viernes, 23 de agosto de 2019

CIENCIA Y HUMANIDADES, SIGNO DE FUTURO



Puede que el título de este artículo pueda parecer pedantesco al lector, pero si lee detenidamente y con paciencia se percatará de que ciencia y cultura tienen en nuestro sociedad un peso creciente. Además, ese peso determinará las formas de vida de una sociedad en continua transformación.  Decir que la cultura es un signo del mañana puede sonar a broma. ¿Es que antes no había cultura? 

¿Es que la ciencia acaba de nacer? La cultura acompaña al hombre desde ha
ce milenios, es cierto. La ciencia, que tuvo un gran avance en la época helenística, se difuminó y perdió después de las invasiones. Fue recuperada por los árabes, volvió a renacer, aunque rudimentariamente, en el Renacimiento. A partir de la Ilustración tomó más conciencia de su importancia y después, en la era de la industrialización, halló como una especie de rampa hacia nuestros días. Por ello ha dejado de ser una "compañera de viaje" de la cultura en los programas pedagógicos tradicionales Los descubrimientos científicos determinan las interpretaciones que los historiadores, arqueólogos y filólogos dan acerca de fenómenos que siglos antes éstos daban desde otros enfoques, a su vez influidos por creencias y otros presupuestos que el paso del tiempo hmodificado a regañadientes del Humanismo.


¿Qué ocurre? Que la ciencia somete a examen todo cuanto toca. Que la ciencia convierte en hipótesis un asunto, con el fin de pasarlo por el laboratorio. No se puede formular un principio o bien no se puede establecer una certeza si primeramente no se ha estudiado su correspondencia con la realidad. Sin querer, el hombre de la calle se vuelve desconfiado con todo lo que no comprueba. Las ventajas que la ciencia y la técnica han introducido en la vivienda y en todo el marco del mundo contemporánea ha hecho que la sociedad occidental tenga una fe ciega en todo aquello que simplifica su esfuerzo y mejora su sistema de su vida. Si en el mundo antiguo las religiones para las grandes masas y la filosofía para los grupos reducidos eran protagonistas de la historia de cada día, en el mundo actual es la ciencia y la cultura, hija suya, son las que rigen casi todos los momentos de nuestro cronometrado existir. Si, como se dice, la ciencia tiene horizontes amplísimos, el hombre occidental vive a la expectativa de nuevos descubrimientos; de ahí la importancia que ha tomado la literatura de ciencia-ficción, así como el sentido de lo contemporáneo como punto de partida de mañanas venideros. Por poner un ejemplo, observemos los cánones literarios, artísticos y filosóficos actuales. A nadie se le ocurre mirar hacia el pasado para buscar modelos. A los clásicos se les estudia como historia, como técnica ya diseccionada, nunca como nuevo paradigma a seguir de cerca. ¿Ha muerto el pasado? En muchas cosas, sí. Pero quedan en pie cuestiones que la Ciencia -con mayúscula- todavía no puede escudriñar y desmitificar. Lo cierto es que hay, sobre todo en los jóvenes, un deseo rabioso de modernidad, de romper amarras con el pasado (que nos puede enseñar muchas cosas todavía), de aceptar propuestas de novedades cualesquiera que sean esos espejismos.

Pero esta es la hora en la que estamos y no otra. No se puede ir a contra corriente. Le estamos agradecidos a la ciencia por sus muchos adelantos aportados a nuestra necesidad de subsistir más dignamente, pero eso no es un soborno para que toda la cultura dependa de su pragmatismo, casi siempre materializante. Y en algunas ocasiones, embrutecedor. 



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