domingo, 8 de febrero de 2026

HISTORIAS ASONANTES

 

 


 

                     

 

                 HISTORIAS ASONANTES

 

EDICIÓN DE LA TERTULIA

                                   RÍO ARILLO

                                            21


 

 

 

 


 

Copyright de  Juan Rafael Mena

LA REPRO

c/ Faustino Ruiz 2b

        San Fernando (Cádiz) 

Depósito legal: CA 733-2008

 


               ÁRBOLES AL DESTIERRO

 

 

 

Como en la Grecia clásica, pasaporte al destierro,

el ostracón del polvo, raíces boca arriba,

arrastre de las ramas parteadoras de sombras,

árboles, descendéis la rampa de la prisa.

 

Mientras que en este estrépito, como a ras de exterminio,

entristece el color que da la despedida,

os acordáis de cuando erais albergue al raso

de pájaros y vientos, como una fonda efímera.

 

 Indefensos estáis ante el tajo de acero

que es esa excavadora, lengua de una cuchilla

que corta vuestro cuello y deja entre pedruscos

socavones de pena como única reliquia.

 

Vuestra sangre es la tierra que va desparramándose

por las venas ya secas de vuestra capullina.

Arrastrados os llevan hasta el camión lo mismo

que enseres de una guerra que la tenéis perdida.

 

Los años, que añadieron grosor a vuestros troncos;

son siervos puntuales las estaciones cíclicas,

que os hicieron frondosas murallas de ciudades

y escoltas de las calles que los gases asfixian.

 

Colmenas de ciudad, los hilos resinosos,

es la miel y los hojas, las móviles celdillas.

Abejas los insectos y píos pasajeros

que en vosotros hallaron dulzor de una visita.

 

Los monstruos de cementos que tanto han conspirado

para que os den las máquinas irónica amnistía,

rellenan de metal troquelado a los hombres

y con neón y altura celebran sus albricias.

 

Una invisible queja con su tropa de insectos

os hace catafalco de ramas y suplica.

Sube por el silencio de dos, tres ciudadanos

que el pésame os han dado con mirar de desdicha.

 

Érais, como longevos vecinos, la leyenda

de una historia, una oral reverencia emotiva.

En verano, cascadas de sombra con frescura.

En invierno, ramajes de lluvias con sortijas.

 

El progreso con patas de mamut os cocea

y con voces y estruendo de trabajo hace trizas

un bosque con anillos de sol entre sus ramas

y en su copa, el ocaso, simulacro de pira.

 

Se os echará de menos cuando crezca la piedra

y encierre en su osamenta un archivo de cifras.

La gente que ahora pasa con cálculo y premura,

sentirá que un nostálgico torcedor la pellizca.

 

Con los ojos ya huérfanos de vosotros, presiento

que es la naturaleza hoy aún más enemiga

de los hombres, cansada de advertencias, y escribo

los versos a una tierra para sentencia vista.


  AMOR PARA LA HISTORA DE UNA CULPA

 

 

 

Como a hurtadillas roza el pasado mis sienes,

me viene sigiloso con sus pies de gacela

y lo mismo que un bosque desdobla sus ramajes,

él toda la espesura de recuerdos despliega.

 

Se me dobla la cinta de mis años enhiestos

y aparece en su envés tu adolescencia esbelta,

destello que adelgaza el rubor de un suspiro

inasible y etérea como tu silueta.

 

Mis ojos, dos donceles que sus redes te tiran

para cazar un sueño que nace en tus ojeras.

Empezó a aquella tarde abrírsele una historia

que en su prólogo tuvo rumor de discoteca.

 

Paseos por esquinas de todas las penumbras

y ensayo tembloroso de caricia inexperta.

Mis manos le pusieron asedio a tu cintura

y tus senos se hincharon igual que una marea.

 

En el último cine hizo fortuna un beso,

llave para panales de nuestras dos abejas.

Los cafés empaparon con su aroma palabras

que en tu alquimia de afectos se volvieron poema.

 

Insomne nuestra luna, apadrinó las noches

descalzas por la orilla de una mar agosteña,

con su nana de vidrio cómplice de los cuerpos,

con nuestras despaciosas voces calenturientas.

 

Arañaba con brillos el panel infinito

del ocio milenario un palpitar de estrellas,

como si se alegraran de nuestra consonancia,

como si con mirarlas las tuviésemos cerca.

 

El pueblo era un manojo de luces a lo lejos

y toda la distancia como un ardid de nieblas.

Manos, labios y frases susurradas se echaron

sobre tu fresco cuerpo como una madreselva.

 

El tiempo se detuvo como barco encallado

y a gusto en un islote de roces por madréporas.

Todos los miramientos se nos fueron a pique,

se ahogaron en abrazos todas las advertencias.

 

Volvimos como prófugos de una isla de almíbar.

Tal vez nos perseguía nuestra propia extrañeza,

asombro de que puedan volcar unos instantes

en un festín de risas amenazas tan serias.

 

Conjura de quimeras y la pasión urgente,

tenazas que en la edad más furtiva se estrechan.

Nos quedó un garabato tenaz en la memoria,

rúbrica de emoción que tortura y deleita.

 

Cabalgaron los años sobre nuestras canicies

y dejaron el polvo juvenil de las sendas

en los ojos que un día vieron tan cara a cara

una felicidad como grabada en piedra.

 

Dicha que tiene ahora pátina de pesares,

color de sinsabores y entristecidas hebras,

pero que todavía es capaz de ponerle

migajas de consuelo al perfil de una pena.

