Crítica literaria de la IA a Lámparas votivas, de Juan Rafael Mena
Edición Cuadernos de la Tertulia Río Arillo, edición no venal (2007)
Análisis crítico del poemario y sinopsis final de diez líneas, basados en el texto
de la obra.
I. Crítica profunda
1. Una poesía que convierte la memoria en homenaje.
Lámparas votivas, de Juan Mena, es un libro de poesía que se construye sobre una doble voluntad: rendir homenaje a figuras fundamentales de la literatura y la música españolas y preservar un mundo de recuerdos, paisajes, tradiciones y experiencias humanas amenazado por el olvido.
El título constituye una clave interpretativa esencial. Una lámpara votiva es una luz que permanece encendida como ofrenda, recuerdo o expresión de devoción. En el poemario, esa imagen puede entenderse como una metáfora de la propia escritura: el poeta enciende una luz sobre los muertos, los artistas, las ciudades y las formas de vida que merecen sobrevivir en la conciencia colectiva.
El libro no se limita, por tanto, a recordar. Pretende rescatar del silencio aquello que considera valioso. La poesía aparece como una forma de resistencia frente a la desaparición física, la pérdida de la memoria histórica y la transformación de los espacios tradicionales.
Esta intención confiere unidad espiritual a una colección que reúne composiciones de procedencia diversa. Sin embargo, también plantea una dificultad: la voluntad de homenajear puede llegar a imponerse sobre la necesidad de descubrir una perspectiva poética verdaderamente nueva.
2. La estructura: entre la evocación histórica y la celebración de Cádiz
La obra presenta dos grandes bloques: una primera parte dedicada a poemas inéditos y una segunda que reúne poemas premiados no publicados y otros editados. Dentro de esta organización conviven la reconstrucción imaginativa de vidas ilustres, la poesía de carácter histórico, la evocación cultural y la representación de ambientes gaditanos.
En los poemas iniciales, Juan Mena adopta voces imaginarias de personajes como fray Luis de León, Góngora, Antonio Machado, Manuel Machado, Manuel de Falla, Federico García Lorca, Luis Cernuda y Miguel Hernández. No pretende simplemente describir sus biografías, sino reconstruir momentos decisivos de sus existencias, a menudo próximos a la muerte, al exilio o a la pérdida.
En la segunda parte cobran protagonismo Cádiz, el mar, los barrios populares, la religiosidad, las tradiciones y las relaciones entre España y América. El desplazamiento temático no supone una ruptura completa: tanto los personajes históricos como los pescadores y habitantes de los barrios aparecen vinculados por la necesidad de conservar una identidad y transmitir una herencia.
No obstante, la heterogeneidad también tiene un coste. El libro se aproxima a una antología personal en la que conviven diferentes propósitos y tonos. La unidad depende más de la sensibilidad del autor —su apego a la memoria, la cultura y el paisaje— que de una evolución dramática rigurosa. La lectura puede percibir una sucesión de homenajes más que un itinerario poético plenamente progresivo.
3. La reconstrucción de los grandes escritores: mérito y riesgo
Uno de los aspectos más ambiciosos del poemario consiste en imaginar la conciencia íntima de autores cuya obra ya forma parte de la memoria cultural española.
En «Recién nombrado provincial de la Orden, enferma fray Luis de León y reflexiona en sus últimos momentos», el protagonista contempla la literatura, la naturaleza y la espiritualidad desde la proximidad de la muerte. En «En la mañana de la muerte de Góngora: 2 de mayo de 1627», el poeta cordobés aparece acosado por las dificultades materiales, la soledad y el recuerdo de su universo literario.
El procedimiento permite humanizar a los grandes autores. En lugar de presentarlos como monumentos intocables, los muestra vulnerables, dependientes de los afectos, conscientes del tiempo y preocupados por el destino de sus obras.
El mismo mecanismo adquiere una dimensión histórica más dolorosa en los poemas sobre Antonio Machado, Federico García Lorca y Miguel Hernández. El exilio, la represión y la muerte dejan de ser datos de una biografía para convertirse en experiencias de desarraigo y sufrimiento.
Aquí reside una de las principales virtudes del libro: la historia literaria se transforma en experiencia emocional.
Pero esta estrategia entraña también un riesgo. El lector conoce de antemano la identidad de los personajes y buena parte de su destino. Por ello, la emoción depende en ocasiones más del prestigio de las figuras evocadas y de la tragedia que padecieron que de una revelación poética inesperada.
La pregunta crítica es inevitable: ¿qué descubre el poema que no supiéramos ya de su protagonista? Cuando la respuesta se encuentra en una imagen nueva, una contradicción humana o una interpretación original, el homenaje alcanza su mayor eficacia. Cuando predomina la recapitulación de datos biográficos, nombres y referencias reconocibles, la composición se aproxima a la recreación cultural ilustrada.
4. La historia y la conciencia moral
Los poemas dedicados a Machado, Lorca y Hernández constituyen uno de los núcleos éticos más significativos del libro.
En «Antonio Machado parte para el destierro», el exilio se representa como una separación dolorosa de la patria y de los paisajes interiores que han alimentado la obra del poeta. La evocación del alto Espino, asociado a la tumba de Leonor, expresa la fuerza de una memoria personal que acompaña al desterrado incluso cuando debe abandonar su tierra.
En «Federico García Lorca decide bajar a Granada», el conocimiento del desenlace trágico convierte el regreso a Andalucía en una marcha cargada de fatalidad. La luna, tan vinculada al imaginario lorquiano, adquiere una función sombría: deja de ser únicamente una presencia lírica para convertirse en testigo silencioso de la violencia.
El poema dedicado a Miguel Hernández es particularmente relevante porque combina la vocación literaria con el compromiso político, la experiencia carcelaria y la preocupación por la esposa y el hijo. La tragedia no se reduce a la muerte de un poeta: alcanza también a una familia privada de su futuro.
El libro propone así una lectura moral de la historia. La guerra civil y la represión aparecen como fuerzas que destruyen vidas, separan comunidades y frustran proyectos culturales.
Sin embargo, el enfoque es predominantemente elegíaco. La intensidad procede de la pérdida, la injusticia y la evocación de las víctimas. Hay menos espacio para el análisis de las contradicciones colectivas o de los mecanismos históricos que hicieron posibles aquellas tragedias. No es necesariamente un defecto en una obra lírica, pero sí delimita su alcance: Juan Mena busca ante todo preservar la memoria y suscitar compasión, no desarrollar una interpretación histórica exhaustiva.
5. El mar y Cádiz: el centro afectivo del poemario
La relación con Cádiz y su entorno constituye uno de los elementos más personales de Lámparas votivas. En poemas como «Junto a una mar de dádivas y ultrajes o arrabal de mar» y «Los mares que te guardan como en harén, oh Cádiz, de oleajes», el espacio geográfico se transforma en depositario de una memoria colectiva.
El mar no es un mero decorado. Es fuente de sustento, amenaza, belleza y continuidad histórica. Ofrece recursos, pero también impone sacrificios; acompaña la vida cotidiana, aunque puede destruir aquello que alimenta. Esa ambivalencia queda condensada en la idea de un mar de «dádivas y ultrajes».
El poema sobre el arrabal de mar resulta especialmente interesante porque se acerca a los pescadores, sus familias, sus patios, sus pequeñas economías y sus prácticas religiosas. La Virgen del Carmen representa una protección simbólica frente a la incertidumbre del trabajo marítimo. La devoción se integra en los gestos cotidianos y en las esperanzas de personas cuya existencia está condicionada por la precariedad.
En este ámbito, la poesía supera el homenaje monumental. Los personajes anónimos adquieren dignidad y se convierten en depositarios de una historia que difícilmente aparece en los grandes relatos oficiales.
Sin embargo, la idealización constituye un problema importante. El barrio aparece como un vestigio entrañable de otro tiempo, y sus transformaciones se presentan en ocasiones como pérdida de autenticidad. La televisión, el deterioro de las relaciones comunitarias, la droga y la desaparición de ciertas costumbres se integran en una visión crítica de la modernidad.
Esta mirada posee fuerza afectiva, pero puede simplificar el pasado. La vida tradicional no estaba exenta de pobreza, desigualdad, dependencia y sufrimiento; el propio poema reconoce esas dificultades. El desafío consiste en conservar la memoria de una comunidad sin convertirla en una imagen inmóvil ni confundir la autenticidad cultural con la ausencia de cambios.
6. El lenguaje: riqueza expresiva y saturación retórica
Uno de los rasgos más visibles de Juan Mena es su extraordinaria inclinación por la imagen elaborada, la metáfora acumulativa y el vocabulario culto.
El paisaje se transforma constantemente: el amanecer se vuelve cabellera, el agua adquiere propiedades de vidrio, el sol actúa como una presencia humana y los espacios urbanos se convierten en organismos vivos. En los poemas dedicados a Cádiz, esta tendencia produce una ciudad dinámica, rodeada de luz, historia y movimiento.
También destaca la amplitud del repertorio cultural. Aparecen referencias a autores clásicos, músicos, escritores contemporáneos, lugares históricos y obras literarias. Las notas explicativas permiten reconocer parte de ese entramado y muestran que el autor aspira a establecer un diálogo explícito con la tradición.
La ventaja de este lenguaje es su capacidad para crear una atmósfera de abundancia sensorial y cultural. El lector encuentra una poesía que no renuncia a la complejidad ni al conocimiento de la tradición literaria.
Su principal debilidad es la saturación de imágenes. En ocasiones, una metáfora eficaz queda rodeada por otras muchas que compiten por la atención. El poema puede perder precisión cuando cada objeto, sentimiento o paisaje necesita convertirse en una figura retórica.
A ello se suma el uso frecuente de adjetivos, enumeraciones, referencias eruditas y asociaciones ornamentales. Cuando todos los elementos reclaman intensidad, resulta más difícil establecer una jerarquía entre lo esencial y lo accesorio.
La poesía necesita tanto expansión como selección. Algunas de las imágenes más logradas del libro ganan fuerza porque expresan una experiencia concreta; otras parecen buscar el asombro verbal sin dejar suficiente espacio al silencio, a la sencillez o a la ambigüedad.
Una revisión rigurosa podría eliminar ciertas acumulaciones y permitir que las imágenes centrales respiraran. El resultado no sería una poesía menos culta, sino una poesía en la que el conocimiento y la emoción alcanzaran una mayor concentración.
7. La religiosidad: consuelo, identidad y continuidad
La dimensión religiosa constituye otro de los hilos conductores del libro. Está presente en la espiritualidad de fray Luis de León, en la evocación de la muerte, en la devoción marinera a la Virgen del Carmen y en la relación entre las comunidades y sus tradiciones.
En estos poemas, la fe no se limita a una doctrina abstracta. Se manifiesta en prácticas concretas: rezar ante una imagen, pedir protección antes de salir a pescar, agradecer el regreso a casa o encontrar serenidad ante la muerte.
Esta religiosidad ofrece una respuesta a la vulnerabilidad humana. El mar, la enfermedad, el exilio y la violencia introducen incertidumbre; la fe proporciona un lenguaje con el que interpretar el sufrimiento y mantener la esperanza.
La propuesta resulta coherente con el título del libro: recordar también es una forma de venerar. No obstante, la perspectiva es fundamentalmente afirmativa. La tradición religiosa aparece sobre todo como refugio y vínculo comunitario, sin que se explore con igual intensidad la duda, el conflicto espiritual o la posibilidad de que las creencias no basten para aliviar el dolor. Esta elección da cohesión al universo moral de la obra, aunque reduce la variedad de sus interrogantes.
