega. Pongamos este ejemplo de Mateo 8:20. Jesús confiesa su indefensión: “Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza”. En otro momento, próximo a su crucifixión, exclama en Mateo 26:38: “Mi alma está muy triste hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo”. Jesús no pide al Padre que lo libre de lo que le viene encima sino que acepta su destino, pero en la cruz gritará en Mateo 27: 46 y Marcos 15:34: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”.

Pasajes difíciles de entender para muchos creyentes y más difíciles aún de explicar a cargo de  los exégetas. La soledad de Jesús y la certeza de la muerte que le espera en la cruz cabeza arriba como los malhechores, no deja un resquicio de duda en lo que se refiere a su experiencia íntima, que debió de ser amarga y tormentosa, incluso siendo quién era y consciente de para qué serviría ese sacrificio cruento.

Los místicos y los santos que han escrito sobre esos episodios trágicos los han asumido como una respuesta de Dios de que la fe incluye estos requisitos como un pase a la gloria, tal un trámite de la negación de sí mismos (Mateo16. 25-29). O sea, para revestir la naturaleza humana de una naturaleza previa a la celestial.

El budismo advierte que hasta que no se agote el karma que lleva dentro, el individuo seguirá reencarnando provisionalmente en este mundo. Tan sólo cuando no tenga deudas kármicas con él, dejará de volver a un cuerpo humano y así podrá entrar en el nirvana. Por lo visto, en nuestro Occidente, a tenor de todo esto, hay dos clases de fe: las de los iniciados y la de los creyentes comunes; la fe que se desnuda de deseos con respecto a este mundo y la fe vestida de esos deseos y confíada en que la providencia se los conservará simpre en buen estado. Perdón por la ironía.


 

   EL JESÚS DE LOS POBRES

 

Se ha especulado acerca de esa experiencia del que sufre mucho en el deambular de su vida. Es cierto que también se ha considerado como un estado de sosiego de espíritu que facilita la cercanía de Dios, si se recuerdan aquellas palabra de Jesús en Lucas 6, 20-26, que constituye el famoso Sermón de la Montaña. Un discurso de puro conformismo puede parecer, sin embargo, hay que poner los pies en aquella Palestina y considerar la pobreza, que es miseria en muchos casos, como una circunstancia imposible de redimir en un medio social en que la impotencia ata las manos de quienes desean cambiar las cosas que están bajo control de los imperativos políticos dominantes.

Lo cierto de todo esto es que Jesús está cerca de quien sufre y se siente vinculado a esa masa de campesinos y clase obrera de distintas profesiones que esperan de él un cambio radical en las estructuras sobre las que se asienta el pueblo trabajador.

Dejemos a un lado los milagros y otros hechos maravillosos como eventos excepcionales. Su realismo con respecto a seguir la voluntad de Dios está patente en Mateo 19:21 cuando le dice a un joven rico que si quiere ser perfecto venda cuando tiene y se lo dé a los pobres. Se supone que eso le libra de preocupaciones materiales. En ningún momento Jesús está de parte de los poderosos. Ni siquiera, cuando oye hablar de que Herodes Antipas lo tiene entre ceja y ceja como al Bautista, él suaviza su arenga haciéndola conformista y conciliadora. Más bien lo tilda de raposa expresándonos con ello que su predicación está llena de riesgos y en ningún momento es un paseo por un camino de rosas. (Lucas 13, 1-5). Con ello muestra una valentía insólita. En el evangelio gnóstico de Tomás, que se considera lleno de símbolos difíciles a veces de interpretar, en el párrafo 27, Jesús invita a desprenderse del mundo si se quiere estar libre para elevarse sobre las cosas que inducen a la servidumbre, con el fin de ser dueños de sus propias contingencias.

Parece que esto es un lenguaje para iniciados más que para los que anhelan una transformación de las condiciones en su vida del día a día, una meditación que parece ser más mística que pragmática, pero puede sugerir con ello una liberación de las miserias que en aquellos tiempos sin seguridad social ni recursos médicos, además de la férrea vigilancia del invasor romano, se imponía como una fatalidad sobre los oprimidos judíos.

Finalmente, tendríamos que citar aquellos versículos de Mateo 25, 35-36. “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, estuve enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme…”. Una prédica que hubieran hecho suya muchos que han ido de libertadores de las clases de nuestra sociedad uncidas al yugo del infortunio y de la injusticia.