 

Capítulo de culpas hoy zozobra en mi ira.

Jirones de nostalgia en el alma me cuelgan.

Fui yo quien, torpe, hice de aquel edén volátil,

después de sus cenizas, la sombra de una anécdota.

 

Pero, aunque me asfixiaran las raíces que crecen

y por el muro ciego de mi olvido me trepan,

jamás las cortaré... Que es ese ayer contigo,

de lo que fui: la única reliquia que me queda.

 

 

         

 

 ELEGÍA CON OLOR A TIERRA SUDADA

 

 

 

Amo, campo, tus densos batallones de árboles,

y el vello de la hierba que es tu menudo césped,

pentagramas de surcos donde escriben las lluvias

preñez de los barbechos en tu embarazo agreste.

 

Mal ceño de la tierra, sed con lengua amarilla,

te pone la sequía o el pedrisco otras veces:

boca seca es el campo, cielo no solidario,

que te clava en tu carne aguijones de nieve.

 

Vives como montando guardia junto a los gallos,

junto al amanecer de claridad imberbe.

Que van quedando menos, que los jóvenes huyen

de este celo ancestral y en silencio lo temes.

 

Carcajada de nubes, crótalos de las aguas,

por fin, de ti se apiadan las alturas, templetes

que te ponen las lluvias, fugaz  cristalería,

fiesta para sembrados sus ayudas en cierne.

 

Porque las nubes son las ubres de la tierra

y el agua que despeñan desde arriba es su leche.

Bendita cuando cae, aunque sea metralla

de cuarzos blancos, voces que gritan transparentes.

 

Sueño de los secanos, que no olviden las fauces

de tanto labrantío que la invocan estériles;

agua para esta patria de todas las raíces,

agua para que el sueño del campesino abreve.

 

Sementeras encintas, la tierra se alboroza

lo mismo que se pueblan de vida las mujeres

cuando como los campos, cremalleras de surcos,

se ennoblece el terrón de su sangre en los vientres.

 

Labrador de metal, buey que tartamudea,

tractor, siervo de gleba, torreta de las mieses,

guillotina de herbajos,  favor a brazos viejos

que cuando arrasa el tiempo se van volviendo endebles.

 

Rimadores de surcos, padres de sementeras,

están los campesinos del azadón siameses,

y miran preocupados los ceños de los cielos

tan hermanos de aperos, fraternidad campestre.

 

Su existencia acordona cicatrices de sendas

con idas y venidas por el polvo de sendas

cuando el viento despliega su malhumor y el frío

punza la piel escueta con lentos alfileres. 

 

Pero la vida apremia y el vivir hace antiguo

al campesino, amigo que ayer fuera de bueyes,

y que arranque y que lave, que agaville y que ensile

y que sea del campo, a su manera, orfebre.

 

Partos de vegetales, alcancía que estalla,

tesoros exhumados, naturaleza riente,

la cosecha es la danza inmóvil con que baila

el campesino, música callada sus trebejes.

 

Las bestias son la escolta de su agraz señorío

en el feudo cerrado por distancias inertes.

El sudor y la lágrima se emparentan y guardan

y extienden sus desvelos como si fuesen redes..

 

Himno a la juventud, bullicio de la vida,

cuando la primavera en los campos emerge.

Féretro de la luz, expoliador de árboles,

cuando el invierno toca y todo entenebrece.

 

Mientras él va del chozo —reposar los aperos—

a mesar el pelaje de las bestias que duermen,

la tarde del asfalto se acicala de fiestas

y perfume su ocio enhebrando placeres.

Arraciman los jóvenes sus ansias de disfrute.

Carpas y discotecas se inflan como fuelles.

Se embriaga la música y es trote por las almas,

olvidados los cuerpos de por qué se mantienen.

 

Los amores naufragan ingenuos en el vino.

La cocina orgullosa se jacta con su aceite.

Todos los poderosos ignoran la pedrisca.

No saben de aluviones los personajes célebres.

 

Campesino, testigo de un álbum de estaciones

que va pasando páginas con logros y reveses,

es el que menos júbilo compensador recuenta

y es el que más esfuerzo y horas al sol invierte.

 

Todos en la ciudad realzan sus trofeos,

hartazgos de despensas, sin que nadie se le allegue

que el labriego partea los frutos a la tierra

y es el que más la ama y quien mejor la entiende.

 

En verano la sed es lengua cuarteada

que arrastra por la tierra la añoranza que bebe.

El planeta, con voz prematura o tardía,

se queja al campesino, de extraño que se cree.

 

Nadie escucha la arritmia de su color inane.

El cielo se ha asfixiado sin que a nadie le aterre,

la ronca profecía de la mar cuando escupe

injusticias que tornan negra su sangre verde.

 

Perdona, campo, a aquellos que pueblan la calzada:

no saben que la tierra es arca que se muere.

Que, al menos, estas manos del labrador te mimen

y su briega amorosa sea voz que te consuele.


         AMOR QUE NO PUDO SER

 

 

 

Se me escapó el chispazo discreto de tu anillo

y te envolví en la red de mi caza secreta.

Aljaba de pasión mis ojos, te lanzaron

dardos de unas miradas, al descuido tu presa.

 

Torre de una vigilia desde entonces me hice.

Adarve entre los sueños mi corazón de almena.

Temblor adolescente, garabato me supe,

palabras para adentro calculando fronteras.

 

Te imaginaba a solas, isla tú divagante

pensándome en perfiles de ansias inconexas

acunando esperanzas como recién nacidas

petunias que se asoman en la rama indefensas.

