Juan Rafael Mena

Aspectos bibliograficos pendientes de validacion.

martes, 6 de abril de 2021

RESURRECCIÓN DEL LIRISMO

 

Después del romanticismo, el concepto de poeta lírico estuvo en entredicho, de manera que había que ser un poeta realista, digamos que persiguiendo una especie de objetividad rayana en lo impersonal. Eso ocurrió con buenos poetas como Ramón de Campoamor y Gaspar Núñez de Arce, que estaban bien dotados pero su obediencia a ese realismo antípoda del movimiento romántico les hizo escribir una poesía falta de alma, alma personal, como saliendo de sus propias raíces humanas.

Después vinieron Bécquer y Rosalía de Castro y el lirismo volvió de nuevo por sus fueros sellando una poesía en la que el espíritu salía de su jaula obligada y revoloteaba por el poema   como un precioso colibrí con canto de ruiseñor.

Hoy hemos vuelto a la poesía impersonal, en algunos casos versolibrista, como si ello fuese una novedad, un rupturismo innovador.

Con excepción de algunos poetas auténticos que no voy a nombrar, esa poesía lastrada además por los temas obligados que impusieron los Novísimos, campea en revistas y libros como una consigna.

Pero siempre retornará ese lirismo que rompe como un volcán con  lava de palabras anunciadoras de que el alma poética no ha muerto y que sigue viva como una especie de Cid que gana batallas después de muerto.




EL SILENCIO DE LOS LOBOS, QUE NO DE LOS CORDEROS


Se conoce a los amigos—enemigos cuando uno se mueve en un espacio común; es decir, cuando se escribe o se pinta o se compone vecinalmente con ellos. Tan sólo así es como se uno se da cuenta de que con qué clase de gente se convive, o se coexiste mejor dicho, ya que la convivencia entraña un signo de aprecio o amor, o sencillamente de tolerancia.

En ese espacio de la república de las Letras (bellas Letras aunque algunos la afeen con su roce de manos pretenciosas y con miradas arteras de ojos malignos) hay que tener mucho cuidado a la hora de publicar un libro (aunque sea una autopublicación), ya que ello puede molestar a más de un ciudadano de esa que debiera ser noble república. ¿Hay que pediorles permiso a ellos y a ellas para editar un  modesto libro de poemas o de relatos o una novela incluso?

Me temo que sí. Hay que prepararlos para que cuando se anuncie el libro editado no se molesten como si se les diera un codazo sin querer en un autobús.

¿Y cómo lo demuestran? Sencillamente con un silencio cruel si se les envíe el libro con una cariñosa dedicatoria. Es un silencio como un muro tras del cual la envidia muerde el libro enviado como un perro tritura un hueso. ¿Serán esos envidiosos y envidiosas perros y perras de la vida literaria, que gruñen más que escriben en su soledad?

Ten cuidado, poeta que empiezas a rodear los peligrosos perímetros de la república, esas puertas con guardianes de críticos que pueden estar drogados por sus simpatías o la venalidad; pero no dejes de publicar cuando puedas, y no te importe ser cordero ante el silencio indignado y mordedor de los lobos porque sus colmillos son de barro, un cieno que acaba indigestándolos a ellos mismos. Como dice Nietzsche en su Zaratustra: “¿Hombres superiores, aprended a reír!”.