domingo, 22 de marzo de 2015

POESÍA COSTUMBRISTA



 LA ISLA (DE SAN FERNANDO) DE  UN  BARRIO
 
      (1950-1970)



                
ESQUINA DEL GORDO, ESQUINA...


      
Esquina del Gordo, esquina
de mi infancia y juventud,
feria del chiste y la broma
y mentidero común ;
el marisco, la caballa,
la mojama, el higo - algún
pregonero buscavida - ,
la media limeta, el mus,
los güichis con sus rumores,
trasiego de multitud,
gentes, rostros que se fueron,
—como vistos tras un tul—
cantiñeos por lo bajo
nimban mi memoria aún
(¡y, sabiendo que te miro,
toda airosa pasas tú !) ;
cada día y sus sucesos,
la madrugá de Jesús,
las saetas del Compare
y el gentío, que es alud
que desde las Callejuelas
sube hasta la noche azul...

Fue la gracia y la miseria
de la posguerra al trasluz
de este recuerdo que hoy llega
a mi corazón, al sur
de mi infancia en una esquina
que fue sombra y que fue luz,
que fue pena y alegría:
la vida, que es cara y cruz.


      De Cancionero memorial (1961-1981)





ANÉCDOTAS EN EL PATIO DE LA CARNICERÍA


Entra en el patio donde algún vencejo
y golondrina ponen recias notas.
Junto a pozo y aljibe, manirrotas
de flores las macetas, con gracejo.

Ecos aún frescos oye de un festejo:
bautizos, bodas, cruz de mayo, gotas
de vino y de guitarra, y las chacotas
y las historias de un vecino viejo.

También los malos tiempos con sus dientes
hambrientos devorando el alborozo
miserable del ir tirando apenas.

Anécdotas de barrio de estas gentes
y el ditero que pone sobre el pozo
el bazar que distrae tantas penas.


DIARIO "SAN FERNANDO INFORMACIÓN"
(Número dedicado a la Feria de la Velada, 1995)




     ERA EN LA PROCESIÓN DE LA PATRONA...



Era en la procesión de la Patrona.
Llameaba aquel julio en los esteros.
Del Puente a Gallineras, de barqueros
los fieles: todo allí la Salve entona.

Muelle con gente que se corazona.
Calle Carmen. A guisa de romeros
suben devotos y callejoleros
los fieles. La Plazuela se ilusiona.

En el balcón barroco un viejecito
—don Gabriel, su poeta— a medio grito
versos a la Señora le pregona.

De júbilo ferviente el pueblo aplaude
y el gentío es tal vez la mayor laude
más aún si el gentío se emociona.



De LAS SEÑAS PERDIDAS (1992)

 
UN RECUERDO DE A FINALES DE LOS AÑOS CINCUENTA



 Madrugada del Viernes. Es ya la una.
 en la Esquina del Gordo. El bar. Rumores
 Llegan gentes de los alrededores.
 Remonta San Antonio*, ancha, la luna.

  La churrería. La candela brilla.
 Todo está listo y hecha ya la masa.

  Se recoge El Silencio.
                                     El tiempo pasa.

  Suenan tambores por la Escalerilla.


  El Paso de Jesús llega a la Esquina.
  Detrás, la Virgen. El Compare afina
  la saeta y, con brío, enlaza El Palma.

  Humo. Gentío y entusiasmo. En breve,
  el Encuentro: emoción que se conmueve
  cuando Amargura suena y pica el alma.

*Patio de San Antonio, hoy mercado del mismo nombre.

            San Fernando Información, Cuaresma de l993
y de Pasión que es también la tuya (2009)