 

Yo, tan deshabitado de trofeos de gozos,

yo, paje de un jinete vencido en la palestra,

al momento me supe ganador de batallas,

al momento toqué un fulgor de leyendas.

 

Me clavé en esa esquina que de pronto se vuelve

cofa de un marinero que adivina tormentas;

campesino que mima sembrados con los ojos,

pero entre nubes turbias la pedrisca olfatea.

 

Mi timidez crujía, edificio de dudas,

casa de terremotos que sonriendo tiembla,

laguna en que se miran pensamientos nocturnos

que dañan al silencio como si fuesen piedras.

 

El amor es un campo de trigales ardientes

invocando calores con su zaga de siega.

Me repetí en el fondo con candor de un espejo

como quien se ha pulido para ir a una fiesta.

 

El amor nos descarga del fardo de los días

y nos zurce los rotos de las historias viejas.

El amor pone alas al cansancio y lo lanza

a volar por los cielos anfitriones de estrellas.

 

El amor es compás en las manos de un loco

que en papel de suspiros sus anhelos diseña.

El amor crearía otra vez este mundo

para que nunca fuese alfoz de las miserias.

 

Una tarde, el azar, que baraja las vidas

y tira en el tapete las cartas más inciertas,

me colgaste en el filo de mi mirada un susto:

otro que te llevaba, fausto botín de guerra.

 

Me viste y se hizo trizas a tu paso mi escudo.

Desvié la mirada como una errante flecha.

Pero sé que mi adiós fue aldabón en tu pecho,

firma de despedida tu giro de cabeza.

 

Otra vez, cuando asome mi corazón al borde

de un pretil de ilusión, miraré más de cerca.

Pero nada podrá enfriar este aroma

que un día de una vida tediosa aún me calienta.


MAR QUE ME LIMPIA LA MEMORIA URBANA

 

 

 

Hecha astillas de sombras,  la noche, su carroza

aleja. En el pescante el alba está al acecho

del mundo que despierta y baja a la galera

del trabajo que boga, cotidiano remero.

 

Desocupado yo, con candil de la aurora

a tu andén de oleajes mi palabra te acerco.

Confidencias me hierven en mis huérfanos labios

pero que no calientan la isla en que amanezco.

 

Huyendo vengo, oh mar, de espadas de Damocles

que amordazo contigo para fingir un lejos.

Sé que no te interesa el crujir de la vida:

también a ti te asaltan oscuros zarandeos.

 

En las ciudades son las gentes como números,

cifras que sobreviven cogidas en el cepo

de un jornal y una cuerda que aprieta el compromiso

como, para mortales, seguir sobreviviendo.

 

Porque vivir, lo sé, es torpe asignatura

uncidos los humanos al pupitre del tiempo,

emborronando siempre dictados de obsesiones

que dejan de morder luego en el cementerio.

 

Por eso, amenazada la tierra en sus perfiles,

me avecino a tu orilla donde sepulto el miedo.

Como si retornara a remotos orígenes,

tanteando en tu vientre, rebusco mis ancestros.

 

Has vuelto a renacer, ave Fénix de agua,

madre tú de vivientes que les diste alimento

con tu ubre de conchas resonantes de siglos,

con algas y sargazos tu leche, azules senos.

 

Has vuelto a levantar tu cabeza de brumas,

tu marea que alisa sus líquidos cabellos

en calvas de roquedas, buitres los farallones

mar que emerges lo mismo que los montes enhiestos.

 

Pináculo de sol, el mediodía altivo

ve como a galeotes sufridos a los pueblos.

En la cubierta ríen los dientes poderosos

y abajo está el sudor empapando los remos.

 

Acuoso dinosaurio apaleado a veces

por las fustas de un rayo sobre lomos del trueno,

aliado de oscuras carpas de tempestades,

instantáneas las torres trepadoras del cielo.

 

En el papel de arena de la playa tendida,

tú, acuático poema, ola a ola tus versos,

falda en la que reposas tu cansancio oceánico.

almohada también donde duermes tu estrépito.

 

Cae la tarde en su tardo socavón de penumbras

y un hilo de nostalgia me ha ensartado sus ecos.

Horas y circunstancias me abren las compuertas

y a la memoria invaden ejarbes de recuerdos.

 

Les clamo a los olvidos me presten sus rincones,

pido a la desmemoria su nublado desierto.

Pero todo es inútil. Soy tal un precipicio

que ve cómo le fallan los filos de su empeño.

 

Ayeres agavillo con cintas de su nombre

e igual que a matorrales con mi coraje incendio.

En las brasas rubrican un zig-zag otros días.

Resurge como un rostro colmena de los besos.

 

Hoy, que no pude ser novio de la alegría

y me vine a caballo de mi pena al destierro,

a pesar de tus greñas de un malhumor salobre,

surgido de tu espuma renazco y me celebro.

 

Retorno a la ciudad, palestra de guarismos,

gentes, luminotecnia, trajín, consumo ebrio...

Les aviso. Responden con crótalos de risa.

Lo sabes, mar. Por eso tú me llamas de nuevo.

           

LA VEJEZ Y EL MIEDO

 

La vejez es asilo de experiencias, un álbum

que el tiempo deteriora con sus dedos enjutos.

La vejez, almazara de años, no es aceite

con aroma jovial, sino pechín y orujo.

 

Apenas ha llegado a su estación penúltima,

ve la definitiva como un llagado muro.

