domingo, 24 de mayo de 2020

INSISTENCIAS EN EL TEMA DEL RITMO Y LA FUNCIÓN POÉTICA.

             

Vixtor Shklovski


Muchos incursionados en la poesía piensan que con el hecho de escribir en verso libre ya están haciendo poesía moderna por aquello de que la poesía en metro clásico —sin rima o no— familiariza el texto con la tradición, evitando con ello la originalidad.Se parecen a esos presos que, recién salidos de la cárcel, saltan de euforia en la calle, libre de rejas ya.

Si a ello le añadimos que esos poetas en cuestión descuidan el lenguaje y emplean un registro ya lexicalizado, entonces tenemos un texto sin esfuerzo creativo.

El verso libre exige al que lo usa una “responsabilidad”, en cuanto que, escribiendo sin sujetarse a un ritmo encorsetado, tiene una medida sin restricciones para que esa libertad atraiga palabras más libres para desarrollar el tema a voluntad sin inconvenientes de cómputo de sílabas.

No concibo un poema sin ritmo, aunque sea en versos no computados. La diferencia del verso y la prosa es bien evidente, si no ¿para qué se estudia los géneros literarios?


 También la prosa tiene, para un buen prosista, un ritmo, aunque, pienso, que sin tanto paralelismo en la distribución de las oraciones y los párrafos. Se ha hablado mucho del ritmo interno. Yo no sé realmente qué significa eso pero considero que el que lo afirma lo dice de buena fe.

Por otra parte, como ya he dado a entender, distingo la prosa poética del poema con ritmo junto con la función poética como procedimiento para librarse del lenguaje heredado, registro obsoleto con huellas de otros muchos poetas, aunque esto, como reacción, implica el riesgo de otro lenguaje a caballo de un surrealismo que se ampara en la irracionalidad como ráfaga genialoide.

Hablar, pues, de poesía es evocar inevitablemente el ritmo y la función poética; o sea, un recorte de palabras en la página literaria y un estilo que sorprende por lo que tiene de gratificante para el lector avezado en esas lecturas, sin olvidar que el fondo, el tema que mueve la estructura, es lo que realmente hace el poema, como el carácter hace a la persona, más que su fachada física.


viernes, 22 de mayo de 2020

RECUERDO DE PEDRO GONZÁLEZ TUERO

 

  

 DIARIO DE CÁDIZ

  DESDE MI CIERRO

                  Retazos isleños

 En la muerte de quien fuera compañero mío en dos de los institutos de la Real Isla de León (San Fernando), hago el presente homenaje con esta entrada. Ambos fuimos también asistentes a un curso de adaptación pedagógica en Sevilla, así como colegas en oposiciones y luego camaradas del mismo seminario de Filologia Hispánica. Muchos cafés que nos tomamos en las cantinas de esos institutos y también participamos de chascarrillos y anécdotas de paso entre clase y clase para animar ese ligero cansancio después de las tres o cuatro horas de aula a presión de exposición temática, controles y exámenes. Descanse en paz.


DIARIO DE CÁDIZ

DESDE MI CIERRO

RETAZOS ISLEÑOS

COMO retazos o recortes de una Isla pasada, retales no marchitos que aún quedan en nuestra mente, momentos inolvidables de un tiempo acabado pero no borrados de nuestra memoria; así, nuestro apreciado amigo Antonio de la Cruz, de fina guitarra y de porte lasaliano, nos ha ido enviando en estas últimas semanas, y pidiéndonos modestamente un minuto de nuestro tiempo, unos recuerdos de aquella Isla de los sesenta que, más que unas sentidas remembranzas literarias, son verdaderos retratos de aquella realidad finiquitada. La Isla de aquellos veranos o el primer día de clase de un colegio cualquiera, conforman las dos primeras entregas de nuestro amigo Nono.

Aquellos veranos de jornada playera en nuestra humilde Casería, porque Camposoto era una playa clausurada. La madre de familia cobijada con su vestido veraniego bajo la sábana que una bicicleta con las ruedas hacia arriba y dos palos la sustentaban. El fango que aparecía con la marea baja y que servía de juego a los niños y como nevera al melón y la sandía enterrados. Esa inolvidable imagen de la cámara grande de camión que servía como flotador una vez las aguas vueltas a su plenitud. A la hora de comer no faltaban las papas aliñás o la piriñaca, la tortilla, y la Casera o De Celis para beber los niños, mientras el padre guardaba fresquita aún su tercio cervecero del Gavilán. Y a la vuelta vespertina de la playa, y domingo que era, aún la paga del dieciocho de julio les permitía ir como regalo paterno al cine Madariaga, no sin antes hacer una parada en La Ibense de la calle Colón y saborear el rico corte americano. Ya una vez en el cine, nuestro amigo Antonio describe a la perfección aquel ambiente: aquella larga cola vigilada y custodiada por el ínclito Bermejo, el guardia municipal por excelencia. Las rebecas repartidas por la madre ante el poniente que ya se hacía notar. Pipas saladas para todos y su cantimplora correspondiente de agua. Acabada la película, camino de casa, divisaban a varios vecinos sentados a la entrada, tomando ese deseado fresquito de la noche veraniega, momento adecuado y apetecible para una cortita tertulia vecinal, y hasta que mañana fuese otro día.

O la descripción de aquel primer día de clase, con nombres y adjetivos tan de siempre: la regla de cuadradillo, tintero, pluma de corona, papel secante y la cajita de lápices "Alpino". El plumier, la enciclopedia "Álvarez" y el cuaderno de caligrafía que era un instrumento tan necesario entonces y que hoy muchos ni conocen. Y, sin olvidar ese inoportuno y desgraciado por castigado chapón.

En fin, mi alicaído lector, no sé si nostalgias, melancolías, la vejez o chocheras. O, como simplemente nos dice Antonio: eran otros tiempos. Mejor así, digo yo.


PEDRO GONZÁLEZ TUERO  (1951-2020)