 
   DOMINGOS DE LA NIÑEZ



Hace no sé los años -pues los enturbia el tiempo- yo venía a esta puerta del Teatro, a las doce más o menos, y en medio de los infantiles rumores, los niños nos cambíábamos los tebeos de entonces: El Guerrero en su anhelo de febril reconquista, El Cachorro limpiando los mares de piratas, Alcázar y Pedrín, detectives sagaces, y aquel Hombre de Piedra, o aquel Espadachín y no sé cuántos otros, deleites semanales, héroes que alimentaban nuestra agraz fantasía; crecidos con el pan y manteca, deudores del honrado remiendo y de la dita, fuimos supervivientes de un naufragio de penas en un mar de miseria y de necesidades, pero con la ilusión hirviendo en el bullicio de aquellos años niños jugando al escondite, a pídola, a los bolis...
Aquí tal entusiasmo nos hacía entre horas mercaderes astutos, perspicaces tratantes, pues la felicidad entonces dependía de aquel bello negocio semanal, pintoresco, a espaldas de la rancia y austera enciclopedia de la escuela primaria, Cara al sol y el Rosario por la tarde los sábados ansiosos de domingo. Los tebeos llenaban de solaz y quimeras una imaginación inquieta como el viento, el viento de levante que anunciaba el orondo y lento velonero con su pregón metálico.



 Teatro de las Cortes

Mas, después de unos años, otra vez a la puerta del glorioso Teatro de las Cortes, enfrente ahora de carteles que anuncian la revista, perdida la inocencia los años soñadores de aquellas dos películas que a las tres de la tarde levantaban la veda a la sed de aventuras: Tarzán, Kim de la India, los cowboys, Gary Cooper, Calabuch, Jeromín, Marcelino, Jerónimo, el pateo en la euforia del audaz  muchachito que a la heroína frágil a liberar se lanza en trote atronador por la vieja pantalla...
 Aquellos niños luego estrenaron el hombre y tuvieron carné de dieciséis años para ver las películas de las gentes mayores...
Vinieron las mujeres de hermosura atrevida, picarón escenario de apetencias frutales, el guiño insinuante y la equívoca letra. El corazón del niño, ya mudada la piel de aquella adolescencia, se estiraba, crecía con el hombre en primicia, y al entrar y salir del Teatro, es seguro que ya no se acordaba de las tres de la tarde de domingos lejanos, ni de El Hombre de Piedra, ni de los caramelos, ni de los altramuces y las pipas compradas al rubio del carrito, que a la puerta del viejo Teatro se ponía.

Hoy que el tiempo ha volado como las gaviotas por esteros y playas, contemplo entre mis manos tebeos de esos días, de aquellos mediodías, que son más luminosos porque ya son recuerdos. Pero, ¿cómo olvidar a la ida y venida de la casa al Teatro, los bares de una calle Real en bullicio y tapeo, las radios preparadas para cuando las cuatro Altavoz Deportivo y el ardiente entusiasmo por aquel San Fernando ascendido a Segunda, en su cumbre de gloria aquella delantera, la más goleadora.

Hoy que el tiempo me llega como reverdecido y con el viejo aroma de las cosas perdidas y las caras aquellas que perdieron más tarde sus cándidas sonrisas, cuando el mundo les dio a beber su amargura, acaricio de nuevo los tebeos y cierro los ojos y me veo con la maleta negra asfixiada de cuentos, camino del Teatro y a lomos de una viva ilusión que arañaba con las manos el cielo, un cielo que tenía horizontes muy claros: las huertas, las salinas...

                                        De  Memoria reverdecida (2002)





                 BARRIO DE LA INFANCIA

                   

   