Lágrimas escondidas a modo de mordaza

se le quedan por dentro sonreídas de orgullo.

 

Posada de recuerdos, años arrinconados,

ciudad desprotegida, lo mismo que un suburbio.

La vejez echa anclaje en un puerto al que llegan

los barcos que desguazan los desvelos nocturnos.

 

Yo siempre te he temido, vejez, silo de años,

y no porque clausures tus caminos sin rumbos.

A pesar de que es tiza de canicie tu sien,

la lucidez en ella te pesa como un yugo.

 

Uncida a las razones, tu fonda de recuerdos

te guarda cicatrices de errores como surcos

en tu conciencia, tierra que ya no laboreas,

cansados labrantíos bajo los cielos turbios.

 

Generosa, te das a todos y apuntalas

tu techo con un ánimo de talante agalludo.

Has cruzado ya el puente de todas las premuras

sobre el río en que lavan los demás sus asuntos.

 

Tan sólo un enemigo se ha quedado en el quicio

de todo el menosprecio que te concita el mundo.

Cuando quieres echarlo a patatas de olvido,

te planta el miedo cara con gesto de exabrupto.

 

Miedo, ¿a qué? No a la muerte que te espera en los pliegues

de no se sabe qué circunstancia sin nuncio.

Sequía en la garganta, temblor en la mirada

es el miedo que arrumba a tu furia en desuso.

 

Pasos que se aproximan, círculo que se cierra,

lodo de incertidumbres que pisas como un susto.

Navío zozobrante, borde de un desamparo,

el miedo te ha metido en su cueva de humo.

 

Ya sé, vejez, qué anilla te enclaustra a los temores.

Es el amor la cuerda que te ata a los tuyos.

Darías la propina de años que te quedan

porque nunca sufrieran lo que tú has visto en muchos.

 

Extravío de ayeres, palimpsesto de nadas,

los años son un carro con bueyes taciturnos.

Con el amor te bebes los ultrajes que traen

los años, maltraídos incluso por absurdos.

 

Y, sierpe en torno al cuello de tu vigilia, el miedo

te gana casi siempre, como si fuera un pulso,

la partida en la mesa de tus cavilaciones

en la que yo contigo trasiego el tiempo a dúo.


           TESTAMENTO POSIBLE

 

 

 

Sé que un día seré transeúnte de sombras

y barca de Caronte en laguna de acíbar.

Sé que seré silencio, dintel de lo ignorado

y un adiós que se ahoga al trasponer la orilla.

 

Los que me habéis queridos os quedaréis desiertos

de mi voz despoblada y la memoria encinta

por no sé cuánto tiempo del que es huésped de ausencias

de un país que rubrica las últimas ruinas.

 

Mis libros, mis poemas serán fonda de luto.

Mi vacío se irá cerrando cual herida.

Quedarán cicatrices de recuerdos volátiles

que habrá de tapizar el tiempo con sus prisas.

 

La vida seguirá parteando criaturas 

y el mundo en su rodaje de dictadoras cifras.

Prófugo de obsesiones el vivo, se zambulle

en los otros, que están como él en sus islas. 

 

Yo, mientras se congela mi ayer en la memoria,

traspasaré aduanas de nublados enigmas.

Un mudo lazarillo de fe llevaré en proa,

aunque la barca hunda mi nada en la ceniza.

 

Vigilante de tumbas, guardián del camposanto,

el ciprés con capucha de ramajes suplica.

Campanario silente, plañidera de adioses,

echa sobre el escombro fúnebre su vigilia.

 

Para quienes asierra su carne el sufrimiento,

pudridero del gozo, los ayes como esquirlas

del cuerpo apuntalado con prórrogas clementes,

la muerte es puerta en la que el preso, al fin, respira

 

¿Qué nos encontraremos, viajeros de lo ignoto

atravesando páramos de qué habrá como intrigas.

¿Abriremos la alforja de nuestras experiencias

y ella será alimento de nuestra travesía?

 

¿Saldrán a nuestro paso noctámbulos difuntos

como extraños viandantes de una urbe infinita,

o, quizás, como miel para nuestras angustias,

los que para las dudas resplandores auspician?

 

¿Qué desvelado puerto a nuestras inquietudes

espera, hospitalarias aguas para su quilla?

¿Será un mentís a lágrimas que hacen guardia en el tiempo

y es un país inédito que es filón de carismas?

 

Como a todos nos llama la voz irrefutable

y nadie en sus umbrales puede contradecirla,

siembra, humano, en barbecho de un quién sabe ese germen

de un después, levadura la esperanza que hilas.

 

Sé que seré algún día parte opuesta del río

y me daréis adiós con las manos furtivas

y nada ha de quedar de mí sino el reguero

de un ayer que congela el hielo de dos cifras.


      CONTIGO  Y  TUS  PRESENCIAS

 

 

 

                     I. EL DÍA

 

 

 

Va y vienes por la casa, alivio de ajetreos,

cobijo de la prisa y ruidos dispersos.

Hermanas la cocina y la plancha, reúnes

todos esos enseres en un son de concierto.

 

       La tarea parece que te abre los brazos

y te mira con ojos cotidianos de retos.

Hermoseas costumbres, plural es tu respuesta

a encadenar quehaceres y enhebrar los esfuerzos.

 

Armónicos latidos da el reloj y a tus ojos

su tic-tac se te antoja el tricotar del tiempo.

Zizaya son las horas, sus manillas persiguen

una fugacidad que a veces te da miedo.