8. La dimensión social: los seres anónimos frente a la idealización
El poemario adquiere una especial densidad humana cuando se aleja de las grandes figuras culturales y observa a las personas corrientes.
En el poema sobre el arrabal marinero, el trabajo, la pobreza, la familia y la religiosidad forman una red de experiencias compartidas. Las redes que se remiendan, las conversaciones en los patios, los comercios que permiten fiar y la incertidumbre de las faenas marítimas hacen visible una comunidad que sobrevive gracias al esfuerzo y la solidaridad.
La poesía cumple aquí una función testimonial: conserva detalles que podrían desaparecer junto con las generaciones que los protagonizaron.
También aparecen las sombras de ese mundo. El alcohol, la droga, las carencias económicas y las frustraciones domésticas impiden que la representación sea completamente idílica. El autor reconoce que bajo la apariencia de una vida familiar o vecinal persisten sufrimientos ocultos.
Aun así, el tratamiento social tiende a ser descriptivo y moral. Se perciben con claridad los efectos de la precariedad, pero no siempre se profundiza en las estructuras económicas y sociales que la producen. Las personas aparecen dignificadas por el trabajo, el amor y la resistencia, aunque a veces quedan definidas por valores previamente establecidos.
El mayor acierto de este enfoque consiste en conceder relevancia poética a quienes rara vez ocupan el centro de la historia cultural. Su límite es que la compasión no siempre se convierte en una exploración más compleja de las causas de su sufrimiento.
9. «Piel en subasta»: una ampliación del horizonte humano
El poema «Piel en subasta» merece una atención particular porque desplaza la mirada hacia una experiencia íntima marcada por la explotación, las heridas afectivas y la reconstrucción personal.
La acumulación de imágenes de deterioro, máscaras, mercancía y desengaño construye la representación de alguien cuya intimidad parece haber quedado sometida a las exigencias y los abusos de los demás. Sin embargo, el poema no se detiene en esa degradación: avanza hacia la recuperación de la autonomía, la capacidad de orientar la propia vida y la posibilidad de establecer una relación basada en la reciprocidad.
Este tránsito amplía el horizonte moral de la obra. La dignidad ya no depende únicamente de conservar una tradición o rendir homenaje a una figura ilustre; también implica recuperar la voz propia y romper con una historia de sufrimiento.
Formalmente, el poema confirma tanto las virtudes como los riesgos del autor. Su riqueza metafórica permite expresar una experiencia psicológica compleja, pero la acumulación de comparaciones puede dificultar que el núcleo emocional se manifieste con toda su fuerza. La imagen necesita ser intensa, pero también reconocible; de lo contrario, el lector puede admirar el ingenio verbal sin alcanzar plenamente la experiencia humana que lo origina.
10. La intertextualidad: diálogo con la tradición o dependencia de ella
La presencia de otros autores no es un elemento secundario, sino un procedimiento estructural de Lámparas votivas.
Las referencias a Virgilio, Horacio, Góngora, Machado, Lorca, Cernuda, Hernández y Juan Ramón Jiménez permiten construir una conversación entre épocas y sensibilidades. Las citas y alusiones muestran que la creación poética no surge en el vacío, sino dentro de una lengua heredada y una tradición que cada escritor transforma.
El epígrafe de Dámaso Alonso refuerza esta concepción de la lengua como patrimonio cultural y afectivo. El libro parece defender que la memoria literaria es una forma de pertenencia: conocer las voces del pasado ayuda a comprender la identidad del presente.
Pero existe una tensión. Cuanto más reconocible es la voz evocada, más difícil resulta que la voz del homenajeador conserve su independencia. Las referencias pueden enriquecer el significado, pero también condicionar la lectura y desplazar la atención desde la creación de Juan Mena hacia los autores que convoca.
En algunos momentos, el diálogo con la tradición parece convertirse en una exhibición de familiaridad cultural. El lector recibe abundante información, aunque no siempre encuentra una transformación radical de los materiales heredados.
La cuestión no consiste en exigir originalidad absoluta, algo imposible en cualquier tradición literaria, sino en valorar hasta qué punto las referencias se convierten en experiencia propia. La intertextualidad alcanza su mejor resultado cuando no se limita a identificar un nombre o reproducir un eco, sino que permite descubrir algo nuevo sobre el personaje, la memoria o el presente.
11. El ritmo y la composición: una voz expansiva que necesita poda
La forma de los poemas responde, en general, a una concepción expansiva del discurso. El autor desarrolla escenas extensas, enlaza imágenes, introduce nombres propios y amplía las evocaciones mediante enumeraciones y asociaciones.
Esta amplitud favorece los poemas de carácter narrativo, especialmente aquellos que reconstruyen una vida o describen un paisaje. El verso permite incorporar información histórica y cultural sin someterse a la concisión de una composición breve.
Sin embargo, la extensión no siempre coincide con una progresión emocional. Algunos poemas reiteran una misma impresión mediante imágenes sucesivas que intensifican el ambiente, pero no necesariamente modifican su sentido.
El problema no es la longitud en sí misma, sino la relación entre desarrollo y necesidad. Una composición extensa puede alcanzar una gran intensidad si cada sección transforma la anterior; cuando las imágenes se acumulan sin una evolución equivalente, la atención se dispersa.
La revisión formal debería atender a tres aspectos:
- La selección de metáforas, conservando las más originales y expresivas.
- La organización de las enumeraciones, para que cada una cumpla una función precisa.
- La progresión emocional, de modo que el poema avance hacia una revelación, una contradicción o una imagen final significativa.
Estas operaciones permitirían conservar la amplitud cultural de Juan Mena y reforzar, al mismo tiempo, la tensión interna de sus composiciones.
12. Balance final: una obra valiosa, pero desigual
El valor de Lámparas votivas reside en su voluntad de preservar una memoria múltiple. Juan Mena reúne literatura, música, historia, paisaje, religiosidad y experiencia social dentro de un mismo proyecto de homenaje. Su poesía entiende que la cultura no pertenece únicamente a los grandes nombres: también vive en los barrios, los oficios, las costumbres y los recuerdos familiares.
Sus mejores momentos aparecen cuando la evocación cultural se convierte en una experiencia concreta de pérdida, cuando el paisaje revela una forma de vida o cuando una imagen consigue expresar la dignidad de alguien que permanece fuera de los relatos oficiales.
Sus principales debilidades son la tendencia a la acumulación retórica, la presencia excesiva de referencias culturales en algunos pasajes, cierta idealización del pasado y una desigualdad en la capacidad de los poemas para transformar sus materiales en descubrimientos poéticos.
El libro no alcanza siempre la misma intensidad, pero su propósito resulta reconocible y consistente: rescatar aquello que el tiempo amenaza con borrar.
El juicio crítico definitivo es que Lámparas votivas posee mayor fuerza como proyecto de memoria cultural y humana que como conjunto formalmente homogéneo. Su ambición erudita, su compromiso con los olvidados y su amor por Cádiz le proporcionan identidad; una mayor depuración verbal y una selección más estricta habrían dado todavía más relieve a sus mejores intuiciones.
II. Sinopsis de diez líneas
1. Lámparas votivas, de Juan Mena, es un poemario dedicado a la memoria, la cultura, la historia y la experiencia humana.
2. Su título simboliza la luz que la poesía mantiene encendida en homenaje a personas, lugares y tradiciones.
3. Una primera parte recrea los últimos momentos y recuerdos de escritores como Góngora, Antonio Machado, Lorca y Miguel Hernández.
4. El exilio, la guerra, la represión y la muerte constituyen algunos de los episodios más dolorosos de estas evocaciones.
5. La segunda parte presta especial atención a Cádiz, su mar, sus barrios y su patrimonio cultural.
6. Los pescadores y sus familias representan una comunidad marcada por el esfuerzo, la pobreza, la solidaridad y la fe.
7. La religiosidad y la tradición aparecen como fuentes de consuelo y como vínculos entre generaciones.
8. El lenguaje destaca por su riqueza metafórica, sus referencias literarias y su abundancia de imágenes sensoriales.
9. Aunque algunos poemas presentan acumulaciones retóricas e idealizan ciertos aspectos del pasado, la obra posee una clara vocación humanista.
10. En conjunto, el libro defiende la poesía como refugio de la memoria y como homenaje a la dignidad de las personas y los pueblos.
LÁMPARAS VOTIVAS
EDICIONES DE LA TERTULIA
RÍO ARILLO
Copyright de Juan Rafael Mena. Edición no venal
y para miembros de la Tertulia
Copistería LA REPRO SAN FERNANDO
c/ Faustino Ruiz, 26
DEPÓSITO LEGAL: CA 583/07
JUAN RAFAEL MENA
LÁMPARAS VOTIVAS
(Poemas inéditos y poemas premiados no editados)
EDICIONES DE LA TERTULIA
RÍO ARILLO
Hermanos en mi lengua, qué tesoro
nuestra heredad —oh, amor; oh, poesía—,
esta lengua que hablamos —oh, belleza—.
Dámaso Alonso
POEMAS INÉDITOS
RECIÉN NOMBRADO PROVINCIAL DE LA ORDEN, ENFERMA FRAY LUIS DE LEÓN Y REFLEXIONA EN SUS ÚLTIMOS MOMENTOS
Ni el perfume de cedro que me llega
si recuerdo el Cantar de los Cantares
y ni epinicios con clamor de estadio
por Píndaro, o Eurípides que baja
los héroes a la piel de cada día;
ni el amable balar de los ovejas
de Virgilio, al ocaso, en su campiña,
ni Bembo con el lujo esplendoroso,
ni la melancolía de Petrarca
en su estudio evocando a Laura muerta,
en este suceder de los instantes
finales de mi vida como un río
que se acerca a la desembocadura,
me consuela, oh hermanos que entonáis
rezos para el viático que espero
aquí en mi celda, lúcida anfitriona
de mi memoria que calor le pide
a aquel Beatus ille mi horaciano
paraíso final hacia el que voy
a recibir la calma suspirada
durante todo mi existir, torneo
de la disputa, a veces eludida;
y la ladera de mi huerto ahora
se me ofrece plantada como quise
en surcos de mis versos, a la sombra
tendido y sin más yedra coronado
que el laurel invisible de la Gracia,
ni más músico plectro que la lira
de los Nombres de Cristo en mi reposo.
Premiado en Casa de Castilla y León en Sevilla (2007)
NOTA:
Los nombres de autores a los que tradujo fray Luis de León
EN LA MAÑANA DE LA MUERTE DE GÓNGORA
Córdoba, 2 DE MAYO DE 1627
A Córdoba volviste enfermo y endeudado
y con el alma turbia
de feas cicatrices por las tantas batallas
libradas en Madrid.
Ya los amigos nobles se fueron a las sombras
silentes de lo eterno:
ni Siete Iglesias ni Villamediana viven
para una leve ayuda,
y te queda a esta hora postrimera tan sólo
el interior consuelo
de la imaginación poblada de latines,
vocablos seductores
y las feraces églogas de tu amado Virgilio;
el gran vate de Mantua,
del que bellos hexámetros en voz alta relees,
meditas, atesoras,
y después callas, sueñas, como si tus discípulos,
fieles admiradores,
viniesen en espíritu y te homenajearan
con todos tus vocablos
a decirte: “Maestro, recibe ya en tus manos
de marchitas raíces,
tu color favorito: el rosicler que llega,
herencia de la aurora,
a tu ventana y pone un beso en el pretil
que desprende el rocío.