 Días de aquella Isla de encanto provinciano, con su calle Real intacta todavía y gentes conocidas, que no eran muchedumbres; cuatro coches, los carros con sus burros cansinos, tropel de bicicletas a las seis de la tarde desde el Concejo, río hasta las Callejuelas. El barrio y su sosiego. Silencio mañanero. Las calles, su barrido y su riego moroso de vecinas tempranas, saludo y delantales, canturreando alegres al compás de una copla de la Piquer, la Lola, el Pinto o Valderrama. El serrucho del Mirlo cuando la amanecida -fogatas para el frío- refilando maderas, olor a pan caliente desde el horno del Cuco (que fue banderillero de Joselito el Gallo) a su panadería, y el humo de los churros de la esquina -mi madre, simpatía, paciencia y heroísmo-, la máquina del café con su pito anunciando frescor de amanecida en el Gordo o en Gabino, choque de cucharillas, la cola ocasional por las granzas sobrantes; las recias campanadas del reloj con cigüeñas deshojando tañidos en la paz del entorno; y la mañana, lenta, trenzando su rutina de pregones y gente cotidiana, el barrio, sus casas solariegas con los hierros forjados de primores barrocos, sus zaguanes de mármol, azulejos miniados, portones señoriales, y nombres y apellidos de realce y respeto: Ibangrandes, Togores, Almeidas y Lazagas, Don Álvaro, Monzones, Granados o Palaus; y los patios aquellos populares, ruidosos, con sus cruces de mayo, tiestos junto al aljibe, el ditero a la puerta voceando los nombres de vecinas morosas aplazando la entrega; de las Monjas al Carmen con su curva y el viejo renquear del tranvía, tintineo monótono parecido al martillo de la Hojalatería en pugna con la sierra ahogada entre virutas de la carpintería legendaria del Muerto; y el barbero Jezule, al ritmo sus tertulias de la limpia navaja o de la maquinilla, poniendo una mordaza de chistes ingeniosos a la baba rebelde con su lava política, o evocando una tarde de Rafael, gloriosa; feria la barbería  de carteles y anécdotas, igual que el parloteo en el taller bullente de José el Zapatero, crisol de comidillas y hervidero discreto de las nuevas del vulgo -hambre para el soborno y chantaje a la honra, el querido a hurtadillas, la novia embarazada por aquel marinero que se fue para siempre, querida con alhajas, marica despuntando, cautela frente al tísico que pasa como un perro, el asistente guapo que comentan vecinas, la criada de pueblo, las peleas de patios, estraperlo, cantiñas fragmentadas al modo de las tonadilleras, espécimen del último varieté en el Teatro...

Alguien -niño- contempla, acumula, condensa en sus pupilas la historia fustigada por dentro de este drama que endulza sus costumbres con “Qué se le va a hacer” y “Dios dirá mañana”, esbozo de sonrisas y gestos resignados de tan tristes hazañas, retiene en su memoria imágenes y voces, los sucesos, los guiños del tiempo despiadado, para cuando encanezca el corazón a solas y cual fruta madura la evocación le caiga, tenga, al menos, las señas, como brasas tenaces, de un fuego que fue un día padre de esta memoria. 
                                    
    De Memoria reverdecida (2002)



    EVOCACIÓN


                   

                      

Interior iglesia del Carmen

A Ignacio Bustamante Morejón 
(In memoriam),que me lo pidió 
para un boletín editado por el Ayuntamiento 
de San Fernando




En olor de levantes y láminas de esteros,
cal de las Callejuelas y geranios de patios,
yo recuerdo de niño los destellos de julio
con albas encendidas, dianas mañaneras,
y la Capitanía de galas ataviada;
versos de don Gabriel, el órgano del Carmen,
los rojos cortinajes cubriendo las columnas,
y ese río de gente con su fe caudalosa,
reclinatorios propios, pardos escapularios,
devotas viejecitas, fervor carmelitano;
y, fuera, en !a Plazuela, las pérgolas colmadas
de verdes ya quemados por el sol veraniego,
y el viento sacudiendo las gruesas buganvillas,
los chiquillos de entonces, más fieros e inocentes,
las familias entorno de la berza o el puchero
oyendo en sobremesa la alegre catarata
de !a radio y !os discos aquellos dedicados,
la lista interminable de Cármenes felices,
y una paz que aún no había destrozado el seiscientos.


En olor de levantes y láminas de esteros,
con rumores de ahogados en la vieja Vaera,
pregones vespertinos de lisas y caballas,
ruidos de ostiones y pinchazos de erizos,
y un torpe cantiñeo salpicando los bares,
la ilusión y !as luces de la larga Velada,
las miradas equívocas del amor despuntando,
y calles y lugares y gentes que se fueron,
todo el ayer, ahora, desemboca en mis sienes,
y soy mar de recuerdos, corazón del pasado.

                     De Cancionero memorial (1981)



A UN CANDRAY A MEDIO CUBRIR POR EL CIENO
           DE UN MUELLE PESQUERO

         
           Ángel Torres Aléu

    Con la cerviz ya hundida y castigada
    por el peso de soles y de brumas,
    ofreces todavía a las espumas
    el honor de tu vértebra empinada

    Que estuvo hasta tu proa abarrotada
    de peces, lo recuerdas y te abrumas.
    pero, a pesar, de que hedor te inhumas
    resistes, sin embargo, la bajada.

