domingo, 18 de agosto de 2019

LA LITERATURA COMO JUEGO



Sabemos que los escritores vanguardistas fueron, en opinión de Ortega y Gasset en su obra La deshumanización del arte, los que concibieron el ejercicio de escribir como un pasatiempo, concepción tan distinta de la que sostuvieron los románticos, que iban por la vida de grandes artistas incomprendidos por la gente común. Un poeta como Bécquer, tan conocido por tantos lectores de hoy, a pesar de que sus Rimas fueron arrinconándose lentamente en un "ángulo oscuro" de la literatura que leyeran las señoritas bien, hace más de una vez en su obra alusión al genio solitario, pero glorioso en su contacto misterioso con las Musas, o con lo divino en el caso suyo, pues era muy creyente.

El escritor de la época de las vanguardias, antecesoras del Grupo Poético del 27, no tenía un sentido patético de lo que significa escribir, sino todo lo contrario: se lo tomaba como un deporte. Y el deporte, sobre todo el fútbol, no lo olvidemos, comenzó a ponerse en boga entonces, tanto es así que Rafael Alberti le escribió un poema a Platko, un famoso portero de su época. Un factor poderosísimo para tal actitud ante el arte lo aportó el psicoanálisis del psiquiatra vienés Freud. La exaltación de los instintos, que ya tuvo lugar con el italiano Marinetti, llegó en el surrealismo a ser la carta decisiva a la que debía atenerse el escritor. Todo lo que fuera espontáneo y libre era lo verdadero; lo demás era, pasado por el filtro de la razón, puro convencionalismo.

¿Qué se quiere decir con todo esto? Sencillamente que la literatura -me gustaría incluir todo el arte- no debe jamás obligarnos a adoptar un talante de gravedad como si se estuviese señalado por el dedo del destino, como creyeron los mencionados románticos.

Escribir debiera ser una dedicación no mecanizada por intereses de vanidad o de apetencias financieras. Sin embargo, el montaje de la vida actual y los estímulos que generan los afanes de los que escriben con impulsos de creatividad, condicionan unas expectativas que no dejan de ser estimuladoras y honestas en el escritor o poeta, pero también peligrosas, por cuanto tienen los concursos literarios y las editoriales de tentación, pugna, zancadilleo y, lo que es peor: de "mafia" latente.

¿Nos imaginamos a Virgilio, a Dante, a Shakespeare, a Lope, a Goethe, a Rubén Darío y a otros grandes espíritus creadores de la República de las Bellas Letras ansiosos en víspera del fallo de una convocatoria millonaria en las que han concursado con todas las esperanzas legítimas? ¿Cuáles serían sus reacciones si averiguaran que el suculento premio ha sido concedido en dudosas circunstancias?

Un día, cansado de tantas servidumbres en revistas y reuniones forzadas para fines lucrativos o de compulsiva vanidoteca, además de desengaños entre los repliegues de las críticas oficiales, el verdadero creador se vuelve a sus "islas" y echa ancla en el puerto preferido de sus nostalgias íntimas, como si ellas fuesen la infalible brújula de su definitivo viaje. Mirando la constelación de sus deseos y nobles ambiciones en el afán creador, descubre estrellas lejanas que un día serán norte para su peregrinar poético. Es cierto que los pequeños creadores también se arrellanan en su intimidad creyendo que ya lo saben todo y no necesitan aprendizaje. Peor para ellos porque a la larga reciben la valoración que se merecen.

Sin embargo, si tomamos al verdadero creador, aunque sea un poco autosuficiente y un poco misántropo como ejemplo, no tiene tanto que perder como el anterior. Pero no hay que eludir el peligro que conlleva ese aislamiento. Ciertamente, hay que tomar la literatura como juego, sin neurosis de reconocimiento y galardón. Tampoco hay que excluir la convivencia y la noble confrontación, que es el significado de la palabra "justa literaria".

Sea como sea, en el momento que nos salimos de los límites de la afición, el juego literario se convierte en una esclavitud. El juego literario es entonces un grillete que hace la vida insoportable, no compensada ni siquiera por el aplauso y el premio económico, aunque éste sea liberador de estrecheces.  

Tomado de Arena y Cal Revista Literaria divulgativa número 98



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