La mano compasiva de este huésped solar
que el balcón posesiona
y penetra en la estancia, te ajusta una palmada
en el hombro rendido
como almena en ruina, sus dedos ambarinos
acarician los muebles,
tejen ígneas arañas con el polvo que flota
vagamente en el aire,
festonean la rara taracea que luce
el íntimo bargueño,
dibujan un laúd de efímera presencia
con el arduo labrado,
encienden con sus besos de rápidos destellos
los velones antiguos,
guardianes de la noche desterrada a una cárdena
lejanía de olvido
con su tropa diezmada de penumbras vencidas
—metafóricas huestes—
después que la mañana la asediara, invadiera
con teas de amapolas.
Igual que un crisantemo gigantesco y ardiente
la mañana ha crecido
y locas baraúndas de píos de jilgueros,
golondrinas y mirlos
estremecen la calle,
alborotan la plaza con pregones lecheros,
verduleros, ediles;
sacristanes, beatas, vagabundos, barberos
curiosean ociosos,
mas tú enciendes ahora versos en tu memoria,
invadida, de súbito,
por faunos, pastoriles idilios delicados
con damitas afables,
cortesanas amenas y robustas criadas;
alejado de cíclopes
y de toros feroces tu corazón retorna
de nuevo a las callejas
entre flautas y cítaras, pero, solo, errabundo,
ya tirando en el río
tu inservible y manido capital de recuerdos
de la vieja Castilla;
regresas a tu casa y toda te parece
como un gran mausoleo,
y ya estás en tu lecho
lo mismo que un nenúfar tronchado en los verdines
del fondo de una fuente,
mas, óyeme, maestro, hoy por ti los celajes
se arrebolan, se queman
en el Guadalquivir, y parejas de amantes
vadeando el gran río
harán hoy memorable como nunca el paseo
por el puente romano,
la ciudad, rodeada por anillos febeos,
como un amplio corimbo
crecerá al mediodía, florecerán las sombras
de frescor veraniego
en rincones de patios que decoran verdores
trepando por columnas,
que salvaguardan rejas, donde canarios, lúganos,
petirrojos, verdones,
ruines, chamarices pueblan las soledades
de las horas cansinas
de la siesta, la enhebran con sus picos locuaces,
y todo cuanto alienta
debajo de las hojas, de las piedras, del día
último que te acoge
recogerá tu nombre como un eco, latido,
suspiro en redondillas,
palpitar de los cauces que señalan tus versos
esas claras acequias
donde cantan tus aguas reflejando los muros,
las torres coronadas,
permanente habitante cuando mayo salpica
de magnolios los claustros,
alamedas y huertos. Pero pocos serán
los que sepan en dónde
nace el salto, el arroyo de tu amor impensable
a la naturaleza
(racionero en declive, sólo tienes tus libros,
tu barbero y tu patio;
malhumorado y hosco ciudadano te ven;
como clérigo indigno
te apostilla Quevedo); la ribera de sílabas
para entrar en sus aguas
y quitarse la tizne que nos pinta la cólera,
o el cansancio o la pena,
de pedir a los nobles, mendigar abdicando
de tu orgullo y tu genio,
aunque príncipe seas de tinieblas poéticas,
plutócrata en metáforas
y pobre de vituallas, y logres con la flauta
pastoral de tu Acis
pasear nuestro olvido por las frondas de nardos,
de azucenas, de orquídeas
que navegan sin rumbo, las hojas de la acacia
que van a la deriva,
contemplar como niños los álbumes de nubes
que las tardes pasean
por la lenta corriente del Betis perezoso,
gran rey de Andalucía,
que cantó tu soneto cuando sentiste, lejos
de Córdoba, nostalgia
de todo lo que en esta mañana te acompaña
como una despedida
a ti, tan solo siempre, tahúr en ocasiones,
y en guerra con Lopillo* y tu gran enemigo
el de ”los pies de arrope”*, Francisco de Quevedo.
Transcordado, preguntas por la hora a menudo,
contemplas la ciudad
desde el viejo balcón, ves la torre Malmuerta,
y, a la sutil llamada
de la muerte, la Parca, te vuelves al camastro,
te santiguas, te echas
como para morir en paz en el regazo
doncellil de tu dulce Galatea…
NOTAS:
Lope de Vega.
Expresión burlesca de G. contra Q.
ANTONIO MACHADO PARTE PARA EL DESTIERRO
Son refugiados a la desbandada
civiles, militares en desorden
como feria de trastos, pertenencias
escasas, arrastradas por las manos
de la zozobra que los zarandea,
empujados que van por la amenaza
con su boca brutal de cañonazos
y ruidos de rejas y sentencias—.
Él mira todo cuanto le circunda
y una lágrima oculta lo retiene.
Guarda el dolor, lo calma, lo adormece,
lo arropa y mima como a un niño enfermo
en el rincón de su conciencia antigua,
y esta hora que linda con la tarde,
no es llanto, no es sonido de elegía,
sino un eco de todo cuanto deja,
una mano ancestral que lo retiene,
que golpea su espalda y lo sacude
como se zangarrea una guitarra,
una de las guitarras andaluzas
que escuchó en las posadas y en las ventas
en su ida y venida por Iberia,
Guadalquivir y Duero en el oído,
de Úbeda y Segovia, provincianas,
a Madrid, el café de los artistas
(Café de Pombo —El cuadro de Solana
con tonos de la España que se envuelve
en aires de tragedia inevitable—.
Con Marañón, Pérez de Ayala, Ortega
en pro de una república, el ejemplo
de Giner de los Ríos, el anhelo
de una España distinta
“con un hacha en la mano vengadora,
la España de la rabia y de la idea”).
Porque es amor y no resentimiento
lo que enturbia sus ojos en exilio,
lo que es hiel en la voz de la memoria,
lo que le desbarata las ideas
con mano aciaga de un destino duro
y hace crujir de penas las palabras,
un amor que le ahoga como sierpe
que silba España; que le muerde España,
y sobre el hombro, como un lento abrazo,
emocionada lleva la penumbra,
le acompaña un adiós interminable,
una afectuosa lluvia de recuerdos
que le cala la piel de su nostalgia
y le pone encendidas cicatrices
cuando otro amor que pareció dormido,
ahora en el alzamiento de la sangre,
le hace mirar desde los Pirineos
hacia atrás, más azul la tarde cruenta:
¿Estará en paz aún el alto Espino,
el alto Espino donde está su tierra?*
El frío pirenaico de este enero
los ve llegar cansados a Colliure.
El coche que lo lleva (va su madre
y su hermano José junto a su esposa),
ha sido un traqueteo polvoriento
desde Figueras, cruz de desterrados.
En el grupo, con él en el exilio,
va gente y el coloquio lo sustrae
de aquellas circunstancias que resuenan
en la memoria. Habla de los campos
de Cataluña —Maragall: “Oh España…”—
de Valle-Inclán, tan poco conocido
y al que augura una larga y viva fama.
Se ha dado cuenta que ha dejado —¿dónde?—
una maleta en la que guarda escritos
recientes.
Ángel tutelar, los guía
Corpus Braga en el paso de frontera.
Adiós a cuanto fue calor y verbo
de la España que ansiaba nuevos rumbos
en su zarandeado mar de historia.
Colliure. Madame Quintana los acoge
en el hotel. Última carta escrita
a José Bergamín.
Muere una tarde
de un febrero con cielo turbio y frío.
José, su hermano, encontrará, arrugado,
un papel que dejara Antonio, y dice:
“Estos días azules y este sol de la infancia...”
NOTA:
El alto Espino, donde está enterrada Leonor, su esposa.
DESPUÉS DE FALLECIDOS SU HERMANO ANTONIO
Y SU MADRE, MANUEL MACHADO LLEGA
A COLLIURE Y MEDITA ANTE LA TUMBA DE ANTONIO
Bajo este cielo gris, y como huidiza
esta mirada hurtándose a los datos
terribles de tu losa funeraria,
Antonio, no sé cómo me sostengo
en pie cuando me cercan como tropa
amenazante los recuerdos. Pido
a los cielos me sea leve el trance
del asalto a la almena de mis sienes
de tantos años, tantos versos juntos
que mellizos de gozos nos hicieran
a los dos entre viejos bastidores
de teatro —“La Lola, La duquesa, Julianillo,
Mañara, Las Adelfas, La Fernanda
o bien El hombre que murió en la guerra…”-—,
las noches del Madrid que todavía
cantaba chulapón y zarzuelero,
en plática contigo y los amigos
en el Café Español, el de Varela,
la tertulia de Arranz y los ensayos
en los viejos teatros —el Princesa,
el de Reina Victoria, el Español
o La Comedia, con Ricardo Calvo,
la Xirgu, la Membrives, la Guerrero.
Después vinieron días de zozobra
y también de esperanza que cegaron,
igual que a un manantío, los violentos.
Como si recordara los embates
del oleaje en una gran tormenta,
así vino, incivil y descarnada,
la guerra que enfrentara a los hermanos.
Envuelto en una niebla disidente
te veo, Antonio, amante insobornable
de una España más justa “que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea”.*
Pero, mayor deudor de mi pasado,
vi en el retorno de las tradiciones
la quietud de aquel mar tempestuoso
(“ ¡Ay del pueblo que olvida su pasado
y se entrega insensatos desvaríos…!“*)
Sin embargo, aquel pánico que a todos
los españoles nos zarandeaba,
me motivó a escribir versos que luego,
aclarada la niebla del espanto,
sepulté en el hondón de la memoria
como el elogio al sable del Caudillo,
que ahora en los recuerdos se me clava.
Aquel viaje a Burgos con Eulalia*
nos separó en el cuerpo para siempre…
Domado este dolor igual que un toro
rebelde que detesta la divisa,
así mi corazón acepta y muerde
el destino y su oscuro desconcierto,
que te dejo en la losa como un ramo
de mis mejores flores: mi tristeza,
que me acompaña como antaño fuimos
de verso a verso y de café a café,
enredados los dos en los asuntos
de la Talía airosa y andaluza
y en los viejos recuerdos de Sevilla
el Palacio de Dueñas, nuestro padre,
maestro que nos dio a beber la copla.
Puedo decirte lo que tú una tarde
dijiste al borde de la sepultura
en duelo silencioso a un buen amigo*
(“Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa;
larga paz a tus huesos.
Definitivamente
duerme un sueño tranquilo y verdadero.”*
NOTAS:
*Campos de Castilla, poema CXXXV.
*Sonetos tradicionalistas.
*Su esposa.
*Antonio Machado y Álvarez, “Demófilo”.
*Campos de Castilla, poema CXXVI.
EN SU CRIPTA DE LA CATEDRAL, EL ALMA
DEL MÚSICO GADITANO MANUEL DE FALLA EVOCA FRAGMENTOS DE SU VIDA
El mar del Campo Sur me llama como entonces,
como cuando, yo niño, al pretil me asomaba
del Atlántico: oyendo su resuello sonoro,
me rogaban las aguas que tradujese un día
a música y a coro su grandeza oceánica,
y es que escucho, cercano, marítimo vecino,
el vaivén verdiazul del oleaje; ensaya
en los bloques de piedra que resguardan los muros
pentagramas que rompen los vientos de levante;
mas, cuando en el reposo de los atardeceres
el poniente se hunde como edificio en llamas,
se acicala mi espíritu y con mano de ángel
repasa el viejo álbum de mi otoñal memoria,
y me veo por calles de aquel Cádiz que ahora
nuevas generaciones en postales admiran;
ahora que ya, altivo, el progreso ha borrado
las señas sustanciales que fueron la conciencia
popular, cotidiana del bullir de la calle.