    Ni el colmillo del agua compañera,
    ni el verdín que a tu proa la adornara
    perdonan a tu sucia calavera;

    igual que el pescador que te embarcara
    hoy su vejez lo abate y desampara
    y se muere, mirándote, a tu vera.


  
   De Erytheia o versos de circunstancias (2000)


       
         
        CANASTO BAJO EL BRAZO Y LA COLILLA...

 


   Canasto bajo el brazo y la colilla
   permanente en la boca, rictus mudo.
   Se tiene que meter medio desnudo
   en la compuerta, el agua en la rodilla

   Le roba al cieno el pan que lo mancílla
   con el sudor, el frío, el estornudo.
   En la vejez, el desamparo crudo
   le espera y el reúma en la costilla.

   Cuando vende la carga del canasto
   el güichi habitual le da su fasto
   con vino y aceituna zapatera.

   No tiene otra querer ni más consuelo
   este mariscador que mira al cielo
   y se confía a Dios a su manera.

                       De Las señas perdidas (1992)








DOS RECUERDOS DE UN VERANO DE LOS AÑOS CINCUENTA:
¡A BAÑARSE A CAÑOHERRERA!

I

El huerto de Togores, la palmera
montando guardia frente a Sacramento.
El callejón de Chaves, polvoriento,
y escolta de la pita y la chumbera.

Torrealta, la senda costanera
hacia el Observatorio, corpulento.
Huertas: Marín, Frasquito, Chaves... Lento
y pendiente el camino a Cañoherrera.

La Vía, donde niños gritan, bajan
y, libres, ni las aves aventajan
su alegría, sujeta a tantas pruebas.

¿Qué les reservará luego el destino?
Y van comiendo con fruición las brevas
robadas a lo largo del camino.





HACIA LA ALBERCA DE LUISA

            A Javier Pérez Ruiz, in memoriam

II

Cancela chirriante (en el bostezo
de la siesta calmosa) con maraña
de campanillas. Dentro ya, aledaña,
la casa. Estío, sombra y desperezo.

La tarde suda un dorondón espeso,
pero en la alberca el sol es blonda araña.
Ufana aquí la juventud se baña.
Broza en las aguas hay por aderezo.

El mismo ocaso, lívido de anemia,
también se moja. Pero nos apremia
ya, desde el porche, a una señal, Luisa.

A nuestra contumacia el perro ladra,
muge la vaca en la anchurosa cuadra
y hasta un pato ganguea y nos avisa.

                   Revista “ÁMBITO”, 1999



LOS BILLARES. SUBIR LA CUESTECILLA 




 Los Billares. Subir la Cuestecilla.
Tras el ayuntamiento está el mercado.
El Parque, al fondo. El sol le ha orificado
en cada copa una fugaz capilla.

La subasta. Después los pesadores.
Arrastre de las básculas. Ruidos
y voces. La cantina. Distraídos
al olor del café zumban rumores.

Pasan las horas. Con un libro amaña
su aburrimiento en distracción. Pasea.
Silba. Por lo bajinis cantiñea.
En la floresta el sol, múltiple araña.

García Lorca: “ ... y en el horizonte.
¡lejos!, se hunde el arcaduz del día...”
Y así se cura la monotonía:
el verso. ¿Qué mejor hay que la afronte?



EN UN RINCÓN DEL MOSTRADOR ESCRIBE...


        

 En un rincón del mostrador escribe
mientras está aguardando a la clientela.
Desde sus versos -atalaya- vela
el ocaso y su cárdeno declive.
 
En el umbral del callejón exhibe
la tarde su incendiada ciudadela
y el corazón está de centinela
mirando los rescoldos que describe.
 
En un rincón del mostrador delira
un poema, antigualla que es joyel
donde hay brasas lucientes de esa pira.
 
Mas si la realidad en sí es cruel,
¿no es bella y consolable esta mentira,
aunque sea espejismo en el papel?