 

La casa es una isla con su costa de instantes,

una isla que olvida su alrededor de océano.

Cláxones, gentes, bulla deshacen la leyenda

de que seas la reina de un pacífico reino.

 

Pelaje sigiloso, cojín de la molicie,

el gato te acompaña y es mudo compañero.

La mañana se ha ido llevándose en sus aguas

rutinas que dan vueltas como un molino viejo.


 

                 I I. LA PLAYA

 

 

 

Hostal de aves y brisas, jungla espesa de olas,

está la mar, inquieta encajera de aguas.

Con esos escarceos a tus pies, son pulseras

de espumas que te ajusta como cuando muchacha.

 

Regazo de oleajes que a morir aquí vienen

y andén de tantos trenes que desguaza la playa.

De más jóvenes fuimos, de mano del estío,

amigos de esta mar, casa de concha y alga.

 

Aquí los roces fueron primicias de los besos.

Aquí anclamos periplos de unas siamesas barcas.

Aquí plantamos tienda de emoción una noche.

Aquí fuimos testigos de un parto azul del alba.

 

Olvidemos tsumanis, socavón insaciable,

boca de una marea con dentadura aciaga.

Olvidemos naufragios, cementerios de nombres

que son nombrados sólo por dolientes nostalgias.

 

Contigo está la mar como una confidente.

Cuando vienes, la mar es encaje de calma.

Contigo, cuando el mar se adormece a tu sombra,

se regocija el mundo y hace el Mal una pausa.

 

 

                     

 

                     III. LA TARDE

 

 

Barco escorado en sombras, velamen enlutado,

la tarde se ha ido a pique con su mástil de orgullo.

Tú yo sumamos pasos por llovizna de calles.

Tenemos que virar como aquel barco, el rumbo.

 

El café tiene lazos para cazar olfatos.

Nos conquista el aroma, alcahuete su humo.

Entramos al recinto. Un trenzado de voces

no dejan, hilo a hilo, de hilvanar sus susurros.

 

Un mendigo en la puerta. Mascarón de miseria,

el pedigüeño extiende su mano de suburbio.

Le das una limosna y su mirar devana

el ovillo de penas que ignorar quiere el mundo.

 

Al fondo del café una música sube

para colorear los coloquios difusos.

Tú, distraída, observas el entorno y lo adornas

con cintas de sonrisas, tan te sientes a gusto.

 

Paladeas la taza, mariposa tu lengua

que se posa en el borde con un ademán curvo.

Conversamos, telar de palabras la charla.

Pero siervo mi oído a ti, soy el que escucho.  

 

 

 

                     I V. LA NOCHE

 

 

 

Apagón de la tarde, espesura de sombras.

La noche, tropa oscura, todo lo va cercando.

El sueño, que derriba los cuerpos en la cama,

a hurtadillas se acerca, sigilosos sus pasos.

 

La copa del amor, con frases y ademanes,

con mosto de deseos ya, por fin, se ha llenado.

Vecindad de la piel, broche perfecto el beso,

nos bebemos la copa con la emoción por tragos.

 

Tu cuerpo reaparece como nuevo a mis ojos.

El perfume se viene contigo de la mano.

De las cuerdas que pone la jornada a las mías,

ahora con mi daga de libertad desato.

 

La madrugada echa cerrojos de silencio.

Somos los robinsones de una isla de mayo.

Qué bien si no rondase la aurora la ventana

con sus golpes de luz, sordo el aldabonazo.

 

Pero ahora olvidemos el rodaje del mundo

y a contemplar se pare la hoguera de este abrazo.

¡Zarpemos en la barca de nuestra fantasía

de seguir tan queriéndonos aunque asusten los años!

 

 

 

MIRANDO AL FONDO DE UNA FOTOGRAFÍA

 

 

 

Me paro ante esta foto, como en umbral que pisa

el tiempo con sus pasos de amarillos retornos.

El tiempo que me aleja del ayer desguazado,

es el mismo que ahora me arrastra hasta su fondo.

 

Os veo, madre, padre, sonrisas de otros días

en que fuisteis los jóvenes fundadores del gozo.

Bóveda de ilusiones, trenzados los caminos,

palabras compartidas, descanso sobre el hombro.

 

Preliminar azul, colmenas de la infancia,

dos cuerpos que se unieron cuando antes iban solos.

El yugo de la vida sobre los corazones

arando los barbechos de unos surcos homónimos.

 

El jornal, alimento de las necesidades,

fuente que lentamente iba menguando el chorro.

El reto de los cálculos, puzle de los mercados,

delgadez del dinero, vericuetos incómodos.

 

Pero el amor sonaba por todos los rincones.

El amor no dejaba que lo manchara el óxido

de las preocupaciones que ensucian esos tules

de los sueños expuestos a la vida y su encono.

 

El magma de los hijos, la greda de tu vientre,

madre, con levadura de tu amor abrió el orto

de los hijos, que son acueductos de sangre,

acequias de apellido, la familia en escorzo.

 

Bordados de deseos con hilos de develos,

en ruecas de coloquios de familiares ocios

Repique de esperanza en todas las vigilias

que eran tus pensamientos para los hijos mozos.

 

No podían contigo los días en tropeles

de las dificultades con desazón de hoyos.

Yunque de sacrificios, candil que no se extingue

es la madre, puntal para techos ruinosos.

 

Y tú, padre, callado domador de tus rabias,

llanto mudo de afanes, sorteando los lodos

de la vida, esa selva que aconseja machete,

batalla que te inventas tu coraza sin odio.