Pequeño todavía, camino con mi madre
desde la plaza Mina—en que salí a este mundo—
hacia la bullanguera calle Ancha, la tienda
de Quirell, instrumentos musicales me atraen
como si de juguetes se tratara, lo mismo
que el pequeño teatro mío de marionetas.
Una vez me llevaron a Sevilla, y fue tanta
la impresión producida, que vivir quise en ella.
Vi de niño dos óperas: el Fausto de Gounod
y del gran Donizetti Lucía. Entusiasmado,
a Haydn descubrí por sus Siete Palabras*.
Me inicia en el teclado mi madre y de mis dedos
surgirá mi primicia: aquella Melodía
en la que el violoncello y el piano se aúnan,
en disputa con otras aficiones: las Letras
y también la pintura en revistas, las voces
de mi búsqueda inquieta: “El burlón”, “Cascabel”…*
Tal como el de Viniegra en plaza Candelaria,
acudo a los salones, devotos de Bellini,
y también de zarzuelas; oh, Eloísa Galluzo,
mi dulce profesora de solfeo y piano,
y Odero y Broca a quienes la armonía les debo
y el fino contrapunto en el que Bach me diera
la juvenil semilla de mi primera obra:
la Gavotte y Musset …Galanteé a María,
sobrina de mi madre, mas ella no me quiso
el dardo devolver lanzado por mis ojos…
¡Sorpresas de la vida: muchos años más tarde
unimos en América gavillas de amistad!
Otearon Madrid mis frescos veinte años
y fui al Conservatorio, de Tragó buen alumno.
Paseé por allí una gaditanía
de azules pentagramas que a Pedrell* sedujeron,
La ilusión fue una yedra que subió por mis sienes
con aquel primer premio de piano… Aventura
inútil fue embarcarme, grumete, en la zarzuela.
Pero el soplo divino* consoló mi fracasó:
Serenata andaluza, Vals-Capricho, Nocturno
me armaron caballero de luchas musicales,
y, sobre todo, el fausto que fue para mi gloria
La vida breve, buque con que a la mar me hice
en difíciles aguas por París con maestros
como Dukas, Ravel, Delate, Schmitt, Roland,
y también con el gran Debussy, el de La mer…
Comparándome a veces con mi amigo Picasso,
Stravinsky me tuvo por hombre retraído,
tal era la llamada de mi recogimiento,
y un día en una iglesia, oyendo a Frescobaldi,
me sumo en la oración y Poulenc en el hombro
me toca como si despertarme quisiera
de un letargo en que gozo de un no sé qué inefable ,
y él se va del recinto…Anécdota sabrosa
que a menudo entre amigos refería extrañado.
La gran guerra, bramido y tormenta de balas,
Me devolvió a Madrid otra vez. Es ahora
cuando es La vida breve innumerable aplauso,
lo mismo que la noche en que ardieron mis teclas
de emoción al cantar los jardines de España,
y Cubiles y Viñes y hasta el gran Rubinstein
encendieron sus dedos con la llama andaluza,
y fue esa Andalucía la que en voz de mi gente
–Salud, la Molinera, Candelas, Melisenda,
Isabel y Pirene…*— me llamó a que viniese
al Sur, a una casita echada en el regazo
de una colina, en brazos de Granada, la madre
que me adoptó y en cofre de gitanos acentos
me mostró los diamantes sin pulir todavía
del cante virginal de una tierra que sueña
a los pies de la Alhambra, monumental testigo
de mi labor, que hacía huecos hospitalarios
a visitas de amigos y curiosos viajeros
que en sus almas traían como señas compases
de mi música viva en salones de Europa.
Hasta que un día vino Federico… Oh, qué día
afortunado fue el que me dio el regalo
de conocer de cerca a tan grata criatura,
con la que hice, de pronto, feliz hermanamiento
en comunes propósitos para sacar al cante
de cuevas de temores y enarbolar guirnaldas
como si un nacimiento celebrase profético,
y juntos decidimos vendimiar esas cepas
de “los sonidos negros”*, tal como él los llamara;
cosecha de concursos, tirón de aficionados
para desenterrar de sus gargantas puras
ese metal precioso de los diversos palos.
Quince años que fueron de un paz florecida
en los distintos verdes de los cármenes, limpios
aún de la triste sangre que después resbalase
cuando el dragón de acero de la guerra tronara
y vidas se llevara y los sencillos gozos
del vivir cotidiano… ¡Incluso a Federico,
por el que por salvarlo baldío fue mi esfuerzo,
dueña la muerte ya de Granada y de España,
palideció la Alhambra, calló el Generalife,
y yo no quise más ver mi carmen de luto
y poblado por dentro de fantasmas queridos;
y los lentos apuntes de La Atlántida* fueron
sollozos asfixiados por los tiempos crueles.
Un frío dos de octubre embarqué en Barcelona.
Con María, mi hermana, navegué a la Argentina
y en la Alta Gracia fui huésped bien acogido,
acordándome siempre de Madrid, de Granada,
de París, mis amigos: los vivos y los muertos,
y también de mi Cádiz (Padecía yo entonces
cierta tuberculosis igual que un balbuceo
por la sangre cansada, la carne alicaída;
y creía, además, que las enfermedades
podrían ser castigos venidos de lo alto.)
Consuelo hallé, no obstante, en los cálidos brazos
de la gente de América. Allí mis Homenajes
estrené en el Teatro Colón. Pero la muerte
me acechaba, y un día, solitario, en mi cama
tendido yo, acercóse con sus pies de gacela
y con gélida mano me apretó el corazón*.
Vi cómo se ocuparon de mi cuerpo difunto,
que embalsaron como si retuviesen algo
de mí como consuelo para acallar mi ausencia,
pero yo, deseando que acabara aquel rito,
larga paciencia tuve sosegando mi anhelo
de subir a lo alto para entrar en los coros
que le cantan a Dios el Libro de las Horas
para volver aquí y escuchar como antaño
los mismos oleajes que acunaron mi infancia.
Así, de vez en cuando, bajo de ese alborozo
hasta la muda cripta, libre ya de avatares,
y de tiempo y espacio, inteligencia pura,
recuerdo, como ahora, fragmentos de mi vida,
mientras el mar me busca llamándome ante muros
pétreos y me suplica que yo pase mis dedos
por sobre su teclado de pleamar serena,
lo mismo que lo hiciese de niño con mi madre
en el piano aquel de la niñez lejana…
NOTAS
*Dos revistas juveniles y efímeras por él fundadas.
*Las Siete Palabras de Cristo en la Cruz de Haydn,
que se representaba en la catedral de Cádiz desde 1785.
*José Tragó (1857-1934). Pianista y compositor.
*Felipe Pedrell (1841-1922). Compositor y musicólogo catalán
*Falla era hombre muy religioso y de prácticas piadosas,
como también lo fue Joseph Haydn (1732-1809).De ahí la expresión “soplo divino”.
*Personajes de sus obras.
*Sinestesia lorquiana de su conferencia de 1933 “Juego y teoría
del duende”, parafraseando al cantaor Manuel Torre.
*La Atlántida, obra inconclusa de Falla. Fue acabada tras su muerte por su discípulo Ernesto Halffter.
*Para Falla la música religiosa era la máxima expresión de ese mismo arte.
16 de julio de 1936:
FEDERICO GARCÍA LORCA DECIDE BAJAR A GRANADA
Si decides bajar al claro Sur,
¿por qué no vas a América
otra vez a mirar aquellos rascacielos
de Nueva York, cruzar puentes de Brooklyn,
ver vomitar los Metros cuerpos humanos
[como sabandijas,
ver de Manhattan, como en lontananza
de un mar de humo, mástiles dudosos de edificios,
oír negros de Harlem y el jazz por las callejas
donde la sangre gime maltratada,
donde los niños blancos acarician
la barba florecida de Walt Whitman
y quedan todavía por las calles
[restos de los suicidas
de después de aquel crash del 29?
Huertos y calles de Fuentevaqueros
lo llaman con sus joyas forestales
y con voces que llegan de la infancia;
[le dicen al oído
con un confidencial y conocido deje,
mientras que va bajando en tren a Andalucía,
que el sol del Sur le embriagará con vino
morado del crepúsculo, a esa indecisa hora
juanramoniana y ya tan conocida
en que suena en un Carmen granadino el arroyo
lento y claro de Falla, y ancestrales se trenzan
los quejidos de un cante de gitanos
[cerca del Albaicín…
¿Para qué bajas, Federico?
¿A buscar a la luna limpia del Sur, melliza de la nieve
de la Sierra Nevada, acaso,
la luna traicionera que en la noche agosteña
habrá de iluminar el sendero tortuoso
del camión que te lleva al último paseo de tu vida
en compañía del maestro cojo
y de los dos banderilleros?
Ay,
¿ quién os diría un mes, diez días antes
que los cuatro destinos se sentaban
en la mesa a jugar el tute eterno,
yuxtapuestos los cuerpos bajo tierra
y unidos por las cuerdas sangrientas de la muerte?
Esa luna que enseña, Federico,
su polisón de nardos en el cielo de julio,
más despejado cuanto más abajo,
será, de todos los amados elementos
que en tus cálidos versos diste asilo,
la única tal vez que te acompañe
cual una plañidera lejana y silenciosa
pero fiel
en Víznar, que tú vieras tantas veces
como pieza del puzzle de tus alrededores
[recogidos
con amor en tu Libro de poemas;
Víznar, a diez minutos de Granada -¡tu querida Granada!-,
ay, Federico se prepara ya
[a hacer de su barranco
tu por siempre ignorada sepultura.
FINAL DE LA DESOLACIÓN DE LA QUIMERA
O LA MUERTE DE LUIS CERNUDA
Él trae sinsabores de Los Ángeles
y viene enfermo. Escribe a Gil de Biedma
que ama las claridades mexicanas
(y su repudio a reconocimientos
innúmeros de médicos si quiere
continuar en la Universidad
de Southern). Vuelve con sutil recelo
a la finca de Concha*, aunque un disgusto
nublan sus relaciones, en Tres Cruces.
Otra edición de Ocnos le preocupa
y revuelto en papeles pasa el día.
¿Se acordará de España, de los cielos
andaluces, Sevilla, La Giralda,
calle Conde Tójar donde viera
la luz, El Salvador, que es la parroquia
donde lo bautizaran y...”Recuerdo
aquel rincón del patio de la casa
natal, yo a solas...” La memoria le abre
su arcón de estampas viejas: “La escalera
y yo sentado en el primer peldaño...”
¿ De allí le viene el cauce clandestino
de una tristeza que destila muda
la batalla interior y cotidiana?