    EL JESÚS PESIMISTA

 

En El anticristo Federico Nietzsche oponía la esplendidez de la Biblia en muchos de sus textos por oposición a la pobreza de los evangelios canónicos; tanto es así que, según él, había que ponerse unos guantes para manejarlos, dado la repugnancia que le daba. Lo que el filósofo alemán no decía es que el contexto histórico de esos evangelios no era el mismo que el de los escritos bíblicos a los que se refería. La turbulencia de los tiempos contemporáneos de Jesús nada tienen que ver con las épocas de esplendor de algunos reinados de Israel. ¿En qué se parecen los gobiernos de David y Salomón con el de los hijos de Herodes y la presencia de Roma en el corazón de la misma capital de Judea? En nada. La predicación de Jesús estuvo enmarañada entre las guerrillas zelotes de los nacionalistas judíos y las represalias inmisericordes de las legiones romanas en una tierra áspera cuyo dominio no se explica, como no sea que aquel trozo geográfico era un punto de mira estratégico contra los partos.

Hemos de imaginarnos la situación social de entonces en aquellas tierras: hambrunas, epidemias por la falta de higiene, las huellas sangrientas de los enfrentamientos de los nacionalistas contra los invasores con su escalofriante despliegue de crucifixiones y las discordias entre los mismos hebreos por la sumisión al poder imperial de la clase alta y el odio de las clases humildes a semejante cobardía diplomática. ¿Qué se podía sembrar en aquella tierra revuelta y pisoteada por el destino de aquel pueblo que llevaba siglos luchando po su libertad, primero contra los egipcios, luego contra los persas y ahora contra los poderes del Lacio, muerto ya Marco Antonio, que puso en el trono a Herodes el Grande?

Repitamos lo del contexto geográfico e histórico del escenario en que nos situamos: Jesús baja de la zelotista Galilea a la aparentemente cordial Jerusalén a sabiendas de que el ambiente social es poco poroso a sus enseñanzas.Tiene también entre los bastidores de los sitios por donde camina a la policía romana, alerta siempre a cualquier frase que se salga del consabido discurso religioso y pueda sonar a rebelión contra Roma.

Sin embargo, es probable que esos vigilantes no oigan las palabras más profundas y dolorosas de quien sabe que todo está perdido y que la tirada de dados del destino cae negativamente sobre el mantel púrpura que presta el color peculiar al triunfo de las águilas de las siete colinas.

Jesús no puede evitar sentimientos, por lo menos de contrariedad, frente al precioso objetivo de su misión, que es el Templo, como nos dice Mateo en 23, 37-39:  “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los mensajeros que Dios te envía! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos bajo las alas, pero no quisiste!”.

Lamentaciones como ésas podemos seguir citando, pero hay una que es determinante en Mateo 26: 38: “Mi alma está triste hasta la muerte”. 

En Marcos 14:27 Jesús predice que todos lo abandonarían en sus peores momentos:

Todos me van a abandonar, porque así lo dicen las Escrituras: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”.

En cuanto al futuro de Israel, Jesús no se calla su profecía con ciertos tintes apocalípticos. Véase este ejemplo de Lucas 23:30: “Porque he aquí, que vienen días en que dirán: Dichosas las estériles y los vientres que nunca concibieron y los senos que nunca criaron. Entonces dirán a los montes: Caed sobre nosotros, y a los collados: Ocultadnos”. Tenemos otro ejemplo, esta vez extraído del Evangelio de los egipcios: «Y María-Salomé preguntó al Señor: "Maestro, ¿cuándo acabará el reino de la Muerte? Y Jesús respondió: Cuando vosotras, mujeres, no concibáis más hijos...”. Para comprender esta frase hay que poner los pies en el contexto de aquellos tiempos de verdadera y vertiginosa desesperación, si no véase La guerra de los judíos de Flavio Josefo. 

 

 

Continuamos con el muy canónico Marcos en el versículo 13: 1-23: "Saliendo Jesús del templo, le dijo uno de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras, y qué edificios. Jesús, respondiendo, le dijo: ¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada”.

Recnozcamos que las predicciones de Jesús con respecto a su amado pueblo son trágicas, pero lo peor es que son también verdaderas. En el año 70, como treinta y cinco años después de su muerte, las legiones de Tito, el hijo del ya emperador Vespasiano, destruyen el Templo y parte de Jerusalén, además de matar a miles de judíos que combaten por su independencia. En 132-136, con Adriano en el poder y, a pesar del talante pacífico de este emperador que renunció en parte a las conquistas de Trajano, estalla la rebelión de Simón Bar Kojba, y Adriano se ve obligado a arrasar la Ciudad Santa y fundar sobre ella otra ciudad llamada Aelia Capitolina.