 
         



SÁBADO POR LA TARDE. SE ENCAMINA...



Sábado por la tarde. Se encamina,
devota tras devota, hacia el convento.
Suena el toque apagado al llamamiento;
para entonar la Salve Sabatina.
 
Gime un aire decrépito en la Esquina
donde predicen lluvia por el viento
viejos mariscadores con su tiento
olfateando un rastro de neblina.
 
Soledad. Frío. A veces, pasa un coche.
Al fondo, el callejón. Viene la noche
y las devotas vuelven de la misa.
 
  El corazón adolescente sueña
y un verso inexpresable me hace seña,
pero es tan bello que se va de prisa.

          


 SON LAS CUATRO. LA CALLE SE EDULCORA...
 

Son las cuatro. La calle se edulcora
callada. Guarda el guardia su silbato.
Del Carmen a las Monjas: un regato
de paz con campanadas de la hora.
 
 
De vez en cuando un coche. Oigo ahora
el martillo pegando en el zapato
en el taller de Cañavero en grato
parloteo con hebra burladora.
 
 
La radio: de la copla a la novela.
Los de siempre. El café. Tal vez, galbana,
y el chiste de un sarasa picantillo
que culmina esta estampa cotidiana
encendiendo la risa y su secuela.
 
Y otra vez de la anécdota al martillo...
 


     
     
 ME HA LLEGADO EN EL AIRE DE LA INFANCIA...
 
                             (Politecnia. Centro Obrero)
 
Me ha llegado en el aire de la infancia
la escuela y su candor de enciclopedia
con la Historia Sagrada y la tragedia
de Abel, y de abrahan: perseverancia.
 
Con poco se alimenta la ignorancia:
escribir y leer, que nos remedia,
con las reglas -son cuatro-, eso que asedia,
y es el hambre y su fiera circunstancia.
 
Novillos en la Vía, y al regreso,
Jeromo pregonando está en la Esquina
las moras de la Isla; el hombre grueso
de los velones junto a su pollina,
con un sistro anunciándose, y el beso
de junio con sus labios de calina.



ES LA LONJA, RUIDO Y AJETREO...
 


Es la lonja, ruido y ajetreo:
bravos olores de hortalizas frescas
y frutas, y personas pintorescas,
y viejos carros para el acarreo.
 
 
Sábado, de mañana, el hormigueo:
gentes, bullas y manos picarescas.
Café, churros y pláticas grotescas
y la lonja en fragor de su apogeo.
 
 
Varieté habrá en la Plaza de los Toros
ya por la noche. Comentarios, coros
mirando los carteles, por doquier.
 
De pronto, un picadito de viruela
surge, pasa con una cantinela
de su adorada y mítica Piquer.


       


CARGANDO LOS BORRICOS CENICIENTOS...
 
                           
Cargando los borricos cenicientos
de la Chica (los sacos, las verduras,
los cajillos) hay díscolas criaturas
-posguerra- como yo, niños y hambrientos.
 
En el mercado vencen desalientos
del malvivir, comunes desventuras.
Mientras que colman las cabalgaduras,
mordisquean las frutas avarientos.
 
Hay uno que por bajo cantiñea,
en tanto que la Chica no lo vea
y le reprenda su holgazanería.
 
Pero el quejido, arácnido y gitano,
lo afirma, mano a mano con su hermano,
y han de llamarlo Camarón un día.

                          

            


SE ME FIGURA UN ÁGUILA GIGANTE…
 


Se me figura un águila gigante
con las garras -raíces- de ataduras.
Esbelta y negra, puebla las alturas
y se mueve orgullosa y oscilante.
 
El entorno domina vigilante:
El Canal, el Barrero y sus honduras,
El Carmen y las huertas, sus verduras.
El Gordo y Sacramento, aquí delante.
 
Desde niño la he visto enorme y fuerte,
enlutada y claustral como la muerte,
firme ante los levantes sitiadores;
y quien la vea, túmulo florido,
no podrá dar al fuego del olvido
la araucaria del Huerto de Togores.
 

                                                 
LOS CARTELES DE TOROS, EL BOTIJO..
 