La remembranza alienta nuevamente:
“Allí en aquel silencio subrayado
por el rumor del agua, con los ojos
abiertos...la penumbra que realzaba
la vida misteriosa de las cosas...”*
Hay dos felicidades que le asisten
en estos días ya preliminares
de su partida. Una alegría invade
el corazón amenazado y siente
llegado como a cota de conquista
cuando un estudio serio de su obra
le envía una alemana. El otro gozo
le llega desde España “...el nacimiento
ya de mi ahijado y próximo tocayo,
que agradezco y celebro.”*
Y omo el que prepara
un testamento, todo está en la calle:
verso y prosa alimentan las pupilas
lectoras por libreros y a anaqueles,
pero con el sabor del desterrado
que siente voces, calles y paisajes
lo mismo que una música de fondo
e inevitable en el hondón del alma,
hasta que en la mañana de noviembre
la muerte con su zarpa sigilosa
prensa su corazón como a una presa
desprevenida un buitre. En Coyoacán,
en su cuarto, el poeta está sentado,
ya la pipa caída y, él, viajero
de lo eterno.
Paloma Altolaguirre,
que lo descubre se estremece y llora.
Sus últimas palabras: una carta...
“Ningunas ganas tengo de escribir...
Uno se aburre de tenerlo todo
en contra...” Allí olvidaba —oh qué descanso—
la cruda realidad contra el deseo
y La desolación de la quimera*,
y expira Como quien espera el alba*.
NOTAS
*Concha Méndez, viuda de Manuel Altolaguirre.
*Ocnos de L.C.
*Epistolario inédito de L.C.
*Obras de L.C.
PRÓXIMO A SU MUERTE, EL POETA MIGUEL HERNÁNDEZ
RECUERDA FRAGMENTOS DE SU VID
¿Por qué huir de Sevilla a Portugal*
y no ir a Tudenca con Cossío*?
Oh recuerdo, no vengas, no retornes
con tus dedos de espinos a estrecharme
las sienes que gotean pensamientos
en los que llora el niño que se fuera
antes que yo para desgracia mía,
aunque Manuel Miguel me da consuelo
en brazos de su madre, que lo mece
con sabor a cebollas esa nana;
pero este niño crecerá tocando
el muro de mi ausencia y mi vacío.
Yo amaba la república, creía
en ella como labra el hortelano
la huerta a la que mima como un sueño…
(“Después de haber cavado este barbecho,
me tomaré un descanso por la grama…”)*
Pero la huerta queda lejos, como
olvido es la república diezmada
como lo son también Pablo y Vicente,
que me querían, que me contagiaron
de la fe en el poder de la palabra…
(“Alrededor de ti y el vino, Pablo,
todo es chicharra loca de frotarse,
de darse a la canción y a los solsticios…”)*
que traje, juvenil, desde los huertos
y la panadería: oh qué tertulia
con los Fenoll y aquel Ramón Sijé,
a quien quise hasta el tuétano del verso,
con Poveda, Molina, Carmen Conde…
¿Y el canónigo Almarcha? Debo tanto
a aquel cura, que ahora me emociono
recordando en la isla en que me puso,
Robinson entre libros y estupores
de clásicos con voces redivivas…
(“ Un claro caballero de rocío,
un pastor, un guerrero de relente,
eterno es bajo el Tajo…”*)
Se me enredan
en los ojos sedientos de lecturas
de Miró sus cerezas, sus paisajes,
que eran los que mis ojos contemplaban
antes de que mi Madrid me sedujese.
Luego la guerra como un rudo río
desgarrando riberas, mi entusiasmo
a lomos del poema por los frentes…
(“Moriré como, el pájaro: cantando,
penetrado de pluma y entereza…”)*
Pero aquel manantial de mis impulsos
de pronto amordazó su valentía
y terremoto se volvió en mi dentro
al caer Federico como un árbol
cercenado por rayos malhechores…
(“Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas…”)*
El Quinto Regimiento de Milicias
Populares. Mi amor a la cultura
y a una España, por fin, regenerada
fue mi guerra, mi frente, mi fusil…
(“Va conmigo tu pueblo que es el mío,
cercado por la fiebre fraticida
de la guerra que ejercen los tiranos,
abrasadora España, amor, bravura…”)*
La guerra enmudeció, mas no la herida
abierta y goteante de rencores.
Confié en Orihuela, y a la sombra
de sus palmeras, lenguas clandestinas,
mojadas en saliva vengadora,
me denunciaron y ellas me pusieron
en los pies torpes alas de la huida.
Fui dejando en las cárceles —Sevilla,
Madrid, Palencia, Ocaña— los jirones
jóvenes de mi vida maniatada,
en condena al cruel peregrinaje
de la humedad, del frío y el ruido
sentenciador y sordo de las rejas
y este reformatorio en el que muero…
(“No podrá con la pena mi persona,
rodeada de penas y de cardos,
¡cuánto penar para morirse uno!”)*
Me quedas tú, tan sólo, Josefina,
en esta hora última en que me aprieta
la fiebre su tenaza de delirio,
mas antes de que siga, te recuerdo
aquellas cartas que nos anudaban
en gozosos y cálidos renglones…
(“ Aunque bajo la tierra,
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.”)*
NOTAS:
*En Rosal de la Frontera Miguel es capturado por la policía de Salazar, que lo entrega a la policía franquista.
*José María de Cossío, escritor que tomó como secretario a Miguel.
*Soneto de El rayo que no cesa.
*Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda.
*Égloga dedicada a Garcilaso.
*Poema “Moriré como el pájaro: cantando…” de Viento del pueblo.
*Elegía primera, de Viento del pueblo.
*Poema “España en ausencia”, no recogido en libro.
*Soneto de El rayo que no cesa.
*Poema “A mi adorada Josefina”, en Poemas no incluidos en libro.
POEMAS PREMIADOS NO EDITADOS Y OTROS EDITADOS
JUNTO A UNA MAR DE DÁDIVAS Y ULTRAJES
O ARRABAL DE MAR
Es vieja devoción de pescadores,
esperanza y calor para sus labios
con el nombre que altar tiene en el alma,
capilla que la sangre viva enciende
como la que en la calle, en la pared
incrustada este barrio la custodia
como algo suyo, y las vecinas pasan.
se paran a rezar o se persignan;
y también, con los guiños de la aurora,
los que van a pescar, redes al hombro,
a la Clica o al Puente de Zuazo;
camino de la Albina, a Gallineras,
muelle que con idioma de levantes
habla con el antiguo Sancti Petri,
castillo, arquitectónica aduana
que exige reverencia si se quiere
entrar en el Atlántico sonoro
—como antaño lo hiciera Julio César—,
álbum de espumas en que tantos siglos
escribieron proezas y leyendas
de navegantes y conquistadores
que vinieron de Oriente: los fenicios
—genios del salazón en almadrabas—,
como después los griegos, los romanos,
los árabes, los nórdicos vikingos…
Mas todo ahora es mucho más humilde
en un sobrevivir sin más conquistas
que el pan, el pez que sobra de la venta
la legumbre y la fruta socorrida
en un aire de viejas tradiciones
que sirven de consuelo y esperanza.
En las casas la Virgen, en un cuadro,
les acompaña, tanto en comedores
como en los dormitorios; se les dice
a los niños que el cuadro es de la abuela,
que lo heredó hace mucho de su madre,
y que en días y noches en que el viento
de la tormenta arriba apaleaba
en la azotea tendederos, Ella
les echaba su manto, protegía
el barco de los hombres de la casa
que estaba en ese instante navegando
y era juguete de las rudas olas,
merced a zozobrantes inquietudes.
Si es preciso, se jura por la Virgen.
En el patio, sentados en el suelo,
esos mariscadores y sus hijos
recosen redes y camaroneras,
mientras la hierbabuena y la albahaca,
la aspidistra, el geranio y el jilguero
son leves y amorosas criaturas,
testigos inconscientes de trajines,
dramas, bodas, bautizos, velatorios,
conversaciones, gritos de los niños,
la historia memorial de gente anciana...
A veces, la alegría es buen rocío
con toques de guitarra y algún cante
de los aficionados que solazan
los ratos de descanso en la faena.
Qué sencilla es la vida de esta gente
de barrio, aunque han cambiado muchas cosas;
hay menos patios y la dictadura
de la televisión también les deja
mudos sin las anécdotas triviales,
los chascarrillos y las comidillas
que tanto ha tiempo les menudearon
como llovizna amable y distraída
sobre el tedio de horas a la sombra
de una gran red como una inmensa araña
a manera de toldo protector
del inclemente sol de mediodía.
Años atrás las tiendas del fiado
fueron consuelo los pescadores
y sus largas familias, al relente
en ocasiones de los malos tiempos
sin acceso a la mar, en esos días
el güichi, bar donde entre naipe y vino,
transcurre el devenir desheredado
de estos hijos del fango y el salitre,
del trasmallo, el estero, la compuerta
y del frío reúma postrimero
en la sola vejez de sus costillas.
Conocen bien la voz del mar, la llevan,
ancla ya dentro de sus corazones,
como la de su madre o de su esposa,
como también la de sus hijos. Cante
en su repunte majestuoso o llore
en socavones de las bajamares,
ellos no olvidan el fragor de vidrio
del oleaje en su rodar undoso
por las playas, los muelles y los caños
porque viven, si el tiempo les ayuda,
junto a un mar que los tiene acostumbrados
a dádivas y ultrajes cuando quiere,
ajenos a crepúsculos y auroras
reflejados en láminas de agua.
En la tienda, sus hijas y mujeres
el hilo enhebran de las retahílas
que sobre el mostrador van pespuntando,
y sus carencias y limitaciones
endulzan en tertulias transitorias
con raudas glosas de telenovelas,
como ayer con dramáticos seriales.
(Hay que olvidar las páginas de luto
de la droga en esquinas camufladas
con reunión, inocente en apariencia,
en la trastienda de algún bar, en fondos
nocturnos de calladas casapuertas...)
Hay que olvidar: los padres, beben, juegan
a las cartas después de tanta lucha
contra el mar de bajura, contra el fango
de la biñoca, el perdigón, la almeja
y la sal en las fraguas del estío
cuando la luz delira de blancura
en los múltiples ojos de los granos.
Las madres, las hermanas amordazan
las penas enredándose en percances
que a los divos del día acontecen
de una televisión de adormidera...
Sin embargo, este barrio es todavía
reliquia de otros tiempos, entrañable
y fiel vestigio de generaciones
de otras gentes que ahora vemos sólo
en óleos y acuarelas de museos,
que nos traen rumor de pleamares
en el recuerdo bajo lunas de agua.
Pero alegrías breves, transitorias
y acostumbradas no desaparecen
en el alma de algunos pescadores
que cuando vuelven de la pesca miran
—en bicicletas o en modestas motos,
o bien a pie si la pobreza manda—
desde el muelle fluvial de Gallineras
como un norte de paz se ve, a lo lejos,
el convento del Carmen, donde vive
la Patrona que él, Pepe, uno de tantos,
manoseada ya, lleva en estampa
de su cartera y, a su modo, reza
plegarias fragmentadas mascullando,
mientras se acuerda de su casa y llora
emocionado porque sus retoños
trabajan, libres del terror del barrio
que a otros azotan y también los llevan
al cementerio, pasto de la muerte;
emocionado porque está la esposa
en la cocina ilusionada un poco
con lo que él traiga, y es botín quitado
al agua que le reta siempre, al agua
sobre la que la Virgen echa, Madre,
igual que sobre el viejo patio, el manto.
Por eso, cuando otea la espadaña
del convento y sus tejas tan añosas,
al regreso del caño o la compuerta,
le sube desde dentro, manantial
el agradecimiento. Lo que nunca
hizo, hará ahora: él irá a la iglesia
con su mujer sin que el pudor lo inhiba,
y a la Virgen del Carmen dará gracias;
gracias por esta nueva travesía,
esta fatiga, cotidiana briega
vencida con el remo del esfuerzo
y el palangre irrompible del amor.