 

Nosotros, herederos de aquel hogar, celamos

reunión de la ternura y recuerdos en corro.

Velas de los ejemplos que siguen encendidas,

antorchas familiares que damos uno a otro.

 

Un puente es la memoria que al presente nos trae

y en él, en esta orilla del ahora os evoco.

Lejos, rotas las risas de los años menudos,

sus ecos con las manos del recuerdo recojo.

 

Esta fotografía, corazón vuelto atrás,

imán para mi alma, hoy la guardo y la pongo

entre la venerable reliquia de unos nombres

que habrán de resonarme incluso bajo el polvo.


           ÚLTIMO MONÓLOGO

 

 

 

Desalojando vas poco a poco tu espacio,

portátil territorio, ser efímero aún vivo,

páramo de deseos, mirada que naufraga,

tren que se va alejando, confín ya convencido.

 

En torno a ti no hay nadie, desierta tu mirada.

Miras tu alrededor, vecindad de los libros,

dureza de los muebles, pasividad de cuadros,

ni siquiera el teléfono te regala un respingo.

 

¿Qué están haciendo todos los que amas y ahondan

dentro de ti sus largas raíces de intimismo?

Ninguno podrá ser un Caronte que lleve

tus últimos momentos en su barco de exilio.

 

Esta laguna Estigia de tu cuarto oscurece

todas las alegrías que mulleron tu piso.

Tu mujer endulzando el aire en la cocina,

las notas en su danza de gozo de tus hijos.

 

Vienen como averío de rostros y de voces

baraúndas de imágenes con perfiles de amigos.

Ayeres de tertulia, palabras compartidas

y emociones gemelas entran por tus resquicios. 

 

Estás como en el borde de un destierro...¿Hacia dónde,

tú, que el tapiz de fe pisoteaste a añicos?

Estás como en el vado de lodo de un quién sabe

próximo a que te lleve a su vejez el río.

 

Capítulo final de una guerra en el cuerpo,

un garfio que desgarra tu carne hilo a hilo,

un campo de batalla donde humea una vida,

quemado el estandarte de un placer que fue invicto.

 

En esta misma cama, alcahueta del sueño,

nocturno edén que fuera de aquel sexo exquisito,

ahora es barca que rompe amarras con la vida

y presiente ya un rumbo no sabe a qué infinito.

       ¿Qué dirán cuando seas un huésped del silencio,

telón de anonimatos, viaje sin destino,

caminante por una soledad siempre virgen,

desnudo de tus cosas, sin ropa de cariño?

 

Lo sabes que te ausentas de todo lo que dejas,

de lo que amontonaste con tu bieldo de ahínco.

Los sueños te despiden en la inercia colgados,

ellos, potente aceite de un candil de delirios.

 

Esfinge de la vida son los días a rastras

por todo el almanaque que van a ningún sitio,

te dices ya en tu último espejo de preguntas,

pero te punza un frío cortante y fronterizo.

 

La nada no es la nada como un fondo de ausencias,

pozo donde arrojabas la inquietud signo a signo.

La nada es el gran todo, puerta de interrogantes

que si abrir la supieras, te daría un respiro.

 

Se clausuran tus ojos, rehenes de las sombras.

Caes en tu almohadón de viejos raciocinios.

Exista o no otra vida, tú mulles el descanso

final que el sufrimiento te da cuando está extinto.


             LA PASIÓN DE VIVIR

 

 

 Las pasiones, trasmallos; las voluntades, peces,

deseos que sucumben al goce como a cebos,

vorágine invisible, ojos de madrigueras,

dentadura afilándose, garfio siempre al acecho.

 

Las pasiones son junglas, rugidos de vehemencia

matorrales de afanes en los que nos perdemos.

A oscuras vendimiamos la carne con urgencia,

en tentáculos rudos nos convierte el dinero.

 

Historia entre dos fechas es el hombre, este guía

de las especies, fáustico escalador de sueños.

Cofa de los futuros, marinea en su mástil,

guillotina los mitos, se tatúa de tiempo.

 

Un arca amenazada es la tierra que asola

el vaho de la técnica, con dedos gigantescos

que árboles decapita, que ríos adelgaza,

que en discordia ha enfrentado a los cuatro elementos.

 

Ubre de los humanos y doncella violada,

la tierra es una grupa, el sol jinete regio.

La habita el hombre a cambio de agostar sus filones.

Ve la naturaleza que desangran su cuerpo.

 

Pero, ¿adónde va el hombre? Caminos indecisos

lo llevan a la nada, voluntario destierro.

Revés de la existencia, esa nada lo aturde,

bitácora de angustia en los rumbos más ebrios.

 

La violencia es radial, mano múltiple y loca,

patas atronadoras de un ronco paquidermo.

Vecinos insensibles de todo lo que sufre

somos, fieles notarios del adiós a los muertos.

 

Barco que se ha topado con icebergs de dudas,

el hombre ya no sabe traducir su silencio,

ni tampoco persigue enigmas ni señales.

La verdad es discreta y apenas tiene ecos.

 

Se ha vuelto un ente frívolo y peón del consumo,

mercado que abarata las afueras del sexo.

Cosario de la prisa, gárgola de las frases

que los usos oxidan y es la praxis su feudo.

 

Los dioses, jubilados para él y en los libros,

dejaron ya vacantes los tronos de sus reinos.

Repique de estadísticas, ferias de propaganda,

hambre de novedades, arpa de los estruendos.

 

Rituales del humo que la pobreza nubla,

para tapiar las bocas que mastican sus ruegos.