 


Los carteles de toros, el botijo,
Manolete y su mítica mortaja,
un almanaque, un jarro, una tinaja,
recortes de Belmonte y Lagartijo.
 
 
Jezule va del chiste al acertijo
mientras apura, diestro, la navaja.
Comenta: "Qué mal come el que trabaja..."
Pero pronto retoma el regocijo.
 
 
Barbería, espontáneo mentidero,
donde, en preñez, la libertad murmura
en baja voz su sueño invernadero.
 
Mas, después de la oculta picadura,
Jezule, con irónica premura,
ahuyenta tan incómodo avispero.
 




ESTÁN ALINEADOS LOS CAJILLOS...
 
 
                                 (A los viejos campesinos de la Isla
                             que llevaban sus cargas al palenque)
 
Están alineados los cajillos
de frutas y los sacos de patatas,
las verduras en haces, columnatas
de pimientos -los gordos, los larguillos.
 
 
Anochecer. El canto de los grillos.
El hortelano enciende unas fogatas
y quema unos rastrojos, secas matas
que rechazan las vacas y novillos.
 
 
Prepara el carro, encincha ya la mula.
Dedica una mirada y especula
lo que esa carga en el palenque oscila.
 
Cena poco y enciende su cigarro,
vela la madrugada y va hacia el carro
porque como descanse, se adormila.
 


MADRUGADA. LAS CINCO. POR ENCIMA...

 
 
Madrugada. Las cinco. Por encima
del gran ayuntamiento, una navaja
de claridad del alba lenta baja
y un grupo hacia el palenque se aproxima.
 
 
Son los subastadores. Ya se arrima
la multitud. Al son de la rebaja,
que es la subasta, guiña la ventaja.
Churros, café. Tan buen olor anima.
 
La aurora en los cristales altos llama.
El verano frutal se desparrama
desbordando la lonja como un río.
 
En medio del ruido y los rumores,
un llanto con disfraz de trovadores
en un rincón se ahoga. ¿Será mío?


            
       
                   
 
ROMANCE PARA EL REGRESO DE LA VIRGEN
DEL CARMEN A SU TEMPLO

Cuando regresa la Virgen
a su templo rodeada
de fieles que la bendicen
entre Salves y plegarias,
no ve, como en otros años,
aquella antigua fachada
del balcón con marquesina
desde donde, en su onomástica,
le encendía don Gabriel
versos lo mismo que varas
de azucenas y gladiolos,
y todo se emocionaba
en la Plazuela: la gente
y palmeritas y acacias,
y buganvillas cayendo
sobre columnas y arcadas.
Ni se admira de los cierros,
ni de las viejas ventanas,
ni de las blancas almenas,
ni de la enhiesta araucaria.

Cuando regresa la Virgen
y ve la nueva fachada
llora, aunque nadie le vea
el despuntar de sus lágrimas…
¡Años y siglos estuvo
a su entorno acostumbrada
y un día le trastornaron
la sencillez de su casa!...

Cuando regresa la Virgen
no ve balcón ni ventanas,
ni oye los versos aquellos
que estremecieron las almas
con procesiones de entonces,
ya en la memoria lejanas…

de Crespón de primavera  (2011)




  LA ISLA QUE SE NOS FUE...

                     (ROMANCE POPULAR)
                      A José Quintero González



La Isla que se nos fue
y que está en nuestro recuerdo,
es la Isla que llevamos
como una seña por dentro
de lo que fuimos entonces
y hemos perdido en el tiempo
como si voces y sitios
nos llamaran desde lejos...

La Isla que se nos fue
somos nosotros, aquellos
que cruzábamos sus calles,
y momento tras momento
la sentíamos tan cerca,
que no se echaba de menos,
y entre alegrías y penas
la amábamos sin saberlo.

Esa Isla aún está viva
aunque no os parezca cierto,
porque hay gente que la lleva
en el rincón más secreto
del alma, y es que esa Isla
sirve al alma de alimento
y jamás se olvidará
mientras vivan estos versos.

Erytheia o versos de circunstancias elegidas(2000)








Molino de mareas. Río Arillo. San Fernando-Cádiz-












    


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