sábado, 21 de marzo de 2015

POESÍA:EN SU CRIPTA DE LA CATEDRAL, EL ALMA DEL MÚSICO GADITANO MANUEL DE FALLA EVOCA FRAGMENTOS DE SU VIDA


 

 
Playa de la Victoria. Cadiz. Al fondo, la catedral.

                        
EN SU CRIPTA DE LA CATEDRAL, EL ALMA DEL MÚSICO GADITANO MANUEL DE FALLA EVOCA FRAGMENTOS DE SU VIDA


El mar del Campo Sur me llama como entonces,

como cuando, yo niño, al pretil me asomaba
del Atlántico: oyendo su resuello sonoro,
me rogaban las aguas que tradujese un día
a música y a coro su grandeza oceánica,
y es que escucho, cercano, marítimo vecino,         
el vaivén verdiazul del oleaje; ensaya
en los bloques de piedra que resguardan los muros
pentagramas que rompen los vientos de levante;
mas, cuando en el reposo de los atardeceres           
el poniente se hunde como edificio en llamas,
se acicala mi espíritu y con mano de ángel
repasa el viejo álbum de mi otoñal memoria,
y me veo por calles de aquel Cádiz que ahora
nuevas generaciones en postales admiran;
ahora que ya, altivo, el progreso ha borrado
las señas sustanciales que fueron la conciencia
popular, cotidiana del bullir de la calle.






 Pequeño todavía, camino con mi madre
desde la plaza Mina—en que salí a este mundo—
hacia la bullanguera calle Ancha, la tienda
de Quirell, instrumentos musicales me atraen
como si de juguetes se tratara, lo mismo
que el pequeño teatro mío de marionetas.

Una vez me llevaron a Sevilla, y fue tanta
la impresión producida, que vivir quise en ella.
Vi de niño dos óperas: el Fausto de Gounod
y del gran Donizetti Lucía. Entusiasmado,
a Haydn descubrí por sus Siete Palabras*.

Me inicia en el teclado mi madre y de mis dedos
surgirá mi primicia: aquella Melodía
en la que el violoncello y el piano se aúnan,
en disputa con otras aficiones: las Letras
y también la pintura en revistas, las voces
de mi búsqueda inquieta: “El burlón”, “Cascabel”…*


Tal como el de Viniegra en plaza Candelaria,
acudo a los salones, devotos de Bellini,
y también de zarzuelas; oh, Eloísa Galluzo,
mi dulce profesora de solfeo y piano,
y Odero y Broca a quienes la armonía les debo
y el fino contrapunto en el que Bach me diera
la juvenil semilla de mi primera obra:
la Gavotte y Musset …Galanteé a María,
sobrina de mi madre, mas ella no me quiso
el dardo devolver lanzado por mis ojos…
¡Sorpresas de la vida: muchos años más tarde
unimos en América gavillas de amistad!

Otearon Madrid mis frescos veinte años
y fui al Conservatorio, de Tragó buen alumno.
Paseé por allí una gaditanía
de azules pentagramas que a Pedrell* sedujeron,

La ilusión fue una yedra que subió por mis sienes
con aquel primer premio de piano… Aventura
inútil fue embarcarme, grumete, en la zarzuela.
Pero el soplo divino* consoló mi fracasó:
Serenata andaluza, Vals-Capricho, Nocturno
me armaron caballero de luchas musicales,
y, sobre todo, el fausto que fue para mi gloria
La vida breve, buque con que a la mar me hice
en difíciles aguas por París con maestros
como Dukas, Ravel, Delate, Schmitt, Roland,
y también con el gran Debussy, el de La mer…



Comparándome a veces con mi amigo Picasso,
Stravinsky me tuvo por hombre retraído,
tal era la llamada de mi recogimiento,
y un día en una iglesia, oyendo a Frescobaldi,
me sumo en la oración y Poulenc en el hombro
me toca como si despertarme quisiera
de un letargo en que gozo de un no sé qué inefable ,
y él se va del recinto…Anécdota sabrosa
que a menudo entre amigos refería extrañado.