No entrar en los desvanes de la vieja conciencia

ni escuchar su reflujo es eso ser moderno.

 

Veleidad de burbujas con idas y venidas

por la tierra de nadie, vacío altar de ejemplos,

Vivir es ya ser huésped del oído servil

junto a telediarios cada vez más siniestros.

 

Todos en el volcán de pasiones cutáneas.

Todos en una cuerda que nos ata los miedos.

¿Sabemos quiénes somos mientras vamos, autómatas,

por un indesviable camino al cementerio?

 


         PLEAMAR DE TU MEMORIA

 

 

Un cuenco de mendigo te pone mi nostalgia

en la esquina invisible de mi mejor recuerdo.

El sol va a su pináculo, el mediodía altivo,

aquel julio, su ocio mío empezaba siendo.

 

Cicatriz el camino hacia la mar, nos supo

viandantes en su greda con perfil veraniego.

La playa con regazo de metal por arena,

el calor, su tenaza llameando los cuerpos.

 

El verano volcaba automóviles, motos

en la espalda, llagada por alquitrán, del pueblo.

Las vacaciones eran un tropel de alegría

mendigando a las brisas un latigazo fresco.

 

Palmeras, chiringuitos, vendedores, mirones

otra vez encontraban las llaves de su reino.

Proclamaba el desnudo sus apócrifas leyes

como si fuese un odio jovial contra el invierno.

 

Las olas, con sus lenguas de rotos algodones,

grilletes a tus pies como efímeros cepos.

Te tendiste en la orilla, se insinuaba el agua

por tus muslos, jardín, y yo, guardián inquieto.

 

Los ojos de los otros te lanzaban sus dardos,

su punta amordazada de sensuales requiebros.

¡Tú qué culpa tenías si bajo de tu piel

la inocencia reía ante su propio espejo!

 

Te levantaste, Venus, cabrilleos de escoltas

a tu lado. ¡Tenerte Boticelli de nuevo!...

Por fuera, me lamía la brisa mis sudores.

Por dentro, me horadaba todo el garfio los celos.

 

Aunque me vieras mudo devanando mi asombro,

un taller de ilusión era aquel mi silencio.

Te hilaba en mi tapiz. Como el que llena un silo

de trigo, yo llenaba mis horas con los sueños.

 

Mas, ¿quién puede ser amo del futuro aunque cante

y le siembre de fresca esperanza el sendero?

En su ventana oculta la muerte nos vigila,

con su ojo rapaz nos perfila el acecho.

 

Estoy solo en la playa, que por ti me pregunta,

olas y brisa están echándote de menos.

¡Quién te tuviese aquí, feudo frutal de mayo,

aunque me hirieran ojos que te pusiesen cerco!

 


         INTENTO  DE UNA DESPEDIDA

 

 

Guardián del camposanto, plañidera silente,

ciprés te me figuras protector de los muertos.

Hoy la tarde es un barco de sombras desguazado

cuyo reposo humea detrás del cementerio.

 

(En tus manos, cerrados alicates, oh olvido,

un ser querido aquí en tus desvanes dejo.

Uno más que cabalga por llanos de ceniza

en la grupa invisible del marmóreo silencio.)

 

Casa de una conciencia, barro que a amor nos huele

ha sido entre nosotros el desterrado cuerpo.

Tatuaje de anécdotas grabaron en su alma

esbeltas fantasías, andamiaje de sueños.

 

¿Será la carne humana máscara de un enigma,

la torre indescifrable de un imposible reino?

Moldeada en el magma de un vientre cuando sale

al mundo, éste no sabe de su origen tan tierno.

 

La carne, que no tiene más escudo que el paso

que da un día tras otro en palestra de riesgos,

es la carne que ama, es la que carne que sufre

pagando con vejez y desánimo el diezmo.

 

Después viene ese impune criminal que es la muerte,

señora de confines, nos condena a su predio.

Dueña de camposantos, grafitera de fechas,

reduce lo que somos a ras de un breve hueco.

 

Las lágrimas son más que cristales que queman

y el llanto más también que este sacudimiento.

Con el pasar, se agrieta la memoria, se astilla,

se marchita en rincones de amarillos recuerdos.

 

Pero cuando se alargue como un río en estiaje,

paciencia presidiaria, como a tientas el tiempo,

la añoranza de ti se irá desgañitando

y el vacío será incansable sendero.

 

Cualquiera pensaría que, boca del consumo,

tiovivo de viajes, no te llevaré dentro.

Porque la vida hoy llena está de sobornos

y con frivolidades se afana en distraernos;

 

porque los muertos son presencias intangibles,

ausencias invasoras como invisibles cercos;

porque los muertos hablan, viandantes de las sombras,

rubrican en la nada renglones inconexos.

 

La vida estalla a ciegas, venero inagotable,

proa que embiste a todos los obstáculos, cepo

de ilusiones también, nunca mira hacia atrás

y avanza por el mundo con plurales asedios.

 

Humean los cafés de coloquios y risas.

Son hervores los cines con albricias de estrenos.

Hacen las discotecas más fugaces las horas

y partea la aurora un mundo siempre nuevo.

 

Las sábanas nocturnas, islotes de descanso,

a pesar de lo oscuro, tienen fulgor espléndido.

Sucede a la palabra el abrazo, las cepas

de unas uvas de amor para esos ratos ebrios.

 

Mientras tanto, los muertos, ahijados del ciprés,

padres de sus cenizas, ya no están al acecho

de los ojos rapaces de la envidia, felino

tras la mirada, mudo reventón de deseos.

