domingo, 22 de julio de 2018

16 de julio de 1936: FEDERICO GARCÍA LORCA DECIDE BAJAR A GRANADA




 

 Lorca dando una conferencia en Madrid

                        


         Si decides bajar al claro Sur,
¿por qué no vas a América
otra vez a mirar aquellos rascacielos
de Nueva York, cruzar puentes de Brooklyn,
ver vomitar los Metros cuerpos humanos
                                    [como sabandijas,
ver de Manhattan, como en lontananza
de un mar de humo, mástiles dudosos de edificios,
oír negros de Harlem y el jazz por las callejas
donde la sangre gime maltratada,
donde los niños blancos acarician
la barba florecida de Walt Whitman
y quedan todavía por las calles
                          [restos de los suicidas
de después de aquel crash del 29?


Huertos y calles de Fuentevaqueros
lo llaman con sus joyas forestales
y con voces que llegan de la infancia;
                               [le dicen al oído
con un confidencial y conocido deje,
mientras que va bajando en tren a Andalucía,
que el sol del Sur le embriagará con vino
morado del crepúsculo, a esa indecisa hora
juanramoniana y ya tan conocida
                        en que suena en un Carmen granadino el arroyo
lento y claro de Falla, y ancestrales se trenzan
los quejidos de un cante de gitanos
[cerca del Albaicín…


                        ¿Para qué bajas, Federico?
¿A buscar a la luna limpia del Sur,
melliza de la nieve
de la Sierra Nevada, acaso,
la luna traicionera que en la noche agosteña
habrá de iluminar el sendero tortuoso
del camión que te lleva al último paseo de tu vida
en compañía del maestro cojo
y de los dos banderilleros?
                                            Ay,
¿ quién os diría un mes, diez días antes
que los cuatro destinos se sentaban
en la mesa a jugar el tute eterno,
yuxtapuestos los cuerpos bajo tierra
y unidos por las cuerdas sangrientas de la muerte?

Esa luna que enseña, Federico,
su polisón de nardos en el cielo de julio,
más despejado cuanto más abajo,
será, de todos los amados elementos
que en tus cálidos versos diste asilo,
la única tal vez que te acompañe
                        cual una plañidera lejana y silenciosa
    pero fiel en Víznar, que tú vieras tantas veces
    como pieza del puzzle de tus alrededores
                                                                        [recogidos
    con amor en tu Libro de poemas;
Víznar, a diez minutos de Granada
                      [-¡tu querida Granada!-,
ay, Federico se prepara ya
                            [a hacer de su barranco
tu por siempre ignorada sepultura.

                         De Lámparas votivas (200/)

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