Premio de Poesía Mujeres del Mar 1997
LOS MARES QUE TE GUARDAN COMO EN HARÉN
OH CÁDIZ, DE OLEAJES
I
Despereza sus brazos amarillos la aurora,
desde Puerto Real se levanta a los cielos,
se mira en el undoso vidrio de la bahía,
extiende poco a poco sus cabellos de trigo,
extensa y luminosa cabellera que arde
tibiamente al costado de Cádiz soñolienta.
El día como obrero ya en faena camina
por el puente con alta claridad como un nimbo
animando a la vida a que alce de nuevo
la voluntad, el hambre del vivir cotidiano,
servidumbre gozosa que también es aliento,
forja para el amor, fragua del sacrificio.
La aurora nos sonríe con luz adolescente;
nos da ejemplo, pues ella ha olvidado las sombras.
I I
Hizo un nido de agua la mar en el costado
de Cádiz con su música de oleajes y buques,
y eso es el muelle. Vedlo en todo su ajetreo:
sirenas y trasiegos de gente y mercancías
alegran este espacio en el que el orbe entero
viene a homenajearla con beso de visita,
novio fugaz el buque que penetra en las aguas
y embaraza a este puerto de trajines y afanes
y de mercaderías, sangre circulatoria
que da vida a tu cuerpo, oh Cádiz oceánico,
musa de travesías, hija afable de Hércules,
que te dio la sonrisa y los brazos abiertos
a América y a África, que te sueñan hermana
de vastas singladuras, intercambios de espumas,
oleajes que un día columpiaron las naves
del segundo viaje de Colón a otro mundo.
I I I
Pero, dejando el puerto, senda de la Alameda,
el agua ya está sola, no acaricia las quillas,
no besa ni estribores ni babores, ni canta
con el ritmo que pone el trabajo en sus versos
sudorientos, manidos, cotidianos, anónimos.
El agua, en ajetreos menudos como cuarzos,
se mece frente al faro, bajo las pétreas plantas
de austeros baluartes y dormidos castillos,
que son los viejos restos de las recias murallas.
Fueron el cinturón que ha tiempo bordearon
como amor y defensa la cintura de Cádiz,
doncella disputada por mitos e invasiones,
luminosa anfitriona de rendidos viajeros,
joyel donde se guarda la Virgen del Rosario
como amada presea de la fe gaditana.
I V
Torres y miradores se empinan al acecho
del Parque Genovés, balcón donde se asoma
Cádiz con señorío a su antigua bahía,
recortada en el tiempo por ancestros burgueses
que están en santa Bárbara paseando recuerdos
de mercantiles épocas con sombreros de hongo,
polisón y sombrilla, habaneras de Cuba,
ecos de La viudita naviera, trasatlánticos,
los tanguillos de un coro por el barrio La Viña;
pero aquí, por san Carlos, el venerado drago
y una nana de Falla que duerme a los levantes
cuando desde la mar salpican con sus iras
a los mármoles del monumento a Las Cortes,
mástil de libertad con bandera de siglos.
V
Entre san Sebastián y santa Catalina,
pequeña y dulce cala de otro tiempo a los pies
del bosque palafítico que fue aquel balneario,
La Caleta, con largos bullicios de La Viña.
Botes en sus orillas flirtean con sus olas,
a veces con manteos de soplos en las aguas
se sienten acunados y es la playa nodriza
que los duerme en un malva regazo de crepúsculo,
y, ojo de buey la luna, es mirador romántico
para que paseantes se asomen silenciosos
a vastas lejanías, sintiendo a sus espaldas
las sombra protectora del ficus centenario.
V I
A pesar de tan duros embates, bravas olas,
no asaltaréis jamás a Cádiz. Con los bores
rompéis la impedimenta de guerra en el ataque
que estalla como fúlgidos metales, como cuernos
de espuma que salpica los ojos asombrados.
¿No veis que aún queda el alma del que fue baluarte
de los Mártires, algo de aquella batería
de Capuchinos y esa muralla que soporta
el vendaval que sois cuando la mar se agita
como un gran corazón que ama desesperado?
V I I
Donde agonizan restos de murallas empieza
una mano de mar con suave escarceo
a acariciar, oh Cádiz, tu cintura: es la playa
que da en santa María con ecos juveniles
del instituto, desde donde múltiples ojos
te asaetan con fervor de vacaciones.
Sentados en el borde del Paseo Marítimo
los jóvenes se beben los vívidos reflejos
que el sol como garlopa arranca a tu marea;
pequeñas y fugaces historias de miradas
y latidos ocultos traducen tus rumores,
ya caídos después de la blanca resaca,
tiza espolvoreada por los bajos cantiles.
Playa íntima a la que llega algún oleaje
para desde las rocas saludar fugazmente
a las Puertas de Tierra, tus viejos cancerberos.
V I I I
¿No oís voces dispersas de acentos variados
cual si fuese un mosaico de forasteras hablas
entrecruzadas con las brisas litorales
y el rezongar del agua con su beso a la arena?
¿Se ha olvidado la Playa de la Victoria, acaso,
de Cádiz con murallas y balcón con geranios,
y aquí, como al resguardo de edificios anónimos,
es ya cosmopolita, tropical todo el año?
¿Entre tantos bañistas que en el agua se hunden
buscando la frescura de azul cristalería,
no habrá nadie que mire hacia dentro de Cádiz
y vea en la calima torres y miradores,
y ciudad bizantina le parezca tal vez.ç
I X
¿Guarda la Cortadura ajetreos y voces
de cuando la amenaza de las tropas francesas?
Me parece que mira como en aquellos años,
a la Isla, al molino del viejo río Arillo
-frontera salinera-, al bajo Camposoto,
a los disciplinados esteros verdinegros?
Lo mismo que el castillo de san Lorenzo acaso
se sienta como huérfana, de Extramuros lejana,
y sueña desde aquí con su Cádiz de dentro,
el faro, baluartes, castillos, baterías...
-consuelo rumoroso, verdiazul, blanquecino
con la eterna escancana de las aguas que vienen
a dejarle en su orilla los ecos del océano
con fragmentos de historias y leyendas lejanas.
X
¿Proa o popa de Europa? África te desea
y América te sueña desde allí como hermana
melliza en el acento y en las arquitecturas.
La mar se hace varón cuando aprende del viento
y rodea de agua emocionada y limpia
tu cintura de piedra; te agasaja, te alaba
con brisas de poniente y furias de levante,
y la luna no quiere otro plácido espejo
que tu bahía, cuna y nana de la noche;
y no desea el sol otro albergue y retiro
que tu limpio horizonte, almohadón de amapolas,
en que el ocaso viene a sepultar el día.
X I
Son como centinelas de olas y ventolinas
que ponen en tus manos anillos y pulseras
de espumas y salitres; como novios te halagan,
te obsequian plenilunios con engarces de estrellas
los mares que te guardan celosos y te dicen
como en harén de sol: "Vive otros tres milenios".
MARES GALANTES PARA AMARTE, OH GADES
I
Playa de la Cortadura
Mar de la playa de la Cortadura
de cuando aquellos años aguerridos
contra los batallones de oleajes,
corazas con sus soles refulgentes
deshechas por las móviles espadas
de las brisas, viragos en las olas
como a lomos de líquidos corceles,
estruendo de los bores que se agolpan
en la alta mar, el campo de batallas
con espumas versátiles por sangre,
con la quieta pleamar como victoria
y resplandores áureos por banderas
ya cuando el buque del ocaso, en llamas,
húndese en el fragor del horizonte.
Aquel muchacho que pisoteaba
tu arena, a veces con sus sierpes de agua,
empezó a amar el mar en ti, un verano
que ya es dulce postal en su memoria,
mar de la playa de la Cortadura.
I I
Playa de la Victoria
Playa de la Victoria, cuando paso
en autobús, desde la carretera,
me acuerdo de los años de estudiante.
Escapadas a tus hospitalarias
orillas donde, lentas, como perros
sosegados y dóciles, las olas
nos besaban los pies, reyes fugaces
nosotros, sin casetas como aquéllas
que como artillería de colores
listados y optimistas banderitas
estaban frente al mar sin que pudiesen
defendernos de tantos abordajes
de pleamares, y a la atardecida,
nos invadían amistosamente
con lanchas de oro viejo que volcaban
a nuestros pies lamidos por el agua
rosas crepusculares ya tronchadas.
I I I
Santa María
Hermana más humilde, protegida
por piedras que parecen cinceladas
por un Hércules fosco y gaditano,
Santa María, playa de estudiantes,
adonde bajan cuando necesitan
un asueto de brisas que libere
sus mentes de la férrea agrimensura
que es el estudio.
El mar aquí es suave
como en el Balneario, pero mira
hacia allí deseoso de gentío.
Solitario se siente entre los bloques,
donde rezonga sucio de sollozos
por todos los naufragios, las tormentas,
las guerras y los desaparecidos.
El mar viene a llorarte, Cádiz, quiere
que en esa historia oscura lo consueles,
lo aduermas, dulce, al pie de tus murallas,
y se apacigua cuando las parejas
trenzan miradas, besos y palabras
al calor de un idilio que enriquece
de latidos de amor el litoral
más juvenil, el de Santa María.
I V
La Caleta
La Caleta se llena
de rumores que vienen
desde el barrio La Viña;
rumores con historias
del corazón de Cadiz;
bullicios con gracejos
y color de disfraces,
bandurrias y guitarras,
cajas, pitos y bombos,
como una pleamar
con brisas de algazaras
y de policromía
dentro de la ciudad.
¿Por qué, por qué dejáis,
gaditas de tanguillos
tan sola en esos días
a la vieja Caleta,
ella que ha sido abuela
de soles y repuntes,
con barcas acunadas
y familias alegres
bajo los quitasoles?
¿Por qué ahora olvidáis
a la blanca Caleta
que gime con cabrillas
de agua por los bajos
del palomar de sol,
que es también vigilante
de mareas azules
y guardián del Club Náutico,
y mirador que es ese
Balneario La Palma?
V
Castillo de San Sebastián
Olor a antigüedad tienen tus piedras.
Las más antiguas son, y en ellas Gades
se mira como ejemplo cotidiano
de una fidelidad que el mar le sella
con timbre de una herrumbre salitrosa.
Por esa antigüedad la marejada
se sosiega en maretas, abanicos
de espumosos y blancos escarceos,
ya trémolos suaves de murmullos,
y es porque sabe que los gaditanos,
aunque sea en las alas de los ojos,
lo mismo que felices gaviotas,
aquí vienen buscando calma azul,
bebiéndose la brisa de su origen.
V I
Punta de san Felipe
Punta de san Felipe
donde te conocí
una noche en que olía
la bajamar a isla
y la luna fue copa
de una rara tristeza.
Las palabras guardaron
sus viejas ataduras
y nuestros corazones
se miraron lo mismo
que el preso y la visita.
Era mejor así.
Después nos alegramos
y desde aquel entonces
grito es de libertad
silencioso en nosotros
acordarnos de la
Punta de san Felipe.
V I I
Parque Genovés
El mar es dinosaurio de agua que levanta
a veces su cabeza y se admira de tanto
verdor en geometría de jardines franceses
y una naturaleza tan distinta a la suya.
