jueves, 1 de agosto de 2019

EVASIÓN POR LA POESÍA y ¿O LA METÁFORA O NADA?





Estas líneas no son un alegato para retrotraerse al modernismo ni al romanticismo. Ni tampoco es una invitación para sobrevolar por los mapas de una realidad dura que no permite escapar por la escalera de incendios. Por supuesto, que tampoco es una técnica verbalista para que se maquille la cara de una sociedad que vive en el estrépito de la prisa y el consumismo.

Si nos acercamos al espíritu que alienta a la poesía, nos daremos cuenta de que ninguno de esos anteriores estímulos o presiones, según se mire, juegan un papel importante en el hecho de poetizar la vida.

La verdadera poesía entraña un espíritu que supera experiencias crueles o desagradables. Parece que es una llamada desde ciertas instancias para quien es capaz de semejante aventura, observe y seleccione fragmentos de un panorama social, como si con ello salvase elementos de la vida que merecen ser salvados del naufragio cotidiano de desencantos y sufrimientos.

Naturalmente que la poesía verdadera, la que es como un rostro que sonríe cuando debería llorar, se puede confundir con la poesía que se disfraza de tópicos y modas al día, pero, a la larga, sus lecturas son muy distintas.

Hay en la poesía auténtica una constante de amor a la vida a pesar de sus descalabros. Yo diría que es como un enfermo que nunca llega a morir y se repone echándose de la cama a la calle para cantar la lluvia que cae o el sol que ilumina.


Decíamos que la poesía debe ser clara como un arroyo transparente, y esa claridad se la tiene que dar la autenticidad de quien la escribe.

Podríamos considerar que la poesía es un misterio como decía Federico García Lorca: "Solo el misterio nos hace vivir. Solo el misterio", pero esta afirmación pone al poeta  en una posición muy de espaldas a la realidad con su bagaje de alegría y tristeza, pasado y futuro… El poeta no es descifrador de enigmas, creo yo. Más bien asume la condición humana  como una necesidad de ahondar en su sensibilidad, su capacidad de interpretar el fenómeno humano. A esta ponencia nos ayuda un verso de Armando Buscarini.”Los hombres de alma ruin que nunca sueñan”. Así define este poeta al hombre que es víctima de la alienación de las consignas que la sociedad occidental les impone a los individuos para sobrevivir. La ruindad hay que traducirla, creo, como incapacidad de liberarse de esas cadenas de las que se deshace el poeta que tiene una visión superior de la vida, una voluntad que lo protege de acechanzas de las esclavitudes de la modernidad.
¿Es esto evasión? Recordemos la película de este nombre. Una evasión inteligente. El verdadero poeta oye una música callada que lo distrae del ruido del día a día de la lucha por la vida. Oigamos a Rabindranath Tagore: "La poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos". 

Pero es el poeta quien la escucha, como dice  Novalis: “Cuando un poeta canta estamos en sus manos: él es el que sabe despertar en nosotros aquellas fuerzas secretas; sus palabras nos descubren un mundo maravilloso que antes no conocíamos”.




¿O LA METÁFORA O NADA?


Por lo de aquello de “O César o nada” se me ocurre pensar que los vanguardistas refrescaron la poesía allá por los años veinte y, si no, véase el elenco de la llamada Generación del 27, muy especialmente Federico García Lorca, que hizo de la metáfora un brillante comodín para un discurso poético muy alejado de la escritura que hicieron otros poetas anteriores a él y también contemporáneos.
Por otro lado, recuérdense el ultraísmo de Borges y la asombrosa capacidad de excavación en la mina de ese tropo en Neruda.
Me pregunto si el poeta granadino leyó al formalista Vixtor Shklovski, el estilista que superó el texto como comunicación solamente y lo elevó a categoría de  obra de arte de la lengua con la diferencia del reconocimiento y la visión de la palabra en el texto, así como Jakobson  completaba la novedad de renovación literaria con la función poética del lenguaje.
Sin embargo, el mismo Shklovski reconoció, en contra de su compatriota Potebnia, que la metáfora no podía ser el cien por cien del texto sino que era un ingrediente valiosísimo pero como colaborador del tema, ayudando a la comunicación a presentar la obra literaria como un proceso del conocimiento. Lo mismo que en la edad media la filosofía era ancilla, sierva, de la teología, así ha de ser la metáfora del texto.








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