Las profecías de Jesús se cumplieron y Judea desapareció como nación para ser condenada a la diáspora y expatriarse por la Europa de entonces, hasta volver de nuevo a ella en 1948, tras la fundación del nuevo estado de Israel. 

La tristeza de Jesús está ampliamente justificada y su pesimismo sobre su predicación y el futuro de su pueblo es razonablemente admitido. Pero en esos años, un poco alejado de su visión catastrofista del mundo que le rodeaba, crecía un joven llamado Saúl, al que conoceremos después como Pablo y que fue quien recogió la semilla de su mensaje para llevarlo y sembrarlo en el alma popular de la misma Roma que había borrado del mapa del mundo conocido a ese pueblo minúsculo y batallador por la libertad de su gente.


 

   LOS MESÍAS

 

Tengo ante mí dos libros que me hablan de los mesías. Este tema ha apasionado en todas las épocas de crisis, dado que en ellas surge la expectativa de un mesías, de un nuevo salvador que venga a restaurar el orden socio-espiritual resquebrajado o por restaurar.

                                                                                                                                                      Christophe Bourseiller en Los falsos mesías, que van desde Simón Mago, contemporáneo de san Pedro, hasta el norteamericano David Koresh, cuenta un sinfín de salvadores que ilusionaron a sus adeptos. No vamos a entrar en ellos, pues sería interminable; sin embargo, esbozaremos unos trazos acerca de sus pretensiones. El mesianismo se caracteriza por ser una creencia en el advenimiento de un redentor que pondrá fin al orden actual de cosas, sea a escala universal, sea para un grupo aislado, y que restaurará un nuevo orden hecho de justicia y felicidad. Ésta es la definición que da el autor citado. En todas las épocas las gentes están necesitadas de un signo maravilloso que las sacuda de su inercia diaria y les dé una esperanza en algo, pero el mismo evangelio de Mateo, en 24, 24-25, nos avisa acerca de los falsos mesías que se aprovechan de las épocas caídas en el desánimo o en el fanatismo, los dos polos de la humanidad, siempre como un péndulo de un extremo a otro.

Dice Robert Wall Newhouse en El retorno del Mesías que la espera subsiste dependiendo de la religión. Los budistas aguardan al Maitreya, los musulmanes su Madhi y los cristianos el segundo advenimiento de Jesús. Incluso los llamados contactados esperan a su mesías extraterrestre.

Yo creo para mí que ese segundo advenimiento de Cristo se ha de dar en la dimensión del espíritu y que esa llegada se inició en la medida en que los cristianos han ido interiorizando su mensaje. No se trata de un mesianismo exteriorizable y vinculado a estructuras políticas, opción que que Jesús, como sabemos, rechazó (Juan 6:15). Ese mesianismo cristiano no se parece en nada a los que buscan la expectación de masas acompañada de signos maravillosos. Si leemos el libro de Bourseiller nos quedaremos asombrados viendo cómo todos los mesías estafaban a sus seguidores con promesas en lo que se refiere a transformaciones y eventos extraordinarios en el orden de lo material y lo emocional. Incluso, tengo para mí, que esas transformaciones añadidas en los evangelios son meramente propagandísticas.

En el momento en que Jesús dice que su reino no es de este mundo—un mundo caótico, solitario y desgraciado en un universo enigmático—, sino que el reino de Dios está dentro de nosotros, así como le dice a la samaritana, cuando ésta pondera la magnificencia del Templo de Jerusalén, que Dios es espíritu y verdad, se desmarca de cualquier de mesianismo en el orden de la liberación histórica (para eso están las revoluciones sociales, digo  yo).  Jesús, como otrora Buda, induce a sus seguidores a la búsqueda de un reino interior, pero en su caso, frente a la gélida filosofía del reformador hindú, pone en esa busca amor y asociación de voluntades, además de convertir el dolor en una experiencia capaz de despertar al espíritu, aletargado por los valores materiales imperantes. Un insigne teólogo protestante liberal como Rudolf Bultmann estudió con hondura todo lo que de connotación cultural mesiánica hay en los evangelios (a raíz de la época de revueltas políticas en que están redactados), y llegó a la conclusión de que el discurso de Jesús, estudiado transliteraria y minuciosamente, estaba libre de cualquier sospecha vinculante con una realidad "comprometida". Ya en las Cartas de Pablo, escritas antes que los evangelios canónicos—se supone—, está ese mensaje que sólo persigue un tipo de mesianismo, el más honesto y menos espectacular de todos: el "buscad y hallaréis" a Dios dentro del espíritu. Lo dicho: el reino invisible, del que Jesús llegó a ser el único rey, aunque ello le costara la vida, frente a un judaísmo exacerbado que esperaba de Él un caudillaje independentista de cara a la Roma dominante, como dice E. O. James en su Historia de las religiones, capítulo dedicado al Cristianismo (Alianza Editorial). 