Aspira los olores recios y propagados
de una vegetación que su gemir ha oído
muchas veces, tal vez como un joven amante
detrás de la muralla intentando treparla
con efímeras manos de agua, con cordeles
de espuma que se rompen apenas los voltea
y salpica tus hombros, tu cabeza, y tú sigues
nada más que esperando a un príncipe de savia,
de lozanía y brillo que viene de la mano
de tu amiga anual la primavera...
V I I I
Baluarte de la Candelaria
¿A qué disparan, dime, tus cañones
imaginarios, dónde los soldados
que un día defendieron con bravura
el, con énfasis dicho, suelo patrio?
¿Oyes que te rodean sus fantasmas
como si revivieras los asaltos
y de los hechos quedan como huellas
la sangre que en los muros y en los patios
ponen como una historia no acabada
las manos de la aurora y del ocaso?
Pero el mar te consuela y te sugiere
con sus rumores en tus pétreos bajos
que él está ahí para limpiar, si quieres,
tu memoria de ayeres y borrarlos.
I X
Alameda Apodaca
Tú eres el mar tranquilo y solitario
y no oyes voces de bañistas. Sigues
con tu ida y venida de oleajes
descansándolos bajo la muralla
tal como si trajeses cargamento
del ultramar aquel de aquellos tiempos.
Se asoman las parejas a tus aguas
verdes cuando se hacinan en las piedras
y las lamen igual que si besaran
los pies de Cádiz, tal la bailarina
de los viejos romanos.Ya olvidaste
que eres mar descendiente de aquel mar
que fue padre crüel de la desgracia
en forma de gigante maremoto.
Tú eres mar de postal y te acicalas
de luna baja y de sutil neblina,
de cielos con añiles soñolientos,
y el barrio de San Carlos te agradece
ser paseo por donde se desgranan
horas salvadas de los ajetreos,
idilios nuevos y prometedores...
X
El muelle
El mar del muelle te ama de otro modo,
oh Cádiz, no es un mar de románticas señas
ni como los demás te toman la cintura
con sus manos de ocio y cabrilleos,
con tibias ventolinas estivales.
La aurora en ti amanece con manos de trajines,
con boca de palabras comerciales,
se amarra a los norays como un buque cualquiera
de los que al puerto vienen a atracar su descanso
lo mismo que un paréntesis de sueño
posado en agua oscura y grasa espesa.
Pero este mar también es necesario
como lo es el reverso en la moneda
y te puebla sus aguas de consignas,
de sonidos metálicos, de sirenas y humo
para que así tus hijos sobrevivan
en la otra fiera mar: la de la vida.
Pero todos tus mares te rodean galantes
y cortejan tu cuerpo como odalisca echada
sobre el brazo gentil de este viejo Occidente,
y sobre tanta historia que guardan tus milenios.
Premio de Poesía Mujeres del Mar 2003
COLÓN PARTE DE PALOS
De Palos, desde donde Onuba la atezada,
Onuba milenaria, en reposo se inclina
para sentir de alivio caricias del poniente
oyendo de la Rábida las campanas de horas,
aún sonando en su oído las Capitulaciones.
Colón, puestos los ojos en mapas, astrolabio,
ordenanzas, legajos y consejos de frailes,
al aire amable y tardo del claustro franciscano,
se prepara y persigna en la santa capilla
para que el sacro leño de la fe arda siempre
y él caliente la hazaña que prometió a Isabel.
Desplegada, lo mismo que las velas al viento,
la lengua del Imperio se propaga en las auras,
y el tesoro verbal de Celestina brilla
como ducados áureos en manos marineras,
fuente de los refranes, popular enseñanza,
a codo con la joven Gramática que ofrece,
como pan bienoliente, el andaluz Nebrija;
y el pendón y las armas y la cabuyería
huelen a Romancero con ecos de batallas
ganadas a los moros por Alfonsos y Sanchos
y con las carabelas orzan en una empresa
conjunta en sus afanes de espada y cruz unidas,
divisa de los tiempos y sendas de fortuna;
y aunque tierras y campos de labranza se queden
huérfanos de las manos laboriosas, España,
con redobles del alma castellana, lo mismo
que una viva reliquia de pugnas anteriores,
lanza a sus bravos hombres a quebrar viejos mitos
de monstruos oceánicos, sembrarán esas tierras,
todavía sin nombre, con Cipango de apodo,
de vírgenes palabras que sonarán a églogas
con arcadias boscosas y pastoras y ninfas,
hazañas en octavas y amores en sonetos;
la gramática niña, balbuciendo el milagro
desde la California hasta el Cabo de Hornos,
crecerá esplendorosa cuando Bello y Rubén
la cortejen y halaguen con brillantes preseas,
y empiece a dar primicias de aromas tropicales,
y como colibríes y como guacamayos
el verso y el coloquio la definan criolla,
y retorne cargada de frutos expresivos
a la España que un día amasará en su sangre
razas, como metales en crisol se amalgaman.
He aquí este noble anillo con dos perlas hermanas
—oh gemela sortija, América y España—
que la Historia después llamó la Hispanidad.
Premio de Poesía Ateneo Literario, Científico y Artístico de Cádiz 2005
PRÓXIMO A SU MUERTE, EL POETA JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
RECUERDA EL DESPERTAR DE SU VOCACIÓN POÉTICA
Descansa, buey echado el mar del sur
y es tensa, azul su vibración redonda.
Como yelmos de cinc es la marisma,
soldados muertos boca arriba lucen
brillantes pechos de aluminio ardiente.
Polvorientos, se duermen los olivos
en esta hora cenital del día,
reinado en plenitud de un sol severo.
En almohadón de una sutil calima
Moguer duerme. Los patios, en silencio.
Acaso algún canario en sombra canta,
cansino y fatigado su gorjeo.
En su fiebre de muerte, aquella niña llama:
–“¡Platero, Platerillo, Platerucho…!
¿Dónde está el niño tonto con su madre
en su puerta en la calle san José,
dónde la niña tísica que espera
a la muerte y riendo, blancos dientes,
dónde Darbón disimulando el llanto
si recuerda a su niña cuando mira
al cementerio, dónde el gitanillo
que grita: “Si ese burro fuera mío…”,
y la loca Aguedilla que me trae
hasta mi puerta moras y claveles…!
Desperdiga una brisa sus cabellos
y golpea las láminas del aire.
Los élitros son dueños de la siesta.
Todo está dentro de una red dorada,
pero mayo es doncella de hermosura
y me lleva del brazo a mi escritorio
y en él contemplo mis primeros libros,
y luego hacia el exilio me encamina
con Zenobia y los versos posteriores.
Breves ninfeas flotan en mis venas.
Mi soledad sonora se agiganta.
Soy, entre piedra y cielo, un mirlo amado.
Soy un dios deseado y deseante
Es ya celebración todo el recuerdo.
para esta hora última y cimera:
Tiene el alma un descanso de caminos
que han llegado a su único final.*
* Versos finales del poema “Su sitio fiel”,
del libro La estación total de J.R.J.
Finalista y editado en el IV CERTAMEN DE POESÍA ANTONIA PÉREZ ALEGRE, 2007
PIEL EN SUBASTA
Antes de poner cerca yo a tus solos ejidos,
curioso merodeo de tus inmediaciones,
feria de los perfumes coreando a tu rimmel,
vapor como sahumerio del aseo de urgencia,
propiedad sin vallado, demarcación baldía,
periferia en que gozan sensoriales viajeros,
fuiste campo a través de todas las pasiones,
anchuroso derrubio donde el viento revuelve
los cascotes y el polvo que lloran otros días
mejores en que fueron fachada deslumbrante,
siempre el amor rondando tus oscuros suburbios,
cuneta de descanso para los peregrinos,
emoción tan manida como prefabricada,
guiño cuyo destello esconde una tormenta,
jarrón roto al que huye habitarlo una flor,
güisqui donde un lamento desganado agoniza
bajo la enana luz de un locuaz cigarrillo,
bengala de alegría que se pierde en la noche
apagada con rúbrica de instantáneo espejismo,
y quedan cicatrices de una oculta tristeza
que maquilla el carmín de forzadas sonrisas,
cortesana sin atrio de venal palacete,
Friné venida a menos por la erosión del uso,
revés de ingenuo verso para quienes desprecian
en su boca el candor de unas tiernas palabras,
cuando, en verdad, debajo de su rictus servil
se desgarra un poema de fangosa ternura.
Para ti no hay metáforas que tu encanto recubran,
palabras para esposas al filo de almohadas,
susurros al oído colgando unos pendientes
de amor que brillan más que si fuesen de oro,
ornamento, ataujía de manos primorosas,
sino la garra muda de un buitre pasajero
que extiende tu colonia cual velo de perfume
como la yerbabuena con su aroma redime
la cocina que muerden agresivos olores ,
pujante animadora de una juerga estallante
para que no se oiga bramar tu mar de llanto
mordido por tus dientes que desgarran dobleces
y trituran con rabia hipócritas decencias,
humo de escepticismo que ahoga a los sinceros,
fonda húmeda para transeúntes con prisa,
apeadero brevísimo para turbios jinetes,
reverso de inocencia donde hinca sus dientes
la realidad del día desprovista de máscaras
evocando, a lo lejos, su virginal diamante
perdido en socavones de un brumoso naufragio,
pomo sucio de puerta de las curiosidades,
fogata en el camino para los nocherniegos,
hucha para limosna de una artera caricia,
prenda de tenderete tan sobada por manos,
que nadie se la lleva y la arrumba el desorden;
pecera en que se teme la mentira nos muerda,
incluso cuando llora la verdad malherida,
incluso cuando canta la emoción maquillada;
guitarra solamente para estruendo de fiesta
donde la borrachera vomita sus historias,
copa donde bebían anónimos los labios,
desencanto que oculta el humo de un canuto,
lodazal donde gime el honor desvaído,
zarza de mala suerte que sangra maldiciones,
tierra de amor sedienta condenada a sequía,
manzano donde todos arrancaban su poma
y al olvido tiraban la entristecida piel,
tentempié que golpean unas manazas ebrias
si el placer que promete es cauce entorpecido,
opacidad que nubla comprometidas arras,
libro negro que cela los prohibidos renglones,
cara oculta y doliente de una luna que ríe,
disimulado asco del condón maloliente,
columna de nupcial promesa derribada,
barca que nunca acaba de cumplir su deriva,
mercancía en que llora en su envés las monedas,
nombre con resonancia y praxis de utensilio,
yermo interior cercado de oscuras soledades,
corazón que la gente vacío se imagina
pero está a reventar de secretos oscuros,
de historias de una infancia de cruel zarandeo,
púas en el recuerdo de momentos hirientes,
de un hogar en que puso el desamor sus manos
deformadas, tiznadas del hambre y sus miserias
y una guerra de bocas, tempestades de insultos.
Mas hoy eres almena de guardia de tu casa,
desplegado velamen para que el viento empuje
en la mar de la calle proclamando tu rumbo,
proclamando en las tiendas, en las plazas, los cines
que tú eres el revés de aquella que te hicieron
dedos modeladores de oscuros infortunios,
brújula que sonríe porque sabe su norte,
marinero en la cofa que ya tierra ha avistado
para hincar en la playa tu pendón de pareja,
palo mayor del barco que nos lleve a ese puerto
de los cordajes mutuos, de las velas recíprocas
donde echaremos ancla de la felicidad.
Finalista en el Premio de Poesía Antonia Pérez Alegre 2006
recogido en el volumen de ese año
UNA FUGA VERBAL POR LOS SENTIDOS
FUGA I
Me alejo de los tráfagos urbanos, la agenda de la prisa que avasalla,
la notaría de los hechos puros, las cifras que aprisionan libertades.