 

Mientras tanto, ya sois paréntesis de fechas,

jirón de remembranzas, interrogantes densos,

ayeres congelados, lejanía de nombres,

pero nunca hilos rotos de este ovillo que envuelvo.

 

Ya no oigo tu voz, estuche de ternuras,

en la que los vocablos se acunaban tan frescos.

Acorde de tus labios, hilo vítreo tan frágil,

tu voz era cobijo para arrullar mi asueto.

 

Y tu mano, cayado que era del desaliento,

lazarillo de amor para andar por el miedo,

cadena de quehaceres, acueducto del agua

que empapaba la lengua de todos mis esfuerzos...

 

Debilidad sin báculo, naufragio en la impotencia,

casa con deterioro se hizo tu cuerpo enfermo.

La vida con carcoma nos envenena el gozo

y nos hace manjar de los fúnebres cuervos.

 

Y es que el dolor corpóreo es un garfio en la carne,

la guerra silenciosa que resuena en los huesos,

huésped indeseable que nos trae billete

para hacer un viaje a donde no queremos.

 

Fortín inexpugnable fue aquella tu paciencia,

coraza sonriente para un soldado enhiesto,

lago de las quietudes, remanso de las horas

tullidas de un ocaso que dejó de ser bello.

 

La película acaba:The End  de soledades

furtivas entre penas, mi espacio recomienzo,

y me voy, pero, ¿adónde?, si cuanto más me aleje

más aún en repliegues de este ahora te tengo?


 

Análisis del estilo y el tema (Inteligencia artificial)

 

 

El poemario presenta un estilo marcadamente clásico y elaborado, con versos largos, ritmo solemne y abundancia de metáforas extensas. El lenguaje es rico, denso y simbólico, con una fuerte carga retórica que recuerda a la poesía social y existencial del siglo XX. Predomina el uso de personificaciones, imágenes de la naturaleza y referencias mitológicas, que sirven para reflexionar sobre la condición humana. El tono es mayoritariamente elegíaco y meditativo, atravesado por la nostalgia, la culpa, el paso del tiempo y la conciencia de la muerte. La naturaleza —árboles, mar, campo— aparece como espejo moral del ser humano y víctima del progreso. El amor se presenta tanto como plenitud vivida como pérdida irreparable. La voz poética adopta una mirada crítica hacia la sociedad moderna, el consumismo y la deshumanización, sin renunciar a la intimidad emocional. En conjunto, el estilo busca conmover y hacer reflexionar, más que narrar, apostando por una poesía de pensamiento y memoria.


Sinopsis

Historias asonantes es un recorrido poético por la vida, el amor, la memoria y la muerte desde una mirada madura y reflexiva. A través de la naturaleza y las experiencias personales, el autor explora la culpa, la pérdida y el paso del tiempo. El poemario denuncia también la degradación del mundo moderno y el olvido de lo esencial. Todo ello conforma una elegía íntima sobre lo vivido y lo irremediablemente perdido.

Comentario de texto poético

Nos encontramos ante un texto poético de carácter lírico, perteneciente al poemario Historias asonantes de Juan Rafael Mena. El texto se inscribe en una poesía reflexiva y de tono elegíaco, en la que el yo poético expresa una mirada crítica y emocional sobre la condición humana.

El tema principal es la reflexión sobre el paso del tiempo y sus consecuencias: la pérdida, la nostalgia, la culpa y la conciencia de la muerte. Junto a este tema central aparecen otros secundarios como el amor vivido y perdido, la memoria, la degradación de la naturaleza y la deshumanización provocada por el progreso y la sociedad moderna.

En cuanto al tono, predomina un tono grave, meditativo y melancólico, que en ocasiones se vuelve crítico o confesional. El poeta adopta una voz madura que observa el pasado con lucidez y cierto desengaño, pero también con ternura y respeto hacia lo vivido.

Respecto al lenguaje y los recursos estilísticos, destaca el uso abundante de metáforas y personificaciones, especialmente relacionadas con la naturaleza (árboles, mar, campo), que funcionan como símbolos de la vida y del ser humano. También son frecuentes las enumeraciones y las imágenes sensoriales, que intensifican la expresividad del poema. El léxico es culto y elaborado, con predominio de sustantivos abstractos.

La métrica se caracteriza por versos largos, de ritmo pausado, sin una rima estricta, lo que refuerza el tono reflexivo y solemne del texto.

En conclusión, el poema presenta una poesía de pensamiento y memoria, en la que el autor combina intimismo y crítica social para invitar al lector a reflexionar sobre la fugacidad de la vida y la necesidad de preservar los valores humanos frente al paso del tiempo.

 

ÍNDICE

 

                                                    

ÁRBOLES AL DESTIERRO                                               

AMOR PARA LA HISTORA DE UNA CULPA                          

ELEGÍA CON OLOR A TIERRA SUDADA                               

AMOR QUE NO PUDO SER                                                    

MAR QUE ME LIMPIA LA MEMORIA URBANA       

LA VEJEZ Y EL MIEDO                                                                     

TESTAMENTO POSIBLE                                                          

CONTIGO Y TUS PRESENCIAS                                   

MIRANDO EL FONDO DE UNA FOTOGRAFÍA                       

ÚLTIMO MONÓLOGO                                                             

LA PASIÓN DE VIVIR                                                              

PLEAMAR DE TU MEMORIA                                             

INTENTO  DE UNA DESPEDIDA                                             

                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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