 

JESÚS Y TIBERIO

 

Hay un pasaje evangélico harto significativo: "Y Jesús, conociendo que iban a venir para arrebatarle y hacerle rey, se retiró otra vez al monte Él solo." Nos dice Juan 6-15. Es indudable que Jesús pertenecía a la clase real, a la familia davídica, para que se le quisiera hacer rey.  En Mateo 2,1-12, uno de los reyes magos dice. "¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer...?". También en Lucas, 18:35:“¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Creo que con estos ejemplos es suficiente. Vayamos ahora a un hipotético "hilo directo" entre los más representativos seguidores de Jesús (no olvidemos que la noche de su prendimiento todos, menos Juan, le abandonan) y los consejeros oficiales próximos al emperador.

La relación de Tiberio con Jesús tiene un fundamento puramente apócrifo situado en las Actas de Pilatos, de las que en el texto complementario Venganza del Salvador se dice que la túnica de Jesús, que tiene en su poder la Verónica después de la crucifixión, cura la lepra facial del emperador. ¿Qué hemos de suponer detrás de la leyenda? ¿Una simpatía por parte del dueño del mundo de entonces hacia un personaje del todo interesante, espécimen de un pueblo indomable por el que Tiberio sentía una declarada admiración ante el Senado, al cual menospreciaba en frases como éstas. "¡Oh, hombres! ¡Siempre dispuestos a la esclavitud!?”. Las vacilaciones de Pilatos en el juicio de Jesús tienen tal vez este mismo origen. El hecho de que se le atribuyan unas Actas a favor de Jesús significa mucho; ello hace sospechar que en los medios políticos desde Roma hasta la Torre o Fortaleza Antonia el nombre de Jesús, debido a su fama como hacedor de milagros y rabino enfrentado a los fariseos y saduceos, sonaba como una opción remediadora para apaciguar las rebeliones judías.

Sin duda, el procurador estaba trasmitiendo con su actitud comprensiva hacia Jesús una simpatía que emanaba del hijastro de Augusto. Pero la intención de Tiberio hacia él tenía una motivación política también. Para someter de una vez a los partos, necesitaba una base logística en Palestina. Para ello ésta tendría que estar en paz y gobernada por un solo hombre, en concreto un rey de la casa real de David. Jesús era el individuo más indicado por su casta y su fama de "gran hombre". Un eco de su prestigio lo tenemos en una obra como Yo, Claudio, de Robert Graves. En ella, Claudio, ya emperador, recordando las conjeturas semiproféticas de su tío Tiberio, expresa comentarios acerca de Jesús como futuro dueño de la civilización occidental, aunque ya fuese en el orden del espíritu. No se olvide que Claudio estaba al tanto del judaísmo por medio de su amistad con Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande y residente en Roma, a quien después hizo rey de toda la Judea.

Pero el reinado de Jesús iba mucho más allá de unos poderes temporales. Cualquier título de los que se le atribuyen, tales como maestro de la Ley, profeta, predicador y sanador itinerante, sería para él incomparables con una corona que, a lo sumo, le conferiría una realeza al estilo de los reyes macabeos de rey-sacerdote. Tal vez este rechazo no le fue perdonado por quienes lo propusieron para tal mandato y solemnidad. El despecho se cobró bien su indignación y el pueblo que gritaba "¡Hosanna!" ("¡Sálvanos!"), buscó a otro mesías de los que entonces había de turno en Palestina.

Hay quien ha querido arteramente traducir en esa invocación un ´Libéranos´ nacionalista. En el film Jesús de Nazaret hay un motivo apócrifo de interés: Barrabás le pide a Jesús que sea el que reconozca y bendiga su insurrección contra Roma, y Jesús se niega. Dos de esos mesías que encabezaron revoluciones sangrientas —la del año 66 y la del 135—, fueron generadores, a la larga, de la masacre del pueblo hebreo y su diáspora por el mundo. En cambio, la "revolución" espiritual de Jesús, es evidente que dura todavía a tenor de sus millones de creyentes.

