Juan Rafael Mena

Aspectos bibliograficos pendientes de validacion.

jueves, 1 de agosto de 2019

SOBRE UN VERSO DE FEDERICO GARCÍA LORCA




“y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”.


Una vieja leyenda cuenta que durante mucho tiempo el rey Midas había intentado cazar en el bosque al sabio Sileno, acompañante de Dioniso, sin poder atraparlo. Cuando por fin cayó en sus manos, el rey pregunta qué es lo mejor y más preferible para el hombre. Rígido e inmóvil calla el demón; hasta que forzado por el rey, acaba prorrumpiendo en estas palabras, en medio de una risa estridente: “Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¡por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti -morir pronto”. Dejemos este fragmento tomado de una obra de Internet y sigamos con una reflexión propia.

¿Es tan dura la vida como la consideran esos autores aludidos? Antonio Machado escribió: “Y no es verdad, dolor, yo te conozco,/ tú eres nostalgia de la vida buena”. ¿Suave epicureísmo por parte del autor de Campos de Castilla? Quizá sea una expresión de equilibrio entre lo deseado y lo perdido. Recuérdese su efímera felicidad con Leonor Izquierdo, su joven esposa.

Sin embargo, el pesimismo es tan viejo como la existencia humana. Recuérdese las palabras del poeta Teognis:” Mejor no nacer, o al menos, morir pronto”.

Otro ejemplo de pesimismo lo tenemos en el poeta español Vital Aza:
“Escéptico y pesimista,/¡me hacía unas reflexiones!.../Sirva de ejemplo esta lista/ de varias composiciones…”. Pero  en el caso de este poeta, le da la vuelta a su mirada triste sobre la vida y empieza a gozarla con la mesura del buen sentido.

El mismo García Lorca en su Romance  de la pena negra, dice: “Vengo a buscar lo que busco, mi alegría y mi persona”.

El pesimismo podría ser relativo y proceder de una experiencia parcial de la vida pero no de su totalidad. Sin alegría, sin un optimismo prudente, la vida no continuaría en su rodaje por el tiempo. De ahí que cuando el pesimismo llega a niveles muy alarmantes, se pone el individuo al borde del abismo de una catástrofe personal. Puede que el verso citado arriba del poeta granadino proceda de su choque con la moral de la sociedad de su tiempo, de gran intolerancia con la homosexualidad.

Podríamos acabar este artículo recordando unos versos del poeta José Hierro: “Llegué por el dolor a la alegría./ Supe por el dolor que el alma existe./ Por el dolor, allá en mi reino triste/un misterioso sol amanecía”. Digamos como este poeta, Premio Adonais 1947, estos versos finales de ese mismo poema: “Y mientras se ilumina mi cabeza/ ruego por el que ha sido en la tristeza/ a las divinidades de la vida”.


ESCRITORES MEDIOCRES















Al margen del que esto escribe, y como si fuese un mero espectador de tertulias, su experiencia le ha obligado a ser testigo de casos flagrantes de una mediocridad lastimosa. Ser escritor o poeta de aceptable fuste no es un signo de resignación sino de compañerismo junto a otros y otras de la misma índole. La tentación del mediocre —que no se ha de confundir con una medianía pasable— es ser más de lo que puede ser, alargar la sábana que no le llega a los pies en la cama para cubrirlos del frío de su indefensión literaria. Un quiero y no puedo que lo lastra como cadena al pie de su pobre numen, por falta de cálculo en sus capacidades.

He encontrado a pocos que hayan hecho una demarcación de territorio de sus apetencias de reconocimiento y fama, y viven felices en su parcela de creación y bendecidos por su propia humildad.

Para esos escasos escritores y poetas, conscientes de sus limitaciones, que son buenos padres de familia, escribir es la famosa guinda del pastel de sus vivencias domésticas: romances y sonetos o versos sueltos a un cumpleaños, a una onomástica, a la navidad, al año nuevo… “Si mi casa va bien, mis aficiones a la literatura son una velada para celebrar la pequeña felicidad de cada día, y ya está”, me decía con su mirada y sonrisa epicúrea un compañero de tertulia. Y yo añado: “¿Para qué más, si nos vamos a morir un día y todo se quedará aquí? ¿No es de agradecer este rato de bonitos cruces de lecturas y opiniones?”.

A partir de entonces, he sospechado que las grandes ambiciones son propias de quienes saben en su subconsciente que no llegarán muy lejos. Ese estímulo de ansias de reconocimiento compensa la ausencia de una calidad que está a trasmano de sus posibilidades. Como un mecanismo de defensa surgen los celos, la envidia y la ignorancia voluntaria que no celebran lo que brilla y salta de gozo genial en la página de otros.

Para quien o quienes disfrutan de un Carpe diem literario va dirigido este articulito. Si es que nos llevamos algo al otro mundo, esta minúscula felicidad entre poema y relato y aroma de café, irá al morral que nos distraiga en no sé qué otra tertulia en la que ya no habrá mediocridades ni envidias ni ignorancia voluntaria de la valía de otros.