La gran guerra, bramido y tormenta de balas,
Me devolvió a Madrid otra vez. Es ahora
cuando es La vida breve innumerable aplauso,
lo mismo que la noche en que ardieron mis teclas
de emoción al cantar los jardines de España,
y Cubiles y Viñes y hasta el gran Rubinstein
encendieron sus dedos con la llama andaluza,
y fue esa Andalucía la que en voz de mi gente
–Salud, la Molinera, Candelas, Melisenda,
Isabel y Pirene…*— me llamó a que viniese
al Sur, a una casita echada en el regazo
de una colina, en brazos de Granada, la madre
que me adoptó y en cofre de gitanos acentos
me mostró los diamantes sin pulir todavía
del cante virginal de una tierra que sueña
a los pies de la Alhambra, monumental testigo
de mi labor, que hacía huecos hospitalarios
a visitas de amigos y curiosos viajeros
que en sus almas traían como señas compases
de mi música viva en salones de Europa.

Hasta que un día vino Federico… Oh, qué día
afortunado fue el que me dio el regalo
de conocer de cerca a tan grata criatura,
con la que hice, de pronto, feliz hermanamiento
en comunes propósitos para sacar al cante
de cuevas de temores y enarbolar guirnaldas
como si un nacimiento celebrase profético,
y juntos decidimos vendimiar esas cepas
de “los sonidos negros”*, tal como él los llamara;
cosecha de concursos, tirón de aficionados
para desenterrar de sus gargantas puras
ese metal precioso de los diversos palos.


Quince años que fueron de una paz florecida
en los distintos verdes de los cármenes, limpios
aún de la triste sangre que después resbalase
cuando el dragón de acero de la guerra tronara
y vidas se llevara y los sencillos gozos
del vivir cotidiano… ¡Incluso a Federico,
por el que por salvarlo baldío fue mi esfuerzo,
dueña la muerte ya de Granada y de España,
palideció la Alhambra, calló el Generalife,
y yo no quise más ver mi carmen de luto
y poblado por dentro de fantasmas queridos;
y los lentos apuntes de La Atlántida* fueron
sollozos asfixiados por los tiempos crueles.


Un frío dos de octubre embarqué en Barcelona.
Con María, mi hermana, navegué a la Argentina
y en la Alta Gracia fui huésped bien acogido,
acordándome siempre de Madrid, de Granada,
de París, mis amigos: los vivos y los muertos,
y también de mi Cádiz (Padecía yo entonces
                                                                                                                                               
cierta tuberculosis igual que un balbuceo
por la sangre cansada, la carne alicaída;
y creía, además, que las enfermedades
podrían ser castigos venidos de lo alto.)

Consuelo hallé, no obstante, en los cálidos brazos
de la gente de América. Allí mis Homenajes
estrené en el Teatro Colón. Pero la muerte
me acechaba, y un día, solitario, en mi cama
tendido yo, acercóse con sus pies de gacela
y con gélida mano me apretó el corazón*.



Vi cómo se ocuparon de mi cuerpo difunto,
que embalsaron como si retuviesen algo
de mí como consuelo para acallar mi ausencia,
pero yo, deseando que acabara aquel rito,
larga paciencia tuve sosegando mi anhelo
de subir a lo alto para entrar en los coros
que le cantan a Dios el Libro de las Horas
para volver aquí y escuchar como antaño
los mismos oleajes que acunaron mi infancia.

Así, de vez en cuando, bajo de ese alborozo
hasta la muda cripta, libre ya de avatares,
y de tiempo y espacio, inteligencia pura,
recuerdo, como ahora, fragmentos de mi vida,
mientras el mar me busca llamándome ante muros
pétreos y me suplica que yo pase mis dedos
por sobre su teclado de pleamar serena,
lo mismo que lo hiciese de niño con mi madre
en el piano aquel de la niñez lejana… 

                              NOTAS
*Dos revistas juveniles y efímeras por él fundadas.
*Las Siete Palabras de Cristo en la Cruz de Haydn,
  que se representaba en la catedral de Cádiz desde 1785.
*José Tragó (1857-1934). Pianista y compositor.
*Felipe Pedrell (1841-1922). Compositor y musicólogo catalán
*Falla era hombre muy religioso y de prácticas piadosas,
como también lo fue Joseph Haydn (1732-1809).
De ahí la expresión   “soplo divino”.
*Personajes de sus obras.
*Sinestesia lorquiana de su conferencia de 1933 “Juego y teoría del duende”, parafraseando al cantaor Manuel Torre.
*La Atlántida, obra inconclusa de Falla. Fue acabada tras su muerte por su discípulo Ernesto Halffter.
*Para Falla la música religiosa era la máxima expresión de ese mismo arte.

                   

            De Lámparas votivas (200/)


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