 

VARÓN DE DOLORES 

 

El tema del "Varón de dolores" está tomado, como todos sabemos, del Poema del Siervo de Yavé del profeta Isaías, en concreto del Salmo 53. En él se nos describen los rasgos tan humanos y heroicos al mismo tiempo del elegido por Dios para dar ejemplo de justo atribulado por la maldad de los hombres, hasta el punto de ser contado entre los malhechores, así como ser herido de muerte por el crimen de su pueblo. Ésa es la interpretación inmediata y más o menos imperante que asociamos a la lectura.

Sin embargo, si consultamos el Libro de los Salmos de David, muy anterior al texto de Isaías, hemos de tener en cuenta lo que dice el salmista, con motivo de la boda de un rey de Judá, al que idealiza como el más hermoso de los hijos de los hombres y que ha de llevar la espada bien ceñida para implantar la justicia en los pueblos. El comentarista de estos versículos considera que hay aquí una intuición mesiánica, que, añadida por  nosotros, ha de tener una enorme y decisiva repercusión en el futuro de los hebreos como nación aspirante a ser modelo y, por ello, regidora de naciones.

Una vez planteadas brevemente aquí las dos tesis acerca de cómo habría de ser el Mesías liberador del pueblo judío, nos explicamos la expectación de los paisanos y coetáneos de Jesús acerca de su actitud ante Roma como descendiente de David y aspirante legítimo al trono, que pudo ser sin lugar a dudas y que Él rechazó (Juan 6,15). Como es lógico, la presentación que se nos hace de Jesús en los evangelios es radicalmente de signo espiritual. Jesús no ceñirá espada para defender la justicia como el rey Mesías del salmo, sino que desplegará su Sermón de la Montaña, que, unido al Magníficat de su madre y a la Epístola de Santiago el Menor, fundará más adelante, sin pretensiones filosóficas, la semilla de la abolición de la esclavitud, la misma que influirá, sin duda, en los creadores del socialismo utópico, queramos que no, y que aprovecharon los intelectuales ilustrados para la proximidad a una ética más demócrata en la que todos los hombres son iguales ante la ley, la ley que es también la de Dios.

Pero este mensaje de universalidad no estaba en una evidente consonancia con la ideología independentista de la mayoría de los judíos. Si Jesús opta porque "su reino no es de este mundo", tendrá la partida perdida de cara a su popularidad. A partir de entonces, el rechazo hacia su persona irá en aumento, hasta ser calumniado en el Talmud como un hijo tenido por su madre fuera del matrimonio con un mercenario romano. Jesús es acusado de mago por sus enemigos fariseos  (Mateo 9,4), (Marcos 3,30). Jesús no es bien comprendido por los suyos (Mateo 12, 46-50). Jesús es amenazado en Nazaret por vecinos suyos y logra escapar de la ira de éstos. Jesús será traicionado por Judas, negado por Pedro y abandonado por todos los discípulos, excepto Juan. Si en la Primera Epístola de san Juan se nos dice: "Sabemos que somos de Dios, y que todo el mundo entero está bajo el imperio del Maligno", así como en el evangelio del mismo apóstol (16,11): "El príncipe de este mundo ya está juzgado" y  en  2 Corintios, 5, 1: "Gemimos en esta nuestra tienda anhelando sobrevestirnos de aquella habitación celestial", por poner unos ejemplos nada más, era inevitable que Jesús se convirtiese en el “Varón de dolores” para que millones de perseguidos por el sufrimiento, a la hora de su muerte, reclinen imaginariamente su cabeza sobre el mismo hombro que llevó la cruz como si ese símbolo presidiese la condición humana en este mundo, donde los espejismos de una precaria felicidad le dan la razón a 2 Corintios II, 14 cuando dice: "Satanás mismo sigue transformándose en ángel de luz", como ya sabemos —entendiendo por Satanás nuestros propios autoengaños—, y que hace referencia a los espejismos de  dicha y fortuna que nos guiñan y seducen en ocasiones. Finalmente, será juzgado con precipitación y condenado a morir en la cruz cabeza arriba, como los malhechores de delito común, si bien, su cadáver será entregado a la familia, quizás por su condición real de hijo de David, detalle no habitual en otros ejecutados, que eran arrojados a la fosa de la infamia —fossa infamiae— para que fuese descarnado por las alimañas del entorno. Después de esto, se les entregaba a los familiares el esqueleto. En lo alto de la cruz Jesús llevará una titulación sarcástica: “Rey de los judíos”.

Aquellos perplejos contemporáneos de Jesús no comprendieron que el Rey Mesías esperado ya empezaba, para sus creyentes, su reino, no en un mundo violento y cambiante, sino en otro donde jamás se acaba: en los corazones.