Agosto, la escancana de tu playa quiere cubrir de tiza su cabeza
de mes vacacional y hospitalario,
pero este mar es joven todavía para verse canoso entre sus cabrilleos
y oleajes briosos como trenes de bores,
brazos de agua, verdes anfitriones que agasajan a los veraneantes
y por las que embarazan su dinero durante un año de ilusión hambrienta,
y cantan ocio sonriente y áureo
cuando el mar, un lebrel, los pies les besa, y el día, este muchacho
que retoza,
rueda con la sonrisa femenil de la espuma,
que es blanquecida víbora perdiéndose entre dunas y rocas que deliran de sol.
catarata jovial de haces de trigo en el andén de olas de la orilla
y toda piel acariciar se deja
por sus dedos de anillos rutilantes incluso solitarios, desterrados
que muerden desengaño de sus prójimos, hoy ebrios por el vino
de soleadas desocupaciones.
A lo lejos, el mar como un adolescente
corre con su caballo de brisas juveniles por la llanura glauca de un poema de las Navegaciones… de Neruda.
FUGA I I
Cabelleras de lona de barcas anacrónicas se extienden en las manos de vahajes
azules que toman la cintura de la costa
y los desencarnados muñones litorales, mordiscos y arañazos
que dan los oleajes combativos.
( Vienes aquí, oh mar, para olvidarte de que la fosa has sido de tantos marineros
que se tragaron tus abismos negros, y esta paz te acaudala de esplendores,
te ciega con sus brillos la memoria.)
El mar todos los días se embaraza con la marea y su reinado de horas
se desploma ruidoso con las cúpulas del último crepúsculo.
Ahora, tranquilo, igual que una taza de té
en la terraza, flor de los sosiegos, el mar recuerda que es, a veces, ella
palestra de oleajes
—antes llanura undosa—, de tempestades roncas de violencia,
de guerras que los hombres despliegan en sus campos de céspedes acuáticos.
Qué alegría le sirven con sus cuerpos los que ufanos se adentran
en malezas de aguas. Oh vidriado y efímero palacio que sueña unos segundos
con ser bóveda acuosa de pasamanerías,
cuando el repunte, orgullo de la pleamar, es bíceps de marolas
y la tarde es un reino de espejos delirantes con duendes de reflejos
que danzan en la siesta dormida de amadores que descansan
las armas de sus luchas amatorias, satisfechas, cansinas por la briega,
olvidados de nuestras orfandades bajo los ojos fríos de galaxias distantes,
tan solas como ellos en el gran universo que tirita de espanto en su vacío...
FUGA I I I
Cuando este mar se alarma o se enfurece, salen ciervos de dentro de su abdomen
de rumor y maretas
que cornean las rocas y se astillan sus cuernos, candelabros
de elásticas espumas. La bonanza se ha roto como un ajuar de frágiles cristales
y ese mar, que era todo un doncel con su flauta
de gráciles, sedosas ventolinas, amables con turistas,
de pronto habla un lenguaje de cólera y sargazos
que trae de sus roncas travesías por todos los océanos, señor por su feudo,
que atraía a los sueños recamados de piratas, corsarios, calaveras
enredados en jarcias y cordajes.
Pero el ocaso calma con la mano de cárdenas caricias
sus espumosos lomos. Es mejor, mar, sentirse siempre amado
por quienes te visitan y te dan compañía y recuerdos de historias
de amantes epidérmicos, que tú, en invierno, a solas repasas
con el viejo poeta que tapiza con locuaz compañía la soledad
de estaño de tu techo grisáceo que lentas gaviotas acribillan,
y te siembra tu lento cabrilleo en tus marismas frías como pasión
pasada las palabras que a todos les parecen antiguas y quizá sentimentales,
teñidas por la pátina de una emoción discreta como escribir al viento
o pedirle a la lluvia sus anillos de cuarzo.
Mar, confidente del senil invierno, mar anciano de plomo
o de ceniza, hemos de prepararnos a morirnos
de olvido, como los cementerios cuando el cierzo luctuoso de noviembre
en los atardeceres les pone los pesados cerrojos de las sombras.
FUGA I V
Empujado por voces estridentes de la ciudad, vengo a ti, mar amigo,
cuando mis lazos más circunstanciales de guiños de neones
y las sirenas frías de los escaparates se han roto, y libero este águila
de los ojos para los aires libres aprendiendo a volar por los cielos
ecuánimes de otros ideales más allá de las múltiples imágenes
que emiten los encantos fungibles del consumo,
las canciones de moda sobándonos los atrios del oído,
las voces inauténticas como un falso tapiz de pactos complacientes
y las palabras secas como herramientas útiles
para sobrevivir en las aceras. Aquí estoy, mar, contigo aprendiendo a mudar la piel
de mis costumbres como tú de las aguas que te ensucian adustos petroleros,
paquidermos marinos y quedarme desnudo
de ayeres que no cierran las cicatrices de la agraz memoria,
como tú te desnudas rompiendo tus espejos bruñidos por los soles
todos los días en la playa y vuelcas sobre el regazo de la barra espesa,
por las tardes, tesoros inservibles del ocaso que herido ya naufraga
y manchan con su sangre los peplos más azules que te ponen los cielos.
Aquí, mar, te acompaño como un amigo que te cuenta siempre,
como tú en tu lenguaje de conchas
y maretas, la misma historia, mar, entretejida de líquenes, madréporas y pecios
tus fábulas de acentos oceánicos con tu lengua de trágico salitre
que ha succionado gritos de náufragos hundidos en cráteres de aguas asesinas.
FUGA V
Allí está la bahía, cobijo de otro mar, que no eres tú. Más allá, la ensenada,
hospital donde curan a las embarcaciones
las heridas que el tiempo le tatúa con sus garras de días sucesivos.
El puerto, sucio albergue de los buques, donde descansan de sus travesías,
mamuts de acero en estertor de olas. Pero aquí, tú, mar, eres
salvaje amante que a los vientos lanzas tu vítrea cabellera de salsero,
tus voces coreadas por garcetas, tus reclamos de púdicos pinares
como sombras afables, sonrientes,
para que los idilios fugaces deshojen corolas amorosas mientras los cantos
de la bajamar arrullan —o sollozan— bajo de los cantiles.
Te quieres olvidar de tus roncos desastres y te ofreces, bargueño
de vidrio salitroso, para guardar estrellas,
siderales diálogos, para que el sol se quede cautivo en tus azogues.
Tú, mar, eres el hijo del océano y un amante celoso de quienes te desean
entregando sus cuerpos a tus brazos de olas y ríes con la espuma
poniéndoles ajorcas de cabrilleos en los pies a las jóvenes todas
que pisan lo mismo que gacelas
tus brillantes gredales cuando están en la orilla
como si tú quisieras retenerlas para ti, posesión vitalicia de sus besos,
ánforas que se tiran en las dunas, que son arrugas de esa tierra tuya.
Tú, mar, bien sabes que me sé tus señas aquí, donde, versátil,
deshilachas tus peplos opalinos, como la vida que entreteje el tiempo
en su telar de fechas disecadas, como el amor que canta, como el amor
que odia. como el amor que olvida, y te agradece que tus olas borren
las señales que escriben efímeros amantes en tu arena, metal
alucinado de brillos indomables. Ciudad, recuerdos, rastros, palideces,
como heredad del devenir oscuro dejo a tus plantas de aguas
igual que los vestidos,
y limpio quedo como adolescente recién nacido de su propio asombro,
que se asoma a tus cálidas vidrieras y descubre la vida…
¿Pero otra vez la vida que ha olvidado? Extraña mar que llamas con voces
de nostalgia a tus amantes y después abres zanjas de adioses que acuchillan
con belleza tus lascas de agua fiera;
eres tan cara y cruz como la vida, temblor de la sorpresa impredecible
y aniquilando huellas en la arena, me ayudas, mar, a emborronar recuerdos,
y la inquietud de tu pelaje acuoso me dice que la felicidad es inestable.
Oh, mar, oh, mar cuánta crueldad se cierne sobre la desvalida
historia humana como lluvia
que vuelca en la cabeza los lacrimales de los viejos llantos,
patrimonio de las generaciones que han visto en tus radiantes resalseros
cómo el agua, que es génesis de vida, se rompe como líquidas vidrieras
y tus múltiples ojos
son guiños veraniegos, pecera que delira iridiscente en esta orilla
de abalorios polícromos, mas también te descubro la zozobra
que en el piélago pierde a tantos navegantes, y cuando duerme
en paz la confianza, también tú te apareces, oh mar apetecida ^
[—como dijo el poeta—,
vestida de furtivo maremoto, dragón inmenso cuya boca
se abre para engullir ciudades, para tragarse humanos que en el envés
de tu traición gozaban con tu acuático y onírico paraíso ondulante,
con la inocencia azul de tus vaivenes, de tu cristalería
[de espejismos inquietos.
Oh mar,.casa de agua, mansión de las holganzas verdiazules,
estruendo para olvidos ciudadanos, copa salobre para quien te ama
y revés de la cinta que la tierra me graba su hiel de anecdotario,
¿puedo considerarte mi país veraniego, lúdica geografía,
[y una fuga verbal por los sentidos?
Finalista Premio de Poesía Sant Jordi 2007,
editado en Internet, Revista Plomes Poétiques
HOMENAJE SUCESIVO AL PADRE
Me aprenderé este mapa de tu piel
en la que se han escrito mil combates
de cuando el alba te ponía cota
de mallas y el caballo de la briega
para ganar batallas de jornales,
héroe, tú, padre, sin laurel ni épica
que cantara el cristal de tus sudores
pinchándote en tu cuerpo fatigado.
Déjame que me pierda entre tus canas
donde los años cantan en silencio
tantos días en pos del almanaque,
tantas horas de faro y de vigilia
en el mar de la casa procurando
que tempestad de hambre nunca hubiera,
y ni zozobra de necesidades.
Mis labios se me ponen hoy de fiesta
pronunciando tu nombre celebrado
cual arco de triunfo en la memoria
familiar, vivo ejemplo que se hereda
como el más celebrado testamento.
Me asomo a este balcón de tu experiencia
y un cielo de bondad es mi remanso,
caminante que llego hasta la fuente
donde me bebo el agua de tu aliento
para volver de nuevo a la costumbre
de vivir y remar en la galera
de la continuidad de cada día,
siempre a favor del viento del consejo
que me das para cuando esté picada
la mar crüel de las dificultades.
Yo colecciono, padre, en mi memoria
trofeos que has ganado a la intemperie
de la suerte, a la sombra de carencias
que fueron una espada de Damocles
sobre el cuello liviano de la casa.
La fusta del deber no me acobarda
y la conozco aún antes de que estalle
en el viento que clama la escasez,
en la llanura de ese reto a solas
que es la supervivencia en nuestro empeño.
El pan se dulcifica si te nombro,
respira el sufrimiento si te llamo,
le doy la vuelta a toda la nostalgia
y siembro en el barbecho de otra nueva
para que así la estirpe de mi sangre,
que es el hijo plantado en mi ternura,
diga lo mismo que te digo ahora,
mirando el palimpsesto de mi piel
y la orla afectiva de mis canas.
Premio de Poesía Severiano Campos Renedo de Cervera de los Montes de Toledo 2007,
